Retirada israelí de Gaza: buena acogida europea, desconfianza palestina

Se ha abierto una nueva etapa en el conflicto, en la que sólo un Cuarteto unido y decidido podrá evitar derrapes.

Domingo del Pino, consejero editorial de AFKAR/IDEAS

La retirada israelí de Gaza en agosto ha permitido establecer un precedente de extraordinaria importancia en el conflicto palestino-israelí. Probablemente trasciende las verdaderas intenciones del primer ministro israelí, Ariel Sharon, a juzgar por sus explicaciones a los medios israelíes, pero ello no le resta valor ni calado. Se ha producido una importante ruptura en la idea básica israelí de que los territorios conquistados por la guerra en 1967 que son, para muchos judíos, parte integrante de la histórica Eretz Israel (Gran Israel) bíblica, eran irrenunciables.

El Consejo de Seguridad de la ONU y la Unión Europea (UE) han acogido bien la retirada, aunque ambos han señalado que debe constituir el comienzo del abandono por Israel del resto de las otras colonias en Cisjordania y la reanudación de las negociaciones palestinoisraelíes. El alto representante europeo para la política exterior, Javier Solana, que visitó Israel y la Autoridad Nacional Palestina (ANP) el 29 de agosto, declaró que esperaba que israelíes y palestinos se lancen sin demora al proceso de la Hoja de Ruta.

Desde agosto es un hecho constatado que Israel se puede retirar de colonias judías establecidas en los territorios que ocupó durante la guerra sin que estalle la sociedad, el gobierno y la nación israelí misma, aunque es verdad que Gaza es sólo el comienzo y en realidad un territorio cuya ocupación militar resultaba ya un lastre para Israel. Ésta es la primera vez que Israel se retira de un territorio que ocupó militarmente, aunque lo haya decidido y realizado de forma unilateral. La irrelevancia relativa de las colonias abandonadas, tanto las 21 de Gaza (unos 8.000 colonos) como las cuatro de Yenín al norte de Cisjordania (unos 700 colonos) en relación con el total de colonias existentes en Cisjordania, la Palestina “útil”, donde viven, según quien los cuente, de 280.000 a 400.000 colonos judíos, no resta valor simbólico a la decisión.

Si en esta fase la evolución del conflicto palestino-israelí no dependiera de tantas variables –los antecedentes históricos del conflicto, el juego político interno en Israel y en el seno de la ANP, los radicalismos palestino y judío, el terrorismo imprevisible, la actitud de los países árabes, la influencia de países como Estados Unidos y la visión misionera de su actual gobierno– casi se podría ser optimista y esperar que la Hoja de Ruta pudiera ponerse de nuevo en marcha. La retirada de Gaza no es, sin embargo, un proceso completo ni cuenta con el total acuerdo de los palestinos marginados del proceso. Subsisten diferencias en cuanto al paso de Rafah entre Gaza y Egipto, el famoso “Eje Filadelfia”, cuyo control militar se quedará en manos Israel, y sobre la decisión israelí de mantener el control de personas y mercancías que lleguen a Gaza procedentes de Egipto, que los palestinos rechazan. Estos dos problemas, entre otros, fueron evocados por Solana durante su visita pero sin consecuencia práctica.

El Plan israelí de Desenganche de Gaza dado a conocer el 29 de junio de 2004 no permite hacerse grandes ilusiones. Sus primeras líneas dejan claro que “Israel es fiel al proceso de paz y espera llegar a una solución negociada sobre la base de la visión del presidente de EE UU, George W. Bush”. Es una proclamación de principio que condiciona el futuro del conflicto, no ya a la diferente redacción del texto de las resoluciones de la ONU que en inglés hablaban de “retirada israelí de territorios ocupados” y en otros idiomas de “todos los territorios ocupados”, como en el pasado. Ahora Israel se remite a la visión de Bush.

La postura de EE UU

La Hoja de Ruta, que promueve el Cuarteto (ONU, EE UU, UE y Rusia) sugiere que EE UU respalda el cumplimiento de las resoluciones de la ONU sobre el conflicto palestino-israelí. Sin embargo, tanto Sharon, como otras personalidades y analistas israelíes, se han referido a una carta de abril de 2004 de Bush a Sharon, en la cual le garantizaba que las colonias israelíes de Cisjordania permanecerán bajo soberanía israelí.

Nadie lo ha confirmado ni desmentido en la Casa Blanca pero de ser cierto sería una contradicción fundamental con el objetivo común de establecer un Estado palestino en Gaza y Cisjordania como resultado final de las negociaciones de la Hoja de Ruta. El 13 de noviembre de 2004, y como reacción a la muerte de Yasir Arafat, con quien Bush, al igual que Sharon, se había negado a negociar, el presidente de EE UU, en una conferencia de prensa en la Casa Blanca junto al primer ministro británico Tony Blair, declaró: “Tenemos una gran oportunidad de establecer un Estado palestino”.

Y añadió: “Quisiera verlo en cuatro años”, es decir antes de que finalice su mandato en enero de 2009. Pero Bush señaló además que pensaba que “la responsabilidad para llegar a la paz va a depender del deseo de los palestinos de construir una democracia y de la voluntad de Israel de ayudarles”. Arafat desapareció, Mahmud Abbas, Abu Mazen, el hombre que más agradaba a Israel y a EE UU entre todos los líderes palestinos, le sucedió y, a pesar de todo, el Plan de Desenganche de Gaza, aplicado a partir del 15 de agosto, se ha llevado a cabo según el documento original aprobado por el Parlamento israelí antes del fallecimiento del líder palestino. Israel justifica su unilateralismo en el punto 1, afirmando que “el Estado de Israel ha llegado a la conclusión de que hoy no existe interlocutor palestino con el cual se pueda hacer progresar el proceso de paz de forma bilateral”.

