Irán gana por K.O. a Arabia Saudí en Irak

Mientras Riad sufre los efectos de la expansión del EI y su posición cada vez es más frágil, Teherán se torna indispensable para EE UU y su alianza internacional.

Pedro Rojo

La oposición saudí a la invasión estadounidense de Irak no era baladí. El Irak de Saddam Hussein de 2003 no solo no era un peligro para la seguridad árabe sino que seguía sirviendo de muro de contención para las ansias expansionistas de la revolución islámica iraní. La mal planificada ocupación estadounidense desencadenó un caos en el país que ha terminado extendiéndose a sus vecinos árabes. Mientras, la habilidad de Irán para sacar provecho de la situación es solo comparable a la de los grupos radicales como Al Qaeda o Daesh. Por su parte la lentitud y falta de decisión de la política exterior saudí le ha impedido desempeñar un papel decisivo para defender sus intereses, perdiendo cualquier capacidad de influencia en el Irak actual. Desde un principio la situación saudí en el Irak ocupado ha sido muy incómoda.

Tradicional aliado en la zona de la potencia ocupante, observaba, sin ser escuchado, cómo se iba desmantelando el país, empezando por la disolución del partido Baaz y de las fuerzas de seguridad mediante las conocidas órdenes 1 y 2 de Paul Bremer nada más ponerse al frente de la Oficina de Ocupación y Reconstrucción. Al mismo tiempo, partidos políticos proiraníes, como el Consejo Supremo para la Revolución Islámica de Irak o Al Dawa iban cooptando la nueva escena política en Bagdad. Dos elementos favorecieron desde un principio que la ayuda iraní fuese indispensable para gestionar el Irak ocupado: por una parte el sistema de cuotas de poder basadas en principios etno-sectarios impuesto por la ocupación y, por otra, la necesidad de construir desde cero las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes. Al imponer un sistema de cuotas desde el primer órgano de gobierno de la transición, el Consejo de Gobierno iraquí, la ocupación facilitó el control de la mayoría parlamentaria de Irak por partidos próximos a Irán que se autoproclamaban los representantes de la mayoría chií del país. Esta instrumentalización confesional de la política se ha apoyado desde las instituciones religiosas chiíes, aunque el máximo referente iraquí chií, el ayatolá Ali Sistani, ha ido rebajando su apoyo público a estos partidos según iba creciendo su descrédito por su corrupción e incapacidad de gestionar los problemas reales de los iraquíes.

La exacerbación del discurso sectario ha venido impuesta desde las élites políticas de forma sistemática para mantener cautiva por medio del miedo a una población chií descontenta con sus gobernantes, pero atemorizada primero ante la aparición de Al Qaeda y más recientemente la extensión de Daesh. Desde Riad, esta lenta pero imparable infiltración de Irán en todos los estamentos iraquíes, se observaba con preocupación pero con escasa capacidad de maniobra. Por una parte, se debía a su aliado estadounidense que parecía aceptar resignada la paulatina pérdida de control de “su proyecto” para Irak y la región a manos de su enemigo por excelencia. Por otro, veía con temor cómo el muro de contención con su máximo enemigo en la zona se había desmoronado, pasando a compartir frontera con un régimen donde no solo las milicias proiraníes y las mismas fuerzas de seguridad de los ayatolás campan a sus anchas, sino también ahora los combatientes del grupo Estado Islámico. Obsesionada por su discriminación histórica contra los chiíes, Arabia Saudí entró de lleno en el juego sectario apoyando a los denominados partidos “suníes”, como el Partido Islámico de Tareq al Hashemi.

Tampoco era esta su opción más natural, pues este partido y la corriente islamista en Irak pertenecen al ala moderada del islam político, más cercanos a las tesis de los Hermanos Musulmanes que al wahabismo que propaga Arabia Saudí. De hecho, Al Hashemi ha elegido el Estambul de Erdogan y no un país árabe para su exilio tras ser condenado a seis penas de muerte por terrorismo en Irak. La otra opción que tenían los Saud era apoyar a los grupos que se oponían al sistema político impuesto por la ocupación. Esta postura era inviable por dos razones: la primera, porque dentro de esta corriente opositora estaba el partido Baaz, y la segunda porque eso significaría deslegitimar el proceso impuesto por su aliado Washington. Estos son los parámetros que han marcado las relaciones entre el eje Bagdad-Teherán y Riad durante estos años. Actos de normalización de las relaciones con Irak como el levantamiento de las sanciones, el envío de miles de millones de dólares en ayuda para la reconstrucción o la condonación de parte de la deuda iraquí fueron algunos de los intentos de mejorar las relaciones por parte de Arabia Saudí y así poder hacerse con un área de influencia en el país. También iniciativas como el comunicado de hombres religiosos suníes y chiíes iraquíes, conocido como la Carta de La Meca (2006), fueron proyectos, aunque fallidos, para intentar sacar a Irak de la lógica sectaria que, más por pragmatismo que por convencimiento ideológico, no interesaba a Arabia Saudí.

