Israel frente a la ‘Primavera Árabe’

El auge del islamismo en los países árabes, que siempre ha denunciado al Estado judío, refuerza en Israel el reflejo de ciudadela asediada.

Alain Dieckhoff

La Primavera Árabe constituye para Israel una revolución geopolítica que está modificando profundamente su situación en Oriente Próximo. Israel había conocido dos épocas: la del nacionalismo árabe, hasta principios de los años setenta, cuando el país estaba aislado e inmerso en repetidos enfrentamientos militares con sus vecinos; y luego, la de la paz parcial, en la que, a pesar de la persistencia de los enfrentamientos (en Líbano y en los Territorios Palestinos), el conflicto árabe-israelí vivió cierta distención con la consolidación de regímenes árabes “pragmáticos”.

Los signos más patentes de esta evolución fueron la firma de la paz con el Egipto de Anuar el Sadat (1979) y luego, más tarde, los Acuerdos de Oslo con la Organización para la Liberación de Palestina (1993) y la firma del tratado de paz con Jordania (1994). Esta fase se está acabando: el éxito considerable en las urnas de los partidos islamistas en todos los países donde se han celebrado consultas electorales (Marruecos, Túnez y Egipto) cambia la ecuación regional y no lo hace en la buena dirección, según los dirigentes israelíes.

Relaciones con Egipto

Ya a finales de enero de 2011, cuando las manifestaciones habían empezado en la plaza Tahrir, en El Cairo, el primer ministro Benjamín Netanyahu expresaba su temor a que se instauraran en Oriente Próximo unos regímenes islamistas que constituyesen una amenaza tanto para la paz como para la estabilidad regional. La evolución de la situación en Egipto preocupó especialmente a Israel que, con la desaparición de Hosni Mubarak, temía que el tratado de paz, que ha neutralizado estratégicamente el frente sur desde hace tres décadas, fuera cuestionado.

Si bien esta aprehensión parece hoy prematura, no cabe duda de que la revolución en Egipto ya ha modificado algunas cosas. La primera de ellas es el relativo deterioro de la seguridad en la península del Sinaí. Cierto es que el fenómeno no es nuevo: desde 2004, los beduinos (así como miembros de la minoría palestina) han llevado a cabo acciones terroristas en el Sinaí, con la discriminación gubernamental hacia ellos como telón de fondo. Sin embargo, la fase de transición en la que se encontraba Egipto en 2011 amplió el campo de acción de los grupos de activistas. Así, el gasoducto por el que transita el gas con destino a Israel –que cubre el 40% de las necesidades del país– fue saboteado en varias ocasiones.

A mediados de agosto, un grupo surgido de los Comités de la Resistencia Popular, implantados en Gaza, logró, con el respaldo de apoyos locales, cruzar la frontera egipcia y matar a ocho israelíes (en el transcurso de la respuesta israelí murieron cinco soldados egipcios, lo que dio lugar a manifestaciones anti-israelíes en El Cairo que conducirían a un asalto en toda regla de la embajada de Israel, el 9 de septiembre). Segundo punto: bajo la batuta del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, Egipto ha jugado la carta del acercamiento hacia todas las facciones palestinas, incluida Hamás.

La reconciliación Hamás-Al Fatah, a la que Omar Suleimán, el jefe de los servicios secretos en la época de Mubarak, se había consagrado en vano desde hacía mucho, se sellaba el 4 de mayo, en un contexto ciertamente esperanzador; a Hamás le convenía jugar la carta de la unidad nacional palestina mientras el régimen sirio, que hasta ahora apoyaba fielmente a Hamás, era cuestionado por una oposición en la que los Hermanos Musulmanes desempeñan un papel activo. Por otra parte, la Franja de Gaza, en la que Hamás es amo y señor desde junio de 2007 y a la que el Egipto de Mubarak, de común acuerdo con Israel, había sometido a un bloqueo en toda regla, vio como la presión disminuía con la apertura permanente del paso de Rafah, en el sur del territorio (limitado, sin embargo, solo al movimiento de personas).

