Barcelona + 10: una oportunidad renovada para el Mediterráneo

El nuevo proyecto de Barcelona debería centrarse en la educación y en el intercambio sociocultural.

Gemma Aubarell, directora de programación, IEMed

Una década después de Barcelona, el proyecto euromediterráneo afronta en este año declarado “mediterráneo” por la Unión Europea (UE), uno de sus retos más importantes. La celebración en noviembre, en la misma ciudad, de una conferencia extraordinaria, sirve de aliciente para evaluar el proceso, al tiempo que favorece el planteamiento de un debate sobre los instrumentos y los objetivos del proyecto. El contexto en el que se plantea esta situación no es baladí.

Han acontecido situaciones especialmente trágicas, como la guerra de Irak; y proyectos globales, como el del G-8, planteados fuera del contexto Euromed, han aterrizado con fuerza en el espacio mediterráneo. La lectura, sin embargo, no tiene por qué ser pasiva. Una de las principales consecuencias de todo ello ha sido la necesidad de dotar de efectividad política al proyecto. Y es que el Proceso de Barcelona aportaba un progresivo marco de liberalización en la relación, básicamente en términos económicos, en tanto que motor de transformación. Ahora sabemos que no ha sido suficiente.

Nos encontramos ante la necesidad de dotar al proyecto euromediterráneo de fuerza democrática y de instrumentos efectivos de reforma política y transformaciones sociales. Éste es el principal cambio en el enfoque del proyecto de Barcelona que se espera en las actuales circunstancias. Asimismo, la paradoja se encuentra en la propia Europa: el planteamiento de nuevas estrategias de relación de la UE con sus vecinos del Este y del Sur, corre paralelo a la confrontación de su propio proyecto a partir de los recientes debates sobre la Constitución. Barcelona afronta en estas condiciones un camino hacia una fecha especialmente significativa, el horizonte de 2010. En este plazo el proyecto debería culminar con éxito la integración económica y, en última instancia, el programa definido en 1995.

Las consecuencias de todo ello se resumen con contundencia en el informe de Euromesco: reforma o parálisis. Europa debe avanzar y, con ella, el proyecto euromediterráneo, íntimamente unidos, el establecimiento de nuevas pautas de relación debe ser una prioridad ante las complejas circunstancias del momento. Detengámonos ante una clave importante a dirimir en este periodo: el papel de la política europea de vecindad (PEV) en relación con el Proceso de Barcelona. Dos cuestiones básicas: ¿Va a reemplazar la PEV al Proceso de Barcelona? ¿Será sustituido el marco multilateral de Barcelona por el establecimiento gradual de planes de acción bilaterales con los socios?

El planteamiento de complementariedad existe: la voluntad es que ambos instrumentos se refuercen mutuamente ante la posibilidad de abrir el mercado europeo y las políticas de la UE a los socios mediterráneos. Los planes de acción proponen concretar los acuerdos de asociación con fórmulas más operativas, sobre todo a través de las políticas internas de los socios y teniendo en cuenta los estándares de la política europea. En este sentido no hay que menospreciar los beneficios que los planes de vecindad pueden aportar en el establecimiento de objetivos concretos en espacios como el euromagrebí.

El riesgo, sin embargo, lo apunta la propia naturaleza bilateral de la PEV, que choca con el enfoque multilateral del Proceso de Barcelona. El informe Euromesco apunta la necesidad de establecer objetivos diferentes según se trate de vecinos mediterráneos o no: la PEV no como objetivo, sino como instrumento al servicio de una finalidad mucho más estratégica del proyecto euromediterráneo. Puede que éste sea el salto cualitativo que requiere un proyecto único como es el que define el partenariado. Fuera de Europa, y ya en la orilla sur, los conflictos endémicos en Oriente Próximo, e incluso la cuestión abierta del Sáhara Occidental, contaminan a diferentes niveles el proceso.

Cierto es que el propio proyecto se ha mostrado poco efectivo en su resolución, pero no menos cierto es que se ha utilizado también como excusa para avanzar discretamente en algunos asuntos. He ahí otro reto para el proyecto y también para Europa: la capacidad de incidir en la prevención y resolución de conflictos. En otro orden de cosas, el tímido proceso de integración regional en la orilla sur ha empezado a emerger gracias a iniciativas como el acuerdo de Agadir. En esta clave probablemente se encuentren parte de las posibilidades del anclaje real y estratégico del proyecto de Barcelona. Pendientes todavía de la posibilidad que ofrece la Unión del Magreb Árabe, marcos como el Diálogo 5+5 han resultado interesantes en el establecimiento de estrategias gubernamentales compartidas.

No hay que obviar la extrema complejidad de las relaciones con otros marcos y mercados, como el americano, que fuerzan al proceso de integración regional Euromed hacia una cierta y progresiva flexibilidad. Con todo, Barcelona está ahí. La cuenta de resultados de estos 10 años se salda con unas relaciones privilegiadas de los socios, el establecimiento de un sistema de confianza y, sobre todo, la realidad de un contacto real. La UE es el socio principal de los países mediterráneos: más del 50% del comercio de la región es con la UE; Europa es asimismo el mayor inversor y proveedor de fondos.

La Facilidad Euromediterránea de Inversión y Partenariado (Femip) del Banco Europeo de Inversiones puede servir además de punto de partida para otras iniciativas. En este sentido, el ministro de Asuntos Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos, destacaba hace poco en Barcelona que España había propuesto nuevos instrumentos, entre ellos un Fondo para el Mediterráneo y, a medio plazo, la creación de un Banco de Desarrollo Regional. Los acuerdos de asociación establecidos con la mayoría de los socios muestran que nos encontramos en el progresivo camino de la liberalización comercial, aunque en lo que se refiere a cuestiones como la agrícola o el contacto empresarial real, los avances son más lentos.

En el “debe” de la relación quedarían la libre circulación de trabajadores y las relaciones personales y, sobre todo, la apropiación del proyecto por parte de los socios del Sur. La sensación de que el proyecto de Barcelona es único, compite con la necesidad de hacerlo más presente, en tanto que proyecto asumido por las sociedades europeas y magrebíes. Algunos instrumentos pueden ayudar, y mucho, en este sentido. La creación de la Asamblea Parlamentaria Euromediterránea, la reciente inauguración de la Fundación Euromediterránea Anna Lindh o la puesta en marcha de la Plataforma no Gubernamental y el Forum Civil, en calidad de promotores de las relaciones entre sociedades civiles, son tres ámbitos destacables.

La definición en la conferencia de Luxemburgo (30-31 de mayo de 2005) del tercer pilar –educación e intercambio sociocultural– puede ayudar a la concreción de objetivos en relación con este campo, en el que se sustenta la “humanidad” del proyecto de Barcelona. Posiblemente sea éste el principal activo con el que cuente la arquitectura euromediterránea. El proyecto que se construya en la nueva etapa debería fijar en este punto sus principales inquietudes.