EE UU en Oriente Medio tras la reelección de Obama

Aunque el presidente quiere reorientar el foco de la política exterior hacia el Extremo Oriente, lo más probable es que Oriente Próximo vuelva a ser la zona que más reclame su atención.

Ricard González, Enrique Rubio

Barack Obama empezó su singladura internacional como presidente electo para un segundo mandato presidencial de la misma forma que cuatro años antes: con una gira por el sudeste asiático. El mensaje simbólico de su elección no pasó desapercibido: su voluntad de reorientar el foco de la política exterior de Estados Unidos del avispero de Oriente Medio hacia el Extremo Oriente, una región ascendente que considera clave para el siglo XXI. Sin embargo, lo más probable es que Oriente Medio vuelva a ser la zona del mundo que más reclame la atención del presidente americano, y más quebraderos de cabeza le provoque en su segundo mandato. De hecho, apenas unos días antes de iniciar su gira asiática, Gaza entró en erupción, toda una advertencia y un presagio.

Continuidad y limitaciones

La reelección de un presidente sugiere siempre visos de continuidad en la política exterior de un país. En el caso de Obama esta intuición se ve reforzada por el hecho de que la política exterior no ocupó un lugar central en la campaña electoral, ni fue el blanco principal de las críticas de la oposición. Ahora bien, cabe una salvedad: la casi segura renuncia de la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton. Hillary Clinton es una mujer con una fuerte personalidad, y ha dejado su huella en la política exterior del país. No obstante, la toma de decisiones en la Casa Blanca en materia exterior sigue un procedimiento colegiado y deliberativo. Obama no solo tiene la última palabra, sino que posee un conocimiento de la realidad internacional que le permite tener una visión propia.

De ahí que la marcha de Hillary Clinton se traduzca probablemente en un cambio de formas más que de fondo, al menos en las cuestiones de gran calado. Ante un acontecimiento tan inesperado y transformador como la Primavera Árabe, el presidente de EE UU optó por adoptar una actitud prudente, que se traduce en una reevaluación constante de su posición en función de la evolución de la realidad sobre el terreno. Atrás quedó el ambicioso discurso que Obama pronunció en la Universidad de El Cairo en 2009, en el que prometía abrir una nueva página en las relaciones entre Estados Unidos y Oriente Medio. La política americana no es proactiva, sino completamente reactiva, a remolque de los acontecimientos en una región en mutación constante. Precisamente, ésta ha sido la gran crítica de la oposición republicana a su gestión en este ámbito. En parte, la posición de los conservadores estaba motivada por el electoralismo, como se pudo apreciar en el debate de política exterior entre Obama y Rick Romney. El presidente no ofreció apenas nuevas ideas, pero su adversario tampoco lo hizo.

El aspirante republicano tan solo se desmarcó tímidamente del presidente al defender armar a los rebeldes sirios. La poca audacia de Romney pone de manifiesto una percepción que ha ido calando en la región: el margen de maniobra de Washington cada vez es más limitado. La Primavera Árabe no ha hecho sino intensificar y evidenciar esta dinámica. Los nuevos regímenes, pero incluso también los más longevos, se ven más obligados a canalizar diplomáticamente el sentir de la ciudadanía. Egipto es un buen ejemplo de ello. A pesar de que el presidente Morsi necesita la ayuda de Occidente para reflotar la maltrecha economía, ha ofrecido notables muestras de su independencia respecto a Washington, como el envío de su primer ministro a Gaza en plena crisis con Israel.

Obama es consciente de esta nueva dinámica, también de que no hay vuelta atrás al viejo orden. De ahí su disposición a trabajar con el islamismo moderado vencedor de las elecciones de Túnez y Egipto. Más que el reflejo de un postulado ideológico, su posición es fruto de la necesidad. Esto no significa un abandono de los intereses nacionales de EE UU, ni cabe esperar un giro de 180 grados en el enfoque tradicional de Washingon, como muestra el silencio cómplice ante la represión de la oposición en Bahrein, y el apoyo explícito e incondicional a Israel.

