La peregrinación a La Meca

Más de dos millones de personas acuden cada año a La Meca, lugar prohibido para los no musulmanes, para cumplir con el ‘Hayy’, uno de los cinco pilares del islam.

Javier Otazu

Recibe más de dos millones de visitantes al año y carece de aeropuerto. Hoteles de una a seis estrellas están repartidos por la ciudad, pero no existe ningún lugar de diversión y ocio para sus ocupantes. Mil trescientos millones de personas tienen la obligación moral de visitarla, mientras que el resto del mundo no tiene ni tendrá derecho a hacerlo por ser un lugar prohibido. Éstas son algunas de las paradojas de La Meca, tal vez el último lugar del planeta vedado al turismo de masas, donde todo el oro del mundo no basta a un no musulmán para franquear las puertas del centro del universo islámico, el sitio al que debe dirigirse el creyente en Alá para rezar, para sacrificar a sus animales y ser enterrado.

Mi viaje

En enero de 2006 viajé a La Meca para cubrir el Hayy después de arduos esfuerzos para convencer a mi empresa de la oportunidad y hasta el privilegio de poder contar desde dentro un fenómeno de masas al que muy pocos periodistas tienen acceso, y menos reporteros que vayan a trabajar y no con propósitos religiosos. Por desgracia, una avalancha que se saldó con la muerte de 363 peregrinos, de esas que se suceden cíclicamente en el Hayy, justificó a posteriori el interés informativo de mi viaje.

De pronto el mundo entero volvió los ojos para ver qué sucedía en la peregrinación, y por qué esos accidentes eran tan frecuentes. Pero lo que nadie puede calibrar es hasta qué punto el incidente pasó desapercibido en La Meca, debido no sólo a lo masivo de la romería, sino al fenómeno de fervor y hasta de embriaguez colectiva que se aprecia entre los peregrinos, ajenos durante cinco días a todo lo que no sea su comunión con el Más Allá y totalmente desapegados de las cosas de este mundo.

Globalización en casa de Alá

La peregrinación a La Meca se ha convertido en un tópico más sobre el islam, con derecho a unos minutos de televisión una vez al año en los informativos. Sin embargo, es uno de los fenómenos más singulares que me haya tocado vivir. Dos millones de personas se dan cita durante 10 días en La Meca, y durante cinco comparten unos rituales exactamente definidos hace 14 siglos. No hay entre ellos raza ni lengua común, en esta verdadera torre de Babel el único cemento que une a los peregrinos es la fe en Alá y su profeta Mahoma.

Pocos ejércitos hay más diversos y variopintos, y al mismo tiempo tan obedientes. La peregrinación es uno de los fenómenos más elocuentes de la globalización: bereberes del Rif marroquí y filipinos de Mindanao, chinos del Iugur y sudaneses de Darfur, todos se mezclan sin estridencias en esta ciudad en la que se oye hablar turco y persa, wolof a los senegaleses, urdu a los paquistaníes, pastún a los afganos, y no hay lengua franca que sirva, pues el árabe sólo es el idioma de un tercio de los peregrinos y apenas un quinto del mundo musulmán. Se alojan en hoteles donde cuelgan las banderas de sus países e intentan no separarse de sus paisanos, pero una vez que arrancan los ritos de la peregrinación, cada hombre se pone su ihram (dos telas blancas sin costuras) y subraya así la radical igualdad que pregona el Corán entre el negro y el blanco, el emir y el mendigo, el erudito y el analfabeto.

Y cuando este ejército de Alá desfila incansable –sudor, sándalo y jazmín– en torno a la Caaba y cientos de miles de gargantas entonan al unísono el mismo salmo “Heme aquí oh Alá ante Ti”, es como si el clamor brotara del centro de la tierra. Porque La Meca es en ese momento el centro de la tierra. Y con cada una de las siete vueltas que el creyente da a la Caaba, cierra una de las siete puertas del infierno. La Meca ofrece además una de las caras más amables del islam: es uno de los pocos lugares donde las mujeres se encuentran codo con codo con los hombres y con ellos circundan la Caaba, sin ser relegadas al patio trasero –allí donde vean sin ser vistas– como sucede en otros tantos lugares del mundo musulmán.

Y, otra particularidad de la peregrinación, la mujer debe llevar obligatoriamente la cara descubierta, por mucho que en su vida cotidiana se esconda bajo un burka o un niqab. Sin embargo, durante los días en que dura el Hayy debe reprimir su feminidad y no perfumarse ni maquillarse para no despertar la concupiscencia del varón.

