Fragmentación y globalización en el Magreb

La región tiende por un lado hacia la homogeneización económica, tecnológica y cultural y, por el otro, hacia la división política y la multiplicación de identidades y actores.

Mohamed Madani, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Mohamed V, Rabat

El objetivo de estas reflexiones no es extenderse sobre la noción de “globalización” y sobre la idea de saber si propaga un postulado de unidad (ficticia) entre unas dinámicas autónomas, sean económicas, tecnológicas, sociales, culturales o religiosas. Se trata de interrogarse sobre el impacto de la globalización y ver cómo ésta ejerce, directamente o a través de un abanico de mediaciones, sus efectos sobre los Estados, los territorios, las identidades, los grupos y los individuos.

La época actual está marcada en el Magreb por un doble proceso aparentemente contradictorio: una tendencia centrípeta hacia la homogeneización económica, tecnológica, mediática y cultural, por un lado, y una tendencia centrífuga hacia la fragmentación política y la multiplicación de las identidades, de los actores y de los liderazgos, por el otro. En este contexto, el Magreb, como proceso de construcción de un sistema subregional llamado a trascender sus componentes, sigue sufriendo un déficit de integración.

Pese al avance de la idea de la “necesidad” del Magreb en la retórica de las elites y pese a la creación de la Unión del Magreb Árabe (UMA) en 1989, el proyecto sigue siendo tributario de las preocupaciones individualistas de los Estados nacionales. Las iniciativas europeas y, en especial, el Proceso de Barcelona, no han acabado con esta situación y siguen reproduciéndose las relaciones dinámicas entre Europa por un lado y, por el otro, cada uno de los Estados por separado, en un marco que tiene como objetivo establecer un nuevo dispositivo de acción multilateral.

Dicho de otro modo, el dispositivo euromediterráneo en su fórmula actual perpetúa las relaciones bilaterales, activa las tendencias hacia la diferenciación económica entre los Estados magrebíes y acentúa la “balcanización” política en la región. En el plano interno, la globalización de los mercados y de la producción ha tenido unas repercusiones que los Estados y los poderes actuales no logran manejar. La globalización se ve acompañada de un aumento vertiginoso de las diferencias entre las capas sociales, y los Estados magrebíes parecen incapaces de dominar estas tendencias, de frenar estas evoluciones que desembocan en un aumento del desempleo y una exclusión pronunciada.

El funcionamiento de los Estados de la región se ve perjudicado por una dinámica de fragmentación que afecta al mismo tiempo a los grupos sociales y a las actividades y que se encuentra en todas las escalas espaciales, desde la ciudad hasta el campo. En el plano espacial se manifiesta en desequilibrios territoriales, como la concentración de las poblaciones en las zonas urbanas o periurbanas o también en la dispersión y fragmentación de las ciudades. La cuestión que se plantea es en qué medida el contexto actual, el que describe el vocablo “globalización”, explica la fragmentación actual.

En primer lugar hay que subrayar que no ha provocado su nacimiento. En efecto, la fragmentación y las reivindicaciones de identidad (regionales, secesionistas o fundamentalistas) son visibles desde al menos los años setenta. Sin embargo, es probable que el contexto de la globalización influya en la naturaleza de las fragmentaciones y en el modo en que se expresan. A comienzos de los años ochenta, el Magreb tuvo que enfrentarse a una situación económica desfavorable, caracterizada fundamentalmente por un endeudamiento excesivo, los déficit de las finanzas públicas y de la balanza de pagos, una inflación alta y un nivel de ahorro bastante bajo. Estos factores se suman a otros como la carga de la guerra de desgaste entre Marruecos y Argelia.

Para salir de este atolladero, cumplir las obligaciones de sus deudas externas y estimular la economía, se han incluido en la agenda unos programas de ajuste estructural con el apoyo de los organismos internacionales. Los programas de ajuste estructural y los mecanismos de corrección relacionados con la modernización han tenido profundos efectos en el sector del empleo y se han traducido en la reducción de las contrataciones en el sector público y en la administración. El ritmo de contrataciones en la administración y en el sector público se ha ralentizado considerablemente, lo que va a traer consigo el aumento del paro, sobre todo entre los jóvenes diplomados.

