Magreb/Mashrek: una religión, dos religiosidades

Aunque hay un núcleo duro de creencias que define al musulmán, el Islam no es ni ha sido nunca monolítico. Es a la vez uno y varios.

Abdelmajid Charfi

El Magreb y el Mashrek son dos entidades conocidas por los historiadores clásicos. El Magreb abarcaba desde Cirenaica hasta Andalucía, y el Mashrek incluía el Oriente árabe y Persia, hasta Transoxiana. Las diferencias entre ambas entidades no eran sólo geográficas. Se distinguían en muchos aspectos: los estilos de vida, las costumbres, la alimentación, las hablas populares, etcétera. Si el uso del “burnús” (albornoz) y el consumo del “cuscús” a base de trigo eran los signos distintivos del bereber, se constata que, a día de hoy, de Tripolitania al Atlántico, el arroz sólo se come ocasionalmente, mientras que en el Mashrek constituye un alimento habitual. ¿Tienen estas diferencias algún impacto en el ámbito religioso?

A los ojos de los ulemas tradicionales, el asunto ya está zanjado: el Islam es la religión de toda esa gente. Aunque, en algunos lugares, los musulmanes no tengan las mismas actitudes en lo referente a la vida y la muerte, hay una norma islámica admitida por todos, y toda diferencia con respecto a esa norma no puede considerarse sino una desviación, ligera o profunda según los casos. Esa postura es verdadera y falsa a la vez. Es verdadera en la medida en que hay un núcleo duro de creencias que define al musulmán a través del tiempo y el espacio en relación con los creyentes de otras religiones y con los no creyentes.

Por supuesto, hay multitud de opiniones por lo que respecta a la definición de ese núcleo duro. ¿Se trata sólo de la profesión de fe en un Dios único y la profecía de Mahoma, o bien incluye la observancia de los otros pilares del Islam, que son la oración, la limosna legal (zakat), el ayuno del mes del Ramadán y el peregrinaje a La Meca por lo menos una vez en la vida para quienes se lo pueden permitir física y económicamente? A ese nivel, la postura de los clérigos musulmanes ya es falsa, pues las prácticas del culto no son para nada uniformes en todos los sentidos y varían según los ritos (madhab).

Asimismo, las variaciones en cuanto a la estricta observancia de las mismas y de sus modos son una realidad innegable. Cabe decir, por tanto, que el Islam es a la vez uno y varios (además, es el título de una colección que nosotros coordinamos, de la que ya se han publicado 16 volúmenes en Dâr al-Talií, en Beirut, 2006-08, en árabe). En rigor, podríamos hablar de Islams en plural, si tenemos en cuenta lo distinta que es la religiosidad de los indonesios, por ejemplo, de la de los senegaleses. Nos rebatirán diciendo que se trata de casos extremos, pero de cualquier manera no son nada despreciables y resultan muy reveladores.

Sea como sea, el Islam no es ni ha sido nunca monolítico. Sin remontarnos al famoso conflicto de los siglos II-III/VIII-IX –aún más o menos de actualidad–, entre los partidarios de una actitud racionalista con respecto a la información revelada (literalmente, “la opinión pública”: ahl ar-ra’y) y “los del hadiz”, los tradicionalistas, es obvio que la forma de ser musulmán de un faqih (jurisconsulto) no es idéntica a la de un místico, ni a la de un suní y un chií, en el pasado y en la actualidad. ¿Y qué decir de un musulmán liberal de hoy en día y de un salafista yihadista, cuyas opiniones en cuanto a comprensión de los preceptos religiosos son diametralmente opuestas?

Volviendo al Magreb/Mashrek, en el pasado, la similitud de los modos de producción tradicionales, basados en la agricultura de subsistencia, las actividades de pastoreo, la artesanía y el pequeño negocio, no dejaba de influir en la homogeneización de las sociedades de unos y otros. Las diferencias se manifestaban según uno fuera ciudadano, campesino o beduino, según las características económicas, el sexo y la edad, en vez de en función de la geografía. No obstante, las tierras islamizadas conocieron antes un respeto más estricto de los preceptos religiosos que los territorios cuya islamización fue tardía y superficial. Sin duda, el grado de arabización desempeñó un papel determinante en ese terreno.

Así que no es casualidad que los cabileños argelinos obedecieran las reglas dictadas por sus yemaa, excluyendo las observadas en el marco de las escuelas jurídicas ortodoxas, y esto hasta la independencia de Argelia en 1962. Asimismo, es en las regiones de difícil acceso y relativamente aisladas del Mashrek donde han proliferado “sectas” más o menos alejadas de la ortodoxia. Es el caso de los drusos en Líbano y de los chiís zaydíes del Yemen, por no hablar de los nusayríes (los actuales alauís que ocupan el poder en Siria), de los ismaelíes y otras sectas minoritarias. La organización feudal de los kurdos, al igual que el “nacionalismo” persa, son también responsables en cada caso de un rasgo específico de la religiosidad que integra un sustrato local y varias particularidades, llegando en ocasiones a formas de sincretismo ignoradas en el exterior.

