Turquía y la UE: ¿prioridad entre las prioridades?

El éxito o fracaso del proceso de adhesión tendrá un impacto decisivo en la cohesión, el futuro político y el papel de la Unión Europea en el nuevo orden global.

Eduard Soler i Lecha

Se puede agotar la paciencia turca con la Unión Europea (UE)? ¿Y si así fuera, hacia dónde se giraría Ankara? ¿Qué alianzas alternativas buscaría y qué significaría ese giro? Éstas son preguntas recurrentes por parte de quienes intentan calibrar no sólo el coste de la adhesión sino el coste de un eventual rechazo de la UE a las expectativas turcas. La historia de las relaciones entre Turquía y la UE es especialmente dilatada. El acuerdo de Ankara, que consolidaba la asociación de Turquía a la CEE y que ya preveía como objetivo a largo plazo la adhesión de este país, entró en vigor hace 45 años. Hace 22 Turquía solicitó formalmente su plena integración en la UE. Hace 10 que se le considera un país candidato y cinco desde que se dijo que cumplía los criterios de Copenhague, allanando así el camino para iniciar el proceso negociador.

Unas negociaciones que empezaron en octubre de 2005 pero que quedaron parcialmente congeladas un año después por la no resolución del conflicto chipriota. A lo largo de este medio siglo, la UE ha experimentado grandes cambios. Entre los más relevantes contamos la ampliación a 27 Estados miembros y un accidentado pero constante esfuerzo por profundizar la integración entre ellos. Turquía también ha cambiado de forma notable. En el campo político, el país lleva años en democracia, ha experimentado reformas importantes como la abolición de la pena de muerte y se ha convertido en el laboratorio del fenómeno islamodemócrata, por analogía con la democracia cristiana.

En lo económico Turquía ha sido uno de los países con un crecimiento más alto del continente europeo y quedan lejos las cifras de inflación cercanas a los tres dígitos de la década anterior. Sin embargo, se mantiene inalterable la centralidad de la UE en la política turca. Pero, en los momentos más complicados de las relaciones euroturcas, es decir, cuando líderes europeos como Edmund Stoiber, Valéry Giscard d’Estaign, Frits Bolkestein o el propio Nicolas Sarkozy expresaban públicamente su rechazo al ingreso de Turquía a la UE, se han oído voces advirtiendo que Ankara podría intentar buscar alianzas alternativas. ¿Qué hay de cierto en esta amenaza si es que se puede hablar de amenaza? ¿Algo más que un profundo descontento? ¿Es un recurso para presionar a los líderes de la UE o se perfilan alternativas al sueño europeo de Ankara?

¿En la cúspide de las prioridades?

Prioridades en política exterior puede haber muchas pero no todas son igual de importantes. En el caso español suele decirse que Europa, América Latina y el Mediterráneo son los ejes de la política exterior pero que la prioridad europea acaba condicionando las otras dos. Se utiliza la figura de un triángulo para describir esta situación: Europa ocupa el vértice superior, ya que a la vez se apoya y se impone sobre las otras dos. ¿A qué figura geométrica se asemeja la política exterior turca? Sería más compleja que la de un triángulo, como también es más complejo el entorno en que se sitúa Turquía.

Fuera cual fuera el dibujo, parece claro que Europa ocupa un lugar preeminente y que en un segundo lugar quedarían otras prioridades como la relación con Estados Unidos, los lazos con Rusia o la política hacia el Cáucaso, Asia Central, los Balcanes y Oriente Próximo. A ello cabría añadir el tema de Chipre, a caballo entre una cuestión de política exterior o interior. El papel preeminente de Europa se ha traducido en la reiteración, año tras año, de que el principal objetivo de Turquía es integrarse en la UE. Se ha mantenido esta posición incluso en los momentos más tensos como cuando en 1997 el gobierno de Mesut Yilmaz bloqueó el diálogo político con la UE tras ver rechazado el estatus de país candidato en el Consejo Europeo de Luxemburgo. No obstante, esto no tiene por qué ser siempre así.

¿Cuáles son las alternativas?

Una de ellas puede ser el refuerzo del partenariado con EE UU. Siempre que se han deteriorado las relaciones con la UE, Turquía ha mirado hacia Washington. No obstante, la opinión pública turca ha hecho gala de un fuerte antiamericanismo, especialmente durante la era Bush. La elección de Barack Obama puede cambiar esta situación pero no dejaría de ser una apuesta arriesgada. Además, siguiendo los pasos de Bill Clinton, Obama ha solicitado a los europeos que miren con mejores ojos la candidatura turca. En estas circunstancias, las relaciones con la UE y EE UU van de la mano. Otra alternativa es construir una relación privilegiada con Rusia, con quien las relaciones comerciales son cada vez más intensas. Seguramente ésta es una de las posibilidades que preocupa más en algunas cancillerías europeas.

