La extraña legión extranjera de Bashar al Assad

El régimen sirio recibe el apoyo de una coalición de actores del mundo árabe y Occidente, a menudo olvidada por los medios de comunicación, pero a la que no hay que subestimar.

Nicolas Mayer

Más de tres años después del inicio del conflicto, el régimen de Bashar al Assad se mantiene gracias al apoyo de algunos sectores en el interior del país, pero también con la importante ayuda militar de milicias chiíes y de pequeños grupos procedentes de países vecinos movidos por una ideología que va del nacionalismo al panarabismo. En Europa, una coalición de militantes de extrema derecha y de extrema izquierda unidos bajo la bandera del anti-imperialismo también ha activado sus redes de propaganda para apoyar al régimen.

El artículo trata de analizar las convergencias de intereses y las tomas de contacto en el seno de esta nebulosa poco conocida pero dispuesta a defender con uñas y dientes al rais. A Occidente le preocupan –con toda la razón– los miles de europeos que han acudido a Siria a luchar contra el régimen de Al Assad, en nombre del yihad. Aunque su número sea incierto –un informe de Sofan Group calculaba en junio de 2014 que eran unos 12.000 combatientes de los cuales más de 2.000 eran europeos– su visibilidad mediática no ha dejado de aumentar. Los Gobiernos europeos, como el de David Cameron en Reino Unido, han anunciado nuevas medidas para luchar contra el fenómeno, que representa para Europa una auténtica amenaza en materia de seguridad.

El apoyo al régimen por parte de las fuerzas extranjeras es otro fenómeno, aunque se ha estudiado menos. Sin embargo, existen redes de solidaridad diversa, cuya capacidad de movilización llega al mundo musulmán, pero también a Occidente. Estas redes se construyen sobre unas bases confesionales (chiíes), pero también ideológicas y políticas. Todos comparten una admiración por la “resistencia” que muestra el régimen alauí frente a lo que califican con frecuencia de complot internacional. En primer lugar, las motivaciones confesionales animan a varios millares de chiíes a ponerse al lado de Al Assad.

Esta “legión extranjera” se compone fundamentalmente de militantes del Hezbolá libanés, determinantes en la batalla de Quseir en la primavera de 2013, pero también de miembros de la fuerza iraní Al Quds, la élite de la Guardia Revolucionaria. Hassan Nasralá, el líder del movimiento chií libanés, reconocía en abril de 2013 la participación de sus militantes al considerar que había que “ofrecer toda la ayuda posible y necesaria para apoyar al ejército sirio”, y también hacía alusión a los “expertos iraníes” en el país en guerra. Por otra parte, varios centenares de combatientes de las brigadas chiíes iraquíes, como Asaib Ahl Al Haq (“la Liga de los Justos”), la organización Badr y las Kitab Hizbollah (“las Brigadas de Hezbolá”) han acudido a ayudar al régimen.

La dependencia del conjunto de estos grupos respecto del régimen iraní, en lo que se refiere a armamento y financiación, es total. Las redes de reclutamiento las dirige el Hezbolá libanés. Saud al Sarhan informaba en Al Monitor de la existencia de filiales de reclutamiento más allá del mundo árabe, en comunidades chiíes afganas y africanas especialmente. Estos contingentes extranjeros se han convertido en un importante apoyo del régimen, mientras que los efectivos del ejército sirio quedaron reducidos a apenas 100.000 soldados a finales del año 2013, según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos. Asimismo, estos flujos de combatientes llevan aparejados unas transferencias de armas de fabricación iraní y rusa.

Esta coalición chií informal ha contado supuestamente con cerca de 10.000 hombres, es decir unos efectivos parecidos a los de los combatientes yihadistas extranjeros. Si cuenta con una menor visibilidad es, en primer lugar, porque los medios de comunicación extranjeros no le prestan ninguna atención. Además, no se distingue por unas acciones militares espectaculares porque sus misiones se circunscriben a la protección de lugares estratégicos (seguridad de los aeropuertos y de las líneas de comunicación), sin voluntad de ocupar el territorio. Su margen de maniobra es limitado y la gestionan directamente los emisarios iraníes, que se dedican a la formación y a la dirección. Más allá de las cifras que, por otra parte, son difíciles de comprobar, el conjunto de estos voluntarios se ha comprometido con la perspectiva de una guerra santa y sectaria.

