Identidades, culturas y pautas religiosas

Para dejar de hablar de los jóvenes musulmanes europeos como fuente de preocupación, hay que entender que sus vidas religiosas y culturales son tan diversas como sus identidades.

Sadek Hamid

A lo largo de la última década, el debate público sobre los jóvenes musulmanes europeos se ha asociado casi siempre a su supuesta falta de integración, a su participación en actos delictivos o a su propensión a la radicalización violenta. La obsesión con estos tres referentes negativos dominantes ignora el hecho de que la gran mayoría de esos jóvenes intenta llevar una vida normal. Es más, la visibilidad de los musulmanes en Europa se contextualiza en debates más amplios entre los medios de comunicación y las élites políticas sobre la inmigración, el laicismo y las amenazas a la identidad nacional. Un continente en el que la población está envejecida y, en cambio, las tasas de natalidad de los musulmanes son relativamente altas, y en el que las formas de religiosidad cristiana tradicional están en decadencia, parece justificar la retórica de los partidos políticos antimusulmanes que alertan respecto a una potencial “islamización de Europa”. Varios gobiernos han reaccionado adoptando directrices que imponen cursos de lengua y de integración obligatorios, exámenes de ciudadanía e, incluso, medidas más restrictivas como la prohibición del burka, de los velos para la cabeza y de la construcción de minaretes en las mezquitas. Sin embargo, el miedo al terrorismo y el aparente auge de las formas conservadoras de religiosidad dogmática entre los jóvenes musulmanes preocupan particularmente a los gobiernos ansiosos por preservar la cohesión social y la seguridad.

Si bien no hay acuerdo sobre su cifra total, los jóvenes musulmanes europeos representan alrededor del 50% de los 20 millones de musulmanes que se calcula que viven en Europa occidental. Es decir que actualmente son más o menos un 5% de la población del continente y, según algunos estudios, en 2030 podrían alcanzar los 30 millones de personas (Pew Research Center, 2011). Alemania y Francia tienen las mayores poblaciones musulmanas, con casi cinco millones en ambos países. Las siguen Reino Unido, con aproximadamente tres millones, e Italia con unos dos millones. Otros países con comunidades musulmanas significativas que rondan el millón son Bulgaria, Holanda y España, mientras que Bélgica y Grecia cuentan con más de 600.000 musulmanes, y Austria y Suecia se aproximan a los 500.000. Las poblaciones musulmanas de estos países están formadas por una mezcla étnica, pero en algunos hay grupos específicos que constituyen la mayoría étnica. En Alemania es predominantemente turca; Francia tiene ciudadanos sobre todo de origen argelino y marroquí, y los paquistaníes, bengalíes e indios son la mayoría musulmana en Gran Bretaña. Los jóvenes musulmanes europeos son descendientes de los emigrantes y de los “trabajadores invitados” por los gobiernos europeos en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta. Han nacido y crecido en Occidente y ya pertenecen a la segunda y la tercera generación, gran parte de cuyos integrantes tienen entre 18 y 30 años y son relativamente más jóvenes que sus vecinos.

Identidades e identificación

Los jóvenes musulmanes que han nacido y crecido en Europa tienen menos probabilidades de haber pasado periodos de tiempo significativos en los países de origen de sus antecesores y muestran claras diferencias generacionales con las tradiciones y orientaciones de sus padres y abuelos. Tienen más en común con sus coetáneos no musulmanes, con los que comparten muchas similitudes, aunque también han vivido experiencias diferentes. Diversos factores conforman sus identidades en función de diferencias étnicas, de nacionalidad, religiosidad, cultura y educación. Como cabría esperar, a través de su socialización han adquirido conciencia de cuáles son las normas y los valores occidentales, y la educación pública les exige que sepan hablar el idioma oficial del país en el que viven, aunque a escala continental el inglés y el francés suelen ser los idiomas de comunicación preferidos. Al igual que sus amigos no musulmanes, la mayoría de los jóvenes musulmanes quiere que se les acepte, “encajar” y, generalmente, comparten gustos similares en cuanto a la comida, la forma de vestir, las actividades de ocio y el paso por las ambigüedades de la adolescencia. La mayoría son capaces de “alternar los códigos” de los diferentes mundos culturales. No obstante, para algunos este proceso es difícil debido a los prejuicios sociales que los discriminan y a la incapacidad para neutralizar las presiones para que se amolden a los valores y a los puntos de vista de sus progenitores. Esto puede producir una sensación de no pertenecer ni a su herencia étnica ni a la sociedad europea, y se ha visto agravado a consecuencia de la intensificación del racismo y la islamofobia a raíz de los ataques del 11 de septiembre de 2001, de la “guerra contra el terrorismo”, de los atentados esporádicos y de la creciente popularidad de los partidos de extrema derecha en Europa. Algunos sondeos llevados a cabo por empresas como Gallup indican que la mayoría de jóvenes musulmanes de lugares como Gran Bretaña sienten un fuerte apego por sus países, mientras que un número muy pequeño afirma odiar a “Occidente” por su cultura liberal y promiscua y por los perjuicios que su política exterior ocasiona al mundo musulmán.