Seguridad

El caos de seguridad creado tras la ocupación tampoco ha beneficiado a los intereses saudíes. Si el escenario político ha sido el origen de un sinfín de desencuentros entre Bagdad y Riad, el expediente militar ha provocado los conflictos más tensos de la lucha irano-saudí por la hegemonía de la región. Desoyendo los informes de inteligencia y militares, los mandos políticos estadounidenses minimizaron los riesgos de una resistencia armada iraquí contra su presencia en la “Tierra de los dos ríos”. El desmantelamiento del partido Baaz y de las fuerzas de seguridad iraquíes no hizo más que alimentar esa resistencia con el agravante de que los ocupantes tenían que luchar contra esos ataques sin ninguna fuerza local ya que tuvieron que construir desde cero todos los aparatos de seguridad. Sea por esta urgencia o por un fallo de análisis, los estadounidenses utilizaron a las milicias de los partidos proiraníes como columna vertebral del nuevo ejército, algunas de las cuales, como las Brigadas Bader, habían luchado en la guerra irano-iraquí del lado iraní.

Al controlar las fuerzas de seguridad, no solo controlaban el sistema de seguridad oficial sino que se garantizaban la impunidad de las acciones sectarias y represivas (sobre todo contra la minoría suní) de los grupos paramilitares de estos partidos y de los servicios secretos iraníes. Esta realidad ha dado como resultado un ejército mal formado, más comprometido con las órdenes del gran guía de la revolución iraní que con las labores de defensa del territorio nacional, como quedó patente en su nula labor de lucha contra la resistencia y, especialmente, contra Al Qaeda, durante la presencia estadounidense. Fracaso reafirmado con las estampidas ante los ataques de los rebeldes y el grupo Estado Islámico de Irak y el Levante de junio de 2014 en Mosul o Tikrit y, más recientemente, en Ramadi. El margen de maniobra saudí en el conflicto armado ha sido tan estrecho como en el político. Sus intereses pasaban por apoyar a los grupos más cercanos a su ideología de la resistencia armada, que si bien eran minoritarios por extremistas, con buen armamento podrían haber ganado mucha popularidad, como ha sucedido en la guerra civil siria.

Pero eso hubiese significado apoyar a quienes combatían mediante las armas a su aliado yanqui, y aunque dirigiesen sus acciones contra los efectivos proiraníes, hubiese roto el embargo total que logró imponer EE UU sobre la resistencia iraquí. La única oportunidad de influencia real que podría haber tenido Arabia Saudí en el ámbito militar eran los Consejos del Despertar. Estas milicias tribales de mayoría suní se crearon en el momento álgido de los ataques de la resistencia iraquí contra las tropas estadounidenses y del conflicto sectario entre Al Qaeda y las milicias chiíes. La aparición de Al Qaeda en Irak sirvió de refuerzo para el discurso sectario antisuní de los partidos proiraníes, pero en especial de Nuri al Maliki, que justificó su política represiva y discriminatoria contra la población suní por la amenaza de este grupo terrorista. Fueron finalmente las tribus locales con apoyo estadounidense que formaron los Consejos del Despertar en 2006, las que lograron expulsar a los seguidores de Osama bin Laden de las ciudades donde se escondían. Pero, en un nuevo error de estrategia, EE UU entregó el dossier de los Consejos del Despertar al gobierno de Bagdad que incumplió su promesa de incorporarlos a las fuerzas de seguridad y al funcionariado oficial. Con su disolución, se diluyó también una posible vía de influencia saudí en el escenario iraquí.

La retirada estadounidense

Sin duda, el momento crucial donde quedó claro quién había ganado la batalla por Irak fueron las elecciones legislativas de 2010. El baile de presiones y declaraciones a favor de los candidatos de unos (Washington y la lista no sectaria Al Iraquiya) y otros (los partidos “chiíes” con el Estado de Derecho de Al Maliki al frente) se escenificó en el viaje del vicepresidente estadounidense a Bagdad para intentar desbloquear la ilegalización de dos importantes candidatos de su lista. A su salida, Joe Biden declaró que eran cuestiones internas iraquíes y que ellos no podían interferir. A pesar de todas las cortapisas, Al Iraquiya ganó las elecciones, pero el entonces presidente iraní, Mahmud Ahmanideyad, se apresuró a asegurar en público que su líder Iyad Alawi no sería primer ministro, y así fue. Más de 10 meses después, Al Maliki repetía como primer ministro de un Irak ya sin tropas estadounidenses y con una revolución popular, al estilo de la egipcia, extendida por las provincias de mayoría suní.