Con todo, esta alianza sería forzosamente desigual y no parece claro que Turquía esté dispuesta a seguir al pie de la letra la vía marcada desde Moscú. En los últimos años, el activismo del gobierno turco en Oriente Próximo ha llevado a algunos a acuñar el término de una política exterior “neootomanista” por la cual Turquía intentaría convertirse en el líder y portavoz del mundo islámico. Algunas actuaciones recientes como el plantón de Recep Tayyip Erdogan a Simon Peres en Davos han reforzado esta imagen. No obstante, el interés de Turquía en Oriente Próximo no ha ido, hasta ahora, en detrimento de su vocación europea. Otra opción consistiría en intentar lograr ese papel de liderazgo en Asia Central y el Cáucaso. Esta posibilidad, especialmente en boga cuando se desmoronó la URSS, parece hoy más dudosa que a principios de los años noventa.

Rusia sigue siendo la principal potencia regional, EE UU se perfila como la alternativa y China deviene la potencia emergente. Así pues, como escribían William Hale y Gamze Avci parece difícil que una opción “centroasiática” o “islámica” emerja como alternativa real a la vocación europea y que un gobierno pudiera ponerlo en práctica sin un gran coste. De hecho, una política turca activa en ambas regiones puede ser una baza en sus relaciones con la UE. Una alternativa real es la opción que nada tiene que ver con la creación de nuevas alianzas sino que se basa en un aislacionismo agresivo y nacionalista. Se trataría de volver a la lógica de que “el turco no tiene más amigos que el turco” y que por tanto debe confiar sólo en sus propias capacidades para defender sus intereses.

Ese escenario se caracterizaría por un aumento del gasto militar, la escasa voluntad para culminar la distensión con Grecia, una política más dura en la cuestión chipriota, por una actitud beligerante contra Armenia y por la intervención directa en Irak para protegerse del peligro secesionista. Desde 1999, la política exterior turca se ha caracterizado por solucionar los problemas de la región en vez de crear nuevos focos de inestabilidad. Pero, la posibilidad de una vuelta atrás es, por desgracia, la alternativa más factible y a la vez la más contraria a los intereses de la UE.

La aspiración turca a entrar en la UE: ¿consenso o disenso?

El proceso de adhesión genera controversia en Turquía. Aunque existe un cierto consenso entre las principales fuerzas políticas respecto a la conveniencia de integrarse en la UE, hay considerables discrepancias respecto a si es una posibilidad real y a lo que hay hacer para conseguirlo. Respecto al primer punto, observamos una diferencia notable entre la voluntad de convertirse en miembro de la UE y el convencimiento de que al final pueda llegarse a esta meta. Las encuestas de opinión pública en Turquía no sólo muestran un cierto desaliento, sino un alto grado de escepticismo sobre la sinceridad de la oferta europea. En el plano político esto se ha traducido por la sensación de que la UE siempre podrá sacarse de la manga un nuevo criterio por cumplir.

Esta sensación de incertidumbre disminuye los incentivos del gobierno turco por llevar a cabo unas reformas que no necesariamente corresponden al sentir de su opinión pública. Este hecho, añadido a la complicada situación de Turquía en los últimos dos años, ha producido una desaceleración del proceso de reformas que el gobierno del Partido Justicia y Desarrollo (AKP) había llevado a cabo tras su victoria electoral en 2002. En la UE muchas voces piden al ejecutivo turco que dé un nuevo impulso al proceso de reformas. En Turquía, en cambio, no cesan las peticiones para que la UE sea menos ambigua en su discurso, apueste claramente por la integración y cumpla sus promesas de terminar con el aislamiento que sufre el norte de Chipre. Sin embargo, estas demandas chocan con las profundas divisiones en la UE.

Una Europa dividida

Las posiciones de los europeos sobre Turquía son muy distintas. Algunos países como España, Italia o Reino Unido siempre han sido favorables a la adhesión turca, con independencia del signo político del gobierno y por distintos motivos. En el caso británico, este apoyo se ha basado en una concepción menos política y más atlantista de Europa. En el italiano, las relaciones económicas con Turquía han tenido un peso significativo. En el caso español, se ha debido, entre otras razones, al convencimiento de que no podía negar a Turquía algo que tanto había beneficiado a España.

