Israel después de las elecciones

Irán y el proceso de paz marcarán de nuevo la agenda del segundo gobierno de Netanyahu, pero condicionado por las reivindicaciones socio-económicas.

Amos Harel

Como se esperaba, Benjamin Netanyahu ganó las elecciones parlamentarias israelíes que tuvieron lugar el pasado 22 de enero, aunque fuera por poco. Su tercera legislatura, a punto de empezar en marzo, lo convertirá en el primer ministro de Israel más longevo, después del fundador del Estado David Ben-Gurion, y habrá ostentado el cargo durante más tiempo que figuras casi míticas como Yitzhak Rabin y Ariel Sharon. La cuestión principal que sigue abierta es qué pretende hacer con tal notable logro político.

La vuelta al cargo de Netanyahu, entre 2009 y 2013, estuvo caracterizada por la estabilidad pero también por la inacción. Un hombre con un sentido de la historia propio de un primer ministro israelí probablemente preferiría ser recordado por más que eso. ¿Se ocupará finalmente de la amenaza nuclear iraní, tal como ha prometido constantemente durante estos últimos cuatro años, o dará respuesta a las esperanzas de la comunidad internacional y restablecerá las negociaciones de paz con los palestinos? Es de esperar que el horizonte se aclare un poco más una vez que el primer ministro haya conseguido formar una nueva coalición.

Las condiciones económicas y sociales, factor decisivo en las elecciones

La sabiduría política común en Israel asume que generalmente los israelíes votan en función de una cuestión, y solo una: su percepción de seguridad personal. Tras la terrible vivencia de las campañas de atentados suicidas por parte de los palestinos a principios de la década de los 2000 (consideradas por muchos israelíes como resultado directo de los Acuerdos de Oslo), y después de que Israel haya sufrido el impacto de miles de cohetes provenientes de territorios que habían sido unilateralmente evacuados en el sur de Líbano (2000) y en la franja de Gaza (2005), los israelíes tienden a mirar cautelosamente cualquier sugerencia de nuevas retiradas, ya sean unilaterales o como parte de un futuro acuerdo de paz. Netanyahu ha sabido sacar ventaja perfectamente de estos sentimientos.

El relativo fracaso de su predecesor, Ehud Olmert, en la gestión de la guerra de Líbano en 2006 fue el pretexto para la victoria de Netanyahu en las elecciones de 2009. El escepticismo general hacia las intenciones árabes no ha hecho más que agravarse con las revueltas árabes de finales de 2010. La ascensión al poder de partidos islamistas en países como Túnez, y en especial en el vecino israelí del sur, Egipto, solo ha acrecentado aun más la convicción israelí de que allí fuera hay un mundo peligroso –y que las amenazas solo pueden afrontarse con éxito mediante una posición dura en materia de seguridad por parte del primer ministro. A falta de un verdadero contendiente por el liderazgo en el centro-izquierda, la victoria de Netanyahu en las elecciones de enero parecía una apuesta segura. Pero no fue así como evolucionaron las cosas. Muchas de las predicciones de los analistas políticos israelíes resultaron fallidas.

El factor decisivo de estas elecciones no fue la seguridad personal sino las condiciones económicas y sociales. En el verano de 2011, una oleada de protestas civiles masivas barrió Israel. Cientos de miles de israelíes tomaron las calles de Tel Aviv y Jerusalén pidiendo justicia social, protestando por el coste de la vida e instando al gobierno a dejar de ayudar a los “magnates” a expensas de los consumidores medios. A finales del verano la protesta estaba ya en punto muerto pero, al parecer, ha tenido implicaciones a largo plazo. La ineficiente campaña de Netanyahu, que intentó centrar en las amenazas para la seguridad que suponen los vecinos árabes e Irán, no logró convencer a muchos israelíes. El partido del primer ministro, Likud Beitenu, solo obtuvo 31 escaños (de 120) en la Knesset, el Parlamento israelí, menos de lo esperado. La mayor sorpresa en las elecciones fue Yesh Atid (“hay futuro” en hebreo), liderado por Yair Lapid, un expresentador de informativos sin experiencia política (o lo que es más, sin experiencia ninguna en gestionar nada). El partido de Lapid obtuvo 19 escaños, sobre todo gracias a la imagen y al carisma telegénico de su “líder”. Pero no fue solo la insatisfacción por el actual clima político que compartían muchos israelíes lo que llevó a tantos votantes del centro-izquierda hacia Lapid.

El recién llegado hizo hincapié en la difícil situación de la clase media durante las elecciones y prometió reformas sociales. Aunque, en general, la economía de Israel no se ha visto tan dañada por la crisis financiera mundial como Estados Unidos o algunos países europeos, parece que los votantes estaban más interesados en su situación económica personal que en las amenazas a la seguridad o el contexto general. “Usted sigue diciéndonos que la economía de Israel, en términos macroeconómicos, va bien”–decía un miembro del Likud a uno de los ministros de Netanyahu– “pero fuera la gente no tiene suficiente dinero para comprar comida y calentarla en sus micro”. Para formar una nueva coalición, el primer ministro necesita 61 miembros de la cámara.

