Sucesiones dinásticas en el norte de África

Los derrocamientos populares en Egipto y Túnez han dado al traste con las sucesiones familiares en las repúblicas árabes.

Rafael Bustos

La vía hereditaria en las repúblicas árabes no dejaba de ganar fuerza después de la exitosa sucesión en 2000 del hijo de Hafez al Assad y actual presidente de Siria, Bachar al Assad. En realidad, Siria ha sido hasta ahora el único caso real de transición hereditaria del poder, pero pronto cobró visos de probabilidad una sucesión parecida en Egipto, Libia e incluso Yemen, y se aventuró la eventual sucesión familiar o dinástica, a falta de herederos directos, en Argelia. En el país magrebí, Abdelaziz Buteflika carece de descendencia pero en los últimos meses de 2010 circuló con fuerza el rumor de que un hermano del presidente, Said Buteflika, cada vez más influyente en los círculos del régimen, podría estar tomando posición para sucederle. Yemen cuenta con la presidencia más longeva en el mundo árabe después de la de Muamar el Gadafi (42 años), con casi 33 años en el poder, incluyendo su jefatura al frente de la república del Yemen del Norte iniciada en 1978.

En un discurso del 23 de enero de 2011, el presidente, Ali Abdelá Saleh, se esforzó en calmar los ánimos enardecidos y convencer a los yemeníes de que su hijo mayor, Ahmed Ali, jefe de la guardia presidencial, no le sucedería en el poder, como muchos anuncian. En Egipto, a raíz de los levantamientos populares, el presidente Hosni Mubarak, ha abandonado el poder y con él se han esfumado las aspiraciones de su hijo Gamal. Túnez era, curiosamente, otra república árabe donde la avanzada edad y enfermedad del presidente Zine El Abidine Ben Ali, creaba un problema de difícil solución pues se seguía barajando la opción de volver a cambiar la Constitución para que el septuagenario Ben Ali pudiera presentarse una vez más a la reelección en 2014 (tras la última enmienda, la Constitución prohibía presentarse a todo candidato mayor de 75 años, edad que Ben Ali habría rebasado en 2014, año en el que cumpliría 78).

De hecho, mientras el presidente y su círculo contemporizaban, varios grupos de poder como los diputados de la Asamblea Nacional, habían pedido al rais una reforma constitucional ad hoc y una nueva uhda o mandato presidencial. La llamada “Revolución del Jazmín” ha puesto fin a este dilema y zanjado el problema de una forma drástica y saludable. Decimos curiosamente porque ningún analista se habría atrevido a vaticinar que el primer jefe de Estado árabe en abandonar su puesto por efecto de revueltas populares iba a ser el de Túnez. Como dice el adagio, los mecanismos que hacen estallar las revoluciones y las revueltas son a menudo inescrutables e insondables.

La sorpresa ha sido tanto mayor cuanto que el régimen tunecino pasaba por ser una “dictadura casi perfecta”, con un crecimiento económico aceptable, un programa modernizador y una ideología “laicista” atractiva para Occidente. Si a eso añadimos, la laminación de toda oposición, especialmente islamista pero también de izquierdas o panárabe, y el apoyo de las instituciones financieras y los principales países occidentales, la estabilidad de Túnez parecía asegurada. Como único indicio de lo ocurrido, tan solo podríamos mencionar que en los últimos años, sobre todo a partir de 2003, las críticas desde la sociedad civil y la opinión pública internacional han ido creciendo en paralelo a la cerrazón y la represión que se cernía sobre la población tunecina.

En este sentido, hay que tener muy presente que Túnez era con diferencia, hasta la Revolución del Jazmín, el país más autoritario del Magreb árabe y del norte de África. Quizá en esto radique precisamente una de las singularidades del caso tunecino. A pesar de que el nivel de pobreza y exclusión era menor en Túnez que en muchos otros países árabes, como demuestran el índice de desarrollo humano y los indicadores de pobreza absoluta y relativa –en el Informe árabe sobre el desarrollo humano, 2009, estaba clasificado en el IDH y en el IPH por delante de Argelia, Egipto y Mauritania, y solo por detrás de Libia–, la represión y sobre todo la censura eran mucho mayores que en sus vecinos (exceptuando, quizá, Libia).

