Inseguridad alimentaria y nutricional: un desafío importante para el mundo árabe

La inseguridad alimentaria y la malnutrición ponen en duda las políticas públicas y económicas de los países del norte de África y de Oriente Medio

Matthieu Brun

Según la última versión del informe El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo, presentado en octubre de 2014 en la sede la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), los países del norte de África y de Oriente Medio se encuentran en una situación preocupante en la que no se ha hecho ningún progreso en materia de disminución de la inseguridad alimentaria. La situación incluso se ha deteriorado, mientras que a escala mundial la prevalencia de la subnutrición en la población se ha reducido.

Según la FAO, entre 1990 y 2014 la proporción de personas malnutridas ha aumentado al pasar del 6,6% al 7,7% de la población, lo que convierte a los países del norte de África y de Oriente Medio en los más expuestos a los riesgos de incremento de la inseguridad alimentaria. Además, una parte de estos países, es muy dependiente de las importaciones en sus aprovisionamientos alimentarios. Estos territorios, de Marruecos a la Península Arábiga, se caracterizan por su aridez, y el determinismo geográfico constituye, sin duda, la base de las políticas agrícolas y de seguridad alimentaria. El mundo árabe no solo se enfrenta a una aridez más o menos importante según las subregiones, sino que también tiene que hacer frente a una explosión demográfica y a trastornos geopolíticos y sociales que acentúan el problema alimentario.

Para los países del norte de África y de Oriente Medio, la inseguridad alimentaria y la malnutrición son un problema que pone en duda la economía política y las elecciones de políticas públicas de estos países, y al mismo tiempo los expone a dificultades económicas, financieras y sanitarias.

¿Qué es la inseguridad alimentaria?

El concepto de seguridad alimentaria y de nutrición ha evolucionado considerablemente a lo largo del tiempo. La principal evolución guarda relación con el paso de un planteamiento de la seguridad alimentaria basado en la disponibilidad de alimentos a una estrategia en la que esta no es más que un elemento que se enmarca en un contexto social mucho más complejo.

Este contexto social y económico, que se asocia con las relaciones de fuerza que existen en el sistema alimentario, es fundamental para analizar la situación alimentaria y nutricional de un país. La definición que por lo general se admite a escala internacional desde 1996 establece que la seguridad alimentaria “existe cuando todos los seres humanos disponen, en cualquier momento, de un acceso físico y económico a un alimento suficiente, sano y nutritivo que les permita satisfacer sus necesidades energéticas y sus preferencias alimentarias para llevar una vida sana y activa”. Por tanto, la seguridad alimentaria y nutricional se caracteriza por cuatro aspectos: la disponibilidad, el acceso, la estabilidad y el uso.

El elemento de la nutrición, que se ha ido incluyendo progresivamente en la definición de la seguridad alimentaria, ofrece además una lectura que va más allá de la puramente médica y se refiere a la existencia de servicios de sanidad y al conocimiento por parte de las poblaciones de las buenas prácticas indispensables para su desarrollo. La inseguridad alimentaria, que con demasiada frecuencia se limita a un problema del nivel de producción agrícola, es un problema multidimensional cuyo origen se encuentra a la vez en los modos de vida y de alimentación y en la situación económica y social de las personas.

Una región expuesta al triple lastre de la malnutrición

La región del norte de África y de Oriente Medio se caracteriza por una gran diversidad de sistemas políticos, agronómicos, económicos y sociales. La exposición de estos países a la inseguridad alimentaria y a la malnutrición depende, en gran parte, del desarrollo de su agricultura, de su sistema sanitario y de su nivel de desigualdades económicas y sociales. Globalmente, se puede decir que los países de esta zona están expuestos, a unos niveles muy diferentes, a un triple lastre de la malnutrición: la subnutrición crónica o aguda, las carencias en micronutrientes y, por último, el sobrepeso o la obesidad.

La región que nos interesa es la única, según las categorías de la FAO, en la que la proporción de personas subalimentadas ha aumentado entre 1990 y 2014 al pasar del 6,6% al 7,7%. También hay que lamentar los importantes déficit en micronutrientes (los más frecuentes son la vitamina A, el yodo y el hierro) con una preponderancia elevada de la anemia en los niños. La carencia de yodo afecta, por ejemplo, a más del 60% de los niños en Argelia, Marruecos y Turquía. Y la FAO informa de retrasos en el crecimiento que afectan a entre el 28% y el 58% de los niños en Egipto, Siria, Irak o Yemen. La malnutrición por carencias, también llamada “hambre oculta”, no es la única lacra que afecta a los países árabes, ya que los habitantes del norte de África y del Golfo están especialmente expuestos al sobrepeso y la obesidad.

