Musulmanes en el siglo XXI: dos retos y un dilema

La relación Islam y modernidad y el papel de las ciencias humanas en la concepción del mundo y de los valores, principales desafíos del Islam.

Abdou Filali-Ansary

Los musulmanes llevan décadas haciendo frente a dos desafíos de distinta naturaleza. El primero y más visible es el generado por la llegada de la modernidad. Hace tiempo que se ha reconocido como un reto serio, siendo objeto de abundante literatura. Y es que el número de escritos que versan sobre la relación entre Islam y modernidad es impresionante.

El otro desafío, peor reconocido, es el que las ciencias humanas y sociales lanzan a las concepciones del mundo y los sistemas de valores que han prevalecido en unas sociedades marcadas por alguna de las grandes religiones, como es el caso del Islam. Podría replicarse que ambos están relacionados, que se trata de dos aspectos de la misma cosa. La modernidad no es únicamente una situación material, sino también una actitud general hacia todo lo vivido, incluyendo lo que se inspira en lo revelado, lo que ha dado en llamarse “el principio de heteronimia”. De hecho, a raíz de las circunstancias históricas, ambos retos se presentaron en distintos momentos, o, por lo menos, no se percibió que fueran necesariamente de la mano.

El reto de la modernidad

En efecto, la modernidad o, más concretamente, la exigencia de modernización se comprendió como necesidad de reformar la organización económica, política y social. La mejor representación de ella viene dada por la idea del desarrollo, concebido como reorganización de las estructuras económicas que permiten impulsar los sistemas productivos, hasta alcanzar los modelos aportados por las sociedades europeas, con el fin de responder a los anhelos de las poblaciones en tiempos modernos. En todo el mundo musulmán, los ciudadanos están convencidos de que sus condiciones de vida son peores de lo que deberían ser y que tendrían que equipararse lo antes posible a las de las sociedades modelo del “Norte”.

Lo cierto es que los hechos recientes han demostrado que el reto de la modernidad es mucho mayor de lo que se creía. Ya no puede concebirse el desarrollo económico independientemente de cambios estructurales profundos que afecten a las instituciones políticas, las actitudes generales, las culturas locales… Es como si el final del camino retrocediera a medida que se avanza: el reto de la modernización resulta ser mayor, de naturaleza distinta y las soluciones más radicales. Incluso puede que se pase por un momento de desesperación o de flaqueza de las voluntades. El desarrollo –o, mejor dicho, la plena modernización– no está a tiro de piedra, como se creía. La población se conforma con ocupar un determinado lugar en la jerarquía de las sociedades contemporáneas, del mismo modo que se acepta una relación de fuerza, o una diferencia cultural irreductible entre las sociedades.

Hasta se resigna a ver cómo otras sociedades (China, India, Brasil…), antaño en el mismo barco, afrontan el desafío con éxito y se alejan a marchas forzadas del grupo de las que se ven llamadas a modernizarse. Sin duda, el reto de las ciencias humanas y sociales se inscribe en la estela de los desarrollos que entraña la modernidad, en las sociedades donde se ha manifestado en primer lugar, esto es, las europeas. Las ciencias humanas y sociales, tal como hoy las conocemos –es decir, como disciplinas institucionalizadas en las universidades– nacieron pronto en el siglo XX. Tomaron el relevo de las Luces y de la Revolución científica, y asumieron la misión de poner los hechos humanos bajo la lupa de la ciencia, con el mismo espíritu de investigación libre y rigurosa propio de las ciencias “exactas”. A través de ellas, no solo se investigaron hechos –en el sentido general de la palabra–, sino también concepciones globales en virtud de las cuales los humanos adquieren interpretaciones del mundo y razones para actuar.

Así, creencias y sistemas de valores se convirtieron en objetos de saber, de la misma categoría que los hechos del mundo. No es la primera vez que las creencias y valores son objeto de observación y debate, pero la idea de someterlos a enfoques científicos, con el espíritu característico de las ciencias naturales, significó un momento crucial que vino a afirmar el proceso descrito como “desencanto del mundo”. Lo que ha cambiado es que los enfoques novedosos reclaman la autoridad y legitimidad que la ciencia se adjudica con respecto a sus objetos. Ya no es momento de debatir las creencias a partir de otras creencias (como en el caso de las polémicas religiosas), ni a partir de la fe en la razón (como hacían los filósofos de las Luces).