El apartado a) de ese mismo punto señala que “el estancamiento de la situación actual es nefasto. Para salir de él, el Estado de Israel debe tomar la iniciativa de una gestión que no depende de una cooperación palestina”. Con respecto al grueso de las demás colonias judías el documento es muy explícito: “Es evidente que Judea y Samaria (la Cisjordania) seguirán siendo zonas que forman parte integrante del Estado de Israel, que engloban bloques centrales de poblamiento judío, de civiles, zonas de seguridad y de lugares en los cuales el Estado de Israel tiene intereses suplementarios”.

El documento no cierra, sin embargo, la puerta a una futura reanudación de las negociaciones con los palestinos aunque, al igual que Bush en la conferencia de prensa citada, parece hacerlo depender de que los palestinos “puedan realmente efectuar lo que se espera de ellos en materia de lucha contra el terrorismo y de reformas conforme a la Hoja de Ruta”. El punto b) recuerda, no obstante, que Israel proseguirá con la construcción del muro de seguridad, “conforme a las decisiones del gobierno en la materia” y dispone que Israel controlará “todo el exterior de la franja de Gaza, dominará en exclusiva su espacio aéreo y continuará su actividad militar en el territorio marítimo de la franja de Gaza.

Un control que incluye dejar una presencia militar israelí en lo que se conoce como “Eje Filadelfia”, la frontera entre Egipto y Gaza. Son condiciones de una retirada unilateral concebida en tiempos de Arafat, pero mantenida en tiempos de Mahmud Abbas. Peor aún, se añade que Israel quiere estimular la mayor independencia económica palestina y que el Estado de Israel aspira a reducir, hasta su cese total, el número de trabajadores palestinos que entran en Israel, lo cual tendría el efecto contrario al proclamado de estimular la economía palestina.

Algunas fuentes de la oposición israelí han señalado, citando a la Oficina de Estadísticas israelí, que el ritmo de construcciones en Cisjordania ha subido en un 83% en el primer trimestre de 2005, que Israel se aferra a la idea de conservar casi el 50% de Cisjordania, y que para finales de 2005 el muro de separación israelí habrá dejado en su interior a unos 100 kilómetros cuadrados de tierra palestina de Jerusalén Este y a los 200.000 palestinos que vivirán dentro. Se ha advertido de la posibilidad de que se esté poniendo en peligro a Israel de sufrir una “aventura a la argelina” en alusión a la Organización del Ejército Secreto (OAS), fruto de la colusión entre los colonos franceses y un sector del ejército francés que puso en peligro la estabilidad del gobierno francés cuando aceptó la independencia y descolonización de Argelia.

Llama la atención de nuevo, como en casi todas las etapas anteriores, el aparente convencimiento de Israel de que puede simultáneamente dar un paso adelante hacia la solución del conflicto –la retirada de Gaza– y pasos en sentido contrario Las resoluciones de la ONU que constituyen la legitimidad internacional, disponen que Israel regrese a sus fronteras anteriores al 4 de junio de 1967. Todos los esfuerzos internacionales de conciliar a las dos partes tienen como punto de partida y llegada el cumplimiento de esas resoluciones.

Tienden igualmente a que en esos territorios se constituya un Estado palestino independiente. Ese objetivo es coherente con la visión internacional y decisiones anteriores de la ONU que se remontan a 1947 cuando decidió, ante la imposibilidad de que judíos y palestinos se entendieran, repartir la Palestina del mandato británico en dos Estados, uno judío y otro palestino. Las grandes potencias que dominaban la ONU entonces zanjaban así lo que parecía imposible, la eventualidad de que esos dos pueblos convivieran en un mismo Estado que mantuviese la unidad territorial y política de la Palestina del mandato.

El Consejo de Seguridad de la ONU, la UE y numerosos gobiernos, incluidos algunos árabes, prefieren ver la parte simbólica y positiva de la decisión israelí, mientras un sector importante de la opinión pública árabe, incluida la palestina, se inclina por ver en esta decisión de Sharon una maniobra de distracción para conservar el máximo posible de los otros asentamientos importantes de Cisjordania y la parte Este de Jerusalén.

¿Dónde están los palestinos?

La ANP está dispuesta a firmar la paz con Israel a cambio de un Estado palestino que se constituiría sobre los cerca de 6.000 kilómetros cuadrados de territorios ocupados por Israel en 1967, lo cual a los ojos de una buena parte de la opinión palestina e incluso de principales dirigentes, no es más que el 22% de la Palestina histórica. La posibilidad de solución negociada del conflicto reside en que palestinos e israelíes renuncien a lo que consideran que eran sus territorios históricos y acepten la realidad sobre el terreno del siglo XX. Ello tendrá, sin duda, consecuencias internas en Israel y en la ANP.

La dimisión de Benjamin Netanyahu de su cartera de Finanzas en protesta por la retirada de Gaza, aparte del oportunismo político de la decisión, traduce la recomposición de las alianzas políticas en Israel en la nueva situación. El próximo congreso de Al Fatah, la principal organización palestina, previsto para diciembre, anticipa unas controversias políticas palestinas similares a las israelíes, donde los contendientes toman en la actitud hacia el conflicto el texto y el pretexto de su particular lucha por el poder. Sólo un Cuarteto unánime y realmente decidido podría ayudar a evitar derrapes poco saludables en esta difícil etapa en que se ha abierto una nueva e importante puerta.