Los nuevos rostros de la economía argelina

Aunque el capitalismo se mantiene en una situación excepcional, sigue existiendo una cierta resistencia a la aparición del concepto de propiedad privada.

Ihsane el Kadi, periodista, Argelia

Es el día de clausura del salón internacional del automóvil de Argel. Y hay un barullo de gente en cada puesto. En su octava edición, este acontecimiento que abre la primavera cada año ha batido todos los récords. Los constructores presentes, los visitantes, las ventas: todas las cifras están en alza. La fascinación por el coche es la señal más evidente de la reanudación del consumo de las clases medias en Argelia en los últimos años.

Hubo 190.000 nuevas matrículas en 2004, un incremento del 38% en relación con el año anterior, que ya se consideraba espectacular. Ocho años antes, el parque automovilístico aumentaba sólo en 40.000 nuevos vehículos al año. En consecuencia, los paisajes urbanos de la inversión extranjera están dominados por los concesionarios de los constructores mientras que en otros países, como Túnez, por ejemplo, lo están por las sedes de bancos y aseguradoras. Toyota inauguró el más hermoso de los edificios altos de Argel, justo enfrente del ministerio de Economía.

Unos meses más tarde, Peugeot cambiaba de sede para instalarse en una construcción de cristal en un suburbio no muy lejos de ahí. Las demás marcas se disputan las mejores calles de la capital para exponer sus últimos modelos delante de las narices de los transeuntes. Los automovilistas también tienen mucho tiempo para admirarlos, porque, como es natural, apenas se puede avanzar ya por las calles de Argel. Es la otra cara de la medalla. El gobierno reaccionó hace dos años, de modo que quien visite Argel en la actualidad observará “demasiados coches y muchas obras públicas”.

Se han construido 11 túneles desde 2003 y otros cuatro están en obras. El presupuesto del ministerio de Obras Públicas se ha multiplicado por cinco dado que el problema del tráfico vial es nacional. Un camión tarda nueve horas en recorrer los 420 kilómetros que separan Argel y Orán, la segunda ciudad del país. Un vehículo ligero necesita siete. La expansión de la economía argelina en los últimos tres años –con un crecimiento medio del 5%– se refleja ante todo en las obras de infraestructura para recuperar una década de retraso. La construcción de la autopista Este-Oeste se ha convertido en una verdadera cuestión de política económica.

De los 1.200 kilómetros desde la frontera tunecina a la marroquí, quedan por realizar… 900 kilómetros. El gobierno ha perdido muchos años buscando financiación para esta obra –alrededor de 8.000 millones de dólares– mediante el dinero de operadores privados extranjeros que se harían con la explotación y recuperarían su inversión a través del peaje. Pero la fórmula no ha funcionado y el presidente Abdelaziz Buteflika decidió en febrero de 2005 financiar la construcción de esta autopista con dinero público y distanciarse de su ministro de Economía que opinaba lo contrario.

La misma decisión se tomó para terminar el aeropuerto internacional de Argel y el metro, ambas obras iniciadas a mediados de los años ochenta y prácticamente interrumpidas durante una década, lo que ha llevado a un economista a decir que “Argelia es una inmensa obra que ha estado dormida durante mucho tiempo y que, al despertarse, ha buscado la ubre del tesoro público”. En esta carrera contrarreloj para evitar la parálisis de las carreteras argelinas, cada tramo de unos kilómetros de esta autopista –la mayor de África, según las autoridades argelinas–, cada obra de arte en la capital o en las demás ciudades son acogidas como una señal de que el país está saliendo adelante.

La otra gran recuperación que ha marcado el paisaje económico argelino concierne al sector de las telecomunicaciones y su motor, la telefonía móvil. En julio de 2001, cuando se concedió la segunda licencia de GSM al operador egipcio Orascom, el número de abonados al teléfono móvil era de 600.000. En abril de 2005 eran ocho millones. Entretanto, ha llegado un tercer operador, el kuwaití El Watania, mientras que el operador público histórico, Mobilis, se ha recapitalizado. Los tres operadores libran una competencia encarnizada y los argelinos dedican buena parte de sus conversaciones a comparar las ofertas que se renuevan cada mes.

