Alianzas y equilibrios de poder en Oriente Medio

Dada la fragmentación de las dinámicas políticas regionales y de la política interior, no parece que un actor único, estatal o no estatal, se imponga como fuerza dominante.

Brian Katulis

En el cuarto aniversario de las revueltas árabes, un análisis clínico de las tendencias estratégicas en Oriente Medio revela que la región se encuentra sumida en complejas luchas por el poder e influencia en las que intervienen potencias regionales clave. Los actores externos desempeñan una función muy poco relevante en estas nuevas dinámicas estratégicas que recorren Oriente Medio; los principales motores del cambio proceden de la propia región.

El contexto actual es muy variable y está sujeto a sobresaltos repentinos, como se ha visto con el auge del grupo Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) en Irak y Siria este verano o con la conquista de la capital de Yemen, Saná, por el movimiento huthi durante este otoño. La lucha por el poder y la legitimidad es intensa y en ocasiones muy violenta en lugares como Siria, Irak, Libia y Yemen. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el combate ha adquirido características propias de una nueva guerra fría, una lucha por la influencia en la que interviene el apoyo político y económico silencioso de otros actores de la zona.

Teniendo en cuenta las tendencias demográficas, sociales y políticas de la región, parece bastante probable que estos últimos cuatro años no hayan sido más que el comienzo de un prolongado periodo de remodelación del equilibrio de poder en la región. En este nuevo contexto, las políticas de actores externos como Estados Unidos, Europa y China pueden tener cierta influencia en las tendencias regionales, pero no sería muy acertado pensar que la actuación de estos actores pueda, por sí sola, determinar el resultado final.

Las fuerzas del interior de la región han demostrado que están decididas a forjar su propio futuro, y los actores externos deberían tratar de fomentar que las potencias regionales clave controlen sus peores tendencias hacia comportamientos destructivos y divisivos. Las potencias extranjeras también deben reformular sus estrategias de colaboración para inducir a los países de la zona a una mayor cohesión y cooperación entre ellos, y para que refuercen los vínculos políticos y económicos con el resto del mundo.

La naturaleza multidimensional de la lucha por la influencia regional

Hoy, la lucha por el poder en Oriente Medio es multidimensional y multipolar. Es multidimensional en cuanto a que los países y actores no estatales están empleando diversas medidas de influencia para tratar de dar forma a las tendencias: la acción militar directa, el refuerzo de la seguridad, el apoyo económico, las campañas en los medios de comunicación y el respaldo directo a movimientos políticos de otros países son algunos de los rasgos de esta competición.

Los mejores ejemplos de refuerzo de la seguridad y acción militar directa por parte de los actores regionales los encontramos en Libia, Irak y Siria. En Libia, Emiratos Árabes Unidos, en colaboración con Egipto, ha llevado a cabo ataques militares aéreos contra las milicias islamistas en 2014 (una muestra importante de cómo los países de la zona toman medidas por iniciativa propia sin informar antes a las potencias mundiales ni pedir su consentimiento). El asombroso auge del EIIL ha empujado a EE UU a trabajar con una coalición de potencias regionales para llevar a cabo una campaña aérea y coordinar el apoyo a una serie de fuerzas de tierra de Irak y Siria (que a menudo operaban a escala subnacional, como los peshmerga kurdos del norte de Irak).

Durante los últimos años, los países del Golfo como Arabia Saudí y Catar, y algunos donantes privados, como los kuwaitíes, han ayudado a las distintas facciones de las fuerzas contrarias a Al Assad en Siria, lo que ha generado una oposición política y armada fracturada que no ha resultado eficaz a la hora de acercarse al objetivo de derrocar a Al Assad (en parte por los flujos contrapuestos de armas y apoyo económico). Otra dimensión de la lucha regional por la influencia ha sido el apoyo económico a los gobiernos y movimientos políticos de toda la zona. Un buen ejemplo de esto es Egipto, que ha conocido distintas fases de apoyos de la región desde el derrocamiento del presidente Hosni Mubarak. De 2012 a 2013, los principales colaboradores de Egipto, entonces gobernado por los Hermanos Musulmanes, fueron Catar y Turquía.

Tras el golpe que arrebató el poder al expresidente Mohamed Morsi en julio de 2013, los principales socios del nuevo gobierno han sido Arabia Saudí, EAU y Kuwait, que le ofrecieron una ayuda sin precedentes de más de 20.000 millones de dólares durante el primer año. El apoyo económico no se limita a la ayuda monetaria directa; también se traduce en un apoyo energético y en el intento de fomentar la inversión privada. Un último aspecto de este combate multidimensional por la influencia se desarrolla en el campo de la política y los medios de comunicación: la lucha por ganarse el corazón y la mente de la ciudadanía.

