Migraciones, nuevas rutas y nuevas modalidades

Precariedad, feminización e individualidad, características de las migraciones actuales que certifican cambios fundamentales en la propia sociedad marroquí.

Michel Peraldi, Ahlame Rahmi

Para cualquiera que escuche la radio, vea las cadenas locales y lea habitualmente la prensa en Marruecos está claro que, en lo que respecta a la emigración, la cuestión, o incluso la obsesión, de la clandestinidad ocupa todo el espacio público de la información. En las ondas de una de las radios con más audiencia, Medi 1, que emite desde Tánger a todo el Magreb, solo se habla de los viajes clandestinos hacia Europa. Todos los boletines informativos, que se repiten cada hora y todos los días, se desglosan en dos, uno macabro que habla de las muertes en el Estrecho y otro divulgado como una señal de alerta, el de los desembarcos y detenciones en Canarias y en Lampedusa (Sicilia).

Esta crónica y las representaciones ligadas a ella en Europa, donde esta idea se ha desarrollado después de Schengen, es la forma más habitual con la que, desde hace algunos años, la opinión marroquí, la formada en los periódicos y en los medios de comunicación y la más informal de los cafés y de la calle, trata el fenómeno de la emigración. A esta representación la llamaremos aquí paterismo: un enfoque que combina compasión y estigmatización sobre un fondo de concepción exclusivamente policial o incluso criminalizada de los movimientos migratorios, que centra la mirada y la reflexión en los “viajeros” clandestinos hacia Europa, en detrimento de la pluralidad de las formas y de las dinámicas de circulación entre el Magreb, África y Europa. Ahora bien, por mucho que haya aumentado el número de desembarcos clandestinos en Europa, solo alcanza un escasísimo porcentaje de los movimientos migratorios legales autorizados por los consulados europeos.

Por ejemplo, en 2005, Francia concedió 358.176 visados a residentes de los países del Magreb, frente a 393.962 en 2004; y 160.358 a personas procedentes del África francófona también en 2005. Italia concedió 37.285 visados al Magreb en 2005. En 2004, Italia tenía un saldo migratorio de 558.200 y bajó a 338.000 en 2005. El de Francia era de 100.200 en 2004 y de 102.900 en 2005. Por último, España registró en 2004 un saldo migratorio positivo de 610.100 inmigrantes y 652.300 en 2005 (Eurostat 2006, Estadísticas de población). España se clasifica así como primer país europeo de acogida. Aquí destaca la presencia de 709.174 extranjeros de origen africano que obtuvieron en 2006 un permiso de residencia, frente a 649.251 en 2005 (datos del Ministerio de Trabajo). En 2004, España concedió 621.592 contratos de trabajo, 592.096 de los cuales son contratos de trabajo temporales a residentes de los países africanos, y 795.779 en 2005.

Ese mismo año se contabilizaron 7.066 entradas clandestinas en España, 4.715 en Canarias. El número de personas interceptadas alcanza los 33.126 en 2006, lo cual pone de manifiesto que el efecto “embudo” pesa mucho en el aumento de los flujos. “Es ahí donde hay que buscar las razones profundas de la llegada de miles de personas a Canarias en 2006, el refuerzo de los controles en el estrecho de Gibraltar, los actos violentos cometidos en Ceuta y en Melilla en otoño de 2005. (…) Los candidatos a emigrar no tienen más salida que explorar nuevas rutas cada vez más peligrosas”. (Asociación Por Derechos Humanos de Andalucía, 2007: Derechos humanos en la frontera sur 2006).

Marruecos, alienado con las medidas europeas

En Marruecos, esta construcción política señala una novedad doble en el terreno imaginario de la emigración. En esta dramaturgia nace, en primer lugar, la figura del subsahariano, originario del África Negra, que aspira a emigrar a Europa y sobre el que actúa todo el celo policial desplegado en la actualidad por el “consorcio represivo” euromagrebí (Migreurop 2006, El libro negro de Ceuta y Melilla). En la página web del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación de Marruecos, se puede leer que “los ciudadanos subsaharianos representan hoy el componente esencial del fenómeno de la emigración clandestina dominado por redes con ramificaciones internacionales.

