Turquía en Europa, ¿más que una promesa?

Elisabeth Johansson-Nogués, Ángel Bermúdez

Europa ha hecho una promesa a Turquía, y ahora la tiene que cumplir. Así lo afirmó la eurodiputada Emma Bonino durante la presentación del informe elaborado por la Comisión Independiente para Turquía, sobre el posible ingreso del país euro-asiático en la Unión Europea (UE). El acto, organizado por el Cidob y el Instituto Europeo del Mediterráneo (IEMed), tuvo lugar el pasado 13 de septiembre en el Palau de la Generalitat en Barcelona; y en el mismo participaron también otros dos miembros de la comisión redactora: el ex ministro de Asuntos Exteriores español, Marcelino Oreja, y el ex presidente de Finlandia, Martti Ahtisaari.

Los representantes de la Comisión Independiente recordaron que el Consejo Europeo de Copenhague de 2002 formuló la promesa de abrir las negociaciones para la adhesión “sin mayor dilación” una vez que Turquía cumpla con los criterios políticos de Copenhague. Por esta razón, afirmaron su convicción de que en caso de producirse una evaluación positiva, la UE tendrá que cumplir su palabra, pues de lo contrario vería su credibilidad internacional seriamente comprometida. La decisión sobre si abrir las negociaciones de adhesión con Turquía está pendiente del dictamen final del Consejo Europeo de diciembre de 2004.

En un claro intento por influir el debate a favor de una decisión positiva, la Comisión Independiente en su texto se hace eco de los múltiples riesgos y oportunidades que afrontan tanto Europa como Turquía ante tal ampliación, aunque al final se decanta por una visión claramente favorable al ingreso turco en la UE. Los tres representantes de la Comisión Independiente, que cuenta con el apoyo del British Council y del Open Society Institute (este último parte de una red de institutos financiados por el filántropo y financiero americano George Soros), advirtieron, no obstante, sobre la probabilidad de que las negociaciones con Ankara sean muy largas.

Un ‘sí’ cualificado a Turquía

La Comisión Europea dio “luz verde” para la apertura formal de las negociaciones destinadas a la adhesión de Turquía a la UE en un informe presentado el 6 de octubre. No obstante, tal como se había apuntado durante las últimas semanas, fue un “sí “ cualificado aunque “prudente”, según lo describió el propio Romano Prodi. La Comisión se pronuncia a favor de que las negociaciones –que podrían empezar en 2005, y que podrían demorarse según algunos analistas hasta 15 o 20 años– se lleven a cabo supeditadas a una serie de condiciones. Sugiere, por ejemplo, que se puedan romper las negociaciones si Turquía no cumple con las reformas pactadas. Por otra parte, y ésta quizá sea la propuesta más controvertida, la Comisión recomienda estudiar la introducción de una cláusula de salvaguardia en el acuerdo final para restringir el libre movimiento de los trabajadores turcos dentro de la UE, no sólo de forma temporal –como ha ocurrido en el caso de los 10 nuevos socios–, sino incluso de manera permanente.

Lo que piensan los turcos

En Turquía lo tienen claro. De acuerdo con el estudio Transatlantic trends 2004, realizado por The German Marshall Fund, un 73% de los ciudadanos turcos apoya firmemente el ingreso de su país en la UE. Esta convicción se explica sobre todo por los beneficios económicos que un 70% de los partidarios cree que obtendrá su país con la adhesión. Este respaldo no quiere decir, sin embargo, que los turcos tengan una visión idílica de la UE pues, de acuerdo con el mismo estudio, en una escala de cero a 100 –en cuanto a la aprobación por parte de los turcos– el bloque comunitario sólo obtiene 52 puntos. Esta puntuación, no obstante, es sensiblemente superior a la que reciben por separado Estados Unidos (28), Francia (34) y Alemania (46).

