Un nuevo norte de África y Oriente Próximo

Hablar del futuro es temerario. Lo único claro es que la ‘realpolitik’ occidental que apostaba por las autocracias árabes como factores de estabilidad y seguridad ha quedado vieja.

Javier Valenzuela

El nuevo norte de África y el nuevo Oriente Próximo que la Primavera Árabe está alumbrando son impredecibles. Profetizar cómo serán el sur y el levante del Mediterráneo tras los actuales acontecimientos, y cómo se relacionarán con el norte y el poniente, es temerario. Ahora bien, lo que sí sabemos es aquello que ya se ha quedado viejo, empezando por esa supuesta realpolitik occidental que apostaba por las autocracias árabes como factores de estabilidad y seguridad en la región.

El derrocamiento del tunecino Zine el Abidin Ben Ali, el egipcio Hosni Mubarak, el libio Muamar Gadafi y el yemení Abdulá Saleh, al igual que los apuros del clan sirio de los Assad, enviaban a finales de noviembre de 2011 un clamoroso mensaje a favor de una nueva política occidental en relación con el mundo árabe. Cuando se acercaba su primer aniversario, la Primavera Árabe no daba señales de agotarse: las buenas y malas noticias, los avances y retrocesos, las euforias y las depresiones se amontonaban a un ritmo trepidante.

Es lo propio de los fenómenos revolucionarios, verdaderamente históricos. Aún no habíamos digerido el violento final del tirano libio Gadafi ni el triunfo de los islamistas en las primeras elecciones democráticas tunecinas, y ya el agravamiento de la situación en Siria, responsabilidad exclusiva del numantinismo de los Asssad, dirigía nuestras miradas hacia Damasco. La represión de las protestas se cobraba allí a diario decenas de muertos, emergía en la frontera entre Líbano y Siria un primer foco de resistencia militar y la Liga Árabe, en una decisión insólita y positiva, sancionaba al régimen de los Asad por machacar a cañonazos las protestas de una parte importante de su población.

Mientras Siria parecía encaminarse hacia una guerra civil, otro gran frente de la Primavera Árabe se situaba en el valle del Nilo, donde los militares que depusieron a Mubarak no daban muestras de estar demasiado convencidos de que los egipcios tuvieran derecho a disfrutar de las libertades por las que habían luchado meses antes en Tahrir. Los militares, con seis décadas en el poder, tres de ellas bajo la dirección de Mubarak, no habían aclarado cuáles serían los poderes del Parlamento surgido de unos primeros comicios democráticos. Eso sí, se habían reservado el derecho a controlar en provecho propio el proceso constituyente. Entre tanto, no cesaban de encarcelar a miles de combatientes por la libertad, entre ellos el bloguero Alaa Abd El Fattah. A comienzos de octubre, unas muy justas protestas de los coptos por el acoso a que los sometían los salafistas y la escasa protección que les brindaba la junta militar egipcia, terminaron con una brutal represión que causó muchos muertos.

A finales de noviembre, la plaza Tahrir volvía a llenarse de decenas de miles de manifestantes que denunciaban al mariscal Tantawi, el jefe de la junta militar, como un “segundo Mubarak” y exigían su dimisión. En vez de pilotar la transición hacia la democracia, como había prometido en febrero, la junta militar estaba secuestrando la revolución egipcia. La brutal represión de los antidisturbios provocaba decenas de muertes por heridas de bala o asfixia. Y, sin embargo, qué formidable balance. En menos de un año, la Primavera árabe había conseguido derrocar a cuatro tiranos, tres del norte de África y uno de la península Arábiga, había situado al clan sirio de los Assad en la posición de fieras acorraladas y había impulsado un proceso de reformas democráticas en Marruecos.

También le había restado relevancia a la muerte violenta de Osama bin Laden, derrotado de antemano política e ideológicamente, según reconocía el propio Barack Obama, por los acontecimientos iniciados con la inmolación a finales de 2010 del joven tunecino Mohamed Buazizi. Tunecinos, egipcios, libios y yemeníes tenían por delante una tarea hercúlea: construir democracias en sus respectivos países. Y ello en medio de una situación económica muy negativa a nivel regional y global. Nada garantizaba el éxito de su empeño como nada aseguraba fatalmente su fracaso. Sus revueltas, no obstante, ya marcaban un antes y un después histórico y permitían proponer algunas conclusiones.

