La cultura bereber recibe al mundo: Timitar, referente de la memoria de los ‘chleuh’

El festival simboliza una realidad esencial del Marruecos de hoy: la palabra cultural ya no se secuestra.

Hay momentos en la vida en los que la gracia parece descender sobre la Tierra, momentos de emoción simple y profunda que son imposibles de olvidar. Cuando el viernes 6 de julio de 2007, la cantante argelina Djur Djura toma como testigos a las 80.000 personas concentradas en la plaza Al Amal, en el centro de Agadir, de la dignidad de la mujer –“la que os ha hecho” dijo, dirigiéndose especialmente a los hombres–, de la necesidad de igualdad y dignidad de sus hermanas, y canta las canciones escritas en bereber de Kabilia, cuyos estribillos retoma la multitud en bereber del Sous, se lee una intensa emoción en la mirada de las mujeres presentes, jóvenes o viejas, con velo o sin él. Cuando concluye su actuación, cediéndole la voz al público para una composición titulada Imazhiren-Democratia, el espectador siente que asiste a un gran momento.

Igual que cuando en 2005, en la misma ciudad de Agadir, el cantante Kateb Amazirh, hijo del escritor argelino Kateb Yacín, subió al escenario algunas horas después de que las bombas destrozaran Londres y aclamó el valor de los habitantes de la capital de Reino Unido, les habló de la fraternidad de todos los hombres, de los bereberes y de los árabes ante la barbarie. Tales escenas dan todo su sentido al festival Timitar, que después de cuatro años ha encontrado su estabilidad. Timitar significa señales o indicios o, mejor aún, referente de memoria o intuición.

Aquí, los bereberes reciben al mundo: África, América Latina, Escocia e Irlanda, cuya música celta, un poco triste, casa tan bien con las darbukas y las flautas bereberes. Hacen hincapié en el hecho de que el comunitarismo es, efectivamente, el mayor enemigo de las culturas y del diálogo entre los pueblos a principios del siglo XXI. Los que vienen de Casablanca, la capital económica del reino, o de Fez, su centro espiritual, en donde algunos se creen más refinados que en otras zonas de Marruecos, se asombran a veces: sí, los bereberes tienen una cultura, y no menos exquisita que la árabe, y sí, los habitantes de la región de Sous acuden en masa todas las noches a la plaza Al Amal y alrededor del escenario Biyauán, más pequeño, para descubrir un mundo que unos medios demasiado modestos y una draconiana política europea de visados les impiden visitar, para escuchar esta poesía de la que los bereberes están infinitamente sedientos.

Es una lástima que tales imágenes nunca aparezcan en la televisión española: quizá eso ayudaría a atenuar los sempiternos prejuicios. El éxito de este festival es el orgullo de su director, Fatim Zahra Amor, y del director artístico, Brahim el Mazned, quien dispone de un modesto presupuesto de 9 millones de dirhams: esta suma procede del Consejo de la región Sous Masa Drâa, de distintos patrocinadores como Meditel, Royal Air Maroc, el Banco Marroquí de Comercio Exterior (BMCE) y ese forjador de relaciones, tan discreto como eficaz, que es el consejero delegado de Akwa Group y presidente de la región de Sous Masa Drâa, Aziz Akhannouch.

Al margen del festival, se celebró un coloquio sobre los cambios y la continuidad en la música bereber, durante el cual los especialistas recordaron hasta qué punto están evolucionando los instrumentos (orquestación y arreglos), las letras (métrica y temas), y la relación del individuo con la colectividad de la música (profesionalismo, comercialización y mediación artística). Poner de relieve este patrimonio bereber honra a un país en el que, hace unos años, la policía hostigaba a los que lo exteriorizaban. Los bereberes de esta región, los chleuh, que hablan un dialecto del bereber llamado tachelhit, poseen una rica cultura musical conservada gracias a la tradición de cantautores profesionales, los rwayes.