¿En busca de una solución al conflicto palestino?

Para marcar distancias con su predecesor, George W. Bush, el entonces senador Barack Obama insistió durante la campaña presidencial de 2008 que llevar la paz a Tierra Santa sería uno de sus grandes objetivos desde el primer día de su presidencia. Y cumplió con su promesa, impulsando enseguida el relanzamiento de las conversaciones de paz. Sin embargo, no fue capaz de acompañar con hechos su propósito de aportar una visión más equilibrada al conflicto. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se negó a cumplir la condición de congelar la construcción de nuevos asentamientos.

El presidente se lo consintió, y perdió su credibilidad como mediador a ojos del presidente palestino, Mahmud Abbas, dando al traste con la posibilidad de entrar en una negociación sustantiva sobre los ejes del conflicto. Desde entonces, en lugar de buscar una solución final, la Casa Blanca se ha limitado a manejar el conflicto para evitar un estallido de violencia. Y todo ello, sin moverse un centímetro de la ya tradicional posición americana de respaldo incondicional al Estado hebreo, una postura que no está claro si responde a su visión del conflicto o a un ejercicio de pragmatismo. Consumido rápidamente su capital político por la crisis económica, y acosado por las acusaciones republicanas de tibieza en la defensa de Israel, Obama ha adoptado a menudo una posición defensiva en este asunto.

Así las cosas, la gran pregunta es si durante su segundo mandato Obama va a recuperar la ambición de los inicios de su presidencia, e intentará pasar a la historia como el artífice de la consecución de la paz en el conflicto de Oriente Próximo. En estos momentos, con un Mahmud Abbas completamente deslegitimado, y ante una probable victoria del halcón Netanyahu en las elecciones legislativas en Israel, la perspectiva de un acuerdo de paz parece una auténtica quimera. Por tanto, lo más probable es que Obama no concentre sus energías en alcanzar este objetivo.

Ahora bien, ello no significa que pueda ignorar el contencioso, como demuestra la reciente crisis de Gaza. La Primavera Árabe ha alterado la ecuación del conflicto, lo que llevará a su replanteamiento por parte de la comunidad internacional. El ascenso al poder del islamismo moderado en Egipto ha permitido a Hamás romper el aislamiento internacional impulsado por Washington. Habrá que ver hasta dónde llegan las muestras de solidaridad de los árabes con los palestinos, y si ello modifica la actitud de Israel, basada en un enfoque militar del problema.

Exprimir la diplomacia con Irán

Aunque la crisis iraní lleva años en el horizonte, la segunda legislatura de Obama bien podría traer, si no un desenlace, sí sucesos significativos que no podrán ser esquivados por el presidente. La expresiva puesta en escena de Netanyahu ante la Asamblea General de Naciones Unidas, con un dibujo de una bomba de relojería a punto de explotar, evidenció la intención cada vez mayor de Israel de lanzar un ataque que la Casa Blanca no ve nada claro. Antes al contrario, asesores cercanos a Obama y militares expertos en la región como el excomandante del Mando Central, William Fallon, parten de la premisa de que un ataque preventivo solo conseguiría retrasar la fabricación del arma nuclear, pero nunca impedirla. Por ello, es previsible que Obama decida exprimir la vía diplomática hasta sus últimas consecuencias.

Las sanciones internacionales han tenido efectos económicos y políticos sobre la población iraní, pero hasta el momento no han conseguido que su programa nuclear sea más transparente. No es descartable que, además del palo, Washington recurra a alguna zanahoria, en forma de asistencia para el desarrollo de un programa nuclear civil. A la cabeza de todos los temores americanos se ubica un enfrentamiento armado con Irán, pero la pesada incertidumbre de que el país persa pueda unirse al “club nuclear” tampoco resulta fácilmente digerible en Washington. Obama nunca va a encontrar un buen momento para bombardear Irán.

