Siria: un ataque con más incógnitas que aliados

EE UU ha lanzado una ofensiva contra el EI, apoyado por una coalición en la que no participan Rusia e Irán, los únicos capaces de negociar una solución política al conflicto sirio.

Natalia Sancha

Un año después de que Barak Obama hiciera sonar los tambores de guerra contra Bashar al Assad por el uso de armas químicas contra su población, el presidente norteamericano se embarca en un ataque en territorio sirio. Lo hace, sin embargo, cambiando de enemigo, contra el Estado Islámico al que también combate el régimen sirio.

Y lo hace sin la aprobación del Congreso. Transcurridos también 11 años desde que liderara la coalición que depuso a Saddam Hussein en Irak, Estados Unidos intenta alejar todo paralelismo entre la tercera guerra del Golfo y la intervención en Siria. Un mes sobrevolando el territorio sirio con drones, dos semanas de reuniones a contrarreloj y un viaje del secretario de Estado norteamericano, John Kerry, en busca de apoyos entre los aliados árabes han bastado para armar una apresurada alianza. La coalición creada en tiempo récord cuenta mayoritariamente con monarquías del Golfo suníes, que se enfrentan a un ejército de entre 20.000 y 50.000 yihadistas de la ortodoxia suní.

La alianza se compone de heterogéneos actores: dos con poco peso regional como Emiratos Árabes Unidos (EAU) o Bahréin, un país fronterizo como Jordania y dos potencias suníes regionales como Qatar y Arabia Saudí, enfrentadas entre sí por el control de las milicias suníes en la zona. El único punto en común de los cinco aliados árabes, más allá de ser monarquías suníes, es la enemistad que profesan hacia el régimen sirio y su patrocinador iraní, así como su negativa a participar con tropas en el terreno. Entre los ausentes y, sin embargo, actores clave en el conflicto regional despertado por la guerra siria, se encuentran Irán, Rusia, Irak, Líbano y, por supuesto, la propia Siria. La frágil coalición reposa más en un cúmulo de intereses individuales coyunturales que en una lucha con un objetivo común a largo plazo.

El silencio de los excluidos en el ataque también deja entrever una aquiescencia coyuntural ante una acción que, por ahora, beneficia al régimen sirio. Ante el ataque del que Bashar al Assad fue informado pocas horas antes, Siria se contentaba con aprobar todo apoyo internacional en su vaticinada lucha contra “los terroristas”, incluyendo a todos los grupos rebeldes en un mismos saco. Mientras, Rusia vehiculaba su reproche ante la ausencia de coordinación con el régimen sirio. Al tiempo que EE UU rechaza de plano toda colaboración con el régimen sirio o iraní a nivel táctito, logístico o incluso de inteligencia, no ha dado mayores explicaciones sobre cómo ha obtenido en tan breve plazo las informaciones sobre los objetivos a atacar. Los aliados árabes han admitido sin especial entusiasmo su participación en los ataques justificando que es para preservar sus propios intereses.

En las declaraciones avanzadas por sus respectivos gobiernos, dejaban claro que preferían participar en un ataque que frene al EI en Siria o Irak antes que tener que combatirlo en sus propios territorios. Entre los aliados se encuentran Qatar o Arabia Saudí que hasta ahora no han dudado en financiar a grupos rebeldes sirios como el Frente al Nusra que hoy bombardean o el Ejército Libre Sirio (ELS). Los aliados del Golfo, cuyas poblaciones son mayoritariamente suníes conservadoras, excepto Bahrein que cuenta con una mayoría chií bajo un régimen suní, son conscientes de que su participación bien puede costarles una oleada de protestas en su propio suelo por colaborar con EE UU en el bombardeo de otros musulmanes en el que incurran en posibles muertes de civiles.

En las redes sociales, grupos conservadores ligados al EI llamaban a “los hermanos musulmanes del Golfo” a sublevarse contra sus regímenes impíos que junto al “demonio” norteamericano asesinan a musulmanes. Los Estados del Golfo tampoco ocultan su recelo ante la fogosidad del presidente norteamericano a quien no ven capaz de comprometerse en la región contra futuros enemigos o paliar a largo plazo las consecuencias de este primer bombardeo. Si bien Estados Unidos mantiene intereses a largo plazo en la zona, su implicación en el terreno va ligada a vientos cambiantes en la Casa Blanca, marcados por políticas que duran el tiempo de un mandato y sujetas a prioridades internacionales. Conscientes de ello, los regímenes árabes dudan entre la cautela o aprovechar el envite para armar a sus proxies en la región. Arabia Saudí ya se ha ofrecido a entrenar a grupos rebeldes opositores en su territorio.

¿Externalizar la guerra con milicias en el terreno?