Entre ellas:

– Puesta en cuestión de la mirada occidental sobre el mundo árabe.

Los árabes, confundidos en los últimos lustros con los musulmanes, han recuperado visibilidad al alzarse valientemente por la libertad y la dignidad, al recordar la universalidad de los valores del siglo de las Luces y las revoluciones americana y francesa. Los estereotipos racistas que proclamaban la incompatibilidad entre democracia y arabidad, e incluso los que lo hacían respecto a democracia e islam, han sufrido un duro golpe. Saludada por muchos de sus intelectuales como una segunda Nahda o renacimiento, la Primavera Árabe no es otra cosa que un combate por el reconocimiento del ciudadano árabe tanto por parte de sus gobernantes como de los extranjeros.

– Emerge un nuevo panarabismo.

Unido secularmente por raíces lingüísticas y culturales, el mundo árabe contemporáneo también lo estaba a comienzos de 2011 por la existencia de autocracias envejecidas –presidenciales o monárquicas– que contrastaban con la juventud de sus poblaciones y sus ansias por respirar libremente. Por supuesto, cada uno de sus países tiene fuertes características propias, lo que permite definirlo como un patchwork. Pero, por primera vez desde los años cincuenta y sesenta del siglo XX, los del naserismo, el universo que se extiende desde Marruecos a Irak late al mismo ritmo político. Los manifestantes de cada uno de los países se sienten hermanados con los de los otros. La cadena de televisión por satélite Al Yazira, que emite desde Qatar, ha sido clave en los últimos 10 años en la creación de esta conciencia común, más crítica y más plural.

– El islamismo se reforma.

Al panarabismo de Naser lo había sustituido como principal corriente política e ideológica el islamismo a partir de los años ochenta. Pero la vanguardia de los alzamientos de 2011 no han sido los islamistas, sino las juventudes urbanas de ideas democráticas conectadas a la modernidad vía Internet y la televisión por satélite. Ahora bien, dado que ellos eran los principales opositores a los autócratas, y explotando la popularidad de sus redes de asistencia social, los islamistas pueden ser los primeros beneficiarios políticos de los procesos electorales surgidos de las revueltas. Es lo que ya se vio en los comicios tunecinos de octubre con la victoria de Ennahda. Estos islamistas, sin embargo, son de nuevo cuño: se declaran dispuestos a vivir en democracia siguiendo el ejemplo del AKP turco de Erdogan, retoman, pues, ese argumentario del AKP en que se compara con los partidos confesionales democristianos de Europa. Y es que los modelos teocráticos de la Arabia Saudí suní y el Irán jomeinista chií no les resultan atractivos a la gran mayoría de los jóvenes árabes, incluidos los muchos que son piadosos. Las democracias occidentales tienen que asumir, sin excesivas angustias, que las democracias árabes tal vez tengan que pasar por un periodo de sarampión islamista. Lo importante es que los países árabes surgidos de las revueltas establezcan reglas de juego y cortafuegos institucionales que impidan el abuso del poder por parte de los islamistas o de cualquier otra formación. Una democracia es mucho más que elecciones.

-Sigue disminuyendo la influencia de Estados Unidos en la región.

La desastrosa guerra de Irak desnudó a los ojos del mundo los límites del poder americano; el siglo XXI, que se anunciaba exclusivamente norteamericano, ya es multipolar. En Oriente Próximo, Washington es desautorizado por el mismísimo Israel de Netanyahu, que hace oídos sordos a las tímidas peticiones de congelar su colonización en Jerusalén oriental y Cisjordania, una colonización que cada día hacía más inviable el nacimiento de un Estado palestino que no sea un mero archipiélago de bantustanes y campos de refugiados. En cuanto al prestigio de Obama entre los árabes por su discurso precursor de El Cairo (junio 2009) y su apoyo verbal a las revueltas democráticas, se ha visto cuestionado tanto por su ruidoso silencio sobre Arabia Saudí, el adalid de la reacción, como, sobre todo, por su negativa a que Naciones Unidas reconozca el Estado palestino. En todo caso, el vacío que va dejando EE UU no lo sustituye nadie. Salvo por el acertado compromiso de algunos de sus miembros en la ayuda a los rebeldes libios, episodio del que cabe recordar el bochornoso papel de tendero de la Alemania de Merkel, la Unión Europea no está siendo un actor muy activo en la Primavera Árabe. Su crisis económica y financiera y sus divisiones la condenan casi a la impotencia.

