No juguemos con Turquía: tampoco con Europa

En la nueva fase de las negociaciones entre Turquía y la Unión Europea ambas partes deberán esforzarse por superar las diferencias y llegar a un acuerdo.

Darío Valcárcel, codirector de AFKAR/IDEAS y director de la revista POLÍTICA EXTERIOR

La Comisión Europea fijó unas condiciones estrictas, el 6 de ocubre de 2004, para abrir la nueva fase de negociaciones entre Turquía y la Unión Europea (UE). No obstante, la Comisión abre –con graves cuestiones pendientes– una posibilidad de acuerdo que ambas partes, comunitaria y turca, deben esforzarse para alcanzar.

Europa dividida

No juguemos con Turquía. El antiguo imperio otomano, convertido en república laica por Mustafá Kemal en 1923, es uno de los países de más fuerte personalidad en esa plataforma que une y divide Europa de Asia Menor. La Sublime Puerta ha influido durante cinco siglos en Rusia, en Asia central (hasta la frontera china), en el mundo árabe, desde Mesopotamia hasta Argel… Ha peleado durante siglos, en muchas batallas intelectuales, sin efusión de sangre, al servicio de su vocación hegemónica.

Pero también ha peleado duramente, con el hierro y la pólvora, en defensa de su papel, en el centro del mundo, como ingenuamente pretendían algunos pensadores, desconociendo que el centro está en todas partes. Pero Turquía ha sido un gran pueblo: valeroso, altivo, decidido, con gran capacidad de sacrificio. Ahora, una gran potencia, la UE, mantiene su indecisión, reflejo de su propia crisis, quizá de crecimiento, quizá de identidad. Es probable que, como varios dirigentes europeos han escrito, la crisis sobre la admisión o alianza con Turquía, sirva para despejar dudas más profundas. ¿Qué pensar?

En principio, la oposición a un país colindante, musulmán pero de constitución laica, euroasiático y no árabe, de fuerte población (72 millones de habitantes hoy, 85 millones dentro de 20 años) y sobre todo, todavía lejano a los criterios de Copenhague –derechos humanos, derechos políticos, economía de mercado, aceptación del acervo jurídico comunitario europeo– abrirá una crisis de respetables proporciones dentro de la UE, a no ser que se proceda con excepcional inteligencia. Al decir esta obviedad nos referimos a la inteligencia de Jean Monnet, de Robert Schumann, de Helmut Schmidt, de Edward Heath, de Alcide de Gasperi, europeos de gran talla, no de talla media. El debate sobre Turquía podrá extenderse entre 12 y 20 años, lo cual es inadmisible.

Hay que firmar con Turquía, inmediatamente, en 2005, un gran tratado preferencial que dé a Ankara un 90% de las ventajas económicas que la incorporación plenaria a la UE puedan significar. Ese parche inteligente sería útil para (1) tranquilizar a Turquía, mostrándole la voluntad de la Unión; (2) evitar la hipocresía europea, optando por una política clara ante Recep Tayyip Erdogan y sus futuros sucesores; (3) no ejercer una presión insoportable sobre Bruselas, que necesitará años para medir su decisión; y (4) establecer un vínculo fuerte con la economía turca, que no divida ni fuerce el parecer de las 25 sociedades europeas… ni la de la Unión como tal.

Hoy la división es profunda: las encuestas solventes indican que una mayoría de 17 sociedades frente a ocho es contraria a la incorporación de un país ajeno al perímetro europeo, de distinta cultura, que pudiera alzarse con el papel de protagonista, habida cuenta del mecanismo de reparto de votos en el Consejo y el Parlamento europeos, tal como se perfila en el proyecto constituyente común. Planteado de otro modo, el dilema puede ser insoluble (cosa que muchos, en Europa y Turquía, desean: no hay que complacerles).