Asimismo, se sabe que las cofradías sufíes desempeñaron un papel destacado en la contención de las poblaciones y su islamización, allá donde los poderes centrales mostraran síntomas de debilidad. Esas cofradías morabíticas abrazaban siempre las formas organizativas en vigor en cada región, aunque se encomendaran a un único fundador. Es el caso de los qadiriyya, los chadhuliyya, etcétera. Por regla general, no se mostraban muy quisquillosas cuando sus miembros no se conformaban estrictamente a los preceptos definidos por los teólogos y los jurisconsultos, esencialmente definidos según la población ciudadana.

Hoy en día, muchas cosas han cambiado en ese cuadro multicolor de las religiosidades tradicionales, debido a la generalización de la enseñanza, el acceso relativo de la mujer a la vida pública, el desarrollo inaudito de los medios de comunicación modernos, la mejora de los niveles de vida, la modernización de los modos productivos, a la introducción de normas universales en las instituciones políticas, jurídicas, económicas…, aunque subsistan residuos de las religiosidades tradicionales. Si, por ejemplo, un musulmán del Mashrek está acostumbrado a convivir con otros árabes no musulmanes, a un magrebí moderno le cuesta no asimilar arabidad e islamidad.

Nombres como Michel (Miguel), Georges (Jorge) y Antoine (Antonio) le suenan antes que nada a occidentales; en cambio, un libanés, un palestino o un egipcio da por hecho que se puede ser árabe y cristiano. Otra característica del Magreb: salvo en el caso de los adeptos de las comunidades ibadíes del Mzab (Argelia), Yerba (Túnez) y Yebel Nafusa (Yemen), así como una minoría hanafí introducida por los turcos en Argelia y en Túnez, el malikí es el único rito conocido e impartido. En cambio, los demás ritos “ortodoxos” están presentes en el Mashrek en grados diversos. Ello no sólo tiene repercusiones en el derecho positivo moderno, que pretende respetar en la medida de lo posible el malekismo dominante.

También las tiene en los comportamientos que, de lo contrario, serían inexplicables, como la posibilidad de un no musulmán de entrar en una mezquita. En efecto, el imán Malik lo prohibió, mientras que Abu Hanifa la admitió. Ahora bien: no todo es atribuible al predominio del rito malekita. Por ejemplo, el hecho de que, tradicionalmente, los magrebíes se inclinen más por el ayuno que por la oración ritual debe tener una explicación de naturaleza sociológica e histórica, más que una influencia jurisprudencial. No obstante, los cambios en las manifestaciones de la religiosidad a los que llevamos apenas tres décadas asistiendo residen en otras causas, factores remotamente vinculados con la religión.

Los canales por satélite, en su mayoría propiedad de los capitales petroleros, destilan todo el día un Islam rigorista y ritualista que ni los musulmanes del Mashrek ni los del Magreb conocen en semejante dimensión. Por desgracia, la mujer musulmana es la primera en sufrir las consecuencias de ese Islam wahhabí retrógrado que le hace creer, entre otras cosas, que no puede ser buena musulmana si no se cubre los cabellos, deja que se le transparente la más mínima parte del cuerpo y no obedece ciegamente todos los caprichos de su marido.

La demagogia en materia de respeto de los preceptos dictados por los fuqahas también tiene su origen en la frustración que experimentan los musulmanes árabes ante una situación poco envidiable en los ámbitos interior y exterior, caracterizada por un peso aplastante de los regímenes despóticos, que dejan poco margen a la expresión libre de las ideas, y una humillación debida a la ocupación extranjera de las tierras árabes de Palestina e Irak, sin esperanza real de librarse de ella en un futuro previsible.

En resumen, la religión sirve de refugio frente al sentimiento de impotencia a la hora de alcanzar el nivel de las naciones desarrolladas en los terrenos económico, político y militar, sobre todo al albergar los propios musulmanes un concepto elevado de ellos mismos, heredado de la época en que eran sin lugar a dudas los amos del mundo. No obstante, más allá de esta ola de religiosidad aparente, no se puede negar que un mar de fondo de secularización atraviesa las sociedades musulmanas del Magreb, del Mashrek y otros lugares.

Las discrepancias que desencadenan, constituyen la prueba en contra de su invasión, que llega al punto de adoptar actitudes chapuceras que tratan de conciliar en la medida de lo posible los imperativos de la vida moderna con los preceptos de quienes administran lo que es sagrado, tanto si se trata de los representantes de la institución religiosa tradicional como de los nuevos predicadores al estilo de los tele-evangelistas americanos.

Así que nos hallamos en un periodo bisagra, en busca de un nuevo equilibrio cuyos factores determinantes dependen de los grados de modernización de las sociedades, más que de factores históricos y regionales propiamente religiosos. La naturaleza de la poderosa corriente actual globalizadora favorece implacablemente una mayor uniformidad estandarizada de los modos de comprender y vivir la religión, conservando sólo aspectos más o menos folclóricos de las religiosidades particulares, sin un impacto profundo en la pertenencia a la religión universal que es el Islam.