– Israel está desconcertado.

Cierto narcisismo israelí sufrió una herida al ver que los manifestantes en Túnez, Egipto, Libia, Marruecos, Siria, Yemen, Bahréin y otros países no seguían el patrón clásico de lanzar gritos contra EE UU y quemar banderas con la estrella de David. El nuevo Oriente Próximo podría no girar ya obsesiva y exclusivamente en torno a Israel, a favor o en contra de Israel. La Primavera Árabe no quiere decir que sus pueblos se hayan olvidado de la tragedia de los palestinos, lo que quiere decir es que han situado la lucha por las libertades y los derechos, incluidos los de los palestinos, como su principal objetivo político. En noviembre de 2011, el viejo Israel volvió a reclamar protagonismo al querer situar en el centro de la agenda internacional el programa nuclear iraní y sugerir que podría desencadenar una operación militar unilateral en su contra.

-El prestigio de Irán va desvaneciéndose.

Hasta que Israel volvió a reclamar la atención sobre su programa nuclear, Irán era otro de los perdedores de la Primavera Árabe. Las manifestaciones en las calles de Teherán de 2009 demostraron que el régimen jomeinista es arcaico para la juventud iraní y que, además, perdió legitimidad interna con el pucherazo electoral. Dos años después, las revoluciones seculares de Túnez y Egipto redujeron aun más sus aspiraciones a convertirse en un referente ideológico y político que vaya más allá del mundo chií, de las comunidades chiíes de Irak, Bahréin y Líbano. Ahora bien, un ataque israelí, norteamericano o conjunto permitiría a los ayatolás volver a levantar cabeza apelando a la sagrada unidad en torno al islam chií y el nacionalismo persa agredidos.

-Turquía es percibida como referente.

País no árabe de mayoría musulmana, con una democracia gobernada por una fuerza islamista moderada y un buen nivel de crecimiento económico, Turquía apareció desde el primer momento como un modelo atractivo para la Primavera Árabe. La gira de Recep Tayyip Erdogan por Túnez, Egipto y Libia tras la caída de sus respectivos déspotas lo confirmó. Una mayor combatividad turca en la defensa de los palestinos ha contribuido asimismo a su popularidad ante los árabes. No obstante, salvo en el caso de Túnez, ningún país árabe tiene el camino avanzado por Turquía en materia de secularidad merced al empeño autoritario de Atatürk.

-Aparecen nuevos actores árabes.

Gracias a la influencia de Al Yazira y su apoyo tanto a las revueltas democráticas como a los partidos y movimientos islamistas moderados, el pequeño y rico emirato de Qatar se ha convertido en un protagonista de peso. Por su parte, un Egipto que culminara una transición a la democracia volvería a recuperar la condición perdida con Sadat y Mubarak de faro ideológico, político y cultural del mundo árabe.

-Hay para rato.

De la universalidad de la Primavera Árabe da cuenta el que alcanzara en 2011, aunque de modo distinto, a dos países situados en los extremos del mundo árabe: Marruecos, en el Magreb, de un modo reformista, y Siria, en el Machrek, de un modo cada vez más violento. De su aliento el que, en la segunda mitad de 2011, prosiguiera aportando novedades espectaculares como la muerte de Gadafi, las elecciones tunecinas, los primeros choques militares en Siria, la decisión de la Liga Árabe de suspender a este último país, la dimisión del yemení Saleh y la segunda fase de las protestas multitudinarias en la plaza Tahrir, la cairota “madre de todas plazas”. Como todos los fenómenos revolucionarios, y el más semejante podría ser el europeo de 1848, la Primavera Árabe durará años, conocerá avances y retrocesos, restauraciones y nuevas bastillas, periodos de relativa calma y aceleraciones repentinas. Y nada está escrito: el que culmine con democracias razonables en un buen número de países también depende de la actitud de los europeos. Más que regocijarnos con sus dificultades, como parecen hacer algunos, lo suyo sería que nos preguntáramos cómo podemos ayudar. El desdén y el escepticismo no son ahora otra cosa que la continuidad de esa visión eurocéntrica que pretendía encorsetar a los árabes en el dilema ominoso entre autocracia y teocracia.