La casa europea dividida

A medida que se acerca la fecha para decidir sobre el ingreso de Turquía, la UE aparece cada vez más como una casa dividida en todos los niveles. En el propio seno de la Comisión Europea, por ejemplo, los esfuerzos por lograr un desenlace favorable realizados por el comisario alemán Günter Verheugen han topado con las agrias objeciones del holandés Frits Bolkestein y del austriaco Franz Fischler. Incluso el próximo presidente de la Comisión, Jose Manuel Durão Barroso se ha mostrado cauteloso ante la perspectiva del ingreso turco en la UE. Hasta la fecha, las críticas de estos últimos se han basado en el temor del impacto negativo que tendría sobre la UE los problemas derivados de la condición mayoritariamente musulmana de los turcos y en los costes “imposibles de asumir” que tendría el nuevo ingreso sobre la política de cohesión y la política agrícola común, toda vez que por sus características Turquía requeriría unos 11.300 millones de euros anuales sólo en ayudas a la agricultura.

La decisión tampoco parece estar muy clara en los Estados miembros de la UE. Alemania, Francia, Holanda, Italia, Polonia, España y Reino Unido son algunos de los países cuyos gobiernos se han mostrado a favor de la nueva adhesión. Sin embargo, incluso en estos casos, se dan situaciones contradictorias como la existente en Francia, donde el presidente Jacques Chirac ha considerado como “irreversible” el ingreso de Turquía en la UE, mientras que la dirección de su partido se ha pronunciado en contra. Del mismo modo, la buena disposición de los gobernantes en ocasiones se ve cuestionada por las opiniones públicas de sus países: el 61% de alemanes y franceses se opone al ingreso turco, mientras que en Austria, Holanda y Bélgica también se da un elevado porcentaje de rechazo.

Quizá lo más grave es que estas objeciones se producen justo en aquellos países donde residen la mayor parte de los cuatro millones de turcos asentados en territorio de la UE. En esta casa europea hay voces que señalan que la adhesión turca tendría implicaciones para las propias instituciones europeas. Turquía se convertiría en el país con mayor peso en las decisiones de la UE, toda vez que el sistema de votación por doble mayoría allí previsto tiende a favorecer a los países con más población y Turquía sería para entonces el más poblado, por encima incluso de Alemania.

Por esta razón, el ex presidente de la Convención Europea, redactor del proyecto de la Constitución europea, Valéry Giscard d’Estaing, quien por otra parte siempre se ha opuesto al ingreso del país euro- asiático, pone en duda que la nueva adhesión logre concretar la unanimidad requerida para hacerse realidad. Es cierto que, como admite el propio Giscard d’Estaing, nada garantiza que la nueva Constitución vaya a ser aprobada y que, como ha señalado Steven Everts, del Center foEuropean Reform, la UE es una organización que tiende a tomar decisiones por consenso y, en cualquier caso, Turquía sola nunca tendría capacidad de bloquear la toma de decisiones pues siempre requeriría del apoyo de, al menos, otros dos países grandes para alcanzar la llamada minoría de bloqueo.

Sabías que…

  • La lengua turca está emparentada con otras lenguas europeas como el finlandés, el estonio y el húngaro.
  • Los sultanes otomanos se consideraron a sí mismos, tras la ocupación de Constantinopla, como emperadores de Roma y, por consiguiente, para los turcos el fin del imperio romano no se habría producido en el siglo V sino en el XX, con la abolición del sultanato.
  • Estambul ha sido siempre refugio de exilados de otros países europeos, no sólo de los judíos sefardíes en el siglo XV y XVI, sino de nacionalistas polacos en el siglo XIX y judíos alemanes en plena Segunda Guerra mundial.
  • Turquía extendió el sufragio universal a las mujeres en 1934, una década antes que países como Francia.
  • Turquía y los Estados de Europa occidental han compartido un mismo sistema de codificación (penal, mercantil, civil) desde la instauración de la república.