Túnez: las esperanzas del Proceso de Barcelona

La integración económica favorecerá el crecimiento en el Magreb si resulta de una convergencia de intereses de los actores y de un partenariado dinámico entre las empresas.

Chekib Nouira, presidente del Institut Arabe de Chefs d’Entreprises

Amedida que se consolida la globalización, los países reconocen cada vez más la necesidad de la integración y tienden a la firma de acuerdos que consagren la constitución de grupos regionales que abarcan ya al conjunto de los continentes. La liberalización comercial bajo la forma de zona de librecambio o de unión aduanera permitiría aumentar la parte de los intercambios en el volumen total del comercio exterior de Túnez. Las ocasiones de éxito de esta integración regional dependen también de la cooperación financiera y tecnológica, así como de medidas de apoyo de las inversiones directas destinadas a los países firmantes del acuerdo.

La propuesta comunitaria consiste en instaurar en un periodo de 12 años una zona de librecambio y al mismo tiempo realizar transferencias institucionales y financieras, y debe ser tanto más eficaz por cuanto los países también llevarían a cabo un proceso de apertura y reformas económicas que permitan una integración más profunda. Túnez puso en marcha en 1996 la política de desmantelamiento tarifario a 12 años. Se trata de un desafío considerable con una presión sobre el aparato productivo. Se ha creado un programa voluntarista de modernización de más de 2.200 empresas industriales.

Las experiencias de integración regional permiten descubrir el interés que tienen los pequeños países por formar parte de conjuntos regionales. Esas experiencias han demostrado, sin embargo, que una de las principales ventajas de la zona de librecambio es atraer inversiones extranjeras directas (IED), como fue el caso de Portugal, España, Grecia y en la actualidad de los países de Europa central y oriental (Pecos). Pero los flujos financieros hacia los países del Magreb son insuficientes tanto en cooperación financiera como en las IED. El importe de la ayuda pública al desarrollo por habitante se sitúa alrededor de 42 dólares para los países mediterráneos (PPM), 132 dólares en Israel y 23 en Túnez) frente a 37 dólares para los Pecos.

En cuanto a las IED, las distancias entre los PPM y los Pecos son importantes (2,1% para los PPM y 6,5% para los Pecos). Diez años después de Barcelona, el partenariado voluntarista y ambicioso tiene dificultad para crear una dinámica suficiente. A las dudas de ciertos países para comprometerse en una apertura económica, se añade la lentitud de los procedimientos europeos. Es obligado constatar que el Proceso de Barcelona marca el paso. Ciertas lagunas estructurales debilitan su alcance y su realización. Mientras que las perspectivas de ampliación eran, a principios de la década pasada, consideradas con temor por algunos socios, hoy podrían parecer portadoras de dinamismo y nuevas complementariedades.

Sin embargo, el partenariado euromediterráneo deberá acompañarse de una reforma de los mecanismos de intervención, teniendo en cuenta los esfuerzos ya realizados. Es indispensable tomar en consideración las visiones y las aspiraciones que el Norte y el Sur pueden compartir. En este sentido, la propuesta del ex presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, de desarrollar nuevas políticas de vecindad es esperanzadora.

La política de nueva vecindad: condiciones para su éxito

Para Túnez, el objetivo debería ser una modernización idéntica a la propuesta a los Pecos. Esa política debería iniciar y pilotar la convergencia y la posibilidad de una paridad con el resto de Europa a medio plazo. En esa perspectiva, se trata sobre todo de volver a centrar el partenariado en una ambición de codesarrollo que supere la lógica mercantil que, hay que decirlo, ha dominado hasta ahora. Es importante reducir el abismo económico y tecnológico que separa las dos orillas del Mediterráneo para mejorar el nivel de las capacidades humanas de los países del Sur.

Es imperativo ser competitivos en términos de calidad, precios e innovación y estar en condiciones de seguir las evoluciones del mercado y de la tecnología. Se deben llevar a cabo grandes esfuerzos institucionales, jurídicos, de la administración, la formación profesional, la promoción de la calidad, los datos económicos, sin olvidar las estructuras de apoyo. Para la empresa tunecina, los desafíos hacen imperativa la adopción de una nueva estrategia que incluya la gestión de la calidad total, no sólo por las empresas que se adhieran voluntariamente a la política de modernización, sino para todas, y principalmente aquéllas que quieren desarrollarse con el mismo ritmo que la competencia internacional.

