Orígenes del fenómeno terrorista en el Magreb

Junto a las raíces políticas, hay que tener en cuenta la dimensión socioeconómica, aunque a menudo las autoridades oficiales la niegan.

Omar Brouksy

Se trata de una coincidencia del calendario? Justo tres años después de los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, un joven marroquí hace estallar la carga explosiva que lleva consigo en un cibercafé situado en el barrio de chabolas de Sidi Mumen (todos los autores de los actos terroristas del 16 de mayo de 2003, que causaron 45 víctimas en Casablanca, procedían de esa barriada). Según las autoridades marroquíes, ese cibercafé no era el verdadero objetivo del terrorista, que entró para “tratar de consultar sitios de Internet que hicieran apología del terrorismo”. Un mes después, siempre en Casablanca, otro kamikaze, claramente acorralado por la policía marroquí junto con otros dos terroristas, activó su cinturón de explosivos y mató a un policía. Los otros dos hicieron detonar su carga sin que se produjeran víctimas…

Al cabo de tres días, el 14 de abril de 2007, dos jóvenes kamikazes volvieron a atentar en Casablanca, en el bulevar de alto copete de Abdelmumen: uno delante del centro cultural americano y el otro cerca del consulado del mismo país. En ese momento la mayoría de observadores consideró que esos “actos” respondían más a una tendencia al “sacrificio” en forma de suicidio que a verdaderas “acciones” terroristas, semejantes, por ejemplo, a las de Argel ocurridas en el mismo periodo. En efecto, el 11 de abril de 2007, un kamikaze que conducía un coche cargado con 500 kilos de explosivos (según el comunicado de Al Qaeda) se hizo explotar en el centro de la capital argelina. Su objetivo era una de las instituciones estatales más emblemáticas: el palacio del gobierno. Dicho edificio, que data de la época colonial francesa, es la sede del primer ministro.

Además, fue en lo alto de esta imponente construcción donde el general Charles de Gaulle pronunció, en 1958, su famosa frase: “Os he entendido”. El atentado al palacio del gobierno, junto con el perpetrado contra la comisaría general de Argel, provocaron 34 muertos y más de 200 heridos. Fueron reivindicados por el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), “adscrito” a Al Qaeda en noviembre de 2006. El número dos de la organización terrorista, Ayman al Zawahiri, proclamó con toda la solemnidad el acta de adhesión: “Nuestro jeque combatiente Osama bin Laden, león del Islam, me ha encargado anunciar la buena nueva a las masas musulmanas y a nuestros hermanos muyahidin.

El GSPC se ha unido a la organización Al Qaeda […] Demos gracias a Alá por esta adhesión” (extracto de su intervención del 11 de septiembre de 2006). La relación existente entre estos acontecimientos y el discurso de la mano derecha de Bin Laden se hace casi recurrente entre los analistas del terrorismo islamista en el Magreb. La cuestión del timing (los actos terroristas tuvieron lugar tras el discurso de Al Zawahiri), su repetición tanto en Argel como en Casablanca en un periodo de tiempo limitado, las reivindicaciones precisas y no desmentidas del GSPC, bajo la “marca” de Al Qaeda… permiten de sobra establecer dicha relación. A pesar de todo, a la hora de comprender el fenómeno terrorista en el Magreb se imponen diferenciaciones, así como precisiones ineludibles.

Así, en Argelia, los vínculos entre Al Qaeda y las estructuras del terrorismo islamista argelino parecen más evidentes. Se diría, en todo caso, que la comunicación entre ambas está mejor establecida, en comparación con los grupúsculos, desestructurados y mal organizados, que causan estragos en Casablanca. En la intervención de Al Zawahiri, donde “celebra” el quinto aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el número dos de Al Qaeda menciona explícitamente al GSPC. Y, al día siguiente de los atentados de Argel del 11 de abril de 2007, reivindicados por la propia Al Qaeda, las fotos de los tres kamikazes se publican en un sitio web y se citan sus nombres: Muadh ben Yabal, Al Zuhair Abu Sadya y Abu Dayyana.