Por una parte los europeístas más exigentes se alarman, ante el riesgo de desintegración de su proyecto. Turquía en la UE pondría fin, cree Valéry Giscard d’Estaing, a la idea de una verdadera integración. Entre tanto, los partidarios del atlantismo abogan a favor del ingreso: no puede ser, dicen, que los turcos sean miembros de la Alianza Atlántica, defiendan su flanco suroriental y no tengan acceso a las ventajas de la Europa unida. Éste es un planteamiento favorable no ya a la política de Estados Unidos sino a la de la administración Bush. Debajo de visiones superficiales late un pasado de expansionismo de seis siglos, grandes problemas históricos, frustraciones, esperanzas…Hoy Turquía no forma parte de Europa.

Más que un concepto geográfico, la UE es un proyecto de unión política, económica y sobre todo jurídica. Pero Europa es también, inevitablemente, unas fronteras determinadas por la geografía. En la reválida del antiguo bachillerato se estudiaba así: Europa limita al Este con los Urales, al Sur con el Bósforo y el Mediterráneo y al Norte con el Ártico. Turquía no fue considerada –ni lo es hoy– un país europeo. Quizá por la fuerza del componente islámico (oficialmente un 98% de los turcos vive en la fe musulmana) pero también por otros condicionamientos poderosos.

Turquía tiene una pequeña cabeza de puente en Europa, Constantinopla y sus alrededores, a partir de la cual, desde 1453, intentarían los turcos algunas incursiones, no sin éxito por cierto, en el Sacro Imperio Romano Germánico (heredero teóricamente del imperio romano, superviviente hasta Napoleón, 1803). Lepanto mantiene su significado en el imaginario europeo. No tiene sentido, arguyen los adversarios de la integración turca, una Europa cuyas fronteras se extiendan hasta Irán, Siria, Irak… Europa se convertiría en lo que pretenden sus enemigos: un vago espacio, indefinido culturalmente, extendido por Asia.

Si se abre la puerta a Turquía ¿por qué no a Marruecos? ¿Por qué no a Mauritania? Los defensores de Turquía manejan otros argumentos. Si no queremos que Turquía se radicalice y se vuelva más y más ajena a las democracias occidentales, procedamos a la integración plena. Un buen conocedor del dossier turco, Antonio Sanchez Gijón escribe en POLÍTICA EXTERIOR (nº101, septiembre/ octubre 2004): “Hay en Europa quien supone que Turquía tiene un horizonte geopolítico propio que no es el de Europa. O quien piensa que la adhesión de Turquía a la Unión pone en cuestión una parte importante de su identidad, la de Turquía”. Esta referencia geograficohistórica nos parece relevante. Turquía es un país de poderosa historia y complejísima cultura.

Ante todo, no es una sociedad árabe. Pero tampoco europea. Estambul puede considerarse aceptablemente europeo. Pero Turquía no es Estambul. Los problemas culturales, religiosos, económicos, políticos…, el concepto de los derechos humanos a un lado y al otro de los Dardenelos, la presión demográfica, las costumbres arraigadas durante siglos en el centro del país, la inmensa Anatolia… todo trabaja para abrir grandes interrogantes sobre la aceptación de Turquía como país de pleno derecho en la UE.

Entonces es preciso lograr que Turquía no se descuelgue, no se escape, y tenga una prueba de la sinceridad de la UE por estudiar su caso, con todo el interés de que Bruselas es capaz: es decir, mucho. Sin comprometerse en su desenlace. Ayudando a la modernización de un vecino grande, y quizá mañana poderoso. Turquía tiene 780.000 kilómetros cuadrados, más de una vez y media España. De esa extensión, 23.000 están en la Europa balcánica. Limita con Georgia y Armenia, pero también, ya lo hemos dicho, con Siria, Irak e Irán, sin olvidar Grecia al Oeste.

