Sahel: más vale prevenir que lamentar

A pesar de ser lugar de refugio y fuente marginal de financiación de los terroristas argelinos, la amenaza sobre la región está sobrevalorada.

Ignacio Cembrero

Aunque parezca sorprendente, Al Qaeda como tal nunca ha actuado en los países del Sahel (Chad, Níger, Malí y Mauritania). En esa franja casi desértica, que discurre desde Sudán a Mauritania, sí han surgido brotes de radicalismo musulmán y los argelinos del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC) manifiestan de cuando en cuando su presencia. Las iniciativas antiterroristas puestas en marcha en la zona por Estados Unidos y también por Argelia son, por tanto, ante todo preventivas. Hostigada en Afganistán, en apuros en Pakistán, Al Qaeda podría, en efecto, tener la tentación de buscar otras zonas de implantación en el mundo musulmán.

“Grandes extensiones de terreno y áreas gobernadas solo marginalmente pueden convertirse en refugios para terroristas y criminales (…) y están resultando atractivas para grupos terroristas a los que se priva de santuarios en Afganistán y en Oriente Próximo”, declaró, a principios de 2006, el general James Jones, comandante en jefe de las fuerzas americanas en Europa del que depende también esa parte de África hasta que sea operativo el nuevo mando del Pentágono para el continente africano. Cuando el general James hizo este vaticinio, hacía ya cuatro años que la administración del presidente George W. Bush había empezado a mostrar su interés por esas antiguas colonias francesas semi desérticas cuyos endebles Estados apenas controlan su territorio. Fue en 2002 cuando EE UU lanzó la llamada Iniciativa Pan Sahel (PSI, según sus iniciales en inglés), un modesto programa dotado con 10 millones de dólares anuales.

Las fuerzas especiales americanas comenzaron entonces a entrenar a los ejércitos de Mauritania, Malí, Níger y Chad en la lucha antiterrorista. En febrero del año siguiente se produjo el que ha sido hasta ahora el mayor golpe del GSPC en la zona, el secuestro en el sur de Argelia de 32 turistas europeos, en su mayoría alemanes. Más de la mitad fueron liberados en mayo, gracias a una operación de comandos del ejército argelino, pero los salafistas se replegaron al norte de Malí. Allí soltaron en agosto a sus últimos 14 rehenes a cambio de un rescate de unos cinco millones de euros sufragado por los fondos reservados del gobierno alemán. Aquel episodio puso en evidencia, a ojos de los expertos de la lucha antiterrorista, la porosidad de las fronteras, empezando por la que separa a Argelia de Malí, y que el árido desierto podía convertirse en una jugosa fuente de financiación para el GSPC. Un oficial maliense declaró, el 16 de noviembre de 2006, a la agencia Reuters que era difícil distinguir entre contrabandistas y salafistas argelinos porque estos últimos también trapicheaban con tabaco, drogas o armas para recaudar fondos.

Los ingresos que obtienen de este tejemaneje son, en todo caso, muy inferiores a los que les proporcionan los delitos que cometen en Europa, como la falsificación de tarjetas de crédito y las donaciones que reciben de sectores marginales de la inmigración magrebí, según señalan expertos de la lucha antiterrorista. Comparados con aquel prolongado secuestro, los demás golpes del GSPC en las arenas del Sahel son menores. El 3 de junio de 2005, entre 100 y 150 hombres, según las estimaciones, atacaron un cuartel del ejército mauritano en Lemgheity, a 400 kilómetros al este de la ciudad minera de Zuerat, causando 15 muertos y cinco desaparecidos entre los soldados. Robaron numerosas armas. Los salafistas se han enfrentado también a tiros en el noroeste de Malí con el ejército regular y con los tuaregs a los que disputaron el control de alguna ruta de contrabando.

