Primavera árabe e invierno americano

Es probable que la ambigüedad inicial americana continúe, aun cuando se dediquen esfuerzos a encontrar nuevos grupos que apoyar, e influenciar, en una región cambiante.

Norman Birnbaum

La Primavera árabe está resultando ser considerablemente menos verde ahora que cuando fue recibida, con tanto entusiasmo por muchos en Washington. Las revoluciones en Egipto y Túnez, las guerras civiles en Bahréin, Libia y Yemen, el desesperado levantamiento en Siria y las protestas en Argelia y Jordania no constituyen un mosaico, sino un collage caótico. El asesinato del líder de Al Qaeda, Osama bin Laden, la intensificación del conflicto entre Estados Unidos y Pakistán, el interminable laberinto de Afganistán y las grandes incertidumbres de Irak se suman a la perplejidad tanto de las élites políticas como de los ciudadanos interesados. Es imposible llegar a una conclusión general sobre la inminencia, los límites y la naturaleza de un cambio importante de la política americana en el mundo árabe y musulmán.

Mientras tanto, la decisión de Egipto de normalizar sus lazos rotos con Irán y el respaldo egipcio a la tentativa de reconciliación entre Al Fatah y Hamás constituyen un fracaso para la diplomacia americana. El lobby israelí, la alianza que apoya incondicionalmente los elementos más intransigentes de la política de Israel, se ha debilitado por las divisiones cada vez mayores dentro de la comunidad judía de EE UU y por las dudas, cada vez más claras, sobre el apoyo incondicional a Israel en los escalafones más altos del gobierno actual. Este lobby está integrado no solo por los habituales grupos exaltados del judaísmo americano, sino también por sus aliados provenientes de los sectores protestantes fundamentalistas de la cristiandad americana, a menudo con prejuicios virulentos contra los musulmanes.

A estos se les unen los partidarios del unilateralismo en política exterior, para los que Israel es un colaborador militar indispensable en la política de EE UU. El debilitamiento del lobby israelí es consecuencia de la reconsideración dubitativa de la vulnerabilidad imperial de EE UU. La situación del país como deudor neto en la economía internacional somete a escrutinio el mantenimiento de la posición americana en el extranjero en general. Muchos, no solo críticos y académicos, sino veteranos del servicio gubernamental y militar, afirman que la vulnerabilidad nacional se debe a cómo la presencia americana en gran parte del mundo genera antagonismos y resistencia.

El alineamiento con Israel hace imposible un modus vivendi sostenible con las gentes del mundo árabe y musulmán mientras se siga aceptando y, de hecho, se sea cómplice de la opresión de los palestinos y la continua confiscación de sus tierras. El más profundo de los talentos del talentoso pueblo de Israel, su capacidad para inventar justificaciones para no hacer las paces con los palestinos, ya no acalla todas las dudas americanas.

EE UU y el mundo árabe durante la guerra fría

La complejidad y densidad de la presencia americana en los países árabes y musulmanes es relativamente reciente. Se inicia con la sustitución, tras la Segunda Guerra mundial, del poder británico y francés en la región. El constante enfrentamiento durante la guerra fría entre EE UU y la Unión Soviética en Oriente Próximo tuvo mucho más que ver con el enfrentamiento geopolítico que con la posibilidad de la propagación de la ideología y la forma de Estado comunista en la región. Gamal Abdel Nasser perseguía implacablemente a los comunistas egipcios, y los comunistas iraquíes se vieron reducidos a una influencia mínima tras haber ayudado a los oficiales que instauraron la república de Irak.

Los países abiertos a la penetración comunista a causa del radicalismo de sus ciudadanos cultos y secularizados, Argelia y Túnez, se vieron en la práctica controlados por Francia, además de por sus propias élites militares, después de conseguir la independencia. La represión de los comunistas de Turquía fue extremadamente rigurosa. Sin embargo, hay una técnica de la guerra fría que EE UU aplicó sistemáticamente en toda la región: la integración de las élites nacionales en el sistema mundial americano.

Se trataba de personas del mundo académico, empresarial, cultural, financiero, gubernamental, militar, político e incluso sindical cuando éste existía, a quien solía llevar a EE UU durante periodos educativos más cortos o más largos, y que a veces se compraba encubiertamente. Se las animaba a admirar la democracia americana, pero en relación con su país, los expertos les aconsejaban que fueran pacientes. La “modernidad” terminaría imponiéndose al “tradicionalismo”, e identificaban a las élites “modernizadoras” precisamente con aquellas que colaboraban con EE UU: los empresarios y los militares.

