Jordania: éxito de la monarquía ante la brisa árabe

El rey ha logrado dar al proceso político una apariencia de cambio y de reforma, al tiempo que ha debilitado a la oposición y ayudado a los islamistas moderados.

Daoud Kuttab

Si la Primavera Árabe afectó a Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Siria, lo que alcanzó al reino hachemí de Jordania fue una brisa árabe, que provocó cambios importantes pero no de gran calado. El país ha continuado bajo el gobierno de un solo poder con competencias muy amplias pero, por primera vez en décadas, ha sido testigo de cambios constitucionales y de pequeños aunque importantes movimientos hacia una eventual monarquía constitucional. Se han enmendado alrededor de 45 cláusulas de la Constitución jordana, por las que se da paso por primera vez a un Tribunal Constitucional, a una Comisión Electoral Independiente, a una nueva ley de partidos y a una ley electoral que incluye una representación parlamentaria a escala nacional. También se ha limitado la capacidad del rey para disolver el Parlamento o de su gobierno para aprobar leyes cuando aquel no está en periodo de sesiones.

Los ciudadanos ya no serán sometidos a juicios militares por asuntos civiles (aunque el Tribunal de Seguridad del Estado, que pertenece al brazo ejecutivo del gobierno, no ha sido disuelto, tal y como se esperaba). La ley electoral que favorecía claramente a las tribus jordanas y a las comunidades tribales se enmendó ligeramente con la introducción de 27 escaños (de los 150) elegidos de listas nacionales. Pero no todos aceptaron las enmiendas a la Constitución. Los manifestantes siguieron con sus protestas semanales para reclamar la derogación total del sistema de “una persona, un voto”, que favorece de forma desproporcionada a las tribus jordanas y deja infrarepresentadas a las poblaciones urbanas, de la capital y otras ciudades importantes. No es ningún secreto que en estas localidades urbanas viven los jordanos de origen palestino y, por tanto, los cambios en la ley electoral no fueron recibidos como una corrección de lo que se considera un desequilibrio en la ley electoral que favorece a unos jordanos frente a otros.

Las protestas y manifestaciones, aunque relativamente pequeñas en número, continuaron a pesar de los cambios. Se creó el Frente de Salvación, encabezado por un exprimer ministro y exjefe de los servicios de inteligencia, Ahmad Obeidat. Aunque el Frente tenía un líder secular, la mayoría lo componía los Hermanos Musulmanes (HM). Otros grupos más reducidos procedentes de todo el país, conocidos en el dialecto local como hirak (movimiento), conforman el resto de los protestantes. Descontento con la ley electoral, el Frente instó a boicotear la invitación a todos los ciudadanos a registrarse en la recién formada Comisión Independiente y también a boicotear las elecciones del 23 de enero. Ninguno de los dos boicots tuvo un éxito decisivo. Más de dos millones de jordanos electores, de un total de tres millones, se registraron y el día de las elecciones 1,2 millones acudieron a las urnas y votaron.

El gobierno anunció que la participación fue del 56%, mayor –en su opinión– que en 2010, cuando se dijo que había sido del 52%. La oposición ha cuestionado las cifras argumentando que el 56% está calculado según el número de votantes registrados y no de votantes potenciales. En su opinión, menos del 40% de los jordanos elegibles para votar ejercieron en realidad su derecho al voto. Cualquiera que sea la cifra correcta, los que se oponían a las elecciones no consiguieron granjearse la simpatía del público. Fueron las olas de ciudadanos mostrando la silueta de un dedo índice manchado de tinta las que acapararon los titulares y no los partidarios del boicot. Aunque la oposición a la política jordana actual no fuera capaz de emplear el boicot como medio para reflejar su rechazo, el proceso electoral y el caos que reinó al finalizar la votación, proporcionó una copiosa munición para los detractores.

El reciente segundo voto introducido que permite a los ciudadanos elegir listas de ámbito nacional, ha resultado menos atractivo de lo que se anunciaba. La víspera de las elecciones se crearon rápidamente hasta 61 listas, con más de 800 candidatos que competían por los 27 escaños asignados a los candidatos nacionales. Aun así, en lugar de que las elecciones por listas nacionales marcaran el comienzo de una nueva era en la que emergieran grupos políticos claramente identificados, el nuevo sistema presentó algunos de los defectos del anterior. De entre los ganadores de las listas nacionales no surgió ningún partido político ni grupo ideológico bien identificable. Posiblemente la única excepción sea el partido Wasat al Islami (centro islámico), que obtuvo solo tres escaños en las listas nacionales (y otros 14 a nivel local). Como mínimo fueron 17 las listas que obtuvieron solo un único escaño, por lo que el deseo expreso y público del rey Abdalá de que de las elecciones surgieran tres grupos mayoritarios queda en el terreno de lo imposible. La coalición de partidos de tendencia de izquierdas, encabezada por una mujer, Abla Abu Ilba, casi lo logra, pero se consideró que no había obtenido suficientes votos para llegar al Parlamento.

