François Hollande y el Mediterráneo: ¿el cambio?

El presidente debe definir una política mediterránea francesa que tenga en cuenta la experiencia, se integre en la dinámica europea y aporte un nuevo impulso.

Sébastien Abis, Jean-François Coustillière

En mayo de 2012 Francia eligió al séptimo presidente de la Quinta República. François Hollande es el segundo político de izquierdas que ocupa este puesto después de François Mitterrand. El candidato del Partido Socialista no ha ganado por suscitar una adhesión pronunciada a su programa, sino por presentarse como opositor de Nicolas Sarkozy, que ostentaba el cargo desde 2007. Hay que admitir que la política de François Hollande, desplegada desde hace ya más de seis meses, se traduce en numerosas inflexiones con respecto a la de su predecesor. Si esto es válido especialmente en el ámbito de los asuntos internos, ¿qué ocurre en materia de diplomacia y de relaciones exteriores en el Mediterráneo?

Los franceses y Europa ante todo

El nuevo presidente llegó al poder en un contexto cuanto menos delicado. Las cuestiones geoestratégicas estuvieron poco presentes en su campaña electoral y poco explícitas en su programa. La prioridad en política exterior será la Unión Europea y la gestión de los problemas comunitarios: salvar la moneda única, preservar la solidaridad entre los Estados miembros (especialmente con Grecia, España, Italia y Portugal) y mantener las políticas comunes pese a unas limitaciones presupuestarias crecientes. En el plano internacional, François Hollande, poco experimentado, fue muy prudente.

Durante la campaña electoral, los debates se centraron muy a menudo en los inmigrantes y las cuestiones de seguridad que supuestamente conllevan, temas que en aquel momento sus adversarios de la derecha discutían enérgicamente. Preocupado por las expectativas de la opinión pública, la acción del gobierno se concentra esencialmente en los desafíos sociales y económicos del Hexágono, lo que parecía remitir las relaciones franco-mediterráneas a un horizonte indeterminado.

Una relación especial aunque tumultuosa con el Mediterráneo

El espacio mediterráneo es clave en la política exterior de Francia. Es una constante que sobrepasa el azar electoral y los que toman decisiones, por lo estratégica que esta zona sigue siendo para los intereses de los franceses, su estabilidad interna y su influencia a nivel mundial. Aunque la intensidad de las relaciones con los países mediterráneos decline con el tiempo, Francia sigue vinculada a ellos a través de su geografía, el comercio, la sociedad y la cultura.

París ha manifestado siempre una ambición geopolítica en la región: desempeñó un papel esencial para que la Unión Europea (UE) propusiera en 1995 el Partenariado Euromediterráneo (PEM); su voz sigue teniendo eco en la resolución de conflictos; sus inversiones económicas se orientan a menudo hacia las orillas sur y este del Mediterráneo; los flujos humanos cotidianos (por motivos familiares, de negocios, etc.) aumentan cada año; los intercambios comerciales (gas, petróleo, cereales, etc.) vitales tanto para los socios del Norte como los del Sur se consolidan permanentemente; y los franceses siguen privilegiando al “grande Bleue” para sus vacaciones. François Hollande está, pues, obligado a inscribirse en la continuidad de una historia antigua, apasionada y singular con el espacio mediterráneo, sin que eso signifique, sin embargo, la ausencia de cambios de sentido.

Asimismo, el presidente francés debe acomodarse a una serie de iniciativas que arrancaron principalmente con el Proceso de Barcelona en 1995, al que siguió la política europea de vecindad (PEV), propuesta en 2004, y, finalmente, al proyecto de Unión por el Mediterráneo (UpM), lanzado en 2008 por Nicolas Sarkozy. Esta última iniciativa no ha logrado desencallarse, a pesar de la creación de una Secretaría Técnica en Barcelona, por lo que las políticas mediterráneas de la UE han pasado a ser ilegibles o casi, mientras se amontonan sin articularse como sería necesario sobre todo en los ámbitos del diálogo y la cooperación. Resultado: Bruselas ha recolocado enfrente de la escena diplomática a la PEV, que ha sido objeto de un nuevo impulso tras la primavera de 2011.

Hollande: ¿un nuevo rumbo con los países mediterráneos?