Sin embargo, y a pesar de la poca información filtrada sobre la proyección a largo plazo del ataque a objetivos del EI y del Frente al Nusra en Siria, el bombardeo por aire o mar se antoja para la mayoría de los expertos militares insuficiente para acabar con el ejército yihadista. La necesidad de una operación paralela en el terreno con tropas terrestres es innegable, pero todos los aliados ya sean occidentales o regionales rechazan de pleno mandar a sus hombres a la guerra. La alternativa que avanzan los analistas estadounidenses ambiciona armar a milicias locales capaces de frenar el avance del ejército negro.

Una estrategia que alteraría el statu quo local propiciando conflictos ulteriores. Armar a las milicias kurdas puede desestabilizar a la larga tanto a Turquía como a Irak o Irán, quienes cuentan con la mayor población de kurdos. El apoyo a tribus suníes locales, generalmente dejadas por los regímenes nacionales y ajenas a sus políticas internas, no es de buen gusto para los líderes árabes. Si armar es una cuestión de tiempo y financiación, desarmar a estos grupos en un periodo de posguerra es tarea mucho más ardua. La sombra de los talibanes, dejados a su suerte tras el fin de la guerra fría, planea de nuevo sobre la región y hace que muchos opten por la prudencia antes de armar a grupos que hoy se ven como aliados y mañana pueden convertirse en potenciales enemigos. Más aun en una zona donde los países de la coalición se ven inmersos simultáneamente en múltiples conflictos. Jordania, que ha escapado a la ola de manifestaciones despertada durante la Primavera Árabe, teme un rápido avance del EI que desborde su territorio.

Enfrentada durante décadas por el control regional con el régimen iraní, Arabia Saudí se ve amenazada hoy por un poder chií en sus fronteras con Yemen, cuyas renovadas relaciones con Teherán disminuyen su margen de maniobra regional. El ataque no ha sido bien recibido entre las milicias iraquíes. Las milicias chiíes, empoderadas durante la tercera guerra del Golfo en Irak, no ven con buenos ojos que milicias suníes sean entrenadas y armadas para combatir en territorio iraquí. Los líderes de las mayores milicias –Liwa Abu Fadl, Badr, Mahdi etcétera– ya han rechazado de plano cualquier acción terrestre extranjera en suelo iraquí. El apoyo a las milicias chiíes iraquíes en detrimento de las suníes durante la invasión terrestre norteamericana de Irak abrió la caja de pandora a un sectarianismo entre chiíes y suníes antes prácticamente inexistente en la región. Una década más tarde las consecuencias son parte de la ecuación del problema del EI.

Son las tribus suníes del norte de Irak, cansadas de un régimen chií en Bagdad y resentidas contra los abusos de las milicias chiíes, quienes propiciaron el rápido e inesperado avance de los yihadistas del EI en Irak. Los titubeos y la falta de compromiso de la comunidad internacional frente a los grupos rebeldes suníes en Siria ha propiciado también una radicalización de estos en el tablero sirio exacerbados por la financiación catarí y saudí. El EI ha sabido jugar hábilmente sus bazas aprovechando las dinámicas internas de cada país, buscando apoyos entre las tribus suníes resentidas contra los poderes centrales chiíes en Damasco o Irak, o entre las comunidades suníes libanesas impotentes ante la milicia chií Hezbolá.

Si bien Turquía aplaudía una coalición de la que no ha querido hasta ahora formar parte, se ha visto inundada por una oleada de 130.000 refugiados en cuestión de días que se suman a los 850.000 que han huido de la guerra previamente. Un peso económico y humanitario para el cual se van agotando los fondos. Al otro lado de la frontera siria, Líbano que acoge a 1,2 millones de refugiados sirios, se ve arrastrado a la guerra con efectivos del EI y de Al Nusra combatiendo en suelo libanés. En septiembre, dos soldados han sido decapitados y un tercero ejecutado, al tiempo que los enfrentamientos continúan contra las Fuerzas Armadas Libanesas y contra la milicia-partido Hezbolá. Ambos países fronterizos, Turquía y Líbano, y principales implicados por la suerte de Siria, se han mantenido prudentemente fuera de la coalición.

Impacto para los bandos rebelde y gubernamental de Siria

La Casa Blanca anunciaba haber lanzado 150 ataques por mar y aire golpeando a combatientes del EI, campos de entrenamientos, vehículos y almacenes de armamento. El objetivo eran las posiciones del EI en Raqqa y Deir ez Zor al noreste del país, pero también Alepo e Idlib en el noroeste y donde se encuentran posiciones del Frente al Nusra. Al incluir a Al Nusra, uno de los mayores grupos rebeldes opositores al régimen de Bashar al Assad y entre los más efectivos en el campo de batalla, la naturaleza de una guerra contra el EI se ve alterada. Con recursos y efectivos limitados, el régimen sirio ha tenido que sentar prioridades geográficas a la hora de mantener posiciones contra los diferentes frentes abiertos.