El apoyo de Catar a movimientos islamistas como los Hermanos Musulmanes en diversos países y su inversión en la televisión Al Yazira, que viene de largo, son buenos ejemplos de los intentos por dar forma a la política y la opinión pública de la región. Otros países han invertido en alternativas políticas y de comunicación (todas destinadas a encauzar los argumentos sobre a quién debería apoyar la opinión pública de la región). El contexto actual es más impredecible y cambiante que el que había existido en las últimas décadas, cuando los medios de comunicación estatales estaban controlados por los gobiernos de cada país y el acceso a los medios extranjeros solía estar bastante limitado.

La ausencia de coaliciones regionales estables o hegemónicas

La lucha por la influencia en Oriente Medio es hoy multipolar, ya que no hay ningún actor, gobierno o institución no estatal que tenga una posición dominante, y no parece haber coaliciones estables en la zona. Los diversos marcos para analizar las tendencias regionales tienen cierta validez, pero cada uno tiene sus propias limitaciones inherentes. La división más evidente es el enfrentamiento sectario entre suníes y chiíes, en el que Arabia Saudí e Irán son las dos principales potencias regionales que desempeñan un papel protagonista en una competición que se extiende por toda la región.

Esta división sectaria se ha vuelto bastante violenta en lugares como Siria, Irak y Yemen, donde los actores subnacionales, con el apoyo de diversas potencias regionales, luchan entre ellos en el campo de batalla. La división sectaria sigue estando muy marcada en lugares como Líbano, donde las divisiones políticas y las disfunciones dentro del país reflejan, hasta cierto punto, los desequilibrios de poder y la división de las potencias regionales. Como consecuencia, el proceso libanés de elección de un nuevo presidente este año sigue estancado.

Pero la división sectaria entre suníes y chiíes es solo uno de los aspectos de las dinámicas regionales generales. La lucha por la influencia entre los principales países de mayoría suní también ha cobrado protagonismo y ha enfrentado a Arabia Saudí y EAU con Catar y Turquía. La línea divisoria más importante es la cuestión del islam político, ya que Catar y Turquía defienden un planteamiento que, por sus puntos de vista y apoyos, es más partidario de movimientos islamistas como los Hermanos Musulmanes. Pero incluso este marco no es tan simple y fácil como lo hemos descrito: Arabia Saudí sigue apoyando a una serie de movimientos sociales y políticos de corte islamista que no se alinean con los Hermanos Musulmanes.

En cierto sentido, las líneas divisorias se parecen a las que existían entre monarquías y repúblicas –que vimos durante las guerras frías árabes de la década de los sesenta– pero también esta es una descripción incompleta de lo que sucede actualmente en Oriente Medio. Si hay una dinámica que ayude a describir lo que pasa actualmente en Oriente Medio, sería la de que, en toda la región, unos Estados más fuertes, más ricos y con más cohesión interna están enfrentándose en batallas políticas y militares que se libran en el interior de países más débiles, más pobres y con más divisiones internas. Las consecuencias de estos combates han sido el deterioro constante de las instituciones estatales y la unidad nacional en determinados países situados sobre las líneas de falla sectarias de Oriente Medio, como Irak y Siria, y la ruptura del consenso nacional en lugares como Egipto.

En este nuevo contexto regional, no es probable que surja ningún poder hegemónico único. La naturaleza fraccionada de las dinámicas políticas regionales, combinada con la fragmentación de la política interior, hace estructuralmente difícil que un actor único, ya sea estatal o no estatal, se imponga como fuerza dominante. Las batallas ideológicas que se producen en toda la región no son coherentes, dada la falta de profundidad inherente al pensamiento ideológico y a la política. Por el contrario, Oriente Medio está siendo testigo de una lucha por el poder que, en gran medida, carece de ideas profundas que encajen en algún espectro político coherente, como sucede en otras zonas del mundo. Hay tendencias muy diversas dentro del pensamiento islamista, desde las voces más radicales como el EIIL y Al Qaeda, hasta las más moderadas, como los grupos islamistas que participan en los procesos políticos democráticos de países como Túnez.