La teoría de la “modernización” en las décadas anteriores al hundimiento del comunismo soviético justificaba la incorporación de muchos de los países más pobres de África, Asia y América Latina a un bloque político-económico controlado por EE UU y sus aliados. Las clases medias cultas del bloque permitían a menudo que las neutralizaran. Los americanos y europeos occidentales preferían las élites que realmente controlaban las sociedades subordinadas. La clase media culta tenía que soportar la corrupción a gran escala y el estancamiento del desarrollo nacional así como la persistencia de la tiranía.

Renovado interés por los Derechos Humanos

En el breve intervalo transcurrido entre 1989 y los atentados del 11 de septiembre de 2001, los Derechos Humanos cobraron mucha importancia en el debate americano. La necesidad de hacer frente al comunismo con todos los medios disponibles había desaparecido. Una mala conciencia inhabilitaba a las élites americanas para inducir a la República Popular China a suavizar la represión, simbolizada por los acontecimientos de la plaza de Tiananmen. La posible mala conciencia que generaba el hecho de permitir que el gobierno iraquí reprimiese a los chiíes del país tras su derrota en 1991 era menos evidente.

Las energías acumuladas y las perspectivas del movimiento de las mujeres desempeñaron un importante papel en el renovado interés por los Derechos Humanos. Es más, el entonces presidente Bill Clinton, en parte hedonista, en parte cristiano liberal, realmente se tomaba en serio la importancia de los Derechos Humanos. Al igual que Jimmy Carter, procedía del sur de EE UU, transformado por el movimiento de los derechos civiles (y dependía políticamente de los votos afroamericanos). El genocidio en Ruanda y la limpieza étnica en los Balcanes hicieron que los Derechos Humanos ocupasen un lugar más destacado en este periodo. El mundo árabe y musulmán seguía siendo la excepción.

El terror como instrumento de política revolucionaria había recibido un impulso considerable gracias al reclutamiento por parte de EE UU de escuadrones de islamistas para luchar contra la URSS en Afganistán. La atención americana a lo que se definía como terrorismo islamista era considerable incluso antes de 2001 (el primer atentado contra el World Trade Center se produjo en 1993). Clave para dicha excepción era la campaña por parte de Israel y sus defensores americanos y europeos, que identificaban la resistencia a la ocupación de Palestina con el terrorismo islamista (y que, con frecuencia, ofrecían razonamientos seudoacadémicos para denigrar el islam tachándolo de autoritario, represivo y violento).

Las invasiones de Afganistán e Irak en 2001 y 2003 se justificaron en parte como operaciones para la exportación de la democracia, lo cual despertó lógicamente una gran cantidad de dudas. Muchos de los dirigentes americanos que tanto hablaban de democracia difícilmente podían creer lo que decían. Dejando a un lado las resistencias estructurales a la importación de instituciones democráticas de cada uno de esos países tan diferentes, las fuerzas de ocupación americanas hacían alarde de una ignorancia etnocéntrica total respecto a su entorno. Los que en EE UU se oponían a las invasiones eran, a menudo, defensores más serios de los Derechos Humanos.

Tenían y, tienen, dudas sobre la eficacia a largo plazo del poder militar, y creen que EE UU puede servir a sus intereses nacionales uniéndose a un orden mundial pluralista. Recordemos que la victoria electoral de Bush y Cheney en 2000 no sirve como modelo universal de práctica democrática. Esquemáticamente, podemos identificar tres versiones americanas de los Derechos Humanos durante el siglo pasado. La primera los concebía como la obligación moral americana de redimir a un mundo perdido haciéndolo semejante a EE UU, (recordemos a Woodrow Wilson, hijo de un pastor protestante). La segunda consideraba que la cuestión de los Derechos Humanos era, de cuando en cuando, un instrumento útil de la hegemonía americana. La tercera es algo más ecuménica y considera que los Derechos Humanos son universales, pero no privilegia los modelos americanos, aun cuando muchos de los grupos ecuménicos de EE UU están inspirados en el movimiento americano de los derechos civiles.

Las fronteras de cada grupo son porosas y hay muchas formaciones de consenso y alianzas cambiantes. Sin embargo, podemos afirmar que el presidente Barack Obama y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, pertenecen al tercer grupo, al igual que un número considerable de sus funcionarios. Ello explica el discurso de Obama en El Cairo en 2009 y la severa advertencia de Clinton a los dirigentes árabes en Qatar en enero de 2011. Dadas sus preferencias ideológicas, ¿qué explica la titubeante, incluso débil, actuación del presidente y su jefa de la diplomacia?

En el momento de escribir estas líneas, condenan enérgicamente a Siria por una represión que nos recuerda su aceptación resignada cuando es practicada en Bahréin. Se mostraron inseguros y ambiguos ante las revoluciones en Túnez y Egipto. Prefirieron dejar que los países europeos se enfrentasen a Libia y, cuando los europeos no pudieron hacerlo, encomendaron el papel americano a organismos de acción encubierta. Estas contradicciones son una continuación del singular patrón que ha sido evidente, por ejemplo, en Egipto durante años. Allí, era frecuente que las distintas secciones de la gran embajada americana siguiesen rumbos opuestos, fomentando la democratización y, al mismo tiempo, armando a las fuerzas represivas del régimen. No hay pruebas concluyentes respecto a lo que se está haciendo ahora (y con qué coherencia y recursos) en El Cairo.

Antes de la Primavera árabe, Obama y Clinton se mostraban indecisos ante la negativa de Israel a emprender negociaciones serias para poner fin a la ocupación de Palestina. Aunque con algunas modificaciones, han continuado con muchas de las políticas de la administración anterior, como el antagonismo abierto y la guerra encubierta con Irán, con su inevitable consecuencia, la intervención en la guerra civil permanente de Líbano.

Ignorancia y miedo

Los ciudadanos americanos, en asuntos de política exterior, están a merced de los medios de comunicación, en su mayoría superficiales o ignorantes y a menudo subjetivos. Hasta las protestas en Egipto, y a pesar de su importancia, no había información periódica procedente de ese país. Las fisuras sociales que desembocaron en las protestas y revueltas, las verdaderas técnicas de gobierno de Hosni Mubarak y las complejidades de la sociedad escapaban a la atención de la mayoría de los periodistas.

Los presidentes americanos son capaces de conseguir apoyo para las operaciones de política exterior a largo plazo, especialmente las innovadoras, aunque con dificultad. Ésta se ve multiplicada cuando los ciudadanos son incapaces de comprender aquéllo de lo que el presidente habla. Naturalmente, en los estratos inferiores del gobierno, en el servicio diplomático, el ejército, la CIA, y ocasionalmente entre el numeroso personal del Congreso, hay funcionarios con experiencia y conocimientos sobre Egipto y el resto del mundo árabe y musulmán. Recuerdo el comentario que hizo Chas Freeman, que fue embajador en Arabia Saudí y ocupó un gran número de altos cargos: “En Washington, cuando hay que tomar una decisión sobre un problema de política exterior, la primera norma es pedir a aquellos que tienen conocimientos amplios sobre el asunto que abandonen la sala”.

En la burocracia de la política exterior americana lo que cuenta no es el conocimiento sino la influencia y el poder. Los distintos grupos de interés, camarillas y grupos de presión dentro de las burocracias suelen actuar de manera coordinada con los grupos étnicos, financieros, industriales y religiosos que no pertenecen a ellas. Estas alianzas sempiternas sobreviven a los presidentes y a los secretarios de Estado. De todas formas, el grado de control que el Departamento de Estado ejerce sobre la política exterior es un asunto de vital importancia, teniendo en cuenta que las fuerzas armadas y las agencias de inteligencia tienen unos recursos presupuestarios mucho mayores y, a menudo, contacto más profundo con las élites de muchos países y conocimiento sobre ellas. Cuando los disturbios estallaron en Egipto, los altos mandos castrenses egipcios se encontraban en Washington para asistir a la reunión oficial anual con sus homólogos americanos.

La situación tiene aspectos positivos. El jefe saliente del Estado Mayor Conjunto, el almirante Mullen, ha sido un enemigo acérrimo de la acción militar abierta contra Irán y se le ha enviado más de una vez a Jerusalén para apaciguar a Israel. Hay una conclusión clara. Un presidente no solo hereda las políticas de su predecesor, sino también grupos más grandes de funcionarios civiles y militares que le resulta imposible cambiar. Cuando John F. Kennedy, en la cima de su prestigio y poder, estaba preparando su discurso del 10 de junio de 1963 en el que hacía un llamamiento en favor del fin de la guerra fría, les ocultó los textos a sus asesores militares y políticos más cercanos. A un presidente le resulta muy difícil, dadas las circunstancias, cambiar las políticas expresando una opinión diferente sobre los temas.

Tiene que convencer a grupos ideológicos y de intereses muy afianzados en el Congreso, asegurarse al menos la neutralidad de los medios de comunicación y eliminar, o de lo contrario vencer, a los defensores burocráticos de las políticas que pretende modificar. Aunque en teoría están bajo sus órdenes, estos últimos siempre tienen acceso a grupos políticos que pueden ponerle las cosas difíciles al presidente en otros frentes. Cualquier matiz razonable puede describirse, y se describe, como un signo de “debilidad” en una escena política en la que las simplificaciones prevalecen, y en la que hay muchos en ambos partidos que no han desechado la idea de la hegemonía americana.