La emigración clandestina de los nacionales ha registrado un cierto estancamiento estos últimos años y un retroceso significativo desde 2002”. Se inventa con esto una doble ficción. Por una parte, la de una irrupción súbita de nuevas poblaciones, como si Marruecos nunca hubiera tenido contacto migratorio previo con África, y por otra, la del tránsito, según la cual los “subsaharianos” solo están de paso en Marruecos, como aspirantes al viaje hacia Europa. Por el contrario, en 2001, la delegación española en el consejo del Parlamento Europeo destacaba que “los emigrantes clandestinos aprovechan los fallos de los controles en las fronteras y otras lagunas en las medidas de control. Algunos países de tránsito muestran poca determinación a la hora de combatir los flujos migratorios irregulares, para no transformarse a su vez en país de destino”.

Desde este punto de vista, se puede observar en primer lugar que la presencia africana en Marruecos viene de antiguo, especialmente desde el ángulo de las hermandades religiosas “mixtas”, como la Tijaniyya, implantada tanto en Senegal como en Fez, su lugar de nacimiento. La presencia de estudiantes africanos en las universidades marroquíes es una realidad mucho más antigua de lo que el paterismo da a entender. El número de estudiantes africanos en Marruecos era de 2.125 en 1995, y no registró grandes fluctuaciones hasta 2004, que se calculó en 3.295 (Ministerio de Enseñanza Superior, de Formación de Cuadros y de Investigación Científica).

Añadamos finalmente que el volumen en sí de los flujos de tránsito subsaharianos es difícil de determinar, bien porque sería necesario asumir que todo africano está en tránsito, lo cual equivale a negar la realidad de la presencia estable de subsaharianos en los países del Magreb, bien porque haría falta establecer recuentos en las fronteras para una población cuya gran movilidad está demostrada y es, por lo tanto, imposible de censar. Querríamos decir aquí que el paterismo aplicado al Magreb no es solamente la alineación oportunista de Marruecos con las posturas de medidas disciplinarias europeas (aunque, evidentemente, también lo sea). Algunos señalan, y critican a veces, esta alineación, que juzgan demasiado activa y a contracorriente de la solidaridad panafricana.

Puede considerarse también la expresión de una pérdida de sentido en la inteligibilidad de los procesos migratorios y de su variedad. Por decirlo de otra forma, en palabras de Zygmunt Bauman, los movimientos migratorios son “redundantes”, ya no se inscriben en un régimen de utilidad tal que su sentido y consecuencias sean inmediatamente comprensibles para los miembros de las sociedades de las que proceden. Plantearemos la hipótesis de que esta pérdida de sentido en Marruecos, más que los cambios de destino o de modalidad, caracteriza actualmente la contemporaneidad de la situación migratoria.

Características de las nuevas migraciones

Los países occidentales hicieron quebrar por partida doble lo que antes era un deber de Estado: designar las condiciones de dignidad o indignidad de la condición nacional. Por una parte multiplicando, como con las sanite en Italia, las medidas discrecionales y arbitrarias de regularización, y por otra parte, rechazando en nombre de un ideal de flexibilidad y pragmatismo económico cualquier definición de una política migratoria, de modo que la condición de emigrante hoy en Europa flota en un no-lugar político.

Además, como numerosas investigaciones certifican, el maltusianismo de los Estados occidentales no ha impedido en modo alguno la extensión de los fenómenos de movilidad y circulación procedentes de los países del Sur, proveedores clásicos de movimientos migratorios, en particular entre el Magreb y Europa. Por tanto, la condición de emigrante se encuentra hoy multiplicada en una amplia gama de formas de movilidad o incluso de movimientos pendulares. La combinación de estos dos factores, degradación de la ciudadanía en una orilla, multiplicación de las formas de movilidad en la otra, fundamenta el carácter enigmático del espacio-tiempo social en el que se asientan los emigrantes. La emigración se define entonces como experiencia social plena y completa, “condición”, en el sentido simmeliano del término (Simmel, G. 1986), unas veces asentada en enclaves o nichos de no-derecho en los países de acogida, y otras, por el contrario, en espacios de extraterritorialidad, en las sociedades de procedencia.