El impacto de la emigración de muchos habitantes de Sous a Europa y la señal de los satélites ha causado, en esta cultura musical como en otras partes del mundo, fusiones de géneros, impensables hace tan solo 10 años. El festival financiará también la producción de un álbum del grupo Amarg Fusion, radicado en la zona. Este grupo, que mezcla genialmente funk, jazz, música bereber y reggae, tuvo hace poco un gran éxito en Canarias. Este año, los espectadores disfrutaron del cantante camerunés Manu Dibango que, 50 años después de su debú como músico, vuelve a sus primeras tendencias reinterpretando a Sidney Bechet; de Gilberto Gil, ese monstruo de la escena musical brasileña y ministro de Cultura de su país, que defiende la condición femenina y preconiza la ecología; de Nass el ghiwane, un gran clásico de la canción en Marruecos; de Tumi and the Volume, un grupo de hip hop surafricano que mezcla rock, funk y hip hop; del grupo antillano Kassav; de Natasha Atlas y de tantos otros. Son cerca de 400 artistas y 34 conciertos de orígenes muy diversos.

El espectáculo es gratuito: comienza a las seis de la tarde en la plaza Al Amal y continúa por la noche en el escenario Bijauán; allí participa toda la ciudad, toda la región. Durante el día, el visitante se divierte con las grandes olas del Atlántico y en una playa interminable de arena fina; la noche se consagra a la música en una atmósfera campechana y desprovista del menor riesgo. Humildes y no tan humildes, marroquíes y extranjeros, festejan la música. El Timitar se inscribe en una política más general que consiste en fomentar el nacimiento de festivales de música por todo Marruecos. El Festival de Música Sacra de Fez se lanzó hace poco más de una década y su éxito es indudable: es elitista, de pago y de gama alta.

Esauira, que se basa en la música de los Gnaua y el jazz, lo siguió algunos años más tarde. Este año atrajo a más de medio millón de asistentes que asfixiaron literalmente la ciudad. El Bulevar de los Jóvenes Músicos de Casablanca ofrece músicas alternativas –rap, rock, música electrónica, fusión– y se convierte en el lugar de reunión ineludible de la subcultura marroquí. Otros siguen: Mawazine, en Rabat, que invade no solamente el centro, sino también los barrios periféricos de la capital, el Festival del Desierto en Merzuga, Alegria Chamalia, en Chuén, o Marock and Roll, en Mequinez. La lista no para de aumentar.

Los argumentos de los detractores también. Éstos exponen cinco. “Los extranjeros se llenan los bolsillos”: pero no hay más que saber quiénes se benefician del Timitar –agencias de seguridad o de comunicación y hoteleros– para entender la futilidad de ese argumento. En Agadir, en cinco días, los restauradores, los comercios y los vendedores de bebidas ganan tanto como durante toda la temporada estival, lo que apenas sorprende en vista de las 500.000 visitantes. Esauira estaba muerta hace 20 años; actualmente, las casas y los pisos se disputan a precio de oro entre los extranjeros. La vida renace.

“Los fondos públicos se dilapidan”: la mayoría de los patrocinadores del Timitar son privados, como el grupo Akwa. En 2006, la revista Tel Quel cifraba el presupuesto de los principales festivales en unos 60 millones de dirhams, lo cual no es mucho si se tienen en cuenta sus repercusiones económicas y culturales. Los que afirman que “los organizadores son ineficaces” obviamente nunca han asistido al Timitar que, en cuatro años, desde su creación en 2004, se ha situado a la altura de los grandes festivales o de los encuentros de Fez. Hay que reconocer los conocimientos técnicos de los organizadores, que se contratan en Occidente para ayudar no solo en estos dos festivales: tiene mérito que los marroquíes sepan dominar este arte de la organización con pocos medios, todo hay que decirlo.

El argumento de que los artistas marroquíes no se benefician de los festivales expresa simplemente el rencor de artistas sindicalistas, antiguamente casi funcionarios de la radio nacional de Marruecos (RTM), y que nunca habrían incluido en su programación oficial a Nass el ghiwane o a los músicos bereberes, fuese cual fuese la cantidad de millones de casetes o de CD que vendieran estos artistas. Hay que reconocer que la cultura popular marroquí y mundial se pone de relieve actualmente como nunca había ocurrido antes: el Timitar lo expresa bien al decir que la música bereber “recibe” al mundo.

Los cargos electos locales suelen ser críticos, ya que estos festivales eluden su control, lo que claramente significa que todos los trapicheos a los cuales podrían dar lugar este tipo de fenómenos se les escapan. Algunos no dudan en decir que el pueblo quiere pan y no cultura, lo cual se contradice con la extraordinaria afluencia popular de todos estos festivales. Agadir vive intensamente las cinco jornadas del festival, durante el día, pero sobre todo por la noche, en un ambiente de total seguridad. Los islamistas se lo pasan en grande.

