Oriente Medio: rivalidad entre árabes y no árabes

Irán, Turquía y EE UU forman el triángulo vital de la estrategia americana en la región, con consecuencias para los actores tradicionales, Arabia Saudí y Egipto.

Hala Mustafa

Apesar de la controversia sobre el significado y la definición de Oriente Medio como expresión que ha oscilado entre el eje del “Gran Oriente Medio” y el del “Nuevo Oriente Medio”, la expresión en sí no es ni nueva ni un invento reciente. “Oriente Medio” es, en la mayoría de los casos, como se ha definido una zona estratégica y vital, y fue el Imperio Británico el que la empleó por primera vez a comienzos del siglo XX. En esa época, Oriente Medio se definía como la región del Golfo Pérsico y sus alrededores y el concepto estaba pensado para garantizar el estrecho control británico sobre una zona que era la ruta principal a India, y para eliminar cualquier intento por parte de Rusia o Alemania de dominar esa región. Se suponía que debía distinguirse de Oriente Próximo, que incluía parte de Europa, los Balcanes y la zona occidental de Asia controlada por el Imperio Otomano, y de “Extremo Oriente” (la Política de Puertas Abiertas adoptada con China).

Desde entonces, la región se extendió varias veces para adaptarse a las necesidades e intereses del Imperio Británico y a las operaciones militares que tuvieron lugar durante las dos guerras mundiales, hasta que toda la zona fue heredada por Estados Unidos tras la Segunda Guerra mundial. Durante esa época, Oriente Próximo incluía (además de la región del Golfo) Irán, Afganistán, parte de la costa mediterránea de Grecia, Irak, Siria y norte de África. Durante la guerra fría, Gran Bretaña fue más allá de la definición económica de Oriente Próximo. Ofreció un concepto más político que tuvo su eco en la creación de una organización conjunta para la defensa que forjó una alianza militar contra la antigua Unión Soviética. En 1955, se fundó el Pacto de Bagdad, formado por Irán, Turquía e Irak, mientras que Egipto rehusó unirse. Tras la guerra fría, EE UU adoptó casi la misma definición de la expresión hasta los ataques del 11 de septiembre de 2001. Las antiguas fronteras de Oriente Medio, tal y como eran durante la guerra fría, se extendieron para incluir el sur de Asia (India y Pakistán), los Estados islámicos de Asia central (Cáucaso), la región del Golfo de Arabia, los Estados del Magreb y el Cuerno de África.

Un nuevo concepto de Oriente Medio pasó a ocupar el primer plano a comienzos del siglo XX para servir a los intereses del Imperio Británico y, hacia el final de siglo, se aplicó una versión ampliada, pero esta vez desde una perspectiva americana. Al mismo tiempo, Israel adoptaba ese concepto de Oriente Medio basado en el hecho de que la región está formada por múltiples minorías étnicas, religiosas y raciales que no tienen una identidad única, a pesar de habitar en la misma zona, lo cual habría hecho más fácil para el Estado judío integrarse en la región. Esa idea quedó muy clara tras la primera guerra del Golfo en 1991, en la Conferencia de Madrid que recondujo el proceso de paz entre palestinos e israelíes, que siguieron adelante con el concepto de “Nuevo Oriente Medio”, tal como lo explicó Simon Peres, entonces ministro de Asuntos Exteriores con Isaac Rabin en un libro que llevaba ese mismo título.

Pero, a pesar del entusiasmo de Peres por un nuevo Oriente Medio centrado en la creación de un mercado regional más amplio basado en el principio de la interdependencia, la idea no ha tenido la misma acogida calurosa en el Partido del Likud, que ha promovido la idea de integrar a Israel en el mundo desarrollado. Sin embargo, lo que nos preocupa son los desafíos actuales, especialmente tras la guerra de EE UU contra Irak de 2003 y el ascenso de Irán como potencia regional junto con Turquía. Esto significa que dos potencias no árabes dominarán la región y por consiguiente se alterará el statu quo de los países árabes dominantes, que ha permanecido invariable durante décadas. Además, la división de los palestinos y la vuelta al poder de un gobierno de derechas en Israel liderado por Benjamín Netanyahu, son cargas añadidas al peso soportado por los países árabes. Estos cambios se producen cuando una nueva administración americana está desarrollando políticas nuevas que contemplan la región desde su interior y casi pasando por encima de lo que se conoce como orden regional árabe.