Más preocupante es la existencia, detectada por los satélites americanos, de efímeros campamentos de entrenamiento –no duran más que unos días para evitar ser atacados– en lugares remotos del noroeste de Malí y del noreste de Mauritania. Los responsables del ministerio del Interior de Marruecos señalaron, en una reunión celebrada en marzo con directores de periódicos y revistas de Casablanca, que jóvenes magrebíes habían transitado por esos campamentos antes de viajar a Irak. Mohamed Darif, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Mohamedia, lo pone en duda. “Es mucho más fácil dar el salto a Europa, desde el norte de Marruecos, y de ahí a Irak que emprender el viaje desde el Sahel, un territorio muy aislado”, asegura en una conversación con el autor.

Curiosamente, desde que en enero pasado cambió su nombre por el de Al Qaeda del Magreb Islámico, el GSPC no ha dado señales de vida en la zona. El acoso militar puede explicar esta inacción que acaso sea también achacable al deseo de la cúpula terrorista de concentrarse sobre otros objetivos más espectaculares. Perpetrar atentados en el Sahel tendría una menor repercusión mediática que hacerlo contra objetivos occidentales o rusos en Argelia o Túnez.

Presencia americana en el Sahel

El prolongado secuestro de 2003 incentivó a EE UU a elevar su implicación en la zona. Amari Saifi, apodado El Para porque fue paracaidista del ejército argelino antes de ingresar en el GSPC, fue el cerebro de la captura de los turistas europeos. Al año siguiente fue apresado en el norte de Chad gracias a la ayuda de un avión de observación P-3C Orion de la Marina de EE UU, según varias publicaciones especializadas americanas. Saifi está ahora encarcelado en Argelia. “Saifi se había ido al Sahel, concretamente a Chad, para refugiarse”, subraya Darif. “Ese territorio cumple fundamentalmente una función de repliegue para los combatientes del GSPC”, concluye.

Más importante aún ha sido la sustitución, a partir de marzo de 2004, de la PSI por la Iniciativa Antiterrorista Trans Sahariana (Trans-Sahara Counter Terrorism Initiative- TSCTI). Aunque sus 80 millones de dólares de dotación anual están fundamentalmente dedicados a los cuatro países del Sahel, abarca también a otros seis Estados vecinos (Argelia, Marruecos, Túnez, Senegal, Ghana y Nigeria). “Este presupuesto atestigua de la voluntad de la Administración americana de contribuir eficazmente a la lucha contra el terrorismo y los riesgos de inestabilidad de África del Norte”, declaró el general William Ward, el adjunto de James Jones, al iniciarse, en junio de 2005, las maniobras Fintlock. Dirigidas por militares de EE UU contaron con la participación de todos los involucrados en la TSCTI. Ward ha presidido varias reuniones de los jefes de Estado Mayor de los países involucrados, la última en febrero en Dakar.

La imagen de un general americano rodeado por sus homólogos africanos en una zona del mundo que durante años fue un coto cerrado de Francia llama la atención. “Francia está siendo muy tímida”, se lamentaba el analista militar Pierre Boutard (Infoguerre.com, 14 de enero de 2007) a la hora de analizar la reacción de su gobierno. La TSCTI consiste, básicamente, en que entre 200 y 300 hombres del décimo grupo de las fuerzas especiales de EE UU entrenan a unidades de los cuatro ejércitos –Níger ha puesto en pie un batallón especializado– en la lucha antiterrorista, les enseñan a coordinarse entre ellas y con los americanos, a manejar el material que les suministran, sobre todo de comunicación, y a aprovechar la información de inteligencia que les proporcionan.

La formación antiterrorista abarca también a un selecto grupo de oficiales de la policía que se especializan en la Escuela Internacional de Policía de Gaborone (Botswana). Aunque no les están específicamente destinados, los países del Sahel se benefician de otros dos programas del Departamento de Estado, ATA (Anti-Terrorism Assistance) y TIP (Terrorist Interdiction Program).