La evolución demográfica normal dado que ya no se puede hablar de explosión demográfica en el Magreb–, provoca un crecimiento importante de la población activa en potencia y de la población activa disponible. Hacia 2010, la necesidad de creación de empleo se elevará en el Magreb a cerca de 7,5 millones. Frente a esta evolución, el porcentaje de crecimiento real en los tres países del Magreb (el 3,85% en Argelia, el 3,11% en Marruecos y el 4,76% en Túnez durante el periodo 1995-2004) sigue siendo insuficiente y no permite garantizar un desarrollo del empleo. Esta profunda perturbación del mercado de trabajo provoca el desarrollo de un paro estructural y fuerza a grupos enteros de la población a realizar actividades precarias o marginales en el sector informal. Provoca asimismo la formación de una nueva constelación social excluida del mercado de trabajo y dispuesta a aceptar cualquier tipo de empleo.

Esta constelación está formada fundamentalmente por personas a la espera de un empleo o en la frontera entre actividad e inactividad. Al mismo tiempo, se asiste a una diseminación de lo que se denominan “bolsas de pobreza”: ningún lugar de las ciudades (de la medina a la ciudad nueva) se libra de la pobreza, pero ésta se concentra en las zonas periféricas, cuyo número ha aumentado en las ciudades en los últimos años. Estas bolsas de pobreza se caracterizan por la precariedad de los individuos y de los grupos, de las viviendas, del derecho y de la ciudadanía.

Los debates sobre el empleo y los barrios satélites y, por tanto, sobre la formación de una subclase y la fragmentación social pueden contribuir a subrayar algunos aspectos de las dificultades crecientes del sistema de regulación en los países del Magreb. La mayoría de las veces el sector informal es un síntoma de crisis de la regulación social. El empleo precario y el trabajo informal son el testimonio de que las condiciones de trabajo están por debajo del nivel general de vida socialmente necesario para integrarse normalmente en su comunidad de pertenencia. Cuando estas condiciones persisten, son crónicas o las sufren individuos y grupos, resulta muy difícil seguir apegado a los valores y horizontes de su propia comunidad de pertenencia.

El paro, el empleo precario y el trabajo informal son trabas reales para la ciudadanía como ideal que entraña la promesa de la urbanidad, es decir, como reconocimiento tolerante de un apego común al orden social. Este apego de los ciudadanos hacia un orden político marcado por el respeto a un conjunto de procedimientos, convenciones e instituciones, está fuertemente obstaculizado en el Magreb por la fragmentación social. La mayor inestabilidad y la heterogeneidad de las carreras profesionales y del sistema del hogar abren un amplio horizonte en el que el riesgo de integración se incrementa.

La protección garantizada por las estructuras familiares, comunitarias y estatales ya no es capaz de ofrecer una cobertura suficiente a los individuos que viven con unas carreras profesionales inestables o escasamente remuneradas. Los círculos de la necesidad y de la fragmentación se amplían mientras que los mecanismos de apoyo y de asistencia puestos en marcha por los Estados magrebíes independientes están en retroceso. Hay que recordar que hasta una fecha reciente (hasta los años ochenta: años de violencia urbana y de disturbios) se logró controlar la cuestión social en el Magreb, no porque no existieran problemas serios o no hubiera pobreza, sino gracias al impacto del sistema diversificado que combinaba al menos cuatro dispositivos:

– En primer lugar, la capacidad de intervención de un sistema de apoyo estatal desarrollado en el mundo rural y urbano.

– La función pública también desempeñó un papel importante en la regulación social.

– Los dispositivos familiares y comunitarios fueron capaces de proporcionar unas redes de apoyo adecuadas a las personas con dificultades.

– Por último, la red social más segura y estrechamente relacionada con los mecanismos familiares y comunitarios ha sido el papel desempeñado por los ciudadanos magrebíes en el extranjero.

La fragmentación social

El desmantelamiento del sistema de subvenciones, el hundimiento financiero de los programas de asistencia estatales, la liberación de la administración de la prestación de determinados servicios que garantizaba la crisis de la estructura familiar y el cambio de comportