¿Tiene el terrorismo una base cultural?

Ninguna cultura origina violencia; las circunstancias de cada momento favorecen la aparición de un pensamiento político que incita a la violencia ciega.

Yadh Ben Achour

El acto terrorista es un desafío a las leyes primordiales, casi constitutivas, de la psicología humana. En primer lugar, parece aberrante en el aspecto moral. Si bien el acto de matar, incluso justificado por “buenas razones”, es punible de por sí en todos los sistemas morales y jurídicos aunque, al menos, sigue siendo comprensible, el acto de matar sin razón, más concretamente sin causa personal directa, por ejemplo de venganza u odio respecto a la víctima, sigue siendo completamente injustificado, por lo tanto incomprensible. Es un acto sin motivo, puesto que ninguna causalidad particular vincula al autor con la víctima. En este sentido, se convierte en gratuito y, por lo tanto, repugnante. En el terreno político, el acto terrorista se vuelve contra su autor, en la medida en que la víctima que va a caer no es el objetivo que realmente se pretende.

Al margen de la propaganda negativa que provoca contra él, el acto terrorista siempre yerra el blanco, lo que agrava su lado políticamente aberrante. La cuestión fundamental es ¿Existe un fundamento cultural del acto terrorista? Algunos factores propician los actos de brutalidad. La desigualdad económica intolerable, la expoliación o la exclusión social y la opresión política consolidan los resortes psicológicos de cualquier forma de violencia, incluido el terrorismo. Las formas de resentimiento, nacidas de la frustración, la explotación o la injusticia, desarrollan a su vez el espíritu justiciero y el instinto de agresión, el odio hacia el otro y el impulso timótico. Nuestra pregunta radica en saber si, junto con estos factores, podría tenerse en cuenta el “cultural”.

El factor cultural

Tomado aisladamente, el factor cultural no puede explicar nada. Efectivamente, no se puede afirmar de manera terminante: tal religión, tal civilización, tal cultura, por sí misma, causa terrorismo. Esta tesis no es sostenible, aunque se sepa que los acontecimientos, los textos constituyentes o los valores fundamentales de tal o cual cultura aumentan o disminuyen en distintos grados la llamada a la violencia o su legitimación. Para actuar, el factor cultural debe ser “politizado”, es decir, debe integrarse en un determinado contexto social e histórico. Todo depende de las circunstancias específicas, del contexto concreto de cada sociedad.

No existe religión, ni filosofía, ni espíritu patriótico, ni civilización que, por definición, propicie el desarrollo del terrorismo. Tomemos como ejemplo el Islam. Podríamos sentirnos tentados, dada la correlación actual evidente entre el terrorismo –en especial el terrorismo internacional– y los movimientos islamistas radicales, de explicar el fenómeno en relación con las características fundamentales de carácter religioso, moral e intelectual consustanciales a la civilización islámica.

El anhelo absoluto de Dios, de la eternidad, de la purificación moral, la unicidad absoluta de lo divino en el corpus coránico, la naturaleza ecuménica y universalista de la comunidad de los creyentes que causan indefectiblemente la confusión de las instancias políticas y religiosas afirmadas desde el principio del Islam, desde tiempos del Profeta, el carácter ilusorio y engañoso de la ciudad terrenal respecto a la única verdad de la ciudad celestial; la responsabilidad del individuo, encargado de sí mismo y de los otros a los ojos de Dios, la valoración de la violencia reparadora en el texto coránico y en los hadices del Profeta, la familiaridad con el concepto de yihad de la conciencia política y religiosa del musulmán; la obligación de combatir el mal y de restablecer el orden divino del mundo, siempre amenazado por los estragos humanos de todo tipo, la obligación de defender la Ummaislámica, para la gloria de Dios; todo eso constituiría otras tantas ideas, valores, reacciones mentales y psicológicas favorables al ejercicio ilimitado de la violencia y del terror.

La defensa del Islam, al servicio de la gloria de Dios, sería el fin supremo que justificaría todos los medios. Todos estos argumentos son correctos en sí mismos, pero no permiten extraer ninguna conclusión de principios en la práctica, como la que residiría en creer que la cultura islámica es una cultura de violencia sin límites. Siendo rigurosos, tendríamos pleno derecho a afirmar que estas convicciones fundamentales, algunas de las cuales, por otra parte, no son documentales sino históricas, hacen posibles las formas extremas de violencia, o pueden servir fácilmente para justificarlas después. Pero no se puede ir más allá. Una serie de pruebas nos impiden llegar a una conclusión como ésa. En primer lugar, en su forma escrita, el texto fundador, cualesquiera que sean sus fuentes o sus ramas, incluye otras tantas llamadas a la predicación, a la paz, a la conciliación y a la condena de cualquier violencia injustificada.