Los chiíes, ismaelíes o duodecimanos, no representan más del 2% de la población siria, pero Hezbolá ha invocado la defensa de los lugares santos del chiismo, entre los que se incluye la tumba de Sayeda Zainab, cerca de Damasco, como razón para luchar contra los rebeldes. En un comunicado que data de la primavera de 2013, el movimiento llamó a “los muyahidin honrados a levantarse para impedir la caída del pueblo y del mausoleo”. Sin embargo, la ofensiva del Estado Islámico en Irak es ahora un momento crucial en este compromiso.

En el periódico digital Sada de la Fundación Carnegie Endowment para la Paz Internacional, el analista Alexander Corbeil volvía a tratar recientemente el tema del repliegue de los milicianos chiíes iraquíes en Irak y el aumento de la implicación del Hezbolá libanés en Siria como respuesta mecánica a esta situación. Desde enero de 2014, más de un millar de milicianos iraquíes han abandonado supuestamente el territorio sirio, convirtiendo la defensa de Nayaf y Kerbala en su prioridad. Según el investigador Phillip Smyth, el grupo armado chií Liwa Abu al Fadl al Abbas, cuyo objetivo inicial era la defensa de los lugares santos del chiismo en Siria, por ejemplo, ha vuelto a ser localizado en Irak en junio de 2014 bajo las órdenes de la fuerza iraní Al Quds. Frente al riesgo de una exposición excesiva del Hezbolá libanés en Siria, el régimen de Al Assad podría, no obstante, contar con otros grupos armados. Con independencia de la solidaridad propiamente confesional, otros colectivos del mundo árabe y de diversas ideologías apoyan militarmente al régimen.

Entre ellos destacan la Guardia Nacionalista Árabe, laica y nasserista, el Frente Popular para la Liberación de Palestina–Comando General (FPLP-CG), revolucionario y probaazista, y también la milicia del Partido Social-Nacionalista Sirio (PSNS), implantado en Líbano, de inspiración fascista y cuyo propósito es volver a crear la Gran Siria, un proyecto expansionista con el objetivo de establecer un Estado fuerte en el centro de Oriente Medio que abarque desde Chipre hasta el Golfo Pérsico. La actividad militar de estos grupos sobre el terreno se limita a algunas zonas y está documentada básicamente por los medios de propaganda del régimen.

La Guardia Nacionalista Árabe concentra a sus centenares de voluntarios, la mayoría de ellos procedentes de Líbano, Irak y Egipto, en la región de Damasco. El FPLP no ha logrado imponer su autoridad en el campo de refugiados palestinos de Yarmuk, que decidió apoyar al bando rebelde a finales de 2012. Estas diferentes facciones, hasta el momento poco significativas desde un punto de vista militar, revisten una gran importancia en la estrategia de comunicación y de propaganda del régimen, ya que para el clan Al Assad son unos avales ideológicos destinados a demostrar al resto del mundo árabe su supuesto compromiso nacionalista, anti-imperialista y antisionista.

Partidarios de Al Assad en Europa

Unos principios ideológicos parecidos también impulsan en Occidente a unas redes de militantes favorables al Al Assad, constituidas en torno a alianzas “rojas y pardas” heterogéneas, que se proclaman a la vez izquierdistas radicales anti-capitalistas, anti- imperialistas y nacionalistas xenófobos, y que tienen en común la iconografía de la guerrilla romántica, con el imprescindible Che Guevara, y una adoración por los dirigentes contemporáneos como Hugo Chávez y Vladímir Putin, a los que encumbran como héroes del soberanismo.

Estos militantes, que son poco numerosos, consiguen, sin embargo, transmitir el mensaje de propaganda del régimen, a través de las publicaciones y de los sitios de Internet. Algunos intelectuales, cuyo acceso a los medios tradicionales es limitado, suscitan un entusiasmo importante en la Red en su posicionamiento radical contra la “dictadura del pensamiento”, utilizando hábilmente las teorías del “complot americano-sionista”, y convirtiendo al régimen de Al Assad en mártir de la causa anti-imperialista. Alain Soral y Thierry Meyssan en Francia, Bahar Kimyongür y Michel Collon en Bélgica, o Claudio Mutti en Italia, son personalidades representativas de esta tendencia: a menudo se muestran próximos a las ideas de la izquierda radical, y adoptan finalmente las tesis de una extrema derecha revolucionaria y dedican sus energías a desmontar lo que llaman “las mentiras de los medios”.

En esta corriente de pensamiento surgió a principios de 2013 la plataforma asociativa del Frente Europeo de Solidaridad con Siria (EFSS), cuyo objetivo es coordinar las acciones de movilización en apoyo de la soberanía del régimen sirio, pero que adopta más claramente unas posturas de extrema derecha. En Europa, el pilar de esta asociación es Italia, por el compromiso del grupo Casa Pound, un centro social con sede en Roma y estructurado recientemente como partido “nacional-revolucionario”, cuyos militantes se definen abiertamente como “fascistas del tercer milenio”. El “león de Siria” es un verdadero icono para los militantes del EFSS, cuyo ideal y cuya estética aglutinan los espíritus. Algunos representantes de la asociación han viajado en varias ocasiones a Siria y han sido recibidos por delegaciones ministeriales sirias.

La admiración de los europeos por el régimen autoritario sirio es muy anterior al inicio de las hostilidades armadas. En 2006, Thierry Meyssan y Alain Soral fueron a Líbano tras la incursión israelí en el sur del país, y transmitieron junto a Hezbolá mensajes anti-israelíes, alabando la “resistencia” de los poderes sirio e iraní. En realidad, el conflicto sirio ha permitido reforzar los vínculos de solidaridad entre los activistas europeos procedentes de una extrema derecha dogmática, los militantes de una extrema derecha no institucional, los movimientos político-religiosos chiíes y los partidarios del nacionalismo y el soberanismo árabes. Aunque muy a menudo no compartiesen más que el odio hacia Israel y Estados Unidos, en un discurso actualmente muy disputado por los grupos salafistas y yihadistas, recuerdan su supuesta lucha en favor del soberanismo, inclinándose naturalmente por las teorías del complot sobre la desestabilización de Oriente Próximo.

En agosto, los rumores de que el jefe del Estado Islámico, Abu Bakr Al Bagdadi, era en realidad un espía israelí entrenado por el Mossad y de que Hillary Clinton había reconocido supuestamente el papel de EE UU en la creación del grupo terrorista, no han dejado de aumentar, difundidos primero por las agencias de prensa iraníes o libanesas cercanas a Hezbolá, y luego retomados ciegamente por los sitios de extrema derecha, pero también de extrema izquierda, en Occidente, como denuncia Rudy Reichstadt de la organización Conspiracy Watch.

Entre algunos grupúsculos de la extrema derecha radical europea, el apoyo al régimen no se limita solo a unas acciones de propaganda. Varios miembros de la Guardia Húngara, un grupo paramilitar de Jobbik, combaten supuestamente en Siria. Los servicios secretos húngaros no han confirmado ni desmentido lo que sigue siendo un rumor para muchos. Por otra parte, el jefe del colectivo griego Mavros Krinos (“Lirio Negro”) reivindica la presencia de varios de sus militantes en el teatro de operaciones, junto a las Fuerzas Nacionales de Defensa sirias. Unos miembros del grupo radical de la Falanga polaca también han viajado a Siria, “en misión de observación” según sus representantes. Este fenómeno parece extremadamente minoritario, y es tema de debate en los foros de la derecha radical.

También puede ser objeto de noticias falsas, como se dio el caso en la primavera de 2013 cuando el anuncio de la formación de un “cuerpo de voluntarios ruso-ucranios” compuesto por varias decenas de miles de soldados dispuestos a luchar junto a Al Assad fue ampliamente difundido en las redes sociales. Sin embargo, no hay que subestimarlos. Estos posibles combatientes también pueden incorporarse a algunas empresas de seguridad privada que operan actualmente en Siria junto al régimen y que contratan en gran medida entre los círculos de la extrema derecha y las redes de antiguos legionarios, en Europa o en Rusia.