Implicación de Argelia y Marruecos

Después de EE UU ha sido Argelia el país que más se ha involucrado en el Sahel. A mediados de febrero pasado el Ministerio de Asuntos Exteriores argelino concluyó con éxito una mediación entre el gobierno de Malí y los tuaregs, reagrupados en la Alianza Democrática para el Cambio, para poner fin a la revuelta endémica de los “hombres azules”. Estos llegaron, en mayo de 2006, a asaltar los cuarteles y a apoderarse brevemente de la pequeña ciudad de Kidal, a más de 1.000 kilómetros al noreste de Bamako.

El acuerdo anunciado en Argel preveía que 3.000 guerreros tuaregs entregarían las armas y se instalarían en un campamento erigido por Argelia cerca de Kidal, algo que ya se ha cumplido. A continuación recibirán nuevas armas, más modernas, y un entrenamiento a cargo de instructores militares argelinos. El objetivo: convertirles en una eficaz fuerza auxiliar del ejército maliense, al que combatieron en su día, y juntos deberán evitar infiltraciones del GSPC en la zona. Nadie la conoce mejor que los “hombres azules” que consideran a los salafistas argelinos unos intrusos en el desierto. Por si quedaba alguna duda, Ahmed Agbibé, el jefe de los tuaregs que firmó la paz en Argel, precisó que su tarea era ahora acabar con “cualquier presencia armada extranjera” en el norte de Malí. La reconversión de los tuaregs en auxiliares de un ejército regular llevaba también aparejada la reactivación del llamado Foro de Kidal para el desarrollo de las regiones del norte de Malí que bajo la presidencia del primer ministro maliense, Ousman Issoufi Maiga, se reunió a finales de marzo.

Su propósito es “consolidar la paz mediante el desarrollo” y en él participaron desde el gobierno maliense hasta la Comisión Europea, pasando por Argelia. Marruecos, el otro “peso pesado” del Magreb, carece de medios y de influencia para poder llevar a cabo iniciativas similares a la de Kidal. Aún así, ha sido el país que más ha hecho hincapié en las amenazas que se ciernen sobre la zona. Su ministro de Interior, Chakib Benmussa, advirtió en la primavera de 2007 que el Sahel corre el riesgo de convertirse en un lugar de tránsito de radicales islamistas que intenten infiltrarse en el Magreb y en Europa para perpetrar atentados.

El razonamiento marroquí va más allá y recalca que para cerrar las puertas a Al Qaeda hay que estabilizar la región resolviendo todos los conflictos empezando por el del Sáhara Occidental que le enfrenta al Frente Polisario y a Argelia. Pese a que los independentistas saharauis son considerados como un dique contra el islamismo, el argumento hizo mella en el Congreso de EE UU. Nada menos que 169 de sus miembros remitieron, en abril, una carta abierta al presidente George W. Bush instándole a apoyar el plan de autonomía que Marruecos ofrece ahora para solucionar el contencioso sobre la antigua colonia española. A diferencia de los acuerdos de Argel y del Foro de Kidal, el TSCTI americano no va acompañado por ningún tipo de cooperación al desarrollo. Estados Unidos solo tiene un enfoque militar de su ayuda al Sahel.

Es, sin duda, un mal comienzo para su introducción en una región del mundo en la que apenas tenía presencia y en la que se interesa desde hace un lustro a causa de un supuesto riesgo terrorista. Éste ha sido sin duda sobrevalorado. Así lo sostiene, por ejemplo, un informe titulado “Terrorismo islamista en el Sahel: ¿Hechos o ficción?” (Islamic terrorism in the Sahel: fact or fiction?) publicado a principios de 2006 por el think-tank International Crisis Group con sede en Bruselas. La franja del Sahel es ante todo un lugar de refugio y una fuente marginal de financiación de los terroristas argelinos. Si EE UU y Europa deben prestarle ayuda no es tanto a causa de la amenaza terrorista –mucho mayor en Somalia, Nigeria y el norte de África– sino de la debilidad de sus Estados que les hace muy vulnerables. Consolidarles y mejorar la suerte de su población es el camino a seguir para reducir la inseguridad.