A continuación, es necesario recordar que el texto no tiene ninguna autoridad moral respecto al desarrollo de la historia. La autonomía de esta última es total. Evoluciona según mecanismos, causalidades y necesidades que le son propias. Por último, los historiadores pueden demostrar que la historia del Islam ha conocido largos y numerosos periodos, durante los cuales la civilización islámica se manifestó claramente a favor de la paz, del diálogo con las otras civilizaciones, del espíritu de apertura y de la tolerancia. Así pues, el único criterio explicativo válido lo constituyen las condiciones históricas y las circunstancias específicas de cada época. Esas circunstancias pueden explicar que una cultura se vuelva agresiva. Esas condiciones favorecen la aparición de un pensamiento político de incitación a la violencia ciega.

Una psicología victimista que tiende a incitar a la violencia

En lo referente al Islam, todas las condiciones históricas actuales se combinan para convertir gran parte de su cultura, en especial política, en una cultura de violencia y de agresión. En primer lugar, es necesario mencionar esa convicción de los musulmanes de que existe una conspiración occidental contra el Islam. Esta tesis se construye a partir de hechos objetivos, en un ciclo de permanente hostilidad entre el Islam, responsable de la división de la unidad grecolatina del mundo mediterráneo, y el Occidente cristiano.

Entre la idea de un ciclo objetivo de hostilidad y la de la conspiración, se interpone obviamente la subjetividad del intérprete, pero los hechos están ahí. La Santa Liga, la caída del Imperio Otomano, para lo que algunos se remontan a la batalla de Lepanto, el colonialismo republicano y laicista que se alía con la Iglesia contra el Islam, como atestigua el congreso eucarístico de Cartago en 1925; los mandatos británico y francés en Oriente Próximo que dividieron artificialmente la unidad árabe de éste y desembocaron en la creación de un hogar nacional judío –después en el Estado de Israel–, en contradicción total con los propios principios del mandato internacional, confiado a las potencias mandatarias por la Sociedad de Naciones (SDN); en la actualidad, la política americana, incondicionalmente alineada con la posición del Estado hebreo y que provoca en Irak el caos, la destrucción, la guerra civil, y masacres muchísimo más graves que las causadas durante todo el régimen baazista de Sadam Husein; las políticas de marginación, cuando no de exclusión de los musulmanes en Europa; el problema de la entrada de Turquía en la Unión Europea; todos estos acontecimientos, cuya lista podría alargarse considerablemente, se interpretan, unas veces sin razón y otras con ella, como otros tantos signos irrebatibles de una inmensa conspiración de Occidente que aspira a destruir el Islam, como civilización mundial adversaria.

Este estado de ánimo contribuye en gran medida a la conformación de un sentimiento generalizado de victimización, completamente propicio para la aparición de una psicología política, radicalmente militante, de venganza, de restitución y de reparación. Los fenómenos migratorios constituyen otra causa del avance de esta psicología victimista, que tiende a incitar a la violencia. Dentro de los países musulmanes, el éxodo rural perturba seriamente las funciones ciudadanas. La población procedente del éxodo rural no participa de ninguna manera en el desarrollo del espíritu municipal. Por el contrario, provoca la aparición de una ciudadanía quebrantadora, reivindicativa y revanchista, tanto en relación con el sistema municipal como en relación con el Estado central.

La superpoblación periférica de las grandes ciudades como Casablanca, Argel, Túnez, El Cairo, Islamabad o Yakarta alimenta y agrava todas las crisis: en primer lugar, la de la vivienda, del transporte, la sanidad o la enseñanza pública, escolar o universitaria; la del ocio y el desempleo. En su propio territorio, el ciudadano se convierte a menudo en un desarraigado discordante con su medio. La demanda de un refugio, la búsqueda de sentido, lejos del Estado, se convierten consecuentemente en cuestiones centrales de su vida y en particular de su vida política.

El culturalismo conservador, por su negación de la combinación, Occidente-Estado nacional-elite occidentalizada ofrece a este ciudadano una respuesta satisfactoria, a primera vista, para sus problemas vitales. Las políticas ostensiblemente culturalistas de los gobiernos modifican muy poco las bases del problema: se interpretan como simples técnicas para agarrarse al poder. Las migraciones transnacionales desembocan aproximadamente en el mismo resultado. En las nuevas tierras del Islam –Europa, Estados Unidos o Canadá– se establecen también minorías periféricas etnico-religiosas, caracterizadas por el desarraigo, la exclusión y la ausencia de una integración real, por la crispación en torno a una identidad inventada. La búsqueda del refugio se manifiesta aquí por la separación y la hostilidad latente respecto al entorno.

