Senegal, democracia maltrecha

El país vive un clima de tensión política permanente que, en parte, tiene su origen en la psicología de un líder envejecido.

Maâti Monjib

La elección de Abdulaye Wade en 2000 como presidente de la República despertó grandes esperanzas en la población senegalesa. De hecho, hacía ya un cuarto de siglo que era líder de la oposición. A pesar de considerarse un liberal, disfrutaba del apoyo de la izquierda, incluso de la radical, porque claramente era el único dirigente capaz de derrotar al presidente Abdu Diuf, cuyo partido dominaba el Estado y sus instituciones desde antes de la independencia. Hay que recordar que desde finales de los años setenta, Senegal se consideraba una democracia, la única en esa época en el África francófona. Incluso durante los años sesenta, cuando estaba prohibida prácticamente toda actividad de oposición política, el presidente Leopold Sédar Senghor no se comportó nunca como los demás dictadores del continente.

La represión siempre fue comedida y la tortura, un mal que proliferaba en todo el continente, distaba de ser sistemática en Senegal. Pero debido al desgaste del poder, sectores cada vez mayores de la sociedad senegalesa rechazaban el régimen del Partido Socialista (PS) que, a pesar de la oleada de democratización que barrió toda África occidental durante los años noventa, seguía comportándose prácticamente como si nada. Las manipulaciones electorales, especialmente en los niveles más altos, seguían siendo una práctica habitual. Esto desesperaba a los partidos de la oposición, que a veces recurrían a la violencia callejera para expresar su hartazgo con las victorias mecánicas del partido en el poder.

Así, tras el anuncio de los resultados del escrutinio presidencial en 1988, estallaron disturbios en Dakar para denunciar lo que mayormente se consideró una falsificación de la voluntad popular. Wade fue arrestado. El poder se tambaleó. A partir de ese momento, el fundador del Partido Democrático Senegalés (PDS) se transformó en líder popular adulado. Se le llama el Profeta del Sopi (cambio en wolof). Sus partidarios de los barrios periféricos lo llaman cariñosamente Laye (diminutivo de Abdulaye). Cada vez que se aproximaba una cita electoral, la angustia se apoderaba de los círculos del poder y de los servicios de seguridad. Su perseverancia le valdría la pena. Le abrió las puertas del poder supremo. Tras aliarse con Mustafá Niasse, un disidente popular del PS relativamente creíble, triunfó contundentemente contra el candidato-presidente en marzo de 2000, con un 58,5% del voto a su favor.

Un general republicano, que en el momento del escrutinio ocupaba la cartera de Interior, así como la moderación del presidente saliente, hicieron que se reconociese la victoria de Wade antes incluso de que se publicasen los resultados oficiales. Fue un gran momento para la democracia africana. Los especialistas en África occidental analizan el acontecimiento como la primera alternancia africana completamente normal (que no siguió a un régimen de partido único y en la que la presión exterior no tuvo más que un papel secundario…) y totalmente comparable a las de las más antiguas democracias del mundo.

Los orígenes de la crisis actual

Como hemos visto antes, el presidente Wade se considera fundamentalmente liberal (de hecho fue el presidente Senghor el que le colocó la etiqueta de liberal, que era una condición para reconocer a su partido. Fue en tiempos del tripartismo… Cf. Maâti Monjib, Mamadou Dia-Mhedi Ben Barka: étude comparative… Thèse d’Etat en Histoire, Dakar, 2005). Una vez en el poder, lejos de pensar en las masas que le llevaron hasta allí (como dicen hoy en día algunos de sus antiguos aliados), que veían en él a un auténtico salvador, profundizó en la política de liberalización económica puesta en marcha por sus predecesores.