Los 19 miembros de Lapid se presentarían como la primera opción de Netanyahu. Con Lapid, tendría 50 votos. Luego necesitaría elegir entre tres partidos mayoritarios o bloques de partidos: los 18 miembros de dos partidos ultrareligiosos no sionistas (conocidos en hebreo como Haredim), los 12 miembros del partido religioso-sionista de derechas “La Casa Judía” o los ocho miembros de dos partidos más de centro-izquierda. Netanyahu preferiría que su coalición fuera lo más amplía posible, para prevenir así que ninguno de sus futuros socios pueda tener por sí solo la llave de la supervivencia del gobierno a largo plazo. Pero esto podría no ser posible. Una de las principales promesas de Lapid durante la campaña electoral fue poner fin al prolongado acuerdo que exime a los estudiantes ultrareligiosos de la Yeshiva de cumplir con el servicio militar obligatorio.

Puesto que la tasa de natalidad entre los Haredim es mucho más alta que en otros segmentos de la población israelí y que estos estudiantes representan ahora alrededor del 14% de la población masculina de 18 años (la edad de reclutamiento), la cuestión se ha convertido en un tema candente del debate político. Netanyahu sabe que la mayoría de la opinión pública israelí apoya las demandas de Lapid y tendrá que sucumbir a ellas, al menos parcialmente. Esto hará extremadamente difícil que los partidos ultrareligiosos entren en la coalición, y probablemente dejará al primer ministro con un gobierno apoyado por 70 miembros de la Knesset (31 del Likud, 19 del Yesh Atid, 12 de la Casa Judía y ocho de los partidos de centro-izquierda).

La agenda del gobierno

Cuál será la agenda de este gobierno? Primero se tendrá que centrar en cuestiones económicas y sociales, no solo por las demandas de Lapid, sino porque el país se enfrenta ahora a una situación más difícil que antes. Se estima que el gobierno se verá forzado a recortar cerca de 20.000 millones de shekels (4.000 millones de euros) de su presupuesto anual, del que 3.000 o 4.000 millones se recortarán del presupuesto de defensa. Esto también puede afectar a la política de Netanyahu hacia Irán. Durante años, el primer ministro ha sido el más claro opositor al plan nuclear de Teherán, amenazando públicamente que Israel atacaría los enclaves nucleares iraníes si los mulás no detenían su proyecto nuclear.

Según numerosos informes tanto de medios israelíes como internacionales, Netanyahu había considerado la posibilidad de un ataque unilateral israelí, sin consentimiento americano, entre 2010 y 2012, pero tanto las fuertes objeciones de la administración Obama como el hecho de que la mayoría de figuras prominentes del aparato de seguridad israelí le advirtieran contra semejante acción no coordinada, hicieron que tuviera dudas al respecto. Netanyahu está profundamente convencido de que él es la única figura en Israel que tiene el coraje y el suficiente conocimiento estratégico para hacer frente a la enorme amenaza iraní. Pero el primer ministro puede que encuentre dificultades para avanzar con la opción militar bajo el actual clima político. Está bastante claro que los votantes de Lapid están más interesados en reformas sociales que en ataques aéreos a mil kilómetros de distancia de Israel. Si la Casa Blanca mantiene sus objeciones a la vez que insiste con las duras sanciones contra Irán, Netanyahu podría evitar la acción militar, al menos hasta las elecciones presidenciales iraníes, que se celebrarán supuestamente en junio.

Pero incluso si Netanyahu refrena sus planes militares respecto a Irán, esto no significa necesariamente que vaya a avanzar en el proceso de paz. Es verdad que la Unión Europea lo espera –y que la primera visita presidencial a Israel del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, prevista para marzo podría incluir un intento de reavivar las negociaciones entre Israel y la Autoridad Palestina. Pero sería razonable no dejarse llevar por las ilusiones. Tanto el primer ministro israelí como su homólogo palestino, el presidente Mahmud Abbas, siguen siendo escépticos respecto a la posibilidad de llegar a un acuerdo de paz definitivo entre las dos partes. Además, el ascenso de Hamás como dirigente indiscutible de la franja de Gaza dificulta la negociación a Abbas –y mucho más la firma de un acuerdo– en nombre de todos los palestinos. Al menos por el momento, no parece probable que se puedan acercar posiciones y cerrar brechas en unas cuantas rondas rápidas de conversaciones.

Cabe mencionar que Netanyahu ya ha recorrido este trecho antes. En 2009, poco después de que fuera reelegido para el cargo, el nuevo primer ministro pronunció el discurso de Bar Ilan, donde apoyó por primera vez la solución de los Dos Estados. Netanyahu también anunció la congelación de la construcción de asentamientos durante nueve meses, pero estos gestos no condujeron a ninguna parte. Las conversaciones entre Israel y la Autoridad Palestina murieron rápidamente y no se oyó hablar de ellas hasta después de los resultados de las elecciones parlamentarias israelíes de enero. Hay dudas de que esta vez las cosas puedan ir de forma distinta.