Durante el último año, la estrategia del régimen sirio y de su ejército ha sido controlar las grandes urbes donde habitan o a donde han huido la mayoría de sus ciudadanos leales. En una economía de guerra, garantizar el acceso a servicios e infraestructuras a los leales así como proveerles seguridad es crucial para mantener la legitimidad ante su pueblo. Manteniendo el principal frente abierto al este de la capital, Damasco, el ejército se ha centrado en asegurar las ciudades costeras de Tartus y Latakia (ambos feudos de la población alauita, confesión que profesa el presidente sirio y que cuenta con el 12% de la población total), Homs y Alepo al Norte. Para ello, ha optado por expulsar a los rebeldes y, por tanto, transferir el campo de batalla a la periferia de las ciudades en campo abierto donde el ejército mantiene una superioridad bélica con el uso de su aviación y de tanques, ambos contraproducentes en la lucha urbana por el grado de destrucción que conllevan.

Con el avance del EI hacia la periferia noreste de Alepo, esta se ha convertido en la primera gran ciudad acechada por el EI y posible primera batalla que enfrentara al ejército sirio con los yihadistas. Desde la proclamación de un califato por Abu Bakr al Bagdadi (líder del EI) en junio, el ejército sirio no se ha enfrentado en campo abierto a los yihadistas aunque sí ha bombardeado algunas posiciones en el noreste. Ante la ausencia de enfrentamiento, muchos han acusado al régimen de haber patrocinado al EI para justificar su discurso de lucha antiterrorista al tiempo que combatía a las otras facciones rebeldes por el flanco este del país.

El bombardeo por parte de la coalición de posiciones de Al Nusra y del EI en la periferia de Alepo llega en un momento crucial tanto para el régimen sirio como para los rebeldes del ELS, el Frente Islámico, Ahrar el Sham y otras facciones opositoras. Para el régimen, contar con una coalición que frene el avance del EI y cortocircuite sus centros neurálgicos operativos y de abastecimiento en armas, le permite reagrupar sus limitados efectivos ante el segundo frente rebelde. Más aun cuando el EI acecha la segunda metrópoli siria y corazón económico del país.

Para los rebeldes enfrentados al EI, el avance de este último no solo amenaza con privarles de las vías de acceso y avituallamiento hacia Turquía, sino que también desangra sus filas de jóvenes combatientes que se suman al bando más efectivo y radical. Según el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos con base en Londres, solo en julio 6.500 rebeldes se sumaron a las filas del EI. La oposición siria en el extranjero ha aplaudido el ataque que confía le ayudará a progresar en la lucha contra el régimen.

Este último acepta también una ofensiva que le ahorra recursos, tiempo y hombres en su lucha por debilitar a dos importantes frentes enemigos: el EI y Al Nusra. El ataque de la heterogénea coalición deja muchas incógnitas por resolver. Mas allá de si habrá y quién protagonizará una ofensiva terrestre que acompañe al bombardeo por mar y aire, queda por ver quién ocupará el vacío dejado por las posiciones que pierda el EI en el bombardeo. Las zonas sin control en una guerra con múltiples bandos y mecenas extranjeros corren el riesgo de radicalizar la lucha. No queda claro quien será el primero en cubrir esas posiciones, si el régimen sirio o los grupos rebeldes que la coalición apoya. Sin una estrategia clara en el terreno, los bombardeos se antojan insuficientes.

Externalizar la guerra reforzando a milicias locales puede tener consecuencias mayores a medio y largo plazo en la región y arrastrar a los países involucrados a una agotadora guerra de proxies. La alianza liderada por EE UU parece frágil. Los aliados incluidos en la coalición no comparten un objetivo común a largo plazo al tiempo que Doha y Riad compiten por controlar a los grupos rebeldes en territorio sirio. Los excluidos de la coalición, Rusia e Irán, son los únicos capaces de negociar una solución política al conflicto sirio y por tanto duradera. Más allá de la necesidad de contención ante el avance del EI, este corre el riesgo de alterar su modus operandi tras el bombardeo.

A diferencia de su predecesor, Al Qaeda, que dedicó buena parte de sus recursos y efectivos a combatir al “enemigo lejano” con ataques en suelo occidental, el EI se ha limitado hasta ahora a luchar contra el “enemigo cercano”; regímenes árabes y occidentales en el territorio conquistado. El ataque contra el EI y el Frente al Nusra en Siria, entierra definitivamente todo remanente de la Primavera Árabe. El retorno a la dialéctica de la lucha antiterrorista que dominó la última década desde el 11 de septiembre de 2001, reafirma hoy a los dirigentes árabes, incluyendo a Bashar al Assad o Abdel Fatah al Sisi, legitimando futuras represiones contra grupos opositores amparados por el nebuloso término.