El ejército turco, por una extraña convención, en parte escrita, en parte no, mantiene un papel vigilante sobre siete cuestiones: integridad territorial (lo que incluye el determinante factor kurdo), censo electoral, relaciones exteriores, asuntos presupuestarios, derechos ciudadanos y designación de la presidencia (no del primer ministro). A esto se añade un séptimo asunto, religioso, revestido aquí con la capa de asuntos del ministerio de Justicia. Hay un problema latente, la inestabilidad de los partidos, que cambian y vuelven a cambiar: tras las elecciones del 3 de noviembre de 2002, el conservador Partido de la Madre Patria (ANAP) no tiene hoy representación parlamentaria, como tampoco la tienen el Partido Movimiento Nacionalista (MHP) ni el Partido Democrático del Pueblo (HADEP). Tampoco el Partido de la Felicidad o el Partido Demócrata (DTP).

Sólo dos grandes formaciones ocupan escaños en la Asamblea, el Partido Popular Republicano (CHP), heredero del Partido de la Recta Vía, más tarde unido a los socialdemócratas, que ejerce la oposición con 180 escaños y el 19% del voto popular; y el partido mayoritario, moderadamente islamista, AKP, Justicia y Desarrollo, 363 escaños y 34% del voto popular, que dirige Erdogan, antiguo alcalde de Estambul. ¿Inestabilidad del sistema? Habría que hablar más bien de volatilidad de la clase dirigente. El electorado turco es razonablemente estable, marcado por la prudencia y la necesidad de progreso, no sólo material. Al electorado –no sólo al ciudadano culto de la costa occidental y meridional, no sólo al de Estambul, Esmirna o Efeso, sino al del centro de la Anatolia– le importan mucho las nuevas leyes anticurrupción, la legislación contra la tortura, los avances en la libertad de prensa.

Un marco de negociación estable e inamovible

La cuestión de fondo que debería figurar en el primer párrafo de todo análisis sobre Turquía de aquí a 2010: el gobierno de Ankara debe pactar con la UE un conjunto inamovible de respaldos económicos y avances tecnológicos. Al decir inamovible queremos decir que ese marco de referencia sea estable, no se mueva, al menos en una década. En la relación con Turquía ha habido ayudas económicas más o menos tímidas, más o menos parciales. Se trata de algo muy distinto: los apoyos comerciales, financieros, de inversiones, arancelarios, de desarrollo han de ser acordados, cuando menos, para 10 años.

Todo ello pactado para tener a Turquía dentro de la Europa económica, mientras se dilucida o no si a Turquía le interesa, o le interesa a la UE, tener como miembro, en su seno, a un país colindante con Irán e Irak. Es urgente conceder a Turquía ese tratado preferencial, que facilite la mayor parte de las ayudas comunitarias, las inversiones europeas en suelo turco, el reforzamiento del comercio, la reducción primero y supresión después de muchas barreras arancelarias, la incorporación de tecnologías, la consideración de país con derecho preferente a efectos de decenas de programas clave: desde Erasmus a Galileo, pasando por Meda o por el transporte militar (Eurocopter o el A400M).

Parece evidente que Turquía no se alzará contra Europa si recibe una proposición seria, fundada. Una proposición que no juegue ni con el destino de Turquía ni con el de la UE. Europa abrirá su negociación sin prejuicios: para analizar, en primer lugar, si Turquía es o no miembro potencial de una Unión integrada. “El Consejo nos ha dado una mandato terminante –ha dicho el 6 de septiembre el comisario Günter Verheugen– y no huiremos de nuestras responsabilidades”. Los 25 Estados miembros han de pronunciarse el 17 de diciembre. El proceso de democratización pendiente es más que considerable.

El proceso legislativo no es menor: fijémonos tan sólo en lo sucedido a propósito de la legislación sobre el adulterio, las dudas y rectificaciones de Erdogan. Rectificaciones no menores de las que hemos sido testigos en política exterior (casi ruptura con Israel, que se enorgullecía de tener un aliado musulmán; crisis profunda con EE UU en el momento álgido de la invasión de Irak, Turquía negando el paso a las tropas americanas… etcétera). Pero mientras se dilucidan los grandes interrogantes hay que pactar, insistamos, un gran acuerdo económico, al menos en cuatro grandes capítulos: comercial, cuanto más ambicioso; acuerdo financiero, inversiones de larga permanencia en Turquía; tecnologías; y progresivo desarme arancelario al menos en cinco sectores (grano-horticultura-cárnicos, textil, máquina herramienta, hidrocarburos, telecomunicaciones).

