Marruecos: ni excepción ni contagio

Driss Ksikes

Los neopatriotas fervientes, que creían vivir en un islote extremadamente protegido, hablaban antes del 20 de febrero de 2011, de excepción marroquí. Los observadores externos, ávidos de estereotipos, evocaban un efecto de contagio del que no se salvaría ningún país árabe. En el idioma de los unos y de los otros, la revolución se parece extrañamente a una enfermedad que puede contagiarnos y frente a la cual es mejor atrincherarse.

Al examinar con detalle cómo prepararon la movilización los facebookeros, cómo concibieron los eslóganes y cómo orquestaron pacíficamente y sin muchos encontronazos el paso de lo virtual a lo real, nos damos cuenta de que Marruecos vive gracias al golpe de acelerador que dieron los tunecinos y los egipcios, al viento de cambio en la región, una segunda oportunidad que la mayoría creía aplazada sine die.

Si en 1999, con el paso del testigo de un rey a otro, los socialistas en el poder no supieron ejercer la suficiente presión para forzar el cambio, establecer una nueva relación de fuerzas para salir de la autocracia, velar por que el Estado de derecho redujera los favores ilícitos, y estar lúcidos para que la frontera entre la especulación y la política se volviera hermética, hoy los ciudadanos saltan a la palestra para exigir todo eso, abiertamente y sin intermediarios.

Los marroquíes marcharon el 20 de febrero contra los abusos de una sociedad cortesana y fuera de control y contra una élite política que no les representa lo suficiente o nada en absoluto. Esto va más allá de la crisis de la democracia representativa, que conocen incluso los países europeos, ya que el enfado de la calle concierne tanto al gobierno (dirigido por el istiqlalista Abbas El Fassi) que hay que “disolver”, como al partido del amigo del rey (Fuad Ali el Himma), supuestamente en la oposición, que hay que “prohibir”. Los marroquíes están cansados de esta mascarada pseudodemocrática que les sirven desde hace lustros y que les hace sentirse impotentes frente a unas decisiones cuyos resortes no dominan. ¿Hasta dónde llegarán para aprovechar lo mejor posible esta segunda oportunidad?

Eso depende de la tenacidad y precaución de los iniciadores del Movimiento 20 de febrero. Ahora bien, dado que en Marruecos ya se ha realizado una promesa de reforma, se ha acometido una labor de cooptación y se ha iniciado una dinámica de embellecimiento económico, el grado de frustración e indignación queda atenuado, en comparación con las sociedades vecinas donde el tornillo estaba demasiado apretado. Por otra parte, dado que el movimiento cuestiona más la corrupción y la apatía de los intermediarios (los partidos políticos) y evita cargar demasiado contra los que toman las decisiones (la cúpula del Estado), sigue siendo más un revelador de una mayoría silenciosa, de cuya importancia nos percatamos en las elecciones por el índice de abstención, que la expresión encarnizada de un deseo insistente de ruptura.

Y, sin embargo, hubo una ruptura. El 20 de febrero puso fin a una larga inercia, instalada desde los atentados del 16 de mayo de 2003, en la que por miedo, por autocensura o también por nacionalismo beato se habían observado varias regresiones (libertad de prensa, libertad de asociación, cumplimiento de la ley) ante la indiferencia general. Si este movimiento despierta las conciencias y encarrila un proceso que pueda conducir a un Estado más virtuoso y a unos actores políticos más preocupados por el interés colectivo, la marcha iniciada por estos jóvenes, cuya lucidez política es sorprendente, no habrá sido en vano. Aunque todavía queda mucho para alcanzar el objetivo.