Tras su elección, François Hollande se enfrenta pues a la necesidad de definir una política mediterránea francesa que tenga en cuenta la experiencia, se integre en la dinámica europea y aporte un nuevo impulso. Además, se enfrenta a la línea de ruptura presente en Francia que opone, tanto en la derecha como en la izquierda, a los partidarios de un alineamiento atlantista/occidentalista, que mira hacia Washington, y los defensores del enfoque gaullista/ mitterandista, más receptivo con los países del Sur y emergentes, caracterizados por defender cierta independencia estratégica.

El presidente se muestra muy prudente. Sabe que Francia ha decepcionado durante las revoluciones en Túnez y Egipto, que ha ido demasiado lejos con la injerencia en Libia, que su voluntarismo en relación con la crisis del Sahel es arriesgado y que es impotente frente a los conflictos en Oriente Próximo. Preconizando un acompañamiento de las transiciones en curso en los países que han experimentado cambios políticos, François Hollande quiere ser pragmático frente a las relaciones que hay que desarrollar con los nuevos gobiernos en el poder en Egipto, Libia y Túnez: nada de lecciones políticas aunque determinados aspectos se observen cuidadosamente (respeto a los partidos de oposición, a los derechos de las mujeres y de las minorías) y ayuda sectorial con recursos económicos limitados.

Al tiempo que alienta a los movimientos de revuelta árabes, el presidente vigila atentamente las nuevas formaciones políticas dominadas por los islamistas. De este modo, Francia intenta mantener relaciones con el conjunto de los actores en esos países, sobre todo en Túnez, al que París considera el laboratorio de las transiciones en curso y de la democratización en el mundo árabe. El apoyo se manifiesta con pequeños gestos, como la recepción por parte de Laurent Fabius en París, el 7 de noviembre de 2012, del jefe del partido tunecino Nida Tunes, Beyi Caid Essebsi. En cambio, el silencio sobre Libia persiste en contraste con los ademanes de su predecesor con respecto a Trípoli. La visita programada de Laurent Fabius a Trípoli el 12 de noviembre de 2012 es quizás la señal de una nueva apertura preparada con prudencia y sumo cuidado. Con respecto al Magreb, François Hollande cultiva, al igual que sus ministros, buenas relaciones con Marruecos, pero se afana en reequilibrar la política francesa en Argelia.

De ahí la visita de Estado de diciembre de 2012, precedida por numerosas visitas ministeriales preparatorias a Argel, y que se anticipa a la que realizará a principios de 2013 al vecino marroquí. En el lado oriental de la cuenca mediterránea, se observa una reanimación con Turquía, sin que se pueda hablar todavía de un verdadero impulso. Enmendar las relaciones con Ankara y estimular el comercio con este mercado en crecimiento constituye uno de los objetivos del gobierno actual, que quiere traducir en hechos la voluntad del presidente de promover la “diplomacia económica”. En cuanto a la crisis siria, François Hollande, al igual que muchos otros dirigentes europeos, condena la violencia, muestra su preocupación por la intensificación de esa guerra civil y de su efectos colaterales en la región (sobre todo en Líbano), pero se muestra incapaz de influir sobre el curso de los acontecimientos, pues se supone que depende evidentemente de un verdadero consenso entre todos los actores, que no excluya a Rusia, China o Irán…

La constatación puede ser aun más dura en relación con la cuestión israelo-palestina. Dejando de lado ciertas promesas en campaña electoral sobre el reconocimiento del Estado palestino, el presidente francés no se atreve a salir del perímetro marcado por la línea occidentalista que consiste en apelar a retomar el diálogo entre las dos partes, con el fin de reactivar un proceso de paz paralizado. Al recibir al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en Francia a finales de octubre, François Hollande no ha dejado de decepcionar a los defensores de los derechos humanos y a los que reivindican que París debe adoptar una postura fuerte en Oriente Próximo, que pueda aportar una alternativa al bloqueo actual de la situación, especialmente mediante la defensa del reconocimiento del Estado palestino como “Estado observador en el seno del sistema de Naciones Unidas”. [N.E.: Francia votó finalmente a favor en la votación del 29 de noviembre de 2012 en la Asamblea General de la ONU].