En primer lugar, en los países del Golfo, el 42% de los kuwaitíes y el 35% de los saudíes sufrían obesidad en 2010 según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Este fenómeno afecta muy especialmente a las mujeres del mundo árabe. En Egipto, el 48% de las mujeres de más de 15 años padecen obesidad, mientras que el sobrepeso afecta al 35% de las mujeres en Marruecos y al 80% de las kuwaitíes. La malnutrición por exceso o por carencia acentúa los riesgos sanitarios como la diabetes, la anemia o las enfermedades cardiovasculares, e hipoteca el futuro de los sistemas de protección social y merma las finanzas públicas. En Egipto, por ejemplo, se calcula que la malnutrición infantil reduce el PIB aproximadamente un 2% al año.

¿Cómo garantizar el abastecimiento alimentario?

Los países del norte de África y de Oriente Medio, en otro tiempo graneros de Europa, se han convertido en importadores masivos de cereales –representan el 30% de los flujos de importaciones anuales– lo que los expone todavía más a los riesgos de los mercados. Además, Egipto, que es el segundo comprador mundial de cereales, sufre importantes limitaciones naturales y medioambientales. Actualmente, Egipto, descrito como un don del Nilo, no logra alimentar a su población solo con su agricultura. Lo mismo sucede a escala regional porque predominan las zonas áridas y semiáridas con escasa pluviometría, y las zonas moderadamente húmedas representan menos del 10% de la superficie de la región, lo que limita aun más el potencial agrícola y ejerce una fuerte presión sobre los recursos naturales.

Aunque la autosuficiencia alimentaria sea una quimera para el conjunto de estos países, el aspecto de la “disponibilidad” está determinado, por una parte, por las posibilidades de cultivar la tierra y de explotar los recursos marinos y, por otra, por la capacidad de abastecerse en los mercados internacionales. Las monarquías petrolíferas del Golfo, con la riqueza de su subsuelo, no parecen a priori afectadas por la inseguridad alimentaria en la medida en que disponen de suficientes recursos financieros para abastecerse en los mercados mundiales. Esta afirmación tiene dos matices. El primero está relacionado con los trabajadores pobres, así como con los trabajadores extranjeros (representan el 60% de la población de los países del Consejo de Cooperación del Golfo, cifra que alcanza el 90% en Catar) cuyo poder adquisitivo, menor en comparación con el de aquellos que tienen acceso a las riquezas ofrecidas por la renta petrolera o gasista, no siempre les permite satisfacer sus necesidades alimentarias.

El segundo matiz está relacionado con la exposición de los países del Golfo a la lacra del sobrepeso y la obesidad. Además, no olvidemos mencionar el hecho de que en las monarquías del Golfo, garantizar el abastecimiento alimentario es un desafío político importante. A Catar, por ejemplo, que importa cerca del 90% de sus necesidades alimentarias, le preocupa la inestabilidad y la volatilidad de los precios de los productos alimentarios en los mercados internacionales, y ha empezado a mejorar su capacidad de almacenamiento.

Parece que las monarquías petrolíferas, pensando en garantizar su abastecimiento alimentario mediante inversiones descritas como un acaparamiento de tierras a gran escala, retoman esta estrategia al dar preferencia a las adquisiciones de participaciones en las industrias agroalimentarias y desarrollar una agricultura estratégica en sus territorios. Producir más para una población en pleno crecimiento no es más que una parte de la solución al desafío de la inseguridad alimentaria. Como hemos subrayado, también se trata de un problema de acceso y, por tanto, de pobreza. La parte de las rentas que se dedican a la alimentación sigue siendo muy elevada en el norte de África y en Oriente Medio; en Egipto y en Argelia supera el 40% y es incluso mayor para los más pobres. Las poblaciones, que son especialmente vulnerables a las crisis de los precios de los productos alimentarios, se ven obligadas a adquirir productos alimentarios baratos (a veces subvencionados) y con frecuencia menos nutritivos.