Es mucho más que oponer la razón a la fe y la costumbre. Al fin y al cabo, la creencia en la razón puede rechazarse, como una creencia más, o como una incursión arrogante de la razón en dominios que no le corresponden. Por mucho que el proyecto se presente “modestamente” como una búsqueda de saber rigurosa y controlada, acaba reduciendo y marginando a las “autoridades” aceptadas en el seno de los sistemas en cuestión. El cambio es imponente, y de consecuencias importantes. Quizá costara menos de aceptar entre las sociedades del Norte (Europa occidental y Norteamérica), al producirse tras otros progresos que ya habían minado las creencias tradicionales, instituido actitudes tolerantes para con el pluralismo religioso (multiplicidad de iglesias cristianas conviviendo puerta con puerta) e instaurado prácticas donde el diálogo sobre cuestiones éticas podía desarrollarse en términos no derivados de las tradiciones religiosas. De algún modo, con la secularización, la ética, como la política, había alcanzado su autonomía con respecto a la religión.

Ciencias humanas e Islam

En los contextos musulmanes, las ciencias humanas parecen haber gozado de buena acogida, sobre todo las disciplinas que parecían apoyar los esfuerzos de desarrollo (economía, sociología). Hasta la historia parecía obrar en pro de la confirmación de las nuevas conciencias nacionales. Se suponía que las creencias fundamentales, los sistemas de valores, debían quedar relegados, apenas abordados superficialmente por algunos estudios tecnológicos, aceptando su poco peso frente al ascenso de las actitudes modernistas, las que prometían elevar a las sociedades musulmanas a la categoría de las consideradas avanzadas.

Parecía que se había dado un paso importante hacia una modernización de las concepciones generales relativas al mundo y a los valores esenciales que determinan los comportamientos de los individuos y los grupos. Sin embargo, al parecer, sobre ese “telón de fondo”, dos momentos se han pasado por alto, o no se han analizado lo suficiente. El primero es el de la apertura generada por enfoques intelectuales originales a principios del siglo XX, sobre todo en los años veinte y treinta. El segundo es la famosa controversia frente al orientalismo. En la actualidad, la apertura, fruto de proyectos intelectuales pioneros, es bien conocida.

En las primeras décadas del siglo XX, vieron la luz obras que planteaban cuestiones esenciales acerca de la interpretación de la herencia islámica, poniendo abiertamente en tela de juicio las interpretaciones consideradas ortodoxas. Ali Abderraziq, Taha Hussein (Egipto), Tahar Haddad (Túnez) y Ahmed Kasravi (Irán), entre muchos otros, pusieron a prueba los límites de un discurso que basaba su autoridad en las ciencias humanas y trataba aspectos esenciales de las culturas admitidas. La reacción contra sus proyectos fue violenta. Hubo otros, como Maruf Rusafi (Irak), que se abstuvieron de publicar sus obras en vida, por miedo a reacciones de la misma índole. Fue un momento esencial, en que el reto de las ciencias humanas se dejó sentir claramente, sin que la confrontación pudiera llegar hasta sus últimas consecuencias.

La controversia frente al orientalismo puede entenderse como el rechazo a los enfoques de las ciencias humanas, cuando se toman la libertad de aplicar sus métodos a la herencia religiosa, o como apropiación de la autoridad y legitimidad de las ciencias humanas mediante la contestación de enfoques que abusan de ellas. Esta última interpretación es la que surge de la percepción actual del momento más importante de la controversia: aquel en que Edward Said se levantó contra los excesos de las ciencias humanas occidentales al abordar las sociedades y las herencias árabes, musulmanas… De hecho, la reacción de Said tuvo varios ecos en los contextos musulmanes.

El punto de vista del diluvio de obras contra el orientalismo no siempre era contrario a las disparidades de los orientalistas con respecto a la perspectiva científica (que, precisamente por eso, se reconocería), sino también a la idea de someter creencias y valores religiosos al juicio de la ciencia. Aunque cueste clasificar las relaciones con claridad en una u otra categoría, el tono y la vehemencia de las obras (sobre todo en árabe y persa) llevan a pensar que el ultraje sufrido no era solo fruto de la detección de errores en la aplicación de los cánones científicos. Hoy en día, puede apreciarse que, aunque las ciencias económicas y políticas hayan hecho su entrada en las instituciones universitarias, los límites definidos por las reacciones contra los pioneros de principios del siglo XX, y posteriormente contra los orientalistas, siguen siendo de rigor.