Como consecuencia, el espacio político estaba completamente cerrado y no había voces contestatarias ni oposición organizada digna de ese nombre. Al menos en Marruecos, Argelia o Mauritania existían, y existen, medios de comunicación libres que pueden criticar las instancias ejecutivas del país, y partidos políticos, con o sin representación parlamentaria, que gestionan ayuntamientos y pueden ejercer cierta oposición en los parlamentos y asambleas electas.

En Túnez, no había un solo ayuntamiento en manos de la oposición y la oposición no oficialista, todas las fuerzas sumadas, contaba con dos escaños en la última Asamblea elegida en 2009. La censura electrónica había alcanzado niveles desmesurados y el número de presos políticos en las cárceles (1.500 según la activista de derechos humanos Siham Bensedrine, aunque Túnez no reconoce tener presos políticos) era completamente desproporcionado para un país de escasos 10 millones de habitantes, más aún dado que se cebaba sobre un movimiento islamista conocido por su moderación.

La Revolución del Jazmín o mejor de la dignidad, como se conoce en Túnez, se encuentra en sus inicios y es pronto para aventurar en qué se sustanciará y qué consecuencias tendrá. Ben Ali ha huido y el régimen está descabezado pero no se ha desmantelado todavía y habrá mucha resistencia como prueba la actividad de los matones de la guardia presidencial. Pese a todo, el mensaje que Túnez ha enviado al mundo árabe es potente y persistirá con el tiempo: las peores dictaduras pueden derrocarse por medio de la movilización si el pueblo pierde el miedo a la represión y consigue desplegarse de manera continuada y descentralizada. Sus efectos han sonado en todo el orbe árabe. Con todo, hay que proceder con precaución al atribuir una misma causa a fenómenos muy diferentes.

Ni siquiera en distintas partes de un mismo país, la causa de las protestas suele ser la misma. Si bien los medios gustan de personalizar en un mártir o héroe el inicio de las revoluciones (el vendedor Mohamed Buazizi en Túnez o el bloguero Jaled Said en Egipto), éstas son movimientos colectivos más o menos espontáneos u organizados, pero siempre colectivos y con causas multifocales. Quiero decir con esto, que poblaciones diferentes perciben y sienten los agravios de manera distinta y sus movilizaciones pueden coincidir en el tiempo sin estar motivadas forzosamente por las mismas razones. Esto es válido tanto para distintas partes del territorio tunecino cuanto más para otros países como Egipto, Argelia o Yemen.

Diferencias clave: los sindicatos y el ejército

Cierto que el paquete de males que afectan a estos países es más o menos similar, pero es importante entender que las movilizaciones y las protestas revolucionarias tienen siempre detrás un argumento o agravio concreto, sea éste la subida escandalosa de los bienes de primera necesidad (Argelia, ahora y otras veces), la muerte en comisaría de un joven (la Cabilia argelina en 2001), la paliza mortal a un bloguero (Egipto) o el suicidio a lo bonzo de un vendedor ambulante ultrajado por la policía (Túnez). En todos estos casos, los disturbios pueden estallar e inflamarse fácilmente.

Este fenómeno no es nuevo puesto que “las revueltas del pan” en los años ochenta se vivieron en todo el Magreb, y Argelia ha conocido revueltas casi intermitentemente desde entonces. Pero lo que resulta más difícil es lo sucedido en Túnez y Egipto. Los disturbios han ido creciendo y han acabado después de un mes (en Túnez) o 18 días (en Egipto) con la marcha de los presidentes y sus corruptas familias. Esto ha sido posible a pesar del apoyo externo del régimen (Gadafi, países del Golfo, algunos europeos como Francia, instituciones internacionales, etc.) y gracias a que determinados sectores del régimen abandonaron a los presidentes y se negaron a continuar la represión.