En cambio, hay países donde las posiciones han variado en función del gobierno. Alemania pasó de ser con Helmut Köhl uno de los más contrarios a la perspectiva de la integración de Turquía a ser, con Gerhard Shröder, uno de sus principales valedores. En la actualidad, dentro de la coalición gobernante liderada por Angela Merkel, conviven ambas posiciones y, por consiguiente, la actitud alemana se ha caracterizado por la prudencia. Prudencia que no ha tenido Sarkozy, que rompiendo con la posición favorable de su correligionario Jacques Chirac, es uno de los más renuentes a la adhesión de Turquía. ¿Oportunismo electoral o distinta valoración de los intereses europeos y franceses? Ambos factores deben tenerse en cuenta, ya que han hecho de Francia uno de los principales obstáculos para la adhesión turca, bloqueando varios capítulos de la negociación y sugiriendo alternativas como una asociación privilegiada o un papel mayor de Turquía en la Unión por el Mediterráneo.

Otro país especialmente relevante es Grecia, que se había caracterizado por bloquear la perspectiva de ingreso de Turquía y cualquier paquete financiero destinado a las arcas turcas. Mucho han cambiado las cosas ya que desde que se iniciara la distensión entre ambos países en 1999, Atenas se ha convertido en un defensor de la adhesión turca. Grecia considera que mantener la vía de la integración es el mejor método para que Turquía no suponga un problema para su seguridad y mantenga una actitud constructiva en el contencioso chipriota. Finalmente, junto a Francia, destacan Chipre y Austria como los más problemáticos.

Chipre no dará un paso decisivo hacia la integración sin que Turquía no reconozca antes la República de Chipre y retire sus tropas de la isla. Para Austria, el rechazo se debe en parte a que casi el 90% de su población se muestra contraria a la adhesión turca. Junto a estas divisiones nacionales observamos fracturas de índole ideológica. Las izquierdas europeas han tendido a ser más favorables a la adhesión que las derechas. El Parlamento Europeo ha sido escenario de este choque ideológico sobre la europeidad de Turquía. No obstante, hay excepciones que escapan a este alineamiento ideológico: los conservadores británicos, españoles e italianos se han posicionado a favor de la adhesión mientras que líderes socialistas franceses como Laurent Fabius han puesto de manifiesto su rechazo.

Una mirada al futuro en tiempo de crisis

Las relaciones euroturcas han entrado en un periodo de incertidumbre y hay riesgo de crisis si una de las dos partes tensa la cuerda. Pero Europa y Turquía también sufren una crisis económica global, con efectos ambivalentes en el proceso de adhesión. Por un lado podría fortalecer la voluntad turca de integración, como sucedió tras la crisis financiera de 2000 y 2001. Por otro, podría reforzar las tendencias proteccionistas en la UE. La UE también está sometida a una crisis constitucional. En este caso Turquía puede actuar como revulsivo para poner en marcha el Tratado de Lisboa, pero su no resolución también puede ser utilizada para demorar la adhesión turca. Además, la situación parece alcanzar dimensiones de crisis existencial.

Como dijo el antiguo presidente del Parlamento Europeo, Josep Borrell, la UE ha llegado a los 50 contenta por lo alcanzado, pero sin saber exactamente qué quiere hacer a partir de ahora. Turquía está en el centro de estas dudas. Además las sociedades europeas parecen sumidas en una crisis de identidad ya que no siempre aceptan la creciente diversidad de su población. El ingreso de Turquía en la UE y las olas de rechazo que genera reflejan este miedo a lo diferente y, en particular, a lo musulmán. Por el contrario, la perspectiva de integración de este país en la UE es una fuerte señal de un proyecto sin exclusiones culturales, fundamentado en unos principios políticos y morales. La propia Turquía está sometida a diversas crisis políticas y sociales.

¿Aceptarán las fuerzas armadas un papel semejante al de sus correligionarios europeos? ¿Cuál será el impacto de la investigación de la red Ergenekon que implicaría a miembros de las fuerzas de seguridad, periodistas y políticos en una trama para sacar al AKP del poder por medios no democráticos? ¿Podrá Turquía dar pasos valientes hacia una mayor inclusión de la población kurda? ¿Podrá un partido con una fuerte inspiración religiosa consolidar una gestión secular del Estado? Se harán concesiones significativas en la cuestión chipriota? En un contexto que no sólo pasa por la crisis económica global sino en el que confluyen otros elementos, el éxito o fracaso del proceso de adhesión de Turquía tendrá un impacto decisivo en la cohesión de las sociedades europeas, en el futuro político de la UE y en el papel que ésta desee desempeñar en el nuevo orden global.