También se precisó cómo se habían desarrollado los atentados, incluyendo cifras concretas sobre la cantidad de explosivos utilizados: entre 500 y 800 kilos. Nada sobre las “explosiones” de Casablanca. Es verdad que el texto donde se reivindican los actos terroristas hace alusión a ellas, pero furtivamente, sin dar el menor detalle acerca del desarrollo de las “operaciones” y los autores. Y una observación más: del modo en que se concibieron y llevaron a cabo los atentados de Argel se desprende que, sin duda, el GSPC se ha reorganizado, reestructurándose, sobre todo desde el punto de vista humano. Cierto, habrá perdido muchos hombres en los cuatro últimos años (con un efectivo actual de menos de 1.000 combatientes, cuando antaño era de 4.000). No obstante, la organización cuenta entre sus dirigentes con nuevos jóvenes, como el actual jefe del movimiento, Abdelmalek Drudkal, alias Abu Mussab Abdelwadud, ingeniero especialista en explosivos.

Un nuevo concepto de terrorismo en el Magreb

Hechas las precisiones, se impone una pregunta clave: ¿es el terrorismo en el Magreb, y en especial en Marruecos, un hecho nuevo? La respuesta más obvia es “no”, porque, si en Argelia el terrorismo surgió y se desarrolló a partir de los años noventa, tras el fracaso del proceso democrático, en el caso de Marruecos se remonta a 1994, cuando unos islamistas perpetraron un atentado terrorista en el hotel Asni Atlas de Marraquech (donde murieron tres turistas españoles). Los autores no eran marroquíes del “interior”.

La mayoría eran franceses de origen argelino. Sin embargo, los atentados que más agitaron las conciencias fueron los del 16 de mayo de 2003, en Casablanca, cometidos por jóvenes marroquíes, todos ellos antiguos vecinos del barrio de chabolas de Sidi Mumen. A ojos de todos los observadores, se trataba de una ruptura en la concepción del fenómeno terrorista en Marruecos en particular y en el Magreb en general. ¿Cuáles son entonces los orígenes? Durante mucho tiempo, en Marruecos, el estatus de Comendador de los creyentes del rey (artículo 19 de la Constitución) se consideró una muralla contra el integrismo islamista y sus derivados. Este estatus se consideraba un instrumento –a la vez político y espiritual– de acción en el ámbito religioso.

A las distintas configuraciones del Islam fundamentalista en Marruecos se oponía un Islam “oficial”, constitucionalizado como religión del Estado, desarrollado a través de una amplia estructura administrativa y de culto, que comprendía tanto los distintos servicios del Ministerio de Asuntos Islámicos como los lugares de culto musulmán, entre ellos las mezquitas y las zauias. El propio rey Mohamed VI lo reestructuró todo en mayo de 2004, esto es, un año después de los atentados del 16 de mayo de 2003. Esta reestructuración oficial, de la mano de la monarquía, no pretendía una “modernización” cualquiera del ámbito religioso. Se trataba, sobre todo, de una readaptación de las estructuras oficiales del ejercicio del culto, para debilitar al Islam fundamentalista, dominado por el wahabismo y por la ideología salafista.

Ambas tendencias son minoritarias en Marruecos. No obstante, están activas, ya que cuentan con ramificaciones políticas no integradas por el islamista Partido Justicia y Desarrollo (PJD), representado en el Parlamento marroquí con 43 diputados, que reconoce al rey el estatus de Comendador de los creyentes, ni por Justicia y Espiritualidad, asociación encabezada por el jeque Abdessalam Yassine, que se niega a sumarse al juego político y no reconoce al rey el estatus de Comendador de los creyentes. Las tendencias wahabíes y salafistas, muchas veces situadas en la frontera del ámbito político-religioso, oficial o semioficial, son difíciles de controlar. En el seno de ambas tendencias han surgido corrientes que han adquirido rápidamente autonomía.

