La propuesta de Sarkozy: ¿dónde está el valor añadido?

Quizás Sarkozy pretende compensar a Turquía por su negativa a que entre en la UE.

Francisco Bataller y Josep Mª Jordán

En mayo de 2007, en el discurso en el que se declaraba vencedor en la carrera a la presidencia de Francia, Nicolas Sarkozy confirmó en términos todavía vagos una iniciativa para el establecimiento de una Unión Mediterránea. Esta nueva organización internacional en principio incluiría a los países mediterráneos de la Unión Europea (Portugal, España, Francia, Italia, Malta, Grecia y Chipre) y a sus vecinos del sur y este mediterráneos (desde Marruecos a Turquía).

Con esta iniciativa, el nuevo presidente francés parecería considerar fracasada la estrategia de partenariado euromediterráneo (fruto del Proceso de Barcelona), que en los últimos 12 años ha presidido la relación entre ambas vertientes del Mediterráneo, y pretendería ofrecer una alternativa a dicho proyecto, sin una vinculación directa con la UE.

Aunque el presidente Sarkozy ya había hecho algunas referencias a esta Unión Mediterránea durante su campaña electoral, la iniciativa cogió por sorpresa a estrategas, diplomáticos y políticos. Sorpresa que proviene tanto de la falta de detalles sobre el contenido concreto de la propuesta, como por sumarse a un abanico de otras iniciativas ya existentes, desde las reuniones del llamado Grupo 5+5 y el Foro Mediterráneo (que agrupan a ciertos países de ambos lados del Mediterráneo) a la iniciativa del presidente de Estados Unidos, George W. Bush, del Gran Oriente Medio y, sobre todo, al partenariado o Proceso de Barcelona.

Esta acumulación de esfuerzos paralelos hace inevitable una serie de preguntas inmediatas: ¿Es esta iniciativa compatible con las anteriores?, ¿queda espacio político para una nueva? De haberlo, ¿cuál sería su valor añadido? A falta de detalles, cuya ausencia no ha impedido a importantes líderes pronunciarse ya a favor de la propuesta, un grado de cauteloso escepticismo parece la actitud más razonable, incluso entre aquellos que abogamos por una política euromediterránea más decidida y robusta. Porque, al margen de su valor simbólico de buscar recentrar la relación euromediterránea en el discurso geopolítico europeo, ¿qué puede añadir, en términos cualitativos, la iniciativa de Sarkozy al multidimensional y bien dotado financieramente Proceso de Barcelona?

Aunque no alcanzó su misma importancia estratégica, la política euromediterránea encarnada en el Proceso de Barcelona buscó equiparar, a mitad de los años noventa, la apertura europea hacia el Sur con la apertura que ya había empezado a producirse hacia el Este tras la caída del muro de Berlín. Es una estrategia especialmente ambiciosa en sus instrumentos y en sus objetivos.

En el ámbito económico, prevé el establecimiento de un área integrada, construida sobre áreas de libre comercio entre la UE y cada uno de sus socios mediterráneos, así como entre los socios mediterráneos entre sí. Es una estrategia que además fortalece los encuentros políticos bilaterales en el ámbito ministerial entre la UE y estos países y establece un diálogo regional (más amplio geográficamente que el previsto por Sarkozy), tanto político como en cuestiones sectoriales, sentando en las mismas mesas a ministros (o, en su caso, altos funcionarios) de los 37 países que hoy comprende el Proceso de Barcelona (incluso consolidados adversarios como israelíes, palestinos y sirios). Una estrategia que ha distribuido miles de millones de euros para apoyar las reformas económicas y sociales en los socios mediterráneos y la cooperación regional entre los mismos; que ha promovido el diálogo y los intercambios culturales…

A la vista de lo anterior, resulta difícil concebir que, en la hora actual, sea posible desarrollar otra iniciativa regional que pueda otorgar más recursos, pueda ir más lejos en la liberalización comercial o tenga una horizonte político más completo que se pueda ofrecer a los socios mediterráneos como alternativa (o incluso como complemento) del actual partenariado euromediterráneo. Las carencias que éste haya podido tener son de carácter estructural y difícilmente serían subsanables por ese u otro mecanismo mientras el entorno en que se desenvuelve la relación y las circunstancias que lo condicionan no cambien.

No solo eso. Si la propuesta sarkoziana de Unión Mediterránea se entiende literalmente, la pertenencia a ella de los países europeos mediterráneos parecería incompatible con su pertenencia a la UE. Un área de libre comercio entre la UE y sus socios mediterráneos (tal como la establecida por el Proceso de Barcelona) es factible, sin duda. Lo que no sería factible, por ejemplo, es una unión económica entre los países del norte y los del sur/este del Mediterráneo, pues los primeros ya pertenecen a otra unión económica, la UE, que incluye un arancel con el resto de los países de la UE, unas políticas monetarias comunes…

De la misma manera, ¿cómo podrían España o Francia, por ejemplo, pertenecer a una unión política con sus socios mediterráneos (aunque fuese incipiente) cuando ya mantienen una (evidentemente incompleta y laboriosa) asociación política de amplio contenido y sofisticado entramado con los demás países de la UE? Todo hace pensar, por ello, que la retórica mediática de la idea lanzada por Sarkozy es muy superior a su contenido real. Éste sería necesariamente mucho más modesto y su motivación implícita podría ser de tipo táctico, con el fin de buscar dar respuesta no tanto a la relación global entre Europa y sus vecinos mediterráneos como a aspectos localizados de esa relación, vinculados con su agenda doméstica.

Quizás Sarkozy pretende también con esta operación ofrecer una compensación a Turquía por su negativa a la entrada de dicho país en la Unión. Ahora bien, ¿podría la iniciativa de Sarkozy ofrecer una alternativa a Turquía para que abandonase su pretensión de integración en la UE, tal como el presidente francés defendió en su programa electoral? Aunque es probable que las intenciones de Sarkozy vayan en esa dirección, resulta más que dudoso que Turquía llegue a conformarse con esto: la Unión Mediterránea difícilmente colmaría las ambiciones turcas si fueran un sustituto a la UE. De igual manera, ¿podría la iniciativa de Sarkozy encontrar una solución al conflicto israelo- palestino donde ninguna otra iniciativa lo ha logrado? De nuevo, parece dudoso.

Aunque una paz duradera en la región requeriría el apoyo multilateral y regional, el problema es sobre todo de índole bilateral y parece poco probable que la Unión Mediterránea triunfe cuando el partenariado se ha convertido casi en prisionero de ese conflicto. En definitiva, en lugar de la Unión Mediterránea que parece vislumbrar el presidente Sarkozy, lo más juicioso sería seguir impulsando la actual estrategia de partenariado euromediterráneo, reforzado recientemente con la política europea de vecindad.

Engarzar adecuadamente ambas líneas políticas, corregir el tiro allá donde los logros han sido menores y aplicar adecuadamente el Plan de Acción que se aprobó en la Conferencia de Barcelona en 2005 son tareas importantes que pueden dar mucho de sí en el futuro inmediato.