Lo que busca su gobierno son más los equilibrios macroeconómicos y financieros que los sociales. Los precios se dispararon durante sus primeros años en el poder. El pueblo wadista, más que decepcionado, estaba desilusionado. Acongojados, algunos se planteaban dejar el país. Las manipulaciones políticas de Wade tampoco gustaban a sus defensores y aliados. Hacía lo que fuese para atraer a las filas de su partido a dirigentes del antiguo régimen conocidos por su corrupción. De este modo, el alcalde de la tercera ciudad del país, y un importante dirigente del PS, que había declarado públicamente en wolof en un mitin de su partido: “Sí, he robado… pero lo he compartido con vosotros”, y que en cualquier caso tendrá que vérselas con la justicia, se convierte en uno de los primeros en unirse a la coalición gubernamental.

Esto provoca una auténtica convulsión entre los intelectuales próximos al PDS. Un clima de tensión política permanente debido en parte a la psicología de un líder envejecido. Pero Wade fue más lejos. Como viejo zorro del arte de la política, no puede evitar intrigar sin cesar, conspirar contra los derechos de aquellos que considera peligrosos para su poder personal, e incluso amenazarlos. Otro rasgo de su personalidad: no soporta tener un número dos con credibilidad política, ya sea en el gobierno o en su propio partido. Por ello ha despedido sucesivamente y sin remordimientos a los líderes más importantes del PDS: Sérigne Diop, Jean Paul Dias, Usmane Ngom, y finalmente al que consideraba como su propio hijo, Idrissa Seck, uno de los arquitectos de la victoria de 2000. Eso en el partido. En el gobierno, el presidente no es más razonable.

De manera completamente impolítica, por no decir brutal, cesó a Mustafá Niasse, su primer ministro y aliado más popular, y que parecía contar con una credibilidad mayor que la del propio Wade ante los socios financieros y diplomáticos del país. Como la decisión parecía escasamente justificada para gran parte de la opinión pública nacional, Wade se defendió por medio de ataques personales contra aquél que había hecho posible la alternancia de 2000. Sería un destino compartido con otros jefes de gobierno y ministros. En 2005 incluso ordenó apresar y después liberar a su primer ministro, acusándolo de atentar contra la seguridad del Estado. De modelo, Senegal se convierte en el hazmerreír de sus vecinos. Igualmente, los ataques contra las libertades públicas tienen lugar a una velocidad desconocida en los últimos años de su predecesor.

La Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH) y Reporteros sin Fronteras se esfuerzan en vano por recordar al presidente que la Constitución de Senegal y las convenciones internacionales ratificadas por el país le obligan a respetar la libertad de expresión tanto de sus adversarios como de la prensa independiente. Pero Wade no parece preocupado. Y, en efecto, la corresponsal de Radio France Internationale (RFI) fue arrestada en el sur del país y después llevada con escolta militar a Dakar, donde se le comunicó su expulsión. Su crimen consistió en entrevistar a Salif Dialo, un alto cargo del rebelde Movimiento de Fuerzas Democráticas de Casamance (MFDC), cuando en Senegal publicar las declaraciones incluso de los dirigentes rebeldes más radicales es una práctica absolutamente habitual. Por las mismas razones, Sud Communication, el grupo de medios de comunicación más importante del país, que desempeñó un papel fundamental en la lucha por la alternancia en 2000 al denunciar los ataques contra la transparencia en las consultas populares del antiguo partido del gobierno, fue víctima el 17 de octubre de 2005 de una cuasi operación de comandos de las fuerzas del orden.

La FIDH relata los hechos de la siguiente manera: a primeras horas de la mañana, las oficinas del citado grupo “fueron asediadas por la policía que no contaba con una orden de registro emitida por un juez. Los ordenadores, CD y cintas de la estación Sud-FM fueron confiscados. Diecinueve personas –periodistas, técnicos y agentes comerciales– presentes fueron puestos bajo arresto provisional en las oficinas de la Comisaría Central y de la División de Investigaciones Criminales. Otros periodistas de las secciones locales de Sud-FM también fueron arrestados por la policía senegalesa. La señal de radio de Sud-FM estuvo cortada todo el día….”. El ministro del Interior justificó la operación como protección de la seguridad del Estado. Pero esa misma tarde fueron puestas en libertad todas las personas arrestadas y el asunto no llegó a más. Curioso, puesto que aparentemente se trataba de un grave crimen político.