La feroz represión de las fuerzas armadas iraquíes contra los manifestantes acampados en las plazas de Ramadi, Faluya o Tikrit desencadenó un conflicto armado que aunó los dos elementos cruciales del desencuentro irano-saudí en Irak: militar y político. En la evolución de los acontecimientos también se ha reflejado la determinación y astucia iraní a la hora de adaptarse y jugar con los nuevos elementos que van apareciendo. Arabia Saudí amenazó con graves consecuencias por las reiteradas matanzas de suníes, pero su implicación real no fue más allá de una tímida financiación a algunos grupos ligados a los Consejos Militares de la Revolución, que lideraron el levantamiento popular contra Bagdad. Pero de nuevo se encontraba ante una contradicción: apoyar militar y políticamente a la revolución podría significar la salida de su enemigo de Irak, pero al mismo tiempo la creación de un gobierno iraquí de corte revolucionario donde se pedía democracia real, el fin del despotismo, la corrupción y el sectarismo, tres elementos claves para la supervivencia de la monarquía saudí.

La irrupción del grupo Estado Islámico

Ante la indecisión de Arabia Saudí y sus aliados, otros actores decidieron por ella. La vuelta de Al Qaeda a Irak bajo el manto del grupo Estado Islámico de Irak y el Levante, posteriormente convertido en califato islámico, en junio de 2014 durante la toma de Mosul, acabó con las especulaciones sobre si apoyar a los rebeldes para hacer caer al gobierno de Bagdad. Si durante los meses siguientes hubiese habido un reconocimiento internacional de la legitimidad de las demandas de los rebeldes y un compromiso de no actuar, quizá estos podrían haber obligado al gobierno títere de Teherán en Bagdad a que acordara una transición hacia una democracia real. Pero mientras se sondeaban las distintas posibilidades en reuniones como la conferencia de Amán del 16-17 de julio de 2014, donde la oposición iraquí propuso una hoja de ruta para salir de la crisis que vive el país desde 2003, el EI fue creciendo en poder desplazando a las fuerzas rebeldes y haciéndose con el control del terreno.

El golpe de gracia a cualquier posibilidad de presionar a Bagdad para que aceptase negociar la hoja de ruta de la oposición fue la entrada en el conflicto de la llamada coalición internacional el 8 de agosto de 2014. En ese momento, tanto los medios de comunicación como los portavoces oficiales árabes, a la cabeza de los cuales estaba el de Riad, dejaron de hablar en términos de un conflicto a tres bandas como hasta entonces: rebeldes, ejército iraquí y EI. El primer factor fue borrado del mapa a pesar de que es el único elemento que puede garantizar la derrota del grupo Estado Islámico como ya ocurrió con Al Qaeda y los Consejos del Despertar en 2006-2008. Más de un año después de la caída de Mosul, la posición de los países árabes en general, y de Arabia Saudí en particular, es mucho más frágil.

El atentado contra la mezquita chií de Al Qadih (en Dammam, al este de Arabia Saudí) reivindicado por el EI, no es más que la constatación de la amenaza que permanentemente planea sobre Arabia Saudí. Mientras Riad sufre los efectos de la expansión del grupo Estado Islámico, una vez más Irán ha sabido maniobrar para sacar provecho de este nuevo factor, pasando de ser centro del “eje del mal” a socio de la coalición internacional en la lucha contra el terrorismo. Sus aliados iraquíes han aprovechado para dar una nueva vuelta de tuerca a su discurso y actuación sectaria de la mano de su nueva milicia Al Hashad al Shaabi, acusada por Amnistía Internacional y Human Rights Watch de cometer posibles crímenes de guerra. De nuevo Irán se torna necesario para Estados Unidos y su alianza internacional, pues a falta de otras tropas, solo esta nueva milicia acompaña al ejército iraquí en la lucha cuerpo a cuerpo contra los combatientes del Daesh. Este factor les permite ir marcando el ritmo de los ataques, allegro ma non troppo, pues mientras dure el conflicto, Teherán seguirá siendo indispensable en la escena internacional, para desesperación de Arabia Saudí que, con la acreditación en abril del primer embajador saudí en Irak en 25 años, parece haber aceptado la victoria iraní en Irak.