Incertidumbre hasta las presidenciales

En el caso de la política americana en el mundo árabe y musulmán, diversas fuerzas antagónicas se combinan para obstaculizar las nuevas iniciativas. El nuevo régimen egipcio está siguiendo el ejemplo de Turquía y se está distanciando de Israel y reforzando su apoyo a los palestinos. Esto provoca una hostilidad extrema en importantes sectores de la élite de la política exterior americana. Cualquier presidente que pretendiese aprovechar la situación para modificar el rumbo de Israel necesitaría un valor considerable. No es probable que Obama actúe así, a menos que sea reelegido, pero nunca antes, e incluso entonces estaría sometiendo sus recursos políticos a demasiada tensión.

Es posible que cuente con el apoyo de su nuevo director de la CIA, el general David Petraeus, que ha expresado sus dudas sobre la conveniencia de un vínculo demasiado estrecho entre EE UU e Israel. Éste, sin embargo, es un asunto para el futuro. Mientras tanto, los militares han cultivado durante décadas sus relaciones con sus homólogos en los países árabes y musulmanes, quienes también son compradores de los sistemas de armas americanas e interesan al sector armamentístico del país. Por el momento, el apoyo que EE UU presta en la práctica a los gobiernos militares en Egipto y Túnez es una alternativa plausible a otras iniciativas más ambiciosas, una acción dilatoria que pospone las decisiones difíciles hasta que las (hipotéticas) circunstancias las hagan más fáciles. La ignorancia y el miedo hacia el islam característicos del EE UU profundo son una barrera evidente para la reconciliación a largo plazo con el islam.

Es cierto que las iglesias protestantes liberales, la iglesia ortodoxa oriental y algunos sectores de la iglesia católica romana están mucho más abiertos que los protestantes fundamentalistas a las visiones positivas de la coexistencia con el islam. En esto, el nivel educativo también influye. Sin embargo, incluso los comentarios de los americanos muy bien informados sobre los últimos acontecimientos expresan sorpresa ante el carácter laico de muchas de las protestas (como si solo Occidente fuese capaz de liberarse de la teocracia). Por consiguiente, y sobre todo teniendo en cuenta las inminentes elecciones presidenciales, resulta imposible hacer una afirmación definitiva sobre el rumbo de la política americana.

Es probable que su ambigüedad inicial continúe, aun cuando las distintas burocracias dediquen esfuerzos considerables a encontrar nuevos grupos que apoyar (e influenciar) en una región cambiante. Por otra parte, sus ciudadanos y élites harían bien en tratar de no exagerar el poder de un país imperial que está profundamente dividido, y que se enfrenta a problemas tanto nacionales como internacionales que someten a una gran tensión su capacidad actual para abordar sus propios asuntos.

Con este telón de fondo, la reciente repetición por parte del presidente de su discurso de 2009 en El Cairo, su alocución ante el Comité de Asuntos Públicos de EE UU e Israel y el debate público con un extraordinariamente irrespetuoso Benjamin Netanyahu han sido ejercicios retóricos sin ninguna política específica vinculada a ellos. Quizás el presidente solo sea un realista irónico, muy consciente de las fuerzas que se oponen a sus buenas intenciones, pero decidido al menos a dejar constancia de éstas para la historia.

Sus llamamientos al interés propio de Israel han ido unidos a reiteraciones de aprobación de las más estériles y contraproducentes posturas israelíes. Su apoyo a la democracia árabe y musulmana ha sido excesivamente discreto en lo que concierne a Arabia Saudí, aunque muy agresivo respecto a Irán. Los fondos para el desarrollo económico que van a adelantar los países del G-8 son mucho más escasos que los que necesitaría un Plan Marshall occidental para Oriente Próximo.

Hasta después de las elecciones no pueden esperarse medidas serias encaminadas a modificar la política de EE UU, como la presión decidida sobre Israel y Arabia Saudí o un intento de negociar un gran acuerdo con Irán. Ello presupone la reelección del presidente Obama. Si ganase uno de sus posibles contrincantes, es probable que EE UU se dirija, ya sea a trancas y barrancas, a la deriva o con paso decidido, hacia un gran enfrentamiento con las fuerzas de la independencia y la reforma en el mundo árabe y musulmán (y posiblemente, hacia una guerra abierta con Irán). Sin embargo, es posible que, entre tanto, los esfuerzos del presidente Obama por controlar la situación no funcionen.

La resistencia palestina organizada contra la ocupación, después del probable voto de la ONU este otoño a favor de la creación del Estado palestino, obligará al gobierno de EE UU a tomar decisiones que intensificarán el conflicto político interno. No hay pruebas de ninguna planificación seria por parte de la Casa Blanca en caso de darse esta contingencia, pero sí muchas pruebas de ansiedad respecto a ella. La ansiedad, sin embargo, es muy mala consejera en una crisis que se podría echar encima de un momento para otro.