Según Attaydid, el diario oficioso del Partido Justicia y Desarrollo (PJD), estos festivales constituyen un peligro para la identidad marroquí, un antro de perversión, la Sodoma y Gomorra que frecuentan jóvenes fornicadores con ganas de alcohol, de alucinógenos y de vergonzosa promiscuidad con las mujeres. Insultan indistintamente a los homosexuales, a las lesbianas y a los jóvenes que quieren convertirse en necios: lo que desagrada profundamente, tanto al periódico como a sus lectores, es la libertad de la que se hace alarde en los espectáculos.

En la plaza Al Amal, chicas con velo bailan con otras que no lo llevan, y todas comparten la misma emoción al escuchar a Djur Djura. Tel Quel escribía acertadamente: “Exacerbar los miedos para manipular más fácilmente es un método conocido”. Es comprensible que haya una fuerte demanda de moralización en la sociedad marroquí, pero de ahí a asociar el baile con el adulterio y argüir que éstos son fenómenos posmodernos como hace el PJD, hay un salto peligroso. Alegar que estos festivales son sionistas y que solo atraen a judíos, drogados y homosexuales es una estigmatización insoportable que tiene aires de fascismo. De creer a estos acusadores, la patria estaría en peligro y el enemigo a las puertas.

Las multitudes que se apretujan al pie de los escenarios, de todas las edades y clases, de todas las nacionalidades, desmienten este discurso. Estos festivales, y especialmente el de Timitar, simbolizan este hecho esencial del Marruecos actual: la palabra ya no está secuestrada, ya no está monopolizada por una televisión única ni por una prensa fiscalizada. Afortunadamente, la cultura de Estado está muerta, las voces son múltiples: por fin, en Marruecos, se puede decir que se es árabe y también que se es bereber, la base de esta cultura del norte de África, que es negra y africana, pero también seguidora de Bob Marley o de esa música celta que combina tan bien con la bereber, gracias a esas flautas, a esas gaitas, a esos tambores que cantan una vida dura, pero libre; pobre, pero que no se deja humillar.

Estos festivales, sobre todo el de Timitar, plantean la verdadera cuestión: ¿quiénes son los marroquíes? Son múltiples y diferentes, están abiertos al mundo, mal que les pese a los islamistas puros y duros que desean erigirse en censores de la libertad. Mi única pena al oír cantar a Djur Djura, al pensar en Kateb Amazirh enviando sus condolencias a la ciudad de Londres hace dos años, locamente aplaudidos por decenas de miles de espectadores, al expresar alto y claro su vergüenza de que los musulmanes puedan cometer tales actos, es que imágenes como éstas no se retransmitan en las cadenas de televisión occidentales y rara vez en los medios de comunicación europeos. Es también una pena que Europa, la Asociación Euromediterránea (EuroMed) en particular, haya dejado el espacio televisivo norteafricano en manos de los medios de comunicación orientales.

Además del festival Timitar, el otro gran proyecto cultural de esta región de Marruecos se centra en Uarzazate, en el interior de una tierra donde una luminosidad excepcional, una gran diversidad de paisajes y etnias, y estímulos fiscales y permisos entregados en tiempo récord atraen un número creciente de rodajes de películas. Desde Otelo, de Orson Welles, rodada en 1952, pasando por La Última Tentación del Cristo y Kundun, de Martin Scorsese, en 1988 y 1997 respectivamente, hasta Alejandro Magno, de Oliver Stone, en 2005, el número de películas rodadas en Uarzazate son ya incontables.

Las autoridades están creando una Comisión del Cine, cuyo papel será servir de conexión con las otras autoridades locales. Tres estudios, uno de ellos promocionado por Dino de Laurentis, con un ahorro del 25% al 50% respecto a los gastos de producción, y un número considerable de figurantes ofrecidos por las Fuerzas Armadas y la Gendarmería Real, por no hablar del aeropuerto internacional de Uarzazate, ayudan a terminar con el aislamiento de una región pobre, cuya hostelería ha experimentado un extraordinario avance desde hace un cuarto de siglo.

Tanto el rodaje de películas como el Timitar comparten una política de ruptura del aislamiento, de diversificación de la actividad económica y de reconocimiento de una región que lleva mucho tiempo al margen del gran eje central de Rabat-Casablanca. Ya solo quedará garantizar más vuelos directos entre Agadir y las grandes ciudades europeas y construir la autopista Marraquech- Agadir para que la región del Sous sienta que forma enteramente parte de la economía del Reino.