Me refiero al sindicato Unión General Tunecina del Trabajo (UGTT), al ejército y a los abogados en Túnez y a una parte del ejército y los magistrados en Egipto. La escisión de estos grupos desde dentro del régimen ha sido crucial para forzar la salida del país de los gerontócratas, y el inicio de una serie de cambios que abren la puerta a una transición democrática (amnistía general, gobierno provisional, legalización de algunos partidos, elecciones a unos meses vista, etcétera). Por tanto, aunque la panoplia de problemas y dificultades de los países árabes sean parecidos, las diferencias en cuanto al ejercicio del poder por parte del régimen, a las privaciones de la población y a los recursos de que disponen para oponerse son cruciales. Egipto, merced a la cerrazón de los últimos años, se ha colocado en una posición similar a la de Túnez.

El presidente octogenario veía dificultada la sucesión por el rechazo expreso de las fuerzas armadas a que fuese su hijo Gamal el heredero. Las últimas elecciones legislativas de noviembre-dicembre de 2010 fueron una pantomima, que dieron prácticamente todos los escaños al gobernante Partido Nacional Democrático (PND). La oposición islamista de los Hermanos Musulmanes, que boicoteó parcialmente las elecciones, tuvo que contentarse con un escaño de los independientes, a pesar de su conocida fuerza política en la sociedad egipcia (85 escaños en 2005).

El resto de partidos, todos juntos, sumaron el 3% de los escaños. Sin embargo, hay diferencias importantes que separan los casos de Egipto y Túnez. Los sindicatos egipcios no tienen una experiencia de contestación al poder. Recordemos que la UGTT de Ben Salah fue siempre crítica con Habib Burguiba, el burguibismo y sus sucesivos gobiernos, incluso durante la época del partido único. En cambio, en Egipto los sindicalistas solían comunicar a sus homólogos españoles que las huelgas iban bien, precisamente porque el número de manifestantes se estaba reduciendo y consecuentemente iban a terminar pronto (según fuentes sindicales españolas contactadas por el autor). Tampoco es seguro que el ejército egipcio, o al menos su jefatura, asuma todas las reivindicaciones de los manifestantes; de momento ha propiciado, no sin titubear, la salida de Mubarak, pero se resiste a levantar el estado de emergencia.

Parece claro que existen divisiones importantes al respecto en las fuerzas armadas egipcias, entre una vieja y una nueva guardia, tensiones que se manifestarán en los próximos meses. Egipto goza, no obstante, de dos elementos favorales a los cambios. Me refiero, por un lado, a los abogados y la judicatura en general. Los jueces egipcios han enmendado en más de una ocasión la plana al ejecutivo dando muestras de autonomía e independencia. También los intelectuales, funcionarios internacionales y científicos egipcios, tan respetados en su país como fuera, pueden desempeñar un papel de vanguardia en estos cambios (por ejemplo Mohamed el Baradei y Ahmed Zewail, premio nobel de Química). Finalmente, los movimientos sociales han demostrado una gran inteligencia uniéndose, desde posiciones muy diversas, hasta lograr la caída del presidente.

Argelia, país de sublevaciones

En Argelia, encontramos una situación parecida a la de Túnez y Egipto. Un presidente mayor y enfermo que aparece con cuentagotas en público y que no ha solventado la cuestión sucesoria. Sin embargo, Buteflika no lleva en el poder varias décadas, sino tan solo 11 años, una diferencia sustancial, no solo cuantitativa. Carece de descendencia y todavía le quedan tres años en el cargo, hasta mayo de 2014. Argelia, como decíamos es un país de frondas o sublevaciones pues posee una rica cultura revolucionaria y contestataria de la que emergió como nuevo Estado independiente en 1962.