Finalmente, en términos más generales, el “nuevo Egipto” ha expresado su voluntad de escribir una nueva página con el enemigo jurado del Estado de Israel, Irán. Por eso autorizó, por primera vez desde 1979, a dos navíos militares iraníes a atravesar el Canal de Suez. Sin embargo, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los dos países no está próximo ya que Egipto debe tener en cuenta a los países del Golfo que lo financian, y que están especialmente preocupados, como Israel, por la tentación nuclear de la República islámica. El difícil acercamiento El Cairo- Teherán pone de manifiesto que existen limitaciones considerables en la política exterior egipcia, que reducen de momento los riesgos de un deterioro grave de las relaciones entre El Cairo y Jerusalén.

Mientras los militares ejerzan la autoridad suprema, es poco probable que se cuestione el tratado de paz, puesto que asegura una entrada anual de 2.000 millones de dólares de ayuda americana que Egipto necesita imperiosamente. Pero si Egipto evoluciona progresivamente hacia el modelo turco, con un movimiento islamista bien implantado que reduzca poco a poco el poder de los militares, la paz con Egipto, ya calificada de fría en la era de Mubarak, bien podría convertirse claramente en paz helada. El reposicionamiento regional del Egipto pos-Mubarak, aunque todavía no haya finalizado, podría estar relacionado con el deterioro de las relaciones con Turquía. Este deterioro, iniciado tras la guerra de Gaza (diciembre 2008-enero 2009) y agravado tras el asalto israelí a un barco turco del “convoy humanitario” que se dirigía a Gaza, aumentó en septiembre de 2011 después de la publicación de las conclusiones de la comisión de investigación sobre la flotilla de Gaza dirigidas al secretario general de la ONU.

El informe afirma, en efecto, que, si bien Israel recurrió a una fuerza excesiva, el bloqueo naval alrededor de Gaza era legal desde el punto de vista del derecho Internacional y las organizaciones no gubernamentales actuaron de forma imprudente al tratar de romperlo. Ankara no necesitó más para anunciar la suspensión de los acuerdos de cooperación militar con Israel, así como unas relaciones diplomáticas menos intensas entre los dos países. Turquía y Egipto eran dos pilares sólidos de la política regional de Israel desde hace unos 20 años: ya no lo son y eso aumenta, evidentemente, su aislamiento en la región. ¿Qué conclusión sacaron los responsables israelíes de estos cambios geopolíticos? Que eran más bien negativos para Israel –especialmente con el auge del islamismo– y que justificaban el hecho de mantenerse en guardia y de no realizar ni la más mínima concesión significativa en la cuestión palestina.

Por supuesto, en muchos aspectos, las transformaciones regionales que se están produciendo sirven de excusa prefabricada para justificar una política intransigente y que rechaza el compromiso que ya existía anteriormente. Pero el gobierno de Netanyahu no ignora que la firmeza diplomática encuentra un apoyo significativo en una opinión pública a la que también le preocupa esta incierta Primavera Árabe. Los resultados de diferentes sondeos realizados a lo largo de 2011 lo confirman claramente. En febrero de 2011, el 47% de los judíos israelíes consideraban que la revolución en Egipto tendría efectos negativos para el tratado de paz que unía a los dos países.

En marzo, eran el 70% los que consideraban que en la situación de incertidumbre regional resultaba preferible que Israel no llevara a cabo ninguna iniciativa diplomática y se mantuviera pasivo. En noviembre, una mayoría de dos tercios (68,5%) consideraba que la seguridad nacional de Israel había empeorado desde el inicio de la Primavera Árabe. (Los resultados de estos sondeos mensuales se extraen del Peace Index publicado por el Israel Democracy Institute: http://www.peaceindex.org)

EE UU e Israel

En este entorno regional tan volátil, Israel ha reforzado su capacidad de defensa, concretamente con la instalación del sistema antimisiles “Cúpula de Hierro” que permite interceptar los proyectiles (de cinco a 70 kilómetros de alcance) del tipo lanzado por Hamás. Este dispositivo de defensa mostró su eficacia durante un repentino aumento de la tensión, a finales de marzo de 2011, en la frontera con la Franja de Gaza. Esta protección contra las amenazas cercanas se completa con otros dos dispositivos. Por una parte, el programa “Arrow 3” de misiles antimisiles, iniciado en 2010, cuyo objetivo es contrarrestar la amenaza balística iraní, entró en la fase experimental en el transcurso de 2011.