Las más violentas, sin embargo, son salafistas: Al Hiyra wa Tafkir, Assirat Al Mustakim (el camino recto), etcétera. Consideran que los regímenes del mundo árabemusulmán son impíos, y, por lo tanto, deben eliminarse, o por lo menos debilitarse. Lo que reprochan a dichos regímenes no es la falta, véase ausencia, de democracia, ni su carácter represivo. Si esos regímenes deben desaparecer es porque no aplican la Sharia (ley islámica), según el dogma salafista. Se considera a las sociedades y a los habitantes “extraviados”, “víctimas” de sus regímenes, sin más. Esta “ideología”, que basa su legitimidad doctrinal en la sacralización religiosa, se puso de manifiesto con las últimas explosiones de Casablanca. Los principales objetivos de los terroristas eran sobre todo las fuerzas del orden, ya que, a sus ojos, encarnan el régimen político.

El kamikaze que hizo detonar su carga el 14 de abril, provocando la muerte de un policía en el barrio Al Farah de Casablanca, podría haber activado el cinturón de explosivos en medio de la multitud que asistía al acorralamiento de los terroristas, y así causar más estragos humanos… Esta “coherencia” entre el dogma terrorista (sobre un fondo de salafismo radical) y la ejecución del acto terrorista no se manifestó con tanta claridad en los atentados de Casablanca del 16 de mayo de 2003. No hay duda de que antes los objetivos de los terroristas eran esencialmente extranjeros (el cementerio judío de Casablanca, Casa de España…) y los denominados espacios “de desenfreno” (donde sobre todo se sirve alcohol, como los hoteles…).

Orígenes económicos y sociales

Junto a los orígenes políticos, los observadores subrayan en ocasiones la dimensión socioeconómica, aunque las autoridades oficiales a menudo la niegan. En 1983, el Marruecos de Hassan II se embarca en un programa de ajuste estructural cuyas implicaciones sociales aún se perciben. El gasto público en sanidad, educación e infraestructuras se recortó drásticamente. La sequía, que empezó en 1981 y se prolongó durante años, desembocó en el hacinamiento, en barrios de chabolas, de miles de campesinos.

Con las elecciones legislativas (en concreto las de 1984 y 1992), estas barriadas se convertirían en canteras de votos, con un ambicioso objetivo político: debilitar a los partidos de la oposición. Hay que tener en cuenta que tras la independencia, los partidos que se denominan “surgidos del movimiento nacional” emprendieron un pulso con el rey Hassan II por el reparto del poder político y constitucional. Las elecciones siempre han sido una apuesta importante a la hora de socavar estas formaciones, sobre todo la Unión Socialista de Fuerzas Populares. La crisis económica, que se tradujo en disturbios urbanos casi crónicos (1984, 1991…) transformó los barrios de chabolas en polvorines, convirtiéndolos en espacios propicios al reclutamiento y el adoctrinamiento islamistas.

Para desgastar los movimientos de izquierdas, el régimen de Hassan II no hizo del debilitamiento de los movimientos islamistas, aún embrionarios a finales de los años setenta y ochenta, una prioridad de su política. Esta instrumentalización del islamismo radical, con fines políticos, fue de la mano de una política de “educación nacional” que hoy ha dejado a la vista sus límites y, sobre todo, cristalizado los peligros que entraña. Los manuales escolares, en especial los de “la Educación islámica”, utilizados hasta 1997, encarnan ese vuelco peligroso de lo social, de lo ético, hacia lo religioso, y, en consecuencia, hacia lo sagrado.

Los consejos de carácter social (lo que “hay que hacer” y lo que “no hay que hacer” en sociedad) no se justifican por la razón, sino por la necesaria conformidad con un fundamento religioso, dogmático y lógicamente sacralizado. Se describe al musulmán como un ser “puro”, “inmaculado”, “único” y “mejor”. Y quien se aparte de ese marco sacralizado, que huele mucho a dogmatismo, queda fuera de la Umma, es decir, la Comunidad, una comunidad religiosa cerrada, hermética y homogénea.