Y todavía más si carece de una información precisa sobre los avances nucleares iraníes, algo que a día de hoy parece casi imposible. La peliaguda situación de la CIA –desde los informes teledirigidos que llevaron a la guerra de Irak a la dimisión de David Petraeus, pasando por el asesinato del embajador de EE UU en Bengasi– no contribuye a reforzar las certezas. La incógnita es si Israel se atreverá a tomar una decisión unilateral, como ya hizo en 2007 contra la supuesta instalación nuclear que Siria construía en la provincia oriental de Deir al Zor, o contra la central nuclear iraquí de Osirak en 1981. Con Netanyahu al frente, que ha demostrado reiteradamente su escaso aprecio por el mandatario americano, Israel es más imprevisible y menos controlable para Washington, pero en caso de enfrentamiento, cuenta con que tendrá las espaldas bien guardadas.

A la expectativa en Siria

El mundo se halla perdido en el laberinto sirio, y Obama tampoco tiene la llave. Sus opciones, como en la mayoría de frentes que EE UU tiene abiertos en Oriente Próximo, son extremadamente limitadas. Por ahora, Obama no tiene muchas más alternativas que esperar y observar el rumbo que adquiere una guerra civil que parece dirigida hacia la autoaniquilación. Pese a que EE UU ha adoptado recientemente un papel más proactivo en unir a la disgregada oposición siria, se encuentra ante varios obstáculos que acentúan su parálisis. En primer lugar, Rusia ha dejado claro que no contempla la salida de Bashar al Assad, una condición innegociable para opositores y revolucionarios.

De no variar esa postura, el Consejo de Seguridad de la ONU seguirá atado de pies y manos para considerar siquiera una zona de exclusión aérea que alivie los bombardeos de la aviación militar. Tampoco ha mostrado Obama excesiva inclinación hacia una intervención armada que despierta muchas más dudas que certidumbres. La atomización opositora y, sobre todo, de los grupos rebeldes que operan bajo el ambiguo paraguas del Ejército Libre Sirio (ELS) hace que ni siquiera el suministro de armas sea hoy una opción clara para EE UU, ante el temor evidente a que éstas puedan volverse algún día hacia su aliado Israel. Por otro lado, no conviene olvidar que el interés de los propios rebeldes en Estados Unidos no va mucho más allá de la financiación y el aprovisionamiento que puedan conseguir de ese país.

El pánico que siente Washington hacia una Siria sumergida en la anarquía, tras los renglones torcidos de Irak, es proporcional al horror que despiertan las masacres perpetradas por Al Assad, a las que se han sumado los rebeldes. Por ello, el desiderátum washingtoniano –dentro de que cualquier opción se antoja nefanda– pasaría por una solución similar a la transición yemení, donde una figura interna del régimen que no suscite repulsión entre los opositores pueda asumir el timón y garantizar una mínima estabilidad que permita poner rumbo a la democracia. Sin embargo, el camino a una eventual transición parece hoy inviable. La minoría alauí ha vinculado su suerte a la del régimen asadista, y el temor a una venganza sangrienta es demasiado profundo como para confiar ahora mismo en un arreglo pacífico.

Nada podría espantar más a Obama y su cohorte de asesores realpolitiker que la repetición de un escenario similar al de Irak. Romney, que demostró un dominio mucho menor de la situación en Oriente Próximo que Obama durante la campaña electoral, dejó sin embargo una frase para la posteridad que bien podría colgar en el Despacho Oval: “We can’t kill our way out of this mess” (algo así como “no podemos resolver a tiros este lío”). No es aventurado afirmar que, en Siria, Estados Unidos tiene mucho más que perder que ganar, por lo que es previsible que la Administración Obama opte por ir al rebufo de los acontecimientos sobre el terreno, mientras intenta fortalecer –con cautela– a la oposición, y busca un acuerdo imposible en el Consejo de Seguridad para frenar la sangría.