Y, por otra, el programa “Varita Mágica” destinado a instalar un sistema antimisiles contra los misiles de corto y de medio alcance (de 50 a 200 kilómetros), como los que posee Hezbolá, ha experimentado avances significativos. Por tanto, Israel se está dotando de un triple escudo protector contra toda la gama de proyectiles de la que disponen sus adversarios. Todos estos programas se llevan a cabo en estrecha cooperación con Estados Unidos, que financia una parte importante de los mismos. Hay que señalar, por otro lado, que para la primavera de 2012 están previstas unas maniobras militares conjuntas entre Israel y EE UU a gran escala, que concernirán tanto a las fuerzas terrestres como a los misiles. Por tanto, la relación estratégica entre Israel y EE UU no se ha visto afectada en absoluto por las fuertes tensiones políticas entre Barack Obama y Netanyahu sobre el tema de la colonización en Cisjordania y Jerusalén-Este, que el primero hubiera deseado ver cómo se detenía totalmente (solo se llevó a cabo una moratoria parcial entre noviembre de 2009 y septiembre de 2010).

Además, las relaciones políticas entre los dos gobiernos han mejorado a lo largo de 2011 ya que EE UU no solo se volvió menos crítico con Israel, sino que incluso le garantizó una protección diplomática en la ONU en dos ocasiones: por una parte, al oponer su veto a una resolución del Consejo de Seguridad que exigía la paralización de cualquier construcción en los Territorios Palestinos (febrero) y, por otra, al desplegar todos sus esfuerzos en este mismo Consejo de Seguridad para que los palestinos no lograran obtener la mayoría exigida para que el Estado de Palestina fuese admitido en la ONU como miembro de pleno derecho (octubre-noviembre).

Esta mejora de las relaciones mutuas tiene que ver en parte con la perspectiva de las próximas elecciones americanas: Obama no ignora que los electores judíos votan en su gran mayoría a los demócratas y que a una parte de ellos les parece que no tiene especial empatía con Israel. Por tanto, el “aflojar” la presión sobre Israel puede reportar beneficios electorales. Sin embargo, más allá de estas consideraciones de política interior, el cambio americano también está relacionado con la evolución regional: frente a un Irán que prosigue sin cesar su programa nuclear y a una Turquía que lleva a cabo una política exterior independiente, frente a un mundo árabe atravesado por transformaciones radicales imprevistas, Israel aparece estratégicamente como un polo de estabilidad que conviene preservar.

En resumen, la Primavera Árabe ha sido una bendición muy relativa para Israel, en particular con la firme entrada de los islamistas en el Parlamento egipcio. La evolución de la situación en Siria despierta otras inquietudes ya que, si bien la dinastía Assad ha apoyado a los grupos palestinos más radicales, siempre ha evitado escrupulosamente cruzar algunas líneas rojas con Israel. ¿Qué sucederá si mañana Bashar el Assad es expulsado del poder? Tanto el caos como la llegada de los islamistas son perspectivas poco tranquilizadoras. En cuanto a Jordania, aunque el rey Abdalá II ha logrado por el momento contener la agitación, el reino sigue siendo estructuralmente frágil.

En el fondo, la Primavera Árabe pone de manifiesto la postura ambivalente de los responsables israelíes: a pesar de una retórica para salvar las apariencias sobre la necesaria democratización de los países árabes, se adaptaban muy bien a unos regímenes autoritarios que garantizaban una cierta estabilidad regional. Ahora que los pueblos árabes están en marcha y que su voz más fuerte es la del islamismo que siempre ha denunciado, e incluso deslegitimado, al Estado judío, la consecuencia casi inevitable es el reforzamiento en Israel del reflejo de ciudadela sitiada.