Los musulmanes europeos están desproporcionadamente representados en las zonas urbanas más depauperadas, en los niveles de éxito académico relativamente más bajos y en los más altos de desempleo, o bien en los puestos de trabajo peor pagados. Por ejemplo, muchos musulmanes franceses viven en los suburbios segregados y marginados, y un gran número de musulmanes británicos lo hacen en las regiones más pobres de Reino Unido, un patrón de residencia que se repite por toda Europa. Se leen noticias de que la discriminación en la contratación es un problema habitual para los jóvenes musulmanes con nombres que suenen a árabe, a los que es menos probable que se convoque para una entrevista de trabajo. Además de esta penalización étnica durante el proceso de búsqueda de empleo, los contratados pueden ser objeto de prácticas discriminatorias que les niegan el derecho a rezar en el trabajo y a tomarse tiempo para vacaciones religiosas, y que hacen que se los ignore cuando intentan obtener un ascenso. La discriminación social también tiene lugar en otros ámbitos de la esfera pública. Por ejemplo, un reciente informe sobre los musulmanes británicos señala que la gran mayoría de jóvenes musulmanes son pacíficos y rechazan las acciones de los grupos extremistas violentos como Estado Islámico, pero que eso no los libra de ser blanco de la legislación antiterrorista del gobierno. Los jóvenes musulmanes de otros países europeos también tienen más probabilidades de que sus libertades civiles se vean mermadas por la vigilancia, los controles policiales y otras restricciones.

Pautas culturales y religiosas

Las vidas religiosas y culturales de los jóvenes musulmanes europeos son tan diversas como sus identidades, que los dividen siguiendo líneas de fractura étnicas y lingüísticas. La religiosidad puede abarcar desde aquellos que hacen gala de una devoción piadosa a los que tienen una filiación nominal y que podrían describirse a sí mismos como musulmanes culturales “no practicantes”. Esto se puede entender como un espectro que incluye desde los que están fuertemente apegados a su fe y pueden ser activistas religiosos, hasta los observantes que, no obstante, mantienen sus creencias en el ámbito privado, los practicantes ocasionales, y los que no son religiosos en absoluto y hasta pueden identificarse como ateos. Las encuestas llevadas a cabo entre jóvenes musulmanes europeos indican que muy pocos observan los preceptos de su religión a diario, y determinados indicadores, como la asistencia a la oración de los viernes o el ayuno en el mes del ramadán están en declive. Esto se puede explicar en parte por la generalización del laicismo y la limitación de la educación religiosa ofrecida en las mezquitas y por el hecho de que en muchas instituciones religiosas todavía hay imames que no hablan con fluidez las lenguas europeas. Esto no solo los desconecta de los jóvenes, sino que también les impide entender sus experiencias vitales. Los que no están interesados por la dimensión religiosa de su identidad pueden optar por resaltar su etnicidad, como se ha visto entre los albaneses, libaneses o palestinos de Alemania y otros países.

Los jóvenes interesados por su fe o que viven un “renacer” de la religiosidad suelen comprometerse con la religión a través del contacto con organizaciones militantes. Las organizaciones juveniles islámicas de varios países europeos muchas veces son filiales de “organizaciones de adultos” como la Gemeinschaft Millî Görüs, l’Union des Organisations islamiques de Francia (UOIF), la Comunità religiosa islamica de Italia o la Islamic Society de Gran Bretaña y su grupo Young Muslims. A escala europea, la mayoría de estas organizaciones están afiliadas al Foro de Organizaciones de Jóvenes y Estudiantes Musulmanes Europeos (FEMYSO, por sus siglas en inglés), que impulsa la conexión y la cooperación entre ellos. Otros movimientos transnacionales como el radical Hizb ut-Tahrir, el proselitista Tabligh Yamaat , y las tendencias puristas, como los salafistas, intentan ganarse a los jóvenes para que se adhieran a sus ideas sin tener estructuras juveniles formales. Los que han creado organizaciones juveniles funcionan en entornos en los que los jóvenes musulmanes adquieren conocimientos relacionados con su fe, se socializan, expresan sus identidades religiosas y se movilizan por temas religiosos y políticos mediante la asistencia a sesiones de estudio semanales, conferencias públicas, encuentros anuales, campamentos y foros por Internet. Al contrario de lo que afirman los tópicos, una mayor religiosidad no tiene como consecuencia la radicalización, aunque los salafistas y Tabligh Yamaat son conocidos por sus posturas sociales sumamente conservadoras y, en general, son aislacionistas en su relación con la cultura no musulmana.