Sagrada y prohibida

El corazón de La Meca es la Mezquita de Al Haram, la misma palabra que sirve para el “harén” y que significa a la vez sagrado y prohibido. Ese carácter de prohibido ha ejercido siempre una fascinación en Occidente, pero sólo algunos aventureros han logrado sortear el veto que pesa sobre todos los infieles, aunque sean creyentes de las religiones monoteístas. Entre ellos, el que más notoriedad alcanzó es un hombre singular en muchos sentidos, el británico Richard Burton, que dejó plasmada su experiencia –etnográfica, paisajística, religiosa y hasta sexual– en su admirable Personal Narrative of a Pilgrimage to Al-Madinah and Mekkah (una de las poquísimas ediciones en español aún en catálogo es la de Laertes, 1984).

A Burton le había precedido otro aventurero catalán, Domingo Badía, que con el seudónimo de Ali Bey había recorrido primero Marruecos y luego el Oriente árabe hasta desembocar en la ciudad prohibida. Burton y Ali Bey, que realizaron el Hayydisfrazados de turcos o afganos, fueron hijos de su tiempo. Mezcla de espías, eruditos, aventureros, intelectuales y con un punto racista, pero siempre interesados y hasta fascinados por ese mundo musulmán, tan cercano y extraño. Aquella Meca que ellos visitaron sí era una ciudad inaccesible, pero ya no para los infieles, sino para los mismos musulmanes.

Hasta el siglo XX, peregrinar a La Meca era una aventura plagada de peligros que un viajero emprendía durante meses o años, en los que se dejaba la fortuna y a veces la vida atravesando desiertos y montañas de reinos y califatos llenos de bandidos. Sólo unos miles de personas podían pagarse el lujo de viajar al corazón de Arabia para cumplir con uno de los cinco pilares del islam. La aviación comercial ha puesto La Meca casi al alcance de cualquiera, y con ella la peregrinación se ha democratizado. Tanto que las autoridades saudíes han impuesto un sistema de cupos –a razón aproximadamente de mil peregrinos por cada millón de habitantes– que no rige ni para Europa ni para América, territorios aún por conquistar a la causa del islam y de los que todo peregrino es bienvenido.

La piedra negra

Casi todos los rituales que rodean a la peregrinación –periodicidad anual, vueltas en torno a la Caaba o piedra negra, sacrificio de animales…– ya se realizaban antes del islam, en lo que los musulmanes llaman la Era de la Ignorancia (Al Yahiliya). Incluso entre los 360 dioses que aquellos árabes adoraban figuraba Al-lat, una especie de primus inter pares y de quien parece procede el nombre de Alá.

Según los cronistas árabes, las peregrinaciones eran entonces ocasión de tremendos festejos, con música y bailes, juegos y apuestas, paisaje que fue “purificado” por los primeros musulmanes, como recuerda la notable película Mahoma el Mensajero de Dios (1976) de Mustafá Akkad, que para contar con el nihil obstat de Al Azhar egipcio tuvo que ocultar la imagen y hasta la voz del protagonista. No abundan las crónicas sobre La Meca en los siglos posteriores, pues los musulmanes siempre han entrado en el recinto sagrado con propósitos religiosos –con la “niya” o intención que se le supone a todo buen creyente– y no antropológicos o etnológicos.

Fueron los viajeros europeos los que redescubrieron La Meca y la describieron al mundo civilizado en el que comenzaba a germinar el Orientalismo. Pero se sabe que La Meca había vuelto a convertirse en lo que naturalmente deviene cualquier concentración humana multitudinaria: lugar de mercadeo, de diversiones y apuestas, de disfraces, encuentros y promiscuidad. Hasta que apareció Mohamed Abdel Wahab (1703-92), reformador rigorista y puritano surgido del corazón de Arabia, que consideraba desviadas prácticas tan extendidas como las visitas a las tumbas de santos y las fiestas en su honor, la magia y los talismanes, las fiestas asociadas a la religión y cualquier advocación a quien no sea el mismo Dios. Es decir: nada más allá de la desnuda unicidad de Dios.

Ibn Batuta, el gran viajero tangerino que en el siglo XIV emprendió su ambiciosa Rihla, el periplo “a través del islam” (como se tradujo al español), describía así el recorrido entre Safa y Marwa, uno de los pasos obligados del peregrino: “Hay un gran cauce seco en donde se monta un zoco para la venta de grano, carne, manteca, dátiles y otras frutas. Quienes corren entre ambos puntos casi no aciertan a cumplir su propósito a causa de las apreturas del gentío en torno a las tiendas de los comerciantes”. También Richard Burton o el suizo Johan Ludwig Burckhardt cuentan que en La Meca que ellos conocieron se quemaban fuegos artificiales, se disparaban salvas de artillería, había fanfarrias, encantadores de serpientes y juglares.

En el siglo XXI nada queda de esto: en esta Arabia gobernada por la alianza inquebrantable entre el wahabismo y los Saud han desaparecido los mercaderes de Safa y Marwa, como han desaparecido los ingredientes festivos, las tumbas de los santos y todo signo de heterodoxia: el recorrido entre lo que fueron las dos colinas es ahora una amplia avenida desnuda de dos carriles, con aire acondicionado y con una mediana en el centro para que también los inválidos puedan realizar en sus sillas de ruedas las preceptivas siete vueltas al trayecto, que reproducen las locas carreras que Agar, esposa de Ibrahim (Abraham), tuvo que hacer en pleno desierto en busca del agua para ella y su hijo Ismael, agua que finalmente el Arcángel Gabriel hizo brotar de la tierra donde hoy está el pozo de Zamzam. En Safa y Marwa, en los entornos de la Caaba, en la Mezquita de Al Haram abundan los carteles que prohiben hacer cualquier tipo de fotos. Vano intento: los teléfonos móviles, que están en la mano de casi cada peregrino, roban fotos de aquí y allá mientras el autor finge hablar con sus parientes en el país que dejó atrás.

El peligro de los flujos humanos

Lo que las autoridades saudíes pretenden es mantener un férreo control sobre lo que llaman “los Lugares Santos”, mantenerlos estrictamente vetados a cualquier propósito que no sea religioso y evitar que los flujos humanos que invaden La Meca durante dos semanas al año no se dirijan después al resto del país y propaguen unos usos y costumbres que, aun viniendo de personas musulmanas, pueden resultar chocantes en este reino ultraconservador.

No olvidemos que en este país regido por el wahabismo no hay cines, las mujeres no pueden conducir, todo se paraliza a la hora de la plegaria (es decir, cinco veces al día) y la policía religiosa, la temida mutawa, recorre lo mismo las calles para obligar a cerrar comercios que los lujosos malls o centros comerciales para amonestar por una cabellera mal cubierta o los inconvenientes contactos entre los dos sexos.

La llegada de técnicos extranjeros de Occidente y posteriormente de mano de obra barata del sudeste asiático y Egipto (un 25% de la población es extranjera, pero representan el 70% de la fuerza laboral) pudo haber relajado un tanto el rigor wahabí, pero la llegada de la Revolución al archirrival regional, el Irán chií, hizo que el reino de los Saud se cerrara sobre sí mismo y depositara aún más poder en los ulemas y en sus dictados sobre las costumbres, como queda de manifiesto en el excelente documental La maison des Saoud de Gihan El Tahri (producida por la cadena franco-alemana Arte).

Para evitar todo contagio indeseado, los consulados de Arabia Saudí en el mundo conceden dos tipos de visados: uno para hombres de negocios y otros visitantes que excluye las ciudades de La Meca y Medina (donde se halla la tumba del profeta Mahoma) y otro delimitado exclusivamente a la visita de estas dos ciudades y al puerto de llegada de Yeda. Se llama “visado de peregrino”, tiene una duración de dos semanas y para recibirlo el viajero tiene que estar encuadrado en un viaje organizado desde su país o bien tiene que ser un “huésped ilustre”, como les sucede a los periodistas –obligatoriamente musulmanes–, invitados y alojados por el Ministerio de Información.

Todo periodista –ignoro si sucede lo mismo a los investigadores– debemos demostrar nuestra identidad islámica, que se le supone a todo árabe pero no a los “blancos” europeos, y de algún modo aceptar pagar la servidumbre de ser invitados a la radio y la televisión saudí a hablar de la vida como musulmanes en territorio infiel y la experiencia en el Hayy. Sin embargo, debo decir que en ningún momento sentí la menor presión ni censura sobre lo que escribí durante los 12 días que duró la experiencia mequí, ni tuve que rendir cuentas.

Resulta revelador en La Meca observar el divorcio entre las identidades nacionales y la religiosa: los musulmanes franceses y alemanes desertan los pabellones de sus países y se marchan a confraternizar con sus correligionarios en las jaimas donde ondean las banderas de Marruecos, Argelia o Turquía, mientras que los pabellones “europeos” están semivacíos. Claro que 2006 era el año de las polémicas caricaturas de Mahoma y nunca pareció más insalvable el foso que separaba a Europa del mundo islámico, a Oriente de Occidente.