El teléfono fijo –siempre difícil de obtener en Argelia y cuyas tarifas a menudo son abusivas– ha sido la principal víctima de la explosión del móvil y de su tendencia a rebajar los costes de llamada. Decenas de miles de abonados han rescindido sus contratos de teléfono fijo dejando grandes facturas sin pagar. Además de los coches y el teléfono móvil, una tercera actividad se ha beneficiado de la expansión de las dos anteriores: la publicidad. Argelia, atascada en el estatismo desde la guerra civil, fue durante mucho tiempo el país del Magreb menos expuesto a la publicidad de las empresas que comercian en él. Es algo que está cambiando a gran velocidad, sobre todo gracias a las marcas de automóviles y a la telefonía móvil.

Las campañas de publicidad han invadido los espacios públicos. Los programas de televisión son cortados en rodajas por los anunciantes. Las estrellas del fútbol local ruedan mensajes que parecen películas. En ocasiones, el plazo de espera para lograr un espacio publicitario libre en los periódicos más cotizados es de un mes. “Si el sector industrial se desarrollase como el de la publicidad, en cinco años alcanzaríamos el PIB de Corea del Sur”, ironizaba un empresario al enterarse de que el valor del mercado publicitario había pasado de 10 a 90 millones de dólares entre 2000 y 2004.

Los empresarios privados se vuelven visibles

Automóvil, grandes obras, telefonía móvil y publicidad: la economía argelina adquiere lentamente la apariencia de cierta modernidad en la que las clases medias acceden al gran consumo en unos espacios colectivos que más o menos funcionan. ¿Pero sólo la apariencia? En el fondo, el capitalismo argelino también cambió durante los años de enfrentamiento político violento y de ajuste estructural que desmantelaron el Estado de bienestar. “Se habla menos de nuevos ricos en Argelia que en Rusia, ya que en nuestro país el intento de crear oligarcas ha fracasado por muchas razones. Sin embargo, es cierto que la fuerza del dinero tiene hoy un peso infinitamente mayor en la vida política del país”, afirma Hamid Soltani, profesor universitario.

Así pues, los nuevos rostros de la economía argelina son ante todo los rostros de los empresarios que han tenido éxito… y que hacen gala de él. El profesor Soltani desarrolla un punto de vista al respecto: “Los horrores del terrorismo y la brutalidad de la represión del Estado han dejado en un segundo plano el dinero ilegítimo. La burguesía argelina ha resuelto en gran parte la cuestión de su nacimiento gracias a la insurrección islamista. Si se va a perdonar a los terroristas, por supuesto que se perdona a aquéllos que se han servido del Estado para convertirse en capitalistas”.

En realidad, la participación del sector privado en el valor añadido global, sin contar los hidrocarburos, ha dado un gran salto en los 10 últimos años para pasar del 41% al 65%. Unos resultados notables si se tiene en cuenta el hecho de que se ha beneficiado de muy pocas privatizaciones, como fue el caso en la Europa del Este post-comunista. La industria electrónica pública de Sidi Bel Abbès, en el Oeste, está siendo desbancada por el “valle del Bordj” privado del Este, en referencia a la ciudad de Bordj Bou Arréridj donde se han implantado cuatro fábricas de ensamblaje en asociación con grandes marcas asiáticas.

El sector agroalimentario público se ha hundido totalmente beneficiando a un montón de industriales privados argelinos y a algunas multinacionales implantadas en Argelia, como las de los sectores de bebidas y productos lácteos. Los empresarios argelinos más mediatizados pertenecen al sector agroalimentario, como Issad Rebrab, que posee uno de los complejos de materias grasas más importantes de África. El sector privado también se ha beneficiado del auge de la construcción desde hace cinco años para desarrollarse más rápido en los materiales de construcción, azulejos, cerámicas, ladrillos e incluso el cemento, una rama que ha visto la llegada de la empresa egipcia Orascom.