Inseguridad alimentaria, crisis políticas y conflictos armados

Algunos países del norte de África y de Oriente Medio viven desde hace varios años situaciones de inestabilidad –e incluso de inseguridad– y de crisis políticas prolongadas. Los hombres, mujeres y niños de estos países, expuestos a la violencia y a los conflictos, ven cómo se modifican sus condiciones de vida y cómo aumenta considerablemente su vulnerabilidad, mientras que las instituciones políticas, administrativas y sociales son a menudo frágiles y a veces se muestran incapaces de ayudar a las poblaciones. Incluso antes del inicio de la Primavera Árabe y de la movilización sin precedentes de millones de personas en favor de la libertad y de la justicia, la situación económica y política de algunos países árabes ya era preocupante, y los trastornos ocasionados por las revoluciones árabes han contribuido a agravar esas debilidades.

Egipto, que es el país árabe más poblado, ha sufrido una serie de crisis desde 2005 (crisis sanitaria con la gripe aviar, crisis alimentarias y energéticas, crisis financieras y, por último, crisis políticas) que han provocado el incremento de las desigualdades y el deterioro de las condiciones de vida de millones de personas. Según Naciones Unidas, entre 2009 y 2012, más del 15% de la población cayó en la pobreza. En las zonas urbanas aparecieron bolsas de inseguridad alimentaria a finales de la década de 2000, y las dificultades de estas poblaciones para tener un acceso estable a una alimentación de calidad contribuyeron a movilizar a las multitudes, al igual que la infrarrepresentación popular en la política. Señalaremos aquí que la relación de causalidad entre la protesta social y la inseguridad alimentaria es de las más difíciles de definir, como pone de manifiesto el caso de Bahréin, que no se considera que esté expuesto a la inseguridad alimentaria y que, sin embargo, ha vivido importantes movilizaciones populares.

Otros países de la región sufren crisis y una inestabilidad prolongada; es el caso especialmente de Siria desde marzo de 2011, así como de Irak o de los territorios palestinos ocupados (y en proporciones alarmantes en la Franja de Gaza). Aunque las situaciones geopolíticas sean, en el fondo, diferentes, las crisis prolongadas (guerra civil, ocupación, operaciones militares recurrentes y bloqueo económico) inciden en los cuatro aspectos de la seguridad alimentaria que hemos descrito anteriormente. En estas situaciones de crisis prolongadas, los productores tienen a diario dificultades a corto plazo, en la medida en que los espacios de producción agrícola se vuelven incultivables y las infraestructuras de almacenamiento o de refrigeración quedan dañadas. Los consumidores, que se enfrentan a la violencia y a una profunda modificación de sus condiciones de vida, ya no están en condiciones de tener un acceso estable a una cantidad de alimentos que les permita llevar una vida sana.

Los productos alimentarios, a menudo subvencionados, también se racionan, y la ayuda alimentaria mundial viene a paliar con frecuencia la falta de disponibilidad. A largo plazo, las crisis prolongadas tienen consecuencias que debilitan las estructuras de producción, pero también contribuyen al empobrecimiento de las poblaciones. Pensamos, por ejemplo, en las repercusiones de las guerras civiles o de las crisis prolongadas en el funcionamiento de los servicios veterinarios (salud de los rebaños) y el acceso a las simientes o a los insumos que se utilizan en la agricultura.

Hay que reelaborar las políticas agrícolas y alimentarias

En esta época de tensiones y de reestructuración política, el problema de la inseguridad alimentaria en los países árabes pone sobre el tapete el delicado tema del desarrollo sostenible de los territorios y de la implicación política que los poderes públicos pueden consentir. Los países del norte de África y de Oriente Medio, que son unos importantes importadores alimentarios mundiales, adolecen de numerosas deficiencias que frenan el aumento de la producción agrícola, como la infrafinanciación del sector, la escasa organización colectiva de los productores y las deficiencias de las infraestructuras.

Por tanto, existe una necesidad imperiosa de diseñar los sistemas agrícolas del futuro para que resistan al cambio climático y garanticen una disponibilidad alimentaria suficiente y de calidad. Sin embargo, no se trata únicamente de un desafío técnico, sino también político, y tiene que abarcar el conjunto del sistema alimentario con unas políticas sociales, económicas y de inversión coherentes con el objetivo de la seguridad alimentaria.