En realidad, el objetivo del poder era vengarse de Abdulatif Culibaly, director de Sud-FM, que había publicado un libro muy crítico con Wade. Se trata de un periodista estrella que ya había recibido amenazas de muerte, muy probablemente, del entorno del presidente. El asunto parecía tan grave que la Asamblea Nacional puso en marcha una comisión de investigación. Talla Sylla, un antiguo aliado del presidente que se ha pasado a la oposición, fue atacado a martillazos en plena calle. Incluso el arzobispo de Dakar, Monseñor Théodore Adrien Sarre, llegó a recibir por correo a finales de 2003, al igual que todos los obispos de Senegal, amenazas de muerte. De hecho, la conferencia episcopal había mostrado su preocupación por la situación política de Senegal dos semanas antes, algo nunca visto en Senegal, pues los altos responsables religiosos, tanto cristianos como musulmanes, cuentan con el respeto unánime de la clase política, ya esté en el poder o en la oposición. En este caso también se sospechó que los responsables eran personas cercanas al presidente. Estos casos no son más que algunos ejemplos.

Todo vale para mantenerse en el poder

Hay que decir que Wade ya no soporta las críticas. Aún peor: pone en peligro la estabilidad política del país al querer, a cualquier precio y a pesar de sus 80 años de edad, mantenerse en el poder después de las elecciones de febrero de 2007. Para alcanzar su objetivo, no duda en recurrir a todo tipo de manipulaciones institucionales. Por eso las elecciones legislativas de 2006 fueron aplazadas un año y tendrán lugar al mismo tiempo que las presidenciales previstas para febrero de 2007. El motivo: ahorrar dinero público.

Algunos miembros de la oposición recuerdan al jefe del Estado que solo la renovación del avión presidencial costó 30.000 millones de francos CFA (60 millones de dólares), o lo que es lo mismo, seis veces el presupuesto del Ministerio de Cultura. Un joven senegalés se mofa de esta decisión: “Señor presidente, por favor una el Ramadán y la Fiesta del cordero con las elecciones para que así no tengamos que ayunar y comprar el cordero más que una vez cada cinco años y podamos ahorrar, porque si no me haré clandestino y me subiré en la primera piragua que salga hacia Canarias”. Este ambiente deletéreo se ve agravado por la liberación de los asesinos de M. Sèye, vicepresidente del Consejo Constitucional asesinado en 1993. Wade quería incluso amnistiar a los posibles cerebros del crimen. Esto refuerza las sospechas que pesan sobre él en relación con este asunto.

Las manipulaciones se multiplican desde hace poco más de un año. Los partidarios del presidente en la Asamblea han eliminado el llamado cuarto de bloqueo, o lo que es lo mismo, ahora es posible que el candidato más votado sea nombrado presidente con menos de un cuarto de los votos a favor. Lo curioso es que Wade estaba a favor de este cuarto de bloqueo cuando se encontraba en la oposición. Y lo que es peor: sus partidarios se disponen actualmente a eliminar la segunda vuelta de las elecciones: de esta manera, por ejemplo, con el 15% de los votos, o incluso teóricamente con menos, el candidato más votado sería nombrado presidente. Es una argucia torpe y evidente: sabiendo que, por legitimismo, gran parte de la población rural vota siempre por el presidente saliente, el entorno de Wade quiere asegurar al 100% la reelección de su ídolo, haciendo caso omiso de las condiciones necesarias para asegurar la legitimidad del poder y, por tanto, la estabilidad del país.

Otro rasgo característico de la psicología del presidente que preocupa a los observadores es el “afectivo”, que desempeña un papel cada vez más importante en las decisiones del jefe del Estado. En efecto, no solo sus detractores, sino también sus partidarios más cercarnos pueden ser víctimas de los cambios de humor de Wade si decide que no se han mostrado suficientemente respetuosos, o incluso cariñosos, con él. Por eso Iba Der Thiam, líder de Cap 21, una coalición de partidos que apoyan las acciones del jefe del Estado, no deja de recordarle al presidente el amor y la lealtad que le profesan los miembros de la organización.