Turquía e Irán: nuevas potencias regionales

Las principales características del orden actual de Oriente Medio van a ser un reflejo del ascenso de las dos potencias regionales no árabes, Irán y Turquía, las cuales, a pesar de ser distintas en varios aspectos, han perseguido la misma influencia regional. Teherán ha ganado posiciones como potencia regional: cuenta con un programa ideológico y expansionista y, por tanto, su influencia no se ha limitado a sus inmediaciones geográficas. Tiene un proyecto regional hegemónico para Oriente Medio y, a pesar del choque evidente que se produjo con la administración Bush, las ideas de poder blando, diplomacia y negociaciones defendidas por el presidente Barack Obama implican que la nueva administración está más abierta a admitir una mayor influencia regional de Teherán a cambio de una cooperación estrecha en asuntos complejos como Afganistán e Irak.

A pesar de todas las posibilidades y de las aparentes contradicciones, Irán ya había desempeñado este papel sobre una base pragmática cuando coordinó sus esfuerzos con EE UU para derrocar al gobierno talibán de Kabul. También se esperan grandes esfuerzos por parte de Teherán para contribuir a los intentos americanos de conseguir un entorno más estable en Bagdad mediante su enorme influencia y su apoyo a varias facciones chiíes iraquíes. El fracaso de las facciones suníes en Irak, apoyadas por los saudíes, ha hecho que EE UU opte por la alternativa iraní para garantizar unas bases más sólidas para la reconciliación en Irak. De la misma manera, Irán tiene mucho que decir en el conflicto palestino-israelí debido a su apoyo a Hamás y a su alianza con Siria. Y, sin duda, también en Líbano, por sus estrechos vínculos con Hezbolá, y últimamente en Sudán, donde desempeña un papel cada vez mayor.

Por tanto, Teherán tiene una presencia clara en la mayoría de los asuntos de Oriente Medio y, mientras Washington sea fiel a la política de poder blando, los compromisos entre ambas partes serán una expectativa realista, lo que en la práctica significa que Teherán podría dar marcha atrás en su programa nuclear a cambio de un papel regional más importante. Por tanto, EE UU ha adoptado un lenguaje blando en lo referente al programa nuclear de Irán. Ése es el tipo de pacto final que se vislumbra en el horizonte, y es la razón por la que Teherán dejará la mayoría de esos asuntos sin resolver, ya sea en Palestina, Líbano, Siria o Irak y Afganistán, hasta que alcance algún tipo de acuerdo con EE UU. En lo que respecta a Turquía, su caso es claramente distinto. Es un Estado “laico y democrático”, pionero en Oriente Medio al que se considera un puente entre Oriente y Occidente.

El Estado moderno, fundado en 1924 por Kemal Ataturk con unos valores laicos occidentales, ha colocado a Turquía en situación de presentarse como parte del mundo occidental y por ello ha realizado frenéticos esfuerzos por integrarse en la Unión Europea (UE). También ha sido su sistema democrático contemporáneo el que ha permitido que un “partido islámico” consiga el poder en unas elecciones libres sin poner en peligro el carácter laico del Estado. La potencia regional en ascenso ha logrado proteger constitucionalmente su conjunto de valores laicos en una época en que los islamistas radicales han barrido la región y se han convertido en uno de los problemas más importantes y complejos.

Además Turquía (que es miembro de la OTAN) tiene estrechos vínculos tanto con Israel como con EE UU. Si Irán es el “modelo radical” que desafía los valores occidentales pero es capaz de seguir en sus trece y obligar a Occidente a tratar con él como potencia regional en auge, Turquía, por el contrario, puede ser el “Estado modelo” más atractivo y apreciado. Su experiencia interna y su amplia red de vínculos con Estados árabes y no árabes (Siria, Irán e Israel) le han allanado el camino hacia un papel regional más destacado. Ése es el motivo por el que Obama eligió este país para su primera visita a un Estado musulmán. Turquía, desde la perspectiva política americana, puede ayudar de forma activa en los asuntos regionales más cruciales, como en el caso de su mediación entre Siria e Israel, en un diálogo con Irán y más aún en Irak, al ofrecer la logística que el ejército americano necesitará una vez que se retire de Bagdad, por no mencionar su función vital en la región del Cáucaso.

El papel de Arabia Saudí y Egipto

Lo que se conoció como el triángulo vital del Imperio Británico durante los años cincuenta, parece ser exactamente el mismo triángulo vital de la estrategia americana, a pesar de los cambios en el entorno y de la distinta naturaleza de los tres regímenes. Sin embargo, y en contraposición al ascenso de las potencias regionales no árabes (Irán y Turquía), ¿qué consecuencias tendrá para los actores árabes tradicionales, especialmente Egipto y Arabia Saudí? Durante décadas, Arabia Saudí, sede de los lugares sagrados musulmanes, ha dependido de su posición religiosa y de los enormes ingresos obtenidos del petróleo, lo que le ha otorgado la influencia para financiar generosamente entidades regionales e internacionales.