Ésa es la única vía del éxito que puede garantizar la perennidad y la prosperidad de la empresa. Valores como el respeto o la transparencia deberán ser plenamente adoptados en las culturas empresariales deseosas de evolucionar en armonía con el nuevo entorno mundial. Las empresas tunecinas están llamadas a definir estrategias defensivas en el mercado local y otras de mantenimiento o de retirada en el mercado mundial. Todo depende de las ramas de actividad y de sus avances en productividad. Teniendo en cuenta la importancia del choque de la competencia, Túnez tiene que apostar por un salto de competitividad en los nuevos canales de especialización. Se necesita una estrategia diferenciada para tener en cuenta la importancia de las actividades manufactureras en materia de competitividad que pueden garantizar mejores ganancias, y a fin de dinamizarlas o incluso de mantenerlas, un apoyo institucional es útil e incluso vital.

La integración subregional

La integración regional va a impulsar a las empresas magrebíes a evitar escollos y desarrollar sinergias. La integración económica sólo puede favorecer un nivel más alto de crecimiento, capaz de generar más riqueza y más empresas nuevas en la región, siempre y cuando sea el resultado de la convergencia de los actuales intereses de los actores y, en particular, de un partenariado dinámico entre las empresas magrebíes. En efecto, las empresas están llamadas a crear sinergias y a reforzar sus capacidades para afrontar con éxito los desafíos de la globalización.

La concreción de la globalización o de la regionalización es sobre todo el resultado del comportamiento de los agentes económicos que juegan al juego de la globalización. Jugar a la globalización es, en primer lugar, adherirse a una cultura que tienda a contemplar el estatuto de la empresa de clase mundial buscando al mismo tiempo alcanzar la excelencia local. Al comprometerse en una estrategia de alianza, las empresas magrebíes iniciarían un proceso de adaptación creativa a la globalización.

Están tanto más capacitadas para hacerlo por cuanto ellas mismas sufren las presiones del entorno económico internacional y presentan un paralelismo en su evolución histórica y en sus prácticas actuales (la emergencia de la empresa moderna es reciente, los estilos de gestión adoptados están construidos con referencia a modelos exógenos a la empresa, el peso del Estado es decisivo). El proyecto de integración regional euromediterráneo es todavía Norte-Sur y no logra quitar las barreras en el enclave Sur-Sur para favorecer el atractivo de la zona. El peso de la rivalidad regional sigue siendo desgraciadamente preponderante.

No hay duda de que, en el marco de una integración económica regional, no se pueden poner por delante los sistemas construidos sobre la bilateralidad comercial, es decir un sistema de preferencia de sentido único. Los Estados del Magreb deberían hacer de la integración subregional un imperativo estratégico para actuar lo más rápidamente posible, y un instrumento de coordinación de políticas económicas y financieras. Las relaciones entre el Magreb y Europa están marcadas por una asimetría y unos desequilibrios profundos en los intercambios comerciales, los movimientos humanos, los capitales y las transferencias de tecnologías. Las empresas magrebíes recurren poco a la subcontratación interior y regional intermagrebí.

Eso se debe sobre todo al débil desarrollo del tejido industrial y a su crecimiento paralelo que crea más competidores que socios complementarios. El análisis cualitativo de la subcontratación regional intermagrebí muestra que los factores que frenaban su desarrollo están relacionados con el desconocimiento mutuo de las potencialidades industriales, la insuficiencia de medios de transporte, las reglamentaciones aduaneras, fiscales y monetarias y la no coordinación de las políticas económicas. Parece claro que las condiciones que prevalecen en los tres países del Magreb no eran ni son aún hoy (2005) favorables a la promoción de la subcontratación regional. Ese fracaso muestra la importancia de las asimetrías entre los países del Magreb, las cuales constituyen un serio obstáculo para la coordinación de sus políticas económicas.

La estrategia no cooperativa predomina en las relaciones entre los magrebíes: cada Estado determina su política económica dando por supuesto la de su socio. Es más urgente establecer una política de coordinación: acercar las disposiciones legislativas, reglamentarias y administrativas necesarias para lograr una mayor uniformidad de la estructura económica. La política de vecindad programa nuevas prioridades en relación con la liberalización del comercio de los productos agrícolas y de los servicios, con medios financieros incrementados en un 50% los fondos de la Comisión y tres veces los fondos del Banco Europeo de Inversiones. Los países del Sur deberían seguir esas nuevas promesas mediante una consolidación de un entorno muy próximo a los logros europeos. Las perspectivas sólo pueden ser prometedoras.