Las políticas culturales y educativas han mantenido básicamente a las poblaciones (sobre todo los jóvenes escolarizados) al amparo de los debates y obras universitarias sobre la herencia religiosa. Han potenciado la influencia de los saberes tradicionales en los sistemas educativos y los medios de comunicación de masas. Hasta somos testigos del control de enfoques derivados del conocimiento tradicional (las escuelas religiosas) en departamentos de ciencias humanas de universidades modernas, supuestamente seglares.

Así pues, el desafío de las ciencias humanas, que lleva a situar históricamente las creencias, las concepciones del mundo y los sistemas de valores que prevalecen en la sociedad, no ha sido relevado. Sigue ahí, disimulado entre las sombras, intentando tímidas incursiones en el espacio público, pero no tarda en ser rechazado y expulsado (ver los casos de Fazlur Rahman, que tuvo que abandonar su país, Pakistán, tras publicar una obra sobre el Islam basada en investigaciones históricas modernas; Nasr Abu Zaid, en Egipto, y muchos otros).

Un gran número de investigadores progresan “disfrazados”, envolviendo sus objetivos de una tecnicidad excesiva o explicándose en idiomas que las masas musulmanas no comprenden. De ahí el dilema de los intelectuales musulmanes contemporáneos. ¿Cómo expresar las ideas y comunicarse con las sociedades? Los hay, como M. A. Jabri y B. Ghalioun, que han preferido adoptar términos aceptables para la opinión pública. Otros, como M. Arkoun, A. Al-Azmeh o A. Mezghani, siguen convencidos de que la claridad conceptual es indispensable. Ejemplo de ello son los debates recientes en torno al laicismo. Los últimos acontecimientos han generado actitudes muy polarizadas con respecto a esta noción.

Los términos escogidos para expresar su significado en árabe, en persa y otras lenguas predominantes entre los musulmanes han provocado la impresión de que equivalía a un rechazo de la religión y que, al adoptar el laicismo, había que volver la espalda al Islam y a todo lo que aporta a las sociedades musulmanas, incluyendo los cimientos identitarios y los principios éticos esenciales. Ser laico se ha convertido en un atributo con una gran carga negativa. Son muchos los investigadores rechazados por la opinión pública, solo porque se sospecha que son laicos o están a favor del laicismo. Se trata de un gran malentendido, piensan los intelectuales modernistas y todos cuantos tienen claro el significado del término y las condiciones históricas en que surgió. Nadie rechazaría el laicismo sabiendo que implica liberar al gobierno del control de las instituciones y de los clérigos (en especial quienes han estado expuestos a tales gobiernos, como en Irak o en Arabia), pero no un rechazo de la identidad ni de la ética musulmanas.

No obstante, el mal ya está hecho. Basta con pronunciar la palabra para provocar sistemáticamente reacciones hostiles. Hay que ir en busca, por lo tanto, de otras nociones, que expresen el mismo contenido, sin el lastre de la historia particular de ese término. M. A. Jabri ha propuesto hablar de razón en la gestión de los asuntos públicos, de búsqueda del interés general y respeto de la voluntad de los gobernados, todas ellas expresiones conocidas por los musulmanes, ya que se emplean periódicamente en los actuales debates. En otras palabras, M. A. Jabri estaba a favor de la idea del code switching, que, según Reinhard Schultze, prevaleció entre los pensadores musulmanes de principios del siglo XX, e hizo patente su voluntad de adoptar los valores de la modernidad y adaptarla según sus propias culturas.

En el bando opuesto, los adeptos de la claridad intelectual estiman que nos enzarzamos en empresas arriesgadas y, lo que es peor, que se hace una concesión peligrosa a quienes preconizan la continuidad con el pasado, el restablecimiento de los valores y parámetros que definieron un orden social y sistemas políticos premodernos. En la actualidad, pues, el reto de las ciencias humanas desemboca en este contexto de polarización en apariencia irreductible entre exigencia de claridad y necesidades de la comunicación social. Evidentemente, esas mismas ciencias humanas son capaces de ayudar a situar los términos, nociones y concepciones en sus contextos históricos, y, por lo tanto, atenuar o disolver tales oposiciones. No obstante, en las condiciones actuales, con la mente enardecida por violentas confrontaciones en todas partes, ¿dónde encontrar la serenidad necesaria para la adopción de perspectivas científicas?