Pero el ascenso de Iran y su alianza con la mayoría de los grupos islámicos radicales (tanto suníes como chiíes) le ha costado caro al reino. Esto se puso de manifiesto cuando fue incapaz de alcanzar un acuerdo final en el conflicto étnico y religioso de Irak, y en el conflicto palestino-israelí, a pesar de su Iniciativa Árabe, además del fracaso de su política en Líbano, especialmente cuando se compara con su anterior intervención en la firma del acuerdo de Taif en 1989. Al reino también le han exasperado un puñado de diminutos Estados del Golfo que han tratado de abrirse camino en las esferas regional e internacional como moderadores y financieros. Los saudíes también han tenido que enfrentarse a importantes desafíos internos por las amenazas de los grupos radicales, la dura resistencia a la modernización, especialmente en lo relativo a los derechos de la mujer, la diversidad, la libertad de expresión y los derechos humanos en general, lo que sigue constituyendo un argumento para las críticas internacionales y empaña su imagen de líder modélico.

Por tanto, resulta bastante difícil afirmar que Arabia Saudí sigue teniendo la posición de liderazgo de la que disfrutó desde los años setenta hasta mediados de los noventa, cuando tenía una función absolutamente dominante en la región, hasta el punto de que se la llamó la “era saudí”. Egipto, a su vez, parece verse afectado negativamente por el nuevo equilibrio de poder en la región. Además de sus problemas internos, el auge de los centros financieros, culturales y de comunicación de los ricos Estados petrolíferos árabes, así como las competitivas potencias regionales no árabes, han recortado el papel tradicional de El Cairo. El ejemplo más evidente es el ascenso del canal de noticias de Qatar Al Yazira hasta ocupar el primer puesto entre las empresas de medios de comunicación árabes y poner fin a décadas del papel pionero de Egipto en este campo, dejando a un lado el programa político de Al Yazira.

Aun así, la característica más importante del papel de Egipto en Oriente Medio sigue siendo su función en el conflicto árabe-israelí y en las disputas internas entre Al Fatah y Hamás. En este contexto, Egipto es un agente imprescindible debido a la proximidad geográfica y a sus lazos históricos con las facciones palestinas. Pero el reciente ascenso de Hamás, con su ambición política, además de sus conexiones y alianzas regionales, han eclipsado el monopolio egipcio y, como consecuencia, otros países como Irán, Turquía, Qatar y Siria se han esforzado por abrirse paso. Las recientes elecciones en Israel que han llevado al gobierno a un partido de derechas se han sumado a los retos a los que se enfrenta el proceso de paz árabe-israelí en general y palestino-israelí en particular en lo que respecta a la solución de los dos Estados.

La situación se ha agravado porque las negociaciones que han tenido lugar desde los Acuerdos de Oslo (1993) y con gobiernos de distintos partidos israelíes, incluidos Kadima, el Partido Laborista y el Likud, entre 1996 y 1999 no han producido resultados tangibles, especialmente en lo relativo a acuerdos definitivos sobre asuntos fundamentales como el estatus final de Jerusalén, los refugiados palestinos, los asentamientos israelíes, el suministro de agua y lo que se conoce como el intercambio de tierras en Cisjordania. Por otro lado, las continuas disputas entre los palestinos se han sumado a esas complicaciones. Así, y a pesar del compromiso americano con la solución de dos Estados, la nueva administración no se verá obligada a acelerar la reanudación de las negociaciones aunque mande con frecuencia a su nuevo enviado George Mitchell, conocido por ser uno de los expertos y mediadores más realistas, ni a presionar sobre Israel como esperan la mayoría de los árabes, especialmente cuando Tel Aviv argumenta la falta de un “socio palestino”.

Finalmente, la nueva administración americana, que está a punto de abrir sus puertas a los iraníes y a los sirios, y que ya tiene estrechos vínculos con Turquía, dejará atrás la clasificación tradicional de la administración Bush, que divide a los países de la región en moderados (Egipto, Jordania y Arabia Saudí) y radicales (Irán, Siria y los grupos radicales islámicos relacionados con ellos). Entonces comprobaremos que las nuevas características de Oriente Medio (pequeño o grande, árabe o no árabe) se hacen más evidentes. Nos enfrentamos a una región nueva que no se deja llevar por lo que se ha llamado su “corazón árabe”, como solían afirmar y defender los países árabes hace décadas, sino que se ha convertido en una región de múltiples y competitivos polos. Es el Oriente Medio en el que los conflictos se han estado superponiendo y entremezclando.

La resolución del conflicto palestino-israelí, por ejemplo, no se limitará a las partes directamente implicadas ni a los actores y mediadores tradicionales. No hay que esperar que se alcancen acuerdos decisivos en los principales conflictos regionales gracias a una o dos partes o a los mediadores de siempre, sino que veremos asuntos interconectados con multitud de mediadores, y también muchos intermediarios interviniendo en el mismo asunto.