El cruce de declaraciones públicas sobre quién había ganado el último escaño nacional, acabó convirtiéndose en una broma en las redes sociales, en las que algunos lo llamaron el culebrón de Abla o de Hazem. Hazem Qashu es el candidato que finalmente llegó al Parlamento, después de que se barajara tanto su nombre como el de la izquierdista Abla. Pero con independencia de cuáles fueron las flaquezas de las elecciones, no fueron nada frente a la ausencia de una oposición fuerte y activa. En vez de salir reforzados de unos comicios que habían boicoteado, los islamistas y sus aliados dieron la imagen de quedarse anclados en problemas insignificantes, eludiendo el hecho de que un buen número de jordanos efectivamente votó. Y mientras alimentaban esta postura, vieron con sorpresa cómo aparecía otro movimiento islámico (menos radical) y colmaba el vacío, al dar respuesta a los deseos de los ciudadanos devotos y de los jordanos de origen palestino. Al hablar de la ausencia de los islamistas en las elecciones en un canal de televisión panárabe, el primer ministro jordano, Abdalá Ensur, corrigió al entrevistador diciendo que fue una facción islámica la que estuvo ausente de las elecciones, y no todos los islamistas.

En cuanto al frente de los jordanos de origen palestino, los islamistas vieron cómo 31 jordanos de origen palestino eran elegidos, lo que supone un récord, muchos de ellos procedentes de distritos que normalmente votaban por el Frente de Acción Islámica. La derrota de los Hermanos Musulmanes se complicó aun más por los problemas que los islamistas tienen en países de la Primavera Árabe como Egipto y Túnez. El asesinato sin precedentes de un líder tunecino de izquierdas ha provocado serios problemas a los nuevos gobernantes de estos países y a su revolución. En Egipto, el destino del liderazgo de los Hermanos Musulmanes es posiblemente peor que el de Túnez. Día a día muchos egipcios furiosos machacan a su presidente, Mohamed Morsi, y a los Hermanos Musulmanes, a quienes los manifestantes acusan de haber secuestrado la revolución.

Pasos pequeños pero útiles

Mirando atrás a esta revolución espinosa, los pequeños pero útiles pasos de Jordania hacia la reforma parecen haber tenido más éxito, al absorber las protestas sin poner en tela de juicio el bien más preciado del país, su estabilidad. Estados Unidos, la Unión Europea y otros poderes occidentales que han estado urgiendo a Jordania para que emprendiera reformas serias, han tenido poco que decir sobre este lento movimiento hacia una reforma política genuina. Irónicamente, el propio rey, en la 17ª sesión de apertura del Parlamento, admitió que la actual ley electoral es inadecuada y debe cambiarse, pero al mismo tiempo destacó la necesidad de que el Parlamento y el gobierno gocen de estabilidad y longevidad. De media, los gobiernos de Jordania no duran más de un año y los parlamentos rara vez superan los dos.

No está claro si el rey Abdalá quiere realmente que el nuevo Parlamento electo reforme rápidamente la ley electoral y que, por tanto, tenga una vida corta, o que cumpla los cuatro años de mandato. Aunque el rey aun puede disolver el Parlamento, necesita la recomendación escrita de su primer ministro. Una de las enmiendas a la Constitución estipula que si un primer ministro recomienda disolver el Parlamento, no podrá formar parte del gobierno posterior. Por el momento, el rey de Jordania se ha procurado margen de maniobra para meses y posiblemente años. Ha logrado debilitar a la oposición y de forma audaz ha ayudado a los islamistas moderados, que han roto lo que parecía ser el monopolio del que gozaban anteriormente los Hermanos Musulmanes. Con este lujo a su alcance, el rey se lo puede tomar con calma y esperar a que venga otra tormenta, o puede adoptar medidas preventivas para asegurarse de evitar cualquier tormenta o que esta acabe afectando a la estabilidad del país.

Poco después del anuncio de los resultados de las elecciones, el rey invitó a los líderes de los Hermanos Musulmanes. Se filtraron entonces rumores de que uno de sus líderes moderados, Abdel Latif Arabyat, podría ser elegido para encabezar el nuevo gobierno. Rumores que Arabyat no desmintió, aunque dijo que no se le había informado oficialmente. De la reunión con los Hermanos Musulmanes y de las noticias filtradas sobre la posibilidad de que el rey escogiera a un líder de entre ellos, no salió nada sustancial. Al contrario, el rey ha pedido a uno de sus ayudantes de confianza que dirija las negociaciones con el Parlamento para ver a quién recomiendan como primer ministro, aunque esto no implica que esté obligado a aceptar tal recomendación. La suma total de la brisa árabe que alcanzó a Jordania se ha traducido positivamente en lo que, tanto en este país como fuera, se considera un liderazgo sagaz e inteligente, que se ha moldeado a sí mismo de tal modo que ha debilitado a su oposición y a la vez ha logrado dar al proceso político una apariencia de cambio y de reforma.