Los nuevos ejes de la política europea

Los resultados electorales reflejan el desapego ciudadano. Es necesario lograr una UE eficaz, dinámica y útil que transforme el descontento en crítica constructiva.

Javier García Toni

El marco electoral de 2014 ha sido radicalmente diferente del de 2009. Esta Europa no es la misma que era hace cinco años, cuando todavía no había hecho mella la crisis, el desempleo, la recesión y la desesperanza. Pese a que la participación se ha mantenido en niveles similares, los resultados abren la puerta a una reflexión profunda fruto de las consecuencias de la crisis económica, que ha coincidido con la última legislatura del Parlamento Europeo. En las elecciones europeas se mezclan muchos aspectos.

Los votos se siguen otorgando fundamentalmente en clave nacional, pese al esfuerzo de las instituciones europeas de europeizar la campaña nombrando a candidatos comunes de cada grupo del Parlamento para presidir la Comisión. El voto en clave europea, tradicionalmente determinado por el eje izquierda-derecha y por más o menos integración se complementa con la aparición de dos nuevos ejes que no deben pasarse por alto. Se trata del eje Norte-Sur y ciudadanos-élites. Solo tomando en consideración todos estos aspectos se puede explicar el resultado. Los nuevos partidos que han irrumpido en estas elecciones, antieuropeos, populistas y autoritarios, recogen votos de personas claramente contrarias a la Unión Europea (UE), pero también de grupos sociales que no se sienten representados por nadie más.

Hay una parte del voto que no es antieuropeo como tal, es contrario al funcionamiento de una Unión que se identifica con austeridad, recortes, crisis, lentitud, ineficacia, lejanía, burocracia, élite y decepción. Parte de la culpa es de los propios gobiernos nacionales, que utilizan el término Bruselas como chivo expiatorio para no asumir sus propias responsabilidades. Lo hemos visto de manera clara en el sur de Europa: los gobiernos nacionales incumplen sus programas electorales con la excusa de que los “obligan”, claro, desde Bruselas. La interpretación de los resultados de acuerdo con el eje Norte-Sur ha resultado ser una sorpresa. Los países más afectados por la austeridad, la troika y la crisis han votado mayoritariamente por opciones proeuropeas, incluyendo a Syriza en Grecia, extremadamente crítica pero proeuropea.

Los antieuropeos, en cambio, han triunfado en países como Reino Unido, Francia, Dinamarca o Austria; lugares donde la crisis no ha hecho tanto daño como en el Sur. La brecha Norte-Sur ha estallado pero al revés: los pueblos del Norte han votado demostrando que no acaban de entender por qué tienen que asumir la responsabilidad de las culpas de otros. Frente a lo que se podría pensar, el “efecto troika” no ha provocado que el Sur se convierta en antieuropeo. Las poblaciones mediterráneas mantienen un europeísmo, aunque crítico, que es digno de admiración. Aquellos que entienden que están pagando por la crisis de otros, en cambio, sí han optado por papeletas antieuropeas. El mensaje que se transmite es peligroso, ya que pone en riesgo la solidaridad intraeuropea.

Lectura en clave nacional

La clave europea, sin embargo, se mezcla con la clave nacional, que sigue siendo más importante. Las elecciones europeas son idóneas para que los votantes se permitan el lujo de votar lo que quieran y no lo que les dicte su sentido de la responsabilidad. El caso del griego Alexis Tsipras, candidato de la izquierda europea a presidir la Comisión, es digno de estudio. Tsipras se planteó desde el principio su campaña europea en clave nacional.

Ni siquiera iba en las listas para ser eurodiputado (igual que Jean-Claude Juncker, por otro lado). Tsipras, que ha conseguido que Syriza gane las elecciones en Grecia, tiene en su mano la presidencia de su país, y era a ellos a quienes habló en el debate a cinco del 15 de mayo. Pese a que habla inglés de manera solvente, prefirió debatir en griego, en un claro guiño a su electorado. Su rostro es el más reconocible de toda la izquierda europea, especialmente en el sur de Europa, por lo que su designación atendía más a razones de marketing que políticas. El resto de países, salvo Alemania, ha preferido castigar a su gobierno.