Las antiguas ideas sobre un pensamiento político panárabe ejercen un papel marginal, pero no ha surgido ninguna alternativa política coherente. Además, han aparecido algunas fuerzas no árabes, como los kurdos de Irak, Siria y Turquía, que están resultando esenciales en esta nueva dinámica regional. En algunos países, como Egipto, ha surgido una nueva forma de sentimiento hipernacionalista, pero no ha cuajado ningún representante claro de un pensamiento político determinado que alimente el debate político de forma más organizada. Cuatro años después del comienzo de las revueltas árabes, la profundidad del cambio real en las estructuras de poder y las economías políticas de la región sigue siendo bastante limitada.

De los 19 países de la zona, la inmensa mayoría no ha experimentado cambios importantes. Alrededor de un tercio han padecido graves disturbios (Siria, Irak, Libia, Yemen, los territorios palestinos, Egipto y Bahréin). El resto se ha mantenido bastante estable, aunque quizás sea una estabilidad frágil, dadas las aplastantes tendencias económicas, sociales y demográficas de una zona en la que la mayoría de la población es joven y las economías de casi todos los países no han logrado alcanzar a las del resto del mundo. Cuatro países –Túnez, Egipto, Libia y Yemen– han conocido cambios de gobierno, en algunos casos varias veces. Pero incluso en estos países que han sido testigos de un elevado grado de inestabilidad y alternancia en el gobierno, los cimientos de las estructuras de poder de la élite no han cambiado significativamente.

El papel de los actores externos en el nuevo Oriente Medio

En este complejo contexto del Oriente Medio actual, el factor novedoso más importante es que hay diversas fuerzas regionales que trabajan de manera más decidida para producir cambios. Los actores estatales más destacados son los países del Golfo, ricos en petróleo y, en menor medida, Turquía, con su gran economía y sus muchos vínculos comerciales con toda la región.

Los actores no estatales son ahora mucho más importantes en Oriente Medio de lo que lo eran en la década anterior. La dispersión del poder, el hundimiento de las instituciones estatales y la multiplicación de las vías de influencia en un paisaje mediático más diverso han creado un espacio aprovechado por grupos extremistas violentos como el EIIL y por activistas no gubernamentales más pacíficos como los de los levantamientos populares liderados por jóvenes en lugares como Túnez y Egipto.

Este nuevo panorama es un reto para los actores externos, como EE UU y Europa, que deseen cooperar, aunque las herramientas de colaboración tradicionales siguen ancladas en el pasado. La estrategia estadounidense para Oriente Medio sigue muy inclinada hacia la cooperación en materia de seguridad, y su estrategia general consiste en tratar de crear y mantener el mayor número posible de acuerdos de colaboración con tantos actores estatales como sea posible. Esto hace que EE UU sea menos propenso a alinearse con uno u otro bando en las luchas intrasuníes entre Arabia Saudí y Catar, y lo lleva a buscar acercamientos más inclusivos como la coalición contra el EIIL, que abarca a todos estos grupos.

Los intentos europeos de colaborar económica y políticamente con los países de Oriente Medio y el norte de África no han tenido consecuencias tangibles, a pesar de la desesperada necesidad de apoyo que hay en las transiciones políticas y económicas. Una de las causas de esto son los problemas provocados por los retos económicos a los que se enfrenta Europa desde 2008, que han impedido que Europa y EE UU cumplan las promesas de proyectos como la Asociación de Deauville, aprobada en 2011 por el G-8. Otro factor que explica esta falta de efectividad es la diversificación de la atención y los recursos para afrontar los nuevos desafíos que suponen Rusia y Ucrania en el este de Europa.

A corto plazo, EE UU y Europa deberían estudiar posibles formas de crear incentivos para que los actores de la región colaboren en la búsqueda de soluciones políticas más inclusivas a los problemas de la zona, y de instituciones políticas más plurales. Esto exigirá un cambio de rumbo, y alejarse del predominio de las soluciones militares y de seguridad (aunque las fuerzas de seguridad nacionales seguirán necesitando ayuda en lugares como Irak).

Las estrategias de colaboración de EE UU y Europa tendrán que cambiar para buscar maneras más estratégicas de fomentar las reformas económicas y políticas que ayudarán a Oriente Medio a vincularse más a la economía mundial y alejarse de la táctica de las respuestas de emergencia a las amenazas contra la seguridad nacional. Cuando lleven a cabo este cambio, EE UU y Europa deberían tratar de implicar a potencias emergentes como China e India, que van a tener cada vez más intereses en un Oriente Medio más estable y funcional, si tenemos en cuenta su creciente dependencia de las reservas energéticas de la región y sus mayores vínculos económicos con Oriente Medio.