La integración de la sociedad turca en la sociedad europea podrá tardar. Por ejemplo, en materia de libertad de prensa. El proceso integrador no es inviable, ni indeseable, pero tardará. Hay algo que separa a los europeos del pueblo turco y es el nivel cultural. Los analfabetos turcos rebasan, en la Turquía asiática, el 20% mientras el nivel europeo de alfabetización es también entre húngaros, bálticos, checos, polacos, eslovenos, prácticamente total. Los analfabetos funcionales pueden alcanzar en Turquía un porcentaje superior: recordemos que hasta 1997 no se elevó la educacion básica, desde cinco a ocho años.

En 1998 había 1.220 instituciones de enseñanza superior, con sólo 1,5 millones de alumnos. Pero es sobre todo la adopción plena, de los llamados criterios de Copenhague lo que podrá retrasar la incorporación turca. Los tres grandes apartados (aceptar el completo acervo jurídico de la UE, aplicar las normas democratizadoras y la normativa económica de la UE) obligan a reformar muchas leyes y muchos hábitos establecidos en la sociedad turca, en su clase dirigente y, sobre todo en su clase dominante. Si los criterios de Copenhague se consideran tal cual son y se tiene en cuenta la situación de la sociedad en este otoño de 2004, no estamos ante un problema de rápido tratamiento. Y sin embargo Turquía es un aliado posible.

Claro que conviene contar con que Erdogan dirige el gobierno sólo desde diciembre de 2003. Su actividad ha sido incesante, parece que es primer ministro desde hace 10 años o más… El gobierno de Erdogan ha introducido cambios con decisión desde su llegada al poder en 2002. Y es incalculable lo que un pueblo puede cambiar en el curso de dos generaciones. Nosotros, los españoles, sabemos algo de esa asignatura: modernización económica, cambios democráticos, Estado de Derecho… Nadie es perfecto aunque haya mejoras sorprendentes. Insistimos, rápidas como en España, donde han necesitado (y no ha terminado la transición) veintitantos años. El que viene hará 30 años de la muerte en una cama de hospital, del general que venció en una guerra civil y se instaló 39 años en el poder.

Turquía fue, como España, neutral en la Segunda Guerra mundial pero el acierto de la segunda vuelta no se produjo en la primera, entró en 1914 del lado de los imperios centrales: fue el cataclismo final para el imperio otomano, recordemos a aquel gran actor americano, José Ferrer, en Lawrence of Arabia… Hay además raíces distintas. España es un pueblo europeo, que ha creído en Europa y ha defendido la idea de Europa durante 300, 500 años. Durante la primera mitad del siglo XVI el rey de España era emperador del Sacro Imperio. La España de Felipe V, Fernando VI, Carlos III, avanzó en paralelo con la Europa de las luces.

En ausencia de Fernando VII, las cortes votaron una constitución liberal en 1812. Los movimientos pendulares entre reacción y apertura (política, pero también cultural y económica) se extendieron a lo largo del siglo XIX. Pero al final, en 1874, se restauró la monarquía en el joven rey Alfonso XII y se pactó una constitución moderna, liberal, que pervivió durante 47 años. Esto no ha ocurrido en Turquía. Con los problemas y enfrentamientos que se quiera, la sociedad española fue creando, bajo la capa de su histoire evenementielle, una verdadera capa burguesa, no sólo en Cataluña y Madrid, también en el País Vasco, Valencia, Baleares, Canarias, el norte cántabro y asturiano, Navarra… El nacimiento de una creciente clase trabajadora desde 1850 impulsó las tensiones que 100 o 150 años después sirvieron para desarrollar una fuerte actividad europeísta, ilustrada.