Contradicciones internas

Estos apoyos propagandistas europeos, de simples panfletistas o de militantes radicales dispuestos a empuñar las armas en los casos más extremos, difícilmente logran superar las paradojas de su lucha: defensa de la soberanía pero apoyo a la injerencia iraní en Siria; críticas al islam político suní pero benevolencia hacia el radicalismo chií; y defensa de las minorías confesionales y étnicas pero apoyo a un régimen que instrumentaliza el tema. Sin embargo, estas contradicciones favorecen sin duda a Bashar al Assad en la guerra mediática que libra contra la oposición.

La diversidad de la procedencia de sus defensores le permite alternar los diferentes registros de su discurso, invocando alternativamente la unidad nacional, la protección de las minorías, la lucha contra el sionismo o contra el atlantismo y la erradicación del terrorismo. Por tanto, ya no resulta sorprendente asistir en Europa a una manifestación favorable al régimen organizada por la extrema derecha, en la que cohabitan las banderas de Hezbolá y las banderas iraníes, y en la que prevalece una lectura sectaria del conflicto sirio. Sin embargo, la diversidad retórica que reina en las redes de apoyo a Al Assad revela las diferentes lecturas internas de la crisis siria y los intereses propios de cada grupo.

Los apoyos chiíes libaneses destacan el aspecto místico de su lucha, caracterizada por el sacrificio y la martirología, pero en realidad, el elemento confesional no es más que un componente de su compromiso. Este también es estratégico y responde a un instinto de supervivencia: si el régimen cae, un Hezbolá debilitado se verá directamente amenazado por las facciones suníes del norte de Líbano (Trípoli), sus rivales directos. Hasan Nasralá reconocía en la primavera de 2013 que “la resistencia no podía quedarse de brazos cruzados cuando su principal protector estaba expuesto”. Para Irán, lo que está en juego es su influencia en Oriente Medio, tras décadas de diplomacia activa para consolidar el eje Teherán-Damasco- Beirut.

En agosto de 2013, en plena crisis diplomática después del ataque químico de la Ghouta, uno de los asesores del Guía Supremo, Ali Akbar Velayati, afirmaba sin sorpresas que “Bashar al Assad es nuestra línea roja y le apoyaremos hasta el final”. Volviendo a la extrema derecha europea, que recicla el discurso contra un orden mundial que hay que destruir, resulta interesante comprobar que vive unos procesos de recomposición significativos. Por ejemplo, el EFSS es fundamentalmente anti-israelí y antisemita, como evidencian los perfiles de sus partidarios en las redes sociales, y sigue considerando a Bashar al Assad un héroe de la resistencia contra Israel. Frente a este movimiento revolucionario y “anti-imperialista”, muy minoritario, otra extrema derecha más institucional, representada por el FPÖ en Austria o el Frente Nacional en Francia, declara también que apoya al régimen sirio, pero utilizando con más frecuencia los argumentos de la soberanía nacional y de la defensa de las minorías cristianas contra la amenaza yihadista.

En efecto, estos partidos se han acercado considerablemente a Israel estos últimos años, fomentando implícitamente la idea de un enfrentamiento entre civilizaciones en las que el Estado hebreo serviría de barrera occidental contra el islam. En ese caso, su postura se basa más bien en la islamofobia y se desmarca de los colectivos que forman el EFSS. Pero una vez más, estas diferencias de registro son útiles al régimen de Al Assad, que un día se pone la careta anti-sionista y otro día refuerza un poco más la visión sectaria y confesional del conflicto. El conflicto sirio, que ya discurre por su cuarto año, se caracteriza siempre por una intensa batalla de propaganda, y Bashar al Assad dispone de una densa red de apoyo en todo el mundo.

El apoyo militar de las milicias chiíes, aunque es menor, vuelve a estar en entredicho actualmente por el desmoronamiento del vecino Estado de Irak, pero la propaganda favorable al régimen ha logrado sembrar la confusión en la opinión pública internacional. Este discurso que transmiten en Occidente unos actores políticamente minoritarios utiliza una narrativa inicialmente heterogénea y marcada por las contradicciones, pero cuyas deficiencias dogmáticas se compensan en gran medida mediante el recurso a las teorías del complot, y cuya capacidad de penetración se ha subestimado claramente.