En España, pese a que el Partido Popular ha ganado, su batacazo es histórico. La única razón que explica su triunfo es la fragmentación del voto entre las otras opciones, por lo que podría considerarse como un triunfo que no es tal. El particular caso italiano, donde el Partido Democrático de Matteo Renzi ha obtenido un sonoro triunfo, tiene otra lectura. Renzi acaba de llegar y mantiene el empuje necesario que le legitima como solución, y no como problema. España, Italia y Alemania son la excepción. El resto de países ha preferido dar un rapapolvo a sus gobiernos.

Auge de los eurófobos

Lo más llamativo en estas elecciones ha sido la irrupción de las fuerzas eurófobas, que han capitalizado parte del descontento y la desafección. Se les suele denominar genéricamente “euroescépticos”, pero es importante hacer una distinción entre eurofobia y euroescepticismo. Dicho euroescepticismo ha estado largamente representado por partidos como los conservadores británicos, escépticos pero no eurófobos. Eurófobos son, en cambio, partidos como el Frente Nacional francés, el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP) o el Partido de la Libertad holandés. Han logrado un éxito electoral histórico, pese a seguir siendo minoría, ruidosa pero minoría, en el Parlamento Europeo.

Éste es el panorama de resultados en cada uno de los países donde concurrían: en primer lugar (ganador de las elecciones) ha quedado el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP), el Frente Nacional en Francia y el Partido Popular Danés en Dinamarca. En segundo puesto nos encontramos con Jobbik en Hungría. Terceros han sido el Partido de la Libertad en Holanda, los Verdaderos Finlandeses en Finlandia, Amanecer Dorado en Grecia y Partido de la Libertad (FPÖ) en Austria. La Liga Norte ha sido el cuarto más votado en Italia y Alternativa por Alemania la quinta opción en su país.

El efecto más peligroso de los eurófobos, sin embargo, no es la influencia que tengan sobre el Parlamento Europeo. Por muchos grupos que conformen su capacidad real de bloqueo es muy limitada. Su riesgo potencial más preocupante es el efecto que puedan tener sobre la política nacional, sobre los partidos tradicionales de sus respectivos países para captar a un electorado volátil que les ha dado la espalda. En noviembre del año pasado nos encontrábamos con una tribuna del primer ministro británico, David Cameron, en Financial Times, que decía que el libre movimiento en Europa tiene que ser menos libre. El ejemplo es clarísimo: ¿quién podría pensar que David Cameron firmaría algo así si no fuera por la influencia del UKIP? El mismo ejemplo es válido para las polémicas medidas del actual primer ministro, Manuel Valls, respecto a los gitanos en Francia. O para la afirmación de Nicolas Sarkozy sobre acabar con el espacio Schengen.

Hay un riesgo claro de que los partidos tradicionales adopten algunos mensajes de los llamados partidos populistas. El cálculo electoral lo exige: la pérdida de votos es lo suficientemente significativa como para no tomar medidas al respecto. Sin embargo, la lectura es errónea: se trata de estudiar cómo han conseguido que sus mensajes calen más en la ciudadanía. Los antieuropeos lo han hecho mejor, aunque también lo tenían más fácil. El caso francés es uno de los que más preocupa en Europa. Francia, uno de los motores y una parte fundamental de la Unión, ha vuelto a cerrarse sobre sí misma, asustada por la globalización y el declive del Estado-nación. La ruinosa situación del Partido Socialista y la división del centro derecha han dejado vía libre al único partido que se presentaba con soluciones frente a problemas.

Soluciones de otro siglo, de otra época y peligrosísimas, pero soluciones para una parte de la población que siente miedo y busca algo a lo que aferrarse. El Frente Nacional ha obtenido el 30% del voto entre los menores de 35 años y el 43% del considerado voto obrero en Francia. Pese a que indudablemente hay una parte ideológica, no se puede analizar sin tomar en consideración el voto protesta, de ciudadanos frente a élites. Son grupos outsiders que han resultado netamente perdedores de la crisis, que no se sienten representados por la política tradicional, y el voto tiene un importante componente de hartazgo, de grito desesperado en busca de soluciones. Hay otro riesgo que, si me permiten, sale del corazón. Todos los partidos de corte extremista y populista incluyen, de un modo u otro, la palabra libertad.