Por ello, en la actualidad, describir y analizar los movimientos migratorios no supone ya solamente, como en el pasado, analizar el estatus atribuido a los emigrantes por el Estado o las empresas y las condiciones de vida impuestas por ese estatus. Describir la emigración es, esencialmente, describir e identificar los espacios-tiempo “transnacionales”, lugares improbables que la globalización inserta como aporías dentro de las soberanías nacionales debilitadas. Si se entiende que los movimientos migratorios “clásicos”, es decir, con una finalidad y destinados a mercados laborales específicos, lo son cada vez más con destino a empleos precarios y para condiciones salariales cada vez más deterioradas; si se admite, ya que las cifras son dudosas y poco fiables, en particular en lo que se refiere a la emigración hacia el Golfo, que estos movimientos migratorios conciernen a una mayoría de mujeres, esta lógica de precarización, emparejada con un proceso general de feminización de la emigración, es una de las grandes características de las dinámicas migratorias en Marruecos y muestra con claridad la complejidad de esta evolución.

En efecto, casi nada ha cambiado realmente desde finales del siglo XIX y los primeros movimientos migratorios significativos hacia Europa. Son los mismos destinos, los de las grandes regiones agrícolas latifundistas de Europa y las ricas familias árabes de Oriente Próximo, para los mismos oficios y empleos, el de jornalero agrícola y el de empleado del servicio doméstico. Con la pequeña diferencia de que actualmente estos empleos ya no se inscriben en un programa de mejora social y profesional, sino que solamente proporcionan un mantenimiento del estado de pobreza. Estas formas de emigración laboral certifican en menor medida un ciclo promocional que su contrario: la precarización forzosa de clases sociales que vivieron mejores tiempos en la generación anterior.

Así pues, ha tenido lugar una disyunción social en la propia emigración, entre los procesos migratorios convertidos en formas de realización individuales, verdaderas pruebas existenciales por las que fracciones enteras de la desconocida clase media marroquí intentan basar su identidad en el ideal de una mejora social que ya no viene dada automáticamente por el título, por el matrimonio o por la herencia, sino que se conquista “por su cuenta” y hasta cierto punto “con sus pies”. Obviamente, los harragas, los ilegales, las amas de casa de los países del Golfo o los menores que emigrantes, no pueden ser equiparados a miembros de la clase media. Recordemos, sin embargo, que son modelos extremos y que la parte esencial de los movimientos migratorios marroquíes son legales, autorizados por visados debidamente asignados y controlados.

Y esta emigración, formada por estudiantes, titulados, comerciantes, por “los que van y vienen”, es, en lo básico, una especie de clase media en las jerarquías sociales locales. Los harragas, los menores emigrantes o las prostitutas forman la leyenda negra, son héroes legendarios que destacan sobre todo por su papel imaginario. Porque estos modelos certifican dos rupturas en el orden imaginario de la emigración. En primer lugar, prueban que el proceso de precarización de los sectores y “destinos” migratorios se reconoce en cierta manera como un riesgo de la emigración en las conciencias y en individuos; y por otra parte, que el proyecto migratorio tiende a individualizarse al no participar ya en el destino social de un grupo sino, todo lo contrario, en cierta medida, en una dinámica de emancipación, o incluso de extracción, de aquéllos que la propia evolución de la sociedad marroquí lleva a la condición, si no de excluidos, al menos de sobrantes, obligados a espabilarse por sí mismos para trazarse un camino.

Contrariamente a lo que algunos afirman un poco a la ligera, los flujos migratorios de Marruecos no han variado estos últimos años hasta el punto de poner de relieve cambios totales de tendencia. Hay en la historia de las dinámicas y circulaciones migratorias una inercia mayor de lo que se cree generalmente. Con frecuencia, los cambios de ruta, adscripción o destino son solo pequeñas perturbaciones en grandes rutinas. La lógica de la precarización; la lógica de los movimientos pendulares y de “desenganche” de las diásporas; la extensión de la inhospitalidad incluso en los países árabes; la feminización y la individualidad; todas estas características de la nueva configuración de las migraciones marroquíes, descritas aquí demasiado sumariamente, certifican cambios fundamentales en el propio orden social de la sociedad marroquí.

Porque, en resumen, los movimientos migratorios muestran hoy públicamente en la escena internacional problemas que ya no son solo la pobreza “digna”, por estar basada en un déficit económico, cuya expresión y legitimidad eran las migraciones fordistas. Los movimientos migratorios contemporáneos, tanto en la imaginación como en su ejecución, ponen de manifiesto problemas sociales que no tienen como único fundamento directo la pobreza y una situación económica frágil. Para que no se disgusten los deterministas, las aventuras migratorias –muchos aspirantes a emigrar son aventureros– están también impulsadas por la crisis intrínseca a la estructura familiar interna, el resquebrajamiento de los modos de pertenencia a la sociedad marroquí.