Los empresarios son plenamente conscientes de sus nuevas responsabilidades en la economía argelina. Están muy presentes –con sus dos organizaciones principales– en las negociaciones sociales con el gobierno. Se reúnen cada primavera en El Ued, en el Sáhara, en la propiedad de su patriarca, Djillali Mehri, en lo que la prensa denomina el “Foro de Davos argelino”.

Pero según los empresarios, la nueva situación económica de Argelia les perjudica más que les beneficia. En 2003, en el momento de la firma del acuerdo de asociación entre Argelia y la Unión Europea (UE), el Foro de Jefes de Empresa (FCE) lanzó una campaña a favor del “mantuy bladi” (“producto de mi país”) para apoyar la producción local. “Corre el peligro de desaparecer mañana, en un contexto de apertura demasiado rápida”, advierte Omar Ramdane, presidente del FCE. En efecto, entre los nuevos rostros de la economía argelina está el auge espectacular de los productos importados.

Durante varios años, tras la apertura total del comercio exterior en 1994, la actividad de los “importadores” fue la más rentable en Argelia, al igual que la especulación inmobiliaria. ¿Son sensibles los argelinos al patriotismo económico? La verdad es que, hasta la fecha, muy poco. Durante tres décadas de economía protegida estuvieron privados de productos extranjeros. Así pues, han recuperado el tiempo perdido y los importadores se han beneficiado de ello. En todas las localidades del país existen mercados urbanos, a menudo en los límites de la ciudad, enteramente dedicados a los productos extranjeros.

Se puede comprar de todo, desde el último lector de MP3 procedente de Taiwan hasta la más reciente baldosa de mármol española. La prensa ha hablado mucho de las amenazas del acuerdo de asociación con la UE, pero en los puestos de los mercados los productos chinos son los que acaparan cada vez más espacio. “Tienen unos precios increíbles”, resume un vendedor del centro de Argel, donde poco a poco va naciendo un barrio chino junto al hospital Mustapha.

Los trabajadores chinos de la construcción –más de 20.000 en Argelia– han comprado establecimientos comerciales y se han traído a miembros de sus familias desde China para encargarse de ellos. Este verano se inaugurará una conexión aérea Argel-Pekín. Las importaciones totales argelinas aumentaron un 38% en 2004, pero las procedentes de China crecieron un 350%. China es ya el sexto socio comercial de Argelia, justo después de sus socios históricos de Europa del Sur y Estados Unidos.

La mezcla social disminuye

Ha logrado esta economía más abierta que la mentalidad argelina avance hacia la modernidad del capitalismo mundial? Los argelinos entran lentamente en una nueva racionalidad. En Annaba, cuarta ciudad del país, los sindicalistas lucharon contra la privatización del complejo siderúrgico, la mayor unidad industrial de la Argelia socialista. Actualmente son los principales aliados del comprador, el gigante indio ISPAT. La experiencia es un éxito financiero y social y la gente habla de un modo diferente de los indios y de los paquistaníes que vienen a invertir en el sector de los abonos.

Sin embargo, los “accidentes” debidos al cambio a la economía de mercado también han creado otros comportamientos. Así, el gigantesco escándalo del Khalifa Bank –1.600 millones de dólares de pérdidas para los clientes tras la quiebra en 2003 del primer banco privado– ha restablecido el reflejo gregario del “campesino prudente” entre los ahorradores argelinos. Una parte importante de las transacciones comerciales sigue esquivando el circuito bancario. La utilización del cheque sigue siendo baja. La red electrónica interbancaria tarda en ser instalada y los plazos en las transferencias siguen siendo largos.