El culturalismo radical, de Sayid Qutb, de Maududi o de Hasan al Banna, va a poder ofrecer a la psicología victimista, también allí y especialmente a través de Internet, las razones para creer o esperar, para negar u odiar; motivos para actuar; utopías virtuales; la Ummay la Jilafa, para reconocerse y reunirse; y un método de violencia para afirmarse, el yihad, conveniente bajo su punto de vista. La cultura del sacrificio, de la entrega personal y del martirio que implica el propio concepto de yihad va a alimentar el terrorismo de los “Ejércitos de Mahoma”, de Al Qaeda, y de los partidos yihadistas. La cultura identitaria es una tercera causa de esta situación.

Se conforma cuando una nación, un pueblo, o un grupo social determinado, afianzan sus líneas de pensamiento sobre el culto exclusivo de su identidad. Se trata de una sobrevaloración de una serie de factores que componen normal y necesariamente la identidad, como la lengua, la religión, o la historia. Estos elementos son indispensables para la formación y para el desarrollo de la personalidad de una nación. Pero basta con que las circunstancias históricas que envuelven las relaciones con el otro estén seriamente deterioradas para que este culto a lo propio, a la lengua, la religión o la historia, llegue incluso a provocar las formas extremas de violencia, y específicamente el acto terrorista. La cultura identitaria puede verse reactivada por el sentimiento de victimización.

Este último procede a la vez de hechos históricos objetivos y de cierta dosis de juicios subjetivos que impulsan al grupo a considerarse objeto de una injusticia, de una conspiración, de una maniobra de dominación, de explotación o de destrucción. Ésta es, actualmente, la situación del mundo islámico. La cultura endofásica es la cuarta causa. Las circunstancias históricas pueden hacer que un pueblo no hable más que en un lenguaje interior, replegado en sí mismo. La cultura endofásica es lo contrario de la cultura moderna. Si, como afirma Abdallah Laroui, el hombre moderno es el que “no tiene medida”, el hombre endofásico es el que solo mira su propio espejo, para no ver más que su imagen, con su propia medida. La cultura endofásica se basa en una serie de elementos con combinaciones variables en el tiempo y el espacio. En primer lugar, la certeza de estar en el camino recto, el de la verdad, y de poseer este último con carácter exclusivo.

A continuación, la exaltación, es decir, la subordinación del pensamiento a formas emocionales de reflexión. El modo emocional de reflexión, a causa de su ceguera, proporciona motivos muy firmes para la acción. La entrega de uno mismo se convierte en el sacrificio supremo. Por último, la sacralización y la trascendencia que sitúan cualquier acción, en especial la acción política, en una perspectiva mítica, fuera del tiempo terrenal. En este sentido, el debate político ya no es un debate, sino una consagración, puesto que la vida está en otra parte, que lo de aquí abajo no es nada y que el paraíso es la recompensa solo para los justos, es decir, en realidad para los que mantienen el discurso.

Al estudiar el discurso religioso contemporáneo en la esfera de la civilización islámica, Nasr Hamed Abu Zeid, en su Crítica del discurso religioso, analiza con mucha agudeza sus mecanismos. Se construye a la vez sobre la amalgama entre el pensamiento y la religión; sobre la incorporación de los acontecimientos con un principio único; sobre el recurso al patrimonio y a la autoridad de los ancestros; sobre la intolerancia y el anatema; y, finalmente, sobre el rechazo de la historicidad de la existencia humana. Sus postulados se basan en la soberanía absoluta de lo divino y la referencia exclusiva al Texto. Ninguna cultura por sí misma es productora de violencia o de terror. Las circunstancias específicas explican que una determinada cultura pueda convertirse, en un determinado momento, en un elemento de explicación del terrorismo. No existen miles de métodos para luchar contra el terrorismo.

El primero es la contraviolencia terrorista. La actualidad de nuestro mundo, en Afganistán, Irak o Palestina, demuestra que esta contraviolencia tan masiva está abocada a un callejón sin salida, que es incapaz de poner fin al terrorismo y que, en cambio, puede alimentarlo y reforzarlo.

El segundo consiste en ir contra sus causas, con el fin de establecer más justicia económica, social, política y cultural en las relaciones internacionales.

El tercero consiste en desarrollar la contracultura terrorista. Ésta puede materializarse por medio de la lucha contra los prejuicios de cualquier tipo; del combate contra la cultura identitaria y endofásica; del desarrollo del espíritu crítico y de la relatividad; de la abolición de las certidumbres absolutistas y absolutorias; del estímulo del espíritu filosófico, la apertura al Otro y la tolerancia.

Solo una política cultural abierta, científica, crítica, racional y relativista puede realmente acabar con la cultura terrorista. La lucha contra el terrorismo no es un simple asunto de militares y policías. Es una enorme empresa intelectual.