Israel-Palestina ¿el día después?

n.70

Editorial

Israel-Palestina: ¿el día después?

Al cierre de este número, el frágil alto el fuego en la Franja de Gaza acaba de romperse y las fuer­zas militares de Israel han reanudado los bombardeos e intensificado la operación terrestre en la Franja. La respuesta israelí a los terribles ataques de Hamás, que el 7 de octubre causaron la muerte de 1.200 personas y el secuestro de más de 240, ha provocado alrededor de 18.000 muertos palestinos y un total de 1,9 millones de desplazados en Gaza.

La guerra en Gaza ha escalado en uno de los conflic­tos más acuciantes en décadas en la región y ha vuelto a poner la cuestión palestina en el centro de la política internacional. Si las primaveras árabes aglutinaron la atención mediática, los Acuerdos de Abraham daban la apariencia de una normalización de las relaciones entre Israel y sus vecinos árabes, mientras la causa palestina parecía abandonarse. Sin embargo, lo sucedido desde el 7 de octubre ha demostrado el empeño de Irán por aca­bar con esa normalización, que el conflicto sigue fuerte­mente arraigado en la calle árabe y que una negociación no será posible o, al menos, se verá gravemente afectada y dificultada, sin ofrecer una solución real para Palestina.

Aunque los líderes de la comunidad internacional si­gan afirmando la necesidad de volver a la solución de los dos Estados, de recuperar el espíritu de Oslo, nada pa­rece más necesario y a la vez más lejano a día de hoy. La realidad sobre el terreno la hace inviable, y un solo Esta­do parece más bien una utopía. Israel debe ser conscien­te de que ni con la derrota de Hamás, objetivo declarado de la guerra, ni con la política de asentamientos, acabará con el conflicto o tendrá seguridad. La vía para conseguir la tan anhelada paz pasará inevitablemente por recono­cer los derechos de los palestinos. Sin un diálogo y un proceso político reales que incorporen sus derechos, no habrá paz, ni para Israel, ni para Palestina. Y mientras esto no ocurra, será difícil convencer a la sociedad civil, sobre todo en Gaza, de que existe una alternativa al te­rrorismo de Hamás y debilitar, así, la organización isla­mista. El proceso también pasa por que las dos facciones palestinas, Al Fatah y Hamás, acaben con las luchas in­ternas y no añadan tan grandes dificultades a la ya difícil pero necesaria revalorización de la Autoridad Palestina. Algo que parece difícil a día de hoy.

En el entorno regional, las repercusiones son múlti­ples, más allá de la posibilidad de que la guerra se amplíe o de las preocupaciones de Jordania y Egipto por una segunda Nakba y la llegada masiva de refugiados gaza­tíes. En Líbano, sumido en una grave crisis económica y política, existe un alto riesgo de que los continuos en­frentamientos entre las milicias proiraníes de Hezbolá y el ejército israelí desemboquen en un conflicto mayor. Al igual que los ataques hutíes y de milicias respaldadas por Teherán en Siria e Irak a intereses estadounidenses, aunque, por el momento, no parece que el régimen iraní vaya a implicarse directamente en la guerra.

Ante estos desafíos, la Unión Europea ha demostra­do una profunda desunión, que puede tener efectos ne­gativos en sus relaciones euromediterráneas. Durante décadas, la percepción de doble rasero occidental privi­legiando a Israel ha sido un punto sensible entre Europa y los países árabes. Desde el 7 de octubre, y con Ucrania muy presente, esta tensión se ha agudizado, con acusa­ciones que han provocado fuertes choques diplomáti­cos entre las dos orillas del Mediterráneo.

Hay diferencias notables entre Ucrania y Palestina, tanto por los conflictos en sí, como por las sensibilidades e historias de los Estados miembros de la UE. Sin em­bargo, la Unión debe adoptar una posición común y de defensa de los valores y principios que siempre ha aban­derado, en línea con el derecho de Israel a defenderse de un ataque terrorista de esta envergadura y con la obli­gación de respetar el derecho Internacional humanita­rio. Rusia se ha beneficiado hasta ahora de la crisis. El conflicto ha desviado las miradas de la comunidad inter­nacional, centradas en Ucrania desde febrero de 2022. Además, ha permitido a Rusia explotar la idea del “doble rasero occidental” con el fin de acercarse aún más a los países del llamado Sur Global. Como también lo ha he­cho China. En su objetivo de acabar con el orden liberal internacional, los dos intentan presentarse como socios fiables del mundo árabe y de los países del Sur frente a las contradicciones de Occidente en Gaza.

El año 2024 será vital para la política europea y es­tadounidense. Las elecciones al Parlamento Europeo pueden ser clave para el futuro de la Unión. En Estados Unidos, Joe Biden, con dos conflictos militares en la es­cena internacional, tendrá en frente a un Donald Trump que, aun con múltiples juicios pendientes, mantiene alta su popularidad y busca la revancha. Queda por ver cómo la coyuntura internacional afectará a los resultados./

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