Hollande y el Mediterráneo: el pragmatismo circunstancial

Más allá de las relaciones bilaterales con cada uno de los países mediterráneos del Sur y del Este, François Hollande se ha manifestado también en relación con la cooperación multilateral en la región. El 27 de agosto de 2012, en el marco de ese ejercicio anual que se ha vuelto ineludible, el presidente estableció el marco de la política exterior francesa durante su discurso frente a los embajadores.

Recordó la ambición del país hacia este Mediterráneo donde las realidades se transforman y exigen, en su opinión, que Francia se adapte y se muestre receptiva ante las distintas aspiraciones que se expresan. Comprometido con la movilización de las competencias de la Secretaría Técnica de la UpM, François Hollande retomó el leitmotiv de esta iniciativa defendiendo el concepto de un “Mediterráneo de proyectos” y anunció la creación de una delegación interministerial en el Mediterráneo. También se declaró partidario de una cooperación reforzada en la cuenca occidental a través del Diálogo 5+5, lo que representa una verdadera ruptura con Nicolas Sarkozy. Esta prioridad otorgada a las relaciones con el Magreb se confirmó el 5 y 6 de octubre de 2012 en Malta, con su participación activa en la Cumbre de jefes de Estado y de gobierno del Diálogo 5+5.

Abundando en uno de los temas estrella de su programa interno, Hollande insistió especialmente en la juventud y en los retos de la formación, del empleo y de la movilidad en la región mediterránea. François Hollande sobre todo quiere favorecer las sinergias para facilitar la financiación, utilizar mejor los instrumentos de cooperación existentes y fomentar la complementariedad entre las iniciativas francesas y las políticas mediterráneas de la UE. Este enfoque muy pragmático conlleva ventajas y riesgos. Tiene el mérito de ser realista y de no multiplicar los golpes publicitarios en un contexto geopolítico y financiero que de momento no facilita la revitalización de la cooperación euromediterránea.

François Hollande desea recuperar la confianza en la región y restaurar la imagen a veces degradada de Francia ante la sociedad civil de algunos países. El espacio mediterráneo se revela además como una zona estratégica para la diplomacia económica que él pretende desarrollar. Sin embargo, el presidente francés navega entre diferentes escollos, sometidos a los avatares coyunturales, sin una capacidad real de definir una ruta determinada y clara. Un tropismo excesivo en el Magreb podría encajarse mal entre algunos Estados de Oriente Próximo. Pero sobre todo, sería excesivamente vulnerable a las veleidades de diferentes países del norte de África, todavía hoy guiadas por las nefastas rivalidades.

Finalmente, podría suscitar la oposición de los socios de la UE que, de forma suspicaz, vieran en esta forma de proceder una muestra de una agenda oculta francesa guiada por intereses propios y una crítica a una política europea que reúna al conjunto del espacio mediterráneo. Aunque juzgar la acción del presidente François Hollande con respecto al espacio mediterráneo pueda resultar sin duda prematuro, se pueden proyectar dos escenarios:

– uno sobradamente conocido con la alternancia política: en el fondo no cambiará nada, y lo fundamental será distinguirse en la forma y en el modo de trabajar. El Mediterráneo seguirá siendo una prioridad en las declaraciones, pero corre el riesgo de quedar ausente del balance de las acciones concretizadas por el gobierno actual;

– otro, que preconizan los primeros pasos, al menos en el Magreb, marcados por la profesionalidad (preparación intensa de las visitas del presidente mediante numerosas misiones ministeriales) y la discreción (ausencia de declaraciones oficiales mediáticas intempestivas), de una diplomacia eficaz, prudente y negociada (Argelia, Túnez, Marruecos y Libia), más prometedora que la de gobiernos precedentes.

Por supuesto es demasiado pronto para juzgar el escenario que se impondrá. En el Mediterráneo oriental, parece que François Hollande aun se halla en proceso de fijar sus posiciones, como mínimo en cuanto al conflicto de Oriente Próximo. El voto francés en la Asamblea General de la ONU proporcionará elementos esclarecedores para el futuro. En el Mediterráneo occidental, la espinosa cuestión del Sahel servirá de banco de pruebas para saber hasta dónde puede llegar Francia en su manifestación como potencia influyente en los asuntos regionales.