Desde el Partido de la Libertad de Geert Wilders hasta el grupo del Parlamento Europeo donde está el UKIP, Europa de la Libertad o la Democracia. O el grupo que presumiblemente formará Marine Le Pen con Wilders, que podría llamarse Alianza Europea para la Libertad. La batalla semántica es también fundamental. Todos y cada uno de ellos son enemigos de la libertad, y no se puede permitir que se apropien de la palabra. La libertad es lo contrario de lo que defienden. Presentarse ante una opinión pública desinformada, cansada y harta con la libertad por bandera es muy peligroso, porque el mensaje cuaja bien, a diferencia del mensaje de los partidos europeístas. Pese al clima de pesimismo generalizado tras conocer los resultados electorales, no es el momento de tirar la toalla. Los votos articulados en torno al eje ciudadanos contra élites que han ido a parar a partidos populistas son recuperables.

Para ello solo se necesita una Unión Europea eficaz, que funcione y dé soluciones, adaptándose a los ritmos de las sociedades sin estancarse en laberintos institucionales. La presencia de grupos populistas en el Parlamento Europeo tiene, de hecho, una parte positiva: representa un claro incentivo para las fuerzas proeuropeas para esforzarse por hacerlo mejor. Tener un enemigo común es un elemento fundamental de unión, y para acallar a los Farage o Le Pen de turno no hay nada mejor que llegar a acuerdos para avanzar y dotar de coherencia, legitimidad y eficacia a la política europea. El eje ciudadanos-élites, en clara relación con el eje Norte-Sur, es fundamental en países como España.

La gran sorpresa de las elecciones, PODEMOS, necesita de este eje para ser entendido. Al contrario que Izquierda Unida, el voto a PODEMOS no es tan ideológico. El partido de Pablo Iglesias se ha nutrido de votos outsiders, de perdedores; de gente en paro o con sueldos precarios que no dan para vivir. PODEMOS ha robado voto a IU y a PSOE, pero sobre todo a la abstención. Se abren dos opciones en el horizonte: o se convierten en Izquierda Unida o en el italiano Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo. La conformación de ese “Frente Amplio” (término tomado del partido uruguayo de José Mujica, en el gobierno) necesitaría de un PSOE al que consideran “casta” (término tomado del discurso de Grillo). El camino del Movimiento 5 Estrellas, más coherente con su discurso, les llevaría a bloquear cualquier pacto que incluyera a la “casta” que representa el socialismo español.

El futuro presidente de la Comisión en manos del Parlamento

La construcción de legitimidad democrática en Europa es un proceso lento, difícil y costoso. La designación de Juncker, Martin Schulz, Tsipras, Ska Keller y José Bové o Guy Verhofstadt era un paso adelante. La posibilidad que abría el Tratado de Lisboa, aprovechado por los grupos políticos del Parlamento Europeo, no garantiza que el Consejo Europeo (decisor en última instancia) acepte al candidato que proponga el Parlamento, pero no hacerlo sería inaceptable. Los candidatos, y en concreto Juncker (el más votado), deben hacer valer la fuerza de los votos y la frase lapidaria de Verhofstadt: “no elegir a alguno de nosotros para presidir la Comisión sería el fin de la democracia europea”.

El proceso de legitimación democrática de la UE necesita de este primer paso para seguir adelante. Si no se tuviera en cuenta el resultado de las elecciones sería prácticamente imposible reenganchar a la ciudadanía la próxima vez. Sería como el cuento de la lechera, nadie volvería a confiar en la utilidad de su voto para cambiar las cosas. Por insuficiente que sea, la elección del presidente de la Comisión mediante el voto es un paso absolutamente necesario para un proceso de mucho más alcance. La única manera de reenganchar a la ciudadanía, a todo ese descontento perdedor que mira a opciones extremistas como última esperanza para forzar un cambio, es lograr una UE eficaz, dinámica y útil. Las instituciones europeas deben aceptar que, sin legitimidad democrática, sin escuchar también a los millones de personas afectadas por la crisis, se condenan al fracaso.

Necesitamos un europeísmo crítico que logre avances, que transforme el descontento en crítica constructiva. Las recetas de los extremistas no son las adecuadas, pero las fuerzas proeuropeas no pueden permitirles ser los únicos que tengan recetas. No pueden dejarles capitalizar el descontento. Las elecciones son un toque de atención muy claro: la supervivencia está en juego.