La economía argelina pasará progresivamente al pago por tarjeta de crédito… a finales de 2005. Los retrasos de la reforma bancaria son el eslabón más débil de una modernización que va al galope. Miles de jóvenes empresarios no pueden crecer, ya que sólo pueden contar con sus fondos propios. Se ha facilitado el acceso al crédito bancario y los tipos de interés –gracias a una inflación estabilizada en menos del 3%– han bajado, pero los préstamos siguen estando excesivamente condicionados por las aportaciones personales y las hipotecas de garantías. Sin embargo, la explosión del crédito al consumo parece inminente, como en Túnez hace unos 10 años.

Por ejemplo, la compañía francesa Cetelem, especializada en el crédito al consumo, ha anunciado su llegada a Argelia esta primavera de 2005. Otros bancos han añadido los microcréditos a su oferta de productos. Al no haber tarjeta de crédito, no hay hipermercados: el universo de la gran distribución aún no existe en Argelia, donde el anuncio repetido de la llegada de Carrefour (Francia) no se ha concretado todavía. Tal vez por eso han podido nacer barrios enteros construidos alrededor de grandes almacenes de alto nivel –ropa, muebles, electrónica, equipamiento del hogar–, como en los altos de Argel, teniendo de principal reclamo al pequeño supermercado de barrio.

Este pequeño supermercado encarna simbólicamente las nuevas costumbres del consumo de las capas medias altas. Se trata de un pequeño establecimiento más bien elegante y en ocasiones menos caro que el comercio al por menor que permanece abierto cada vez más tarde por la noche. Un lugar que completa la panoplia ritual de los signos exteriores de éxito para los clientes que lo frecuentan. En realidad, una década de reformas del mercado ha cambiado en profundidad la estratificación de la sociedad argelina.

Tres o cuatro años de crecimiento económico más fuerte están acelerando las diferencias, ya que aquéllos que están mejor situados socialmente se benefician mucho más. Los espacios de mezcla social, numerosos en la época del populismo socialista, se han reducido en los últimos años. En verano, los ricos ya no frecuentan las playas del Algérois (región de Argel). Van a las piscinas de los grandes hoteles, a los complejos náuticos o al extranjero. Los colegios privados abundan desde hace cinco o seis años. Los niños de las capas populares estudian en el colegio público. Lo mismo ocurre con los hospitales o con los lugares comerciales: las capas sociales se separan en su vida cotidiana. Permanece lo más importante: el hábitat.

Los nuevos ricos no han llegado a romper la lógica populista de los planes de urbanismo de los años setenta y ochenta. En Argelia, los nuevos barrios residenciales suelen estar rodeados de otros más populares, ante el disgusto de la nueva burguesía que reprocha a su Estado no haber sabido velar para que se cumpla la normativa. Así, uno de los fenómenos más significativos de los retos económicos actuales gira en torno a la delimitación del territorio y de la propiedad. Hace dos años se inició en el campo argelino un gigantesco movimiento de vallado. Los propietarios agrícolas colocan cercas alrededor de sus tierras.

El movimiento se inició en la rica llanura de la Mitiya, al sur de Argel, y se está extendiendo a otras zonas, mientras el Estado se plantea privatizar sus tierras –las más fértiles– cedidas para su explotación a agricultores desde 1985. Las líneas de demarcación se trazan en todas partes, tanto en la ciudad como en el campo. Todo esto mantiene al capitalismo argelino en una posición excepcional. Se ha legitimado milagrosamente gracias a la guerra civil, pero no ha podido eliminar toda la resistencia a la aparición de una nueva jerarquía construida sobre la propiedad privada y el dinero. Actualmente, los líderes de los nuevos sindicatos independientes son tan conocidos como los jefes de los partidos políticos más importantes.

¿Asustará todo esto al capital extranjero, que todavía esperan con avidez las autoridades argelinas? Tal vez no, ya que si bien la economía argelina no ha hecho más que iniciar su modernización, el Estado, por su parte, ha sacado un cheque de 55.000 millones de dólares a gastar en los cuatro próximos años, lo que interesa claramente a todos los socios económicos de Argel.