A medida que los musulmanes de segunda y tercera generación han ganado confianza, en la última década también han desarrollado contraculturas religiosas que han intentado crear diversas formas de islam europeo adaptadas a la cultura local. Esto se manifiesta claramente en la aparición de estilos musicales, de humor y de maneras de vestir relacionados con la religión sobre todo en Gran Bretaña, Francia, Alemania y Holanda (Herding, 2013). Las variantes islamizadas de entretenimiento musical, por ejemplo los nashid interpretados por artistas como el grupo danés Outlandish, el cantante británico Sami Yusuf y el sueco Maher Zain, han tenido un éxito enorme entre los jóvenes musulmanes de todo el mundo. Otros géneros, que incluyen la música rap y la poesía oral, están contribuyendo a crear subculturas religiosas urbanas y han recibido el nombre de nuevos “Muslims cool”. Lo interesante de estos tipos de manifestaciones artísticas es que no solo tratan de contar historias y de desafiar a la discriminación, sino que también reflejan unas identidades transnacionales y experimentales dinámicas que sintetizan religión, nacionalidad, cultura pop global y mensaje social. Por ejemplo, las letras del rapero alemán de origen etíope Ammar114 están repletas de vocabulario islámico y de referencias a problemas sociales como la delincuencia juvenil, los asesinatos por honor y el terrorismo, al tiempo que promueven la posibilidad redentora de la fe.

Con el fin de proporcionar un ligero alivio frente a asuntos más serios y demostrar que los musulmanes tienen sentido del humor, algunos han desarrollado lo que se podría llamar la “comedia islámica”, inspirada en parte en artistas cómicos musulmanes estadounidenses como Azhar Usman y el Predicador Moss y su gira “Alá me hizo gracioso”, que ha animado a los jóvenes musulmanes europeos a experimentar con el humor como forma de luchar contra los prejuicios y de adentrarse en cuestiones de fe y cultura. En Reino Unido, los éxitos en YouTube “Diary of a Bad Man” y “Guzzy Bear” examinan tímidamente diversos aspectos de la vida de los musulmanes en Gran Bretaña y se ríen tanto de éstos como de la idea más extendida que la sociedad tiene del islam y de los musulmanes. En la moda islámica se pueden reconocer formas de vestir que animan a los jóvenes a hacer literalmente gala de su religión y que han hecho posible la creación de marcas musulmanas alemanas, francesas y británicas como Style Islam, Unicitie y Elenany, que se distinguen por el empleo de símbolos islámicos y por sus líneas holgadas. Estas prendas satisfacen todo el abanico de deseos de “estar guapo”, de reivindicar la propia religión en una época en la que los musulmanes están estigmatizados, de procurar autoestima, de demostrar adhesión a una identidad musulmana mundial y de iniciar un diálogo con las personas que se interesan por el simbolismo y las consignas que exhiben en su vestimenta.

Futuros

La presencia islámica en Europa ha venido para quedarse y los jóvenes representan el futuro de los musulmanes europeos. En las próximas décadas, la composición demográfica de algunas grandes ciudades como Amsterdam, Bradford, Birmingham, Malmö y Marsella puede llegar a ser mayoritariamente musulmana. Esto supone tanto retos como oportunidades para esas sociedades. Afrontar estos complejos problemas requiere soluciones globales a largo plazo que tengan en cuenta las historias y realidades contemporáneas que afectan a las comunidades musulmanas europeas. Más que aplicar una política de mano dura, los gobiernos deberían abordar las desigualdades socioeconómicas, ya que el aislamiento social y la discriminación marginan a los jóvenes, influyen negativamente en su productividad y, en el peor de los casos, pueden contribuir a la radicalización violenta. Esta minoría radicalizada es, en gran medida, clandestina, pero se manifiesta en la retórica de grupos como los que se llaman a sí mismos Shariah4 UK y que, a través de redes sociales como Twitter, animan a los jóvenes musulmanes a marcharse a Siria. Estos factores, unidos a los actos terroristas, han dado fuerza a los grupos xenófobos, en un círculo vicioso que tiene como consecuencia un aumento de la islamofobia y de los crímenes de odio contra los musulmanes.

Asimismo, hay que dar respuesta a la generalización de la islamofobia en los medios de comunicación y en la retórica política, ya que los extremistas religiosos aprovechan los sentimientos de marginación social para reclutar a jóvenes que buscan aceptación, esperanza y, a veces, venganza. El sentimiento antimusulmán contribuye efectivamente a justificar los relatos dicotómicos de grupos como Al Qaeda y el EI que intentan que la juventud musulmana marginada de Europa se vuelva contra ella. Resulta alentadora la labor que se está llevando a cabo en el seno de las comunidades musulmanas de toda Europa en forma de diferentes proyectos comunitarios e instituciones que ofrecen servicios sociales y programas de capacitación. Es lo que hacen organizaciones de base religiosa gestionadas por jóvenes como MADE in Europe, una iniciativa de FEMYSO que ayuda a los jóvenes musulmanes a aplicar las enseñanzas del islam para colaborar en la resolución de problemas medioambientales, y la Fundación Al Mizan, una entidad benéfica que presta apoyo a los jóvenes sin hogar. Estas y otras asociaciones colaboran con otras religiones y organizaciones laicas con el fin de dar respuesta a problemas sociales más amplios en sus respectivos países. El futuro dirá en qué medida Europa es capaz de practicar la inclusión y de responder a las necesidades de sus ciudadanos. Si intentamos entender a esos jóvenes, a lo mejor dejaremos de hablar de ellos como motivo de preocupación.