De hecho, a principios de este año, se vivieron de nuevo revueltas en muchas ciudades del país, destacando Orán y el barrio popular de Bab el Ued en Argel. El régimen está dividido en clanes de poder que, sin embargo, no tienen ningún interés en un cambio político profundo. Estos clanes pueden decidir relevar a Buteflika en cualquier momento. Recordemos que el anterior presidente, Liamin Zerual, fue “forzado” a adelantar las elecciones presidenciales. Pero es más lógico pensar que los clanes evitarán hacer coincidir esa maniobra con nuevas protestas populares (como las convocadas para el 12 y 19 de febrero), que siempre pueden arrastrar reivindicaciones de más calado.

Como su vecino Marruecos, cuyo rey ha anunciado que elevará las subvenciones a los precios de productos básicos e hidrocarburos, el gobierno de Argelia ha dado marcha atrás en la subida de los alimentos (azúcar y aceite) que dio lugar a una oleada de protestas nada más comenzar 2011. Con el mismo ánimo, también se rumoreó que Buteflika cambiaría su gobierno, sustituyendo al primer ministro Ahmed Uyahia por el ministro de Energía, Yussef Yusfi, y al ministro del Interior, Uld Kablia, por otro ministro, Abdelmalek Sellal. Un rumor luego desmentido. De momento, los émulos del bonzo tunecino (hasta 20, solo desde enero de 2011), no han logrado desatar una contestación masiva y continuada en el tiempo como la tunecina, aunque sí el levantamiento del estado de excepción, en vigor desde 1992, se llevo a cabo el 24 de febrero.

Es difícil que consigan cambios mayores a no ser que otros actores sociales y sobre todo los jóvenes se unan a la contestación. En primer lugar, el principal sindicato argelino, la Unión General de Trabajadores Argelinos (UGTA) defenderá a este régimen cueste lo que cueste y en absoluto convocará las huelgas generales a las que llamó la UGTT en la segunda ciudad del país, Sfax (recordemos también las sonadas huelgas de la ciudad minera de Gafsa en 2008). En segundo lugar, el Ejército a través de su jefatura no intervendrá en bloque, lo que no impide alguna tentativa de oficiales de menor graduación, aunque dada la elevada jerarquización de esas fuerzas armadas, es complicado. Sin olvidar los lucrativos negocios en los que están involucrados muchos oficiales.

Por último, la oposición está generalmente dividida, con sectores laicos e islamistas que se han desmarcado de las convocatorias del 12 y 19 de febrero y lo que es más importante, muy alejada de los jóvenes que nutren todas las protestas populares de los últimos tiempos. Tampoco el fenómeno de Internet está tan extendido en Argelia como en Túnez, al menos en términos del número de internautas por habitante (con 95 abonados a Internet por 1.000 habitantes en 2005, Túnez superaba ampliamente los 58 de Argelia, un país tres veces más poblado, datos del Informe árabe sobre el desarrollo humano, 2009). En conclusión, las oleadas antiautoritarias de Túnez y Egipto han dado al traste con la vía de las sucesiones familiares en las repúblicas árabes, al menos de momento, y quizá de manera definitiva.

Las protestas en Egipto y Yemen han logrado que no haya sucesión dinástica en esos países. Aunque las causas de los derrocamientos populares de Túnez y Egipto se dan en otros países árabes y su poder de arrastre y emulación es muy potente, no es fácil que se produzca un cambio político tan importante en otros países como Argelia o Marruecos, cuyas características son diferentes. Los agravios que provocan las revueltas y protestas son concretos y particulares, e incluso cuando éstas aparecen, como sucede a menudo en Argelia, tampoco desembocan siempre en cambios políticos.

Es necesario además que haya una fractura o escisión dentro del régimen autoritario como ilustra la literatura politológica. En Argelia, a pesar de que ha habido más revueltas, huelgas e “inmolaciones sociales” que en ningún otro país árabe durante estos años, los distintos clanes y sectores del régimen no tienen interés objetivo en provocar cambios que puedan arrastrar reivindicaciones de mayor calado. Esperarán, probablemente, un momento de más calma para forzar un gesto del presidente que despeje la duda sucesoria. Pero cuidado, porque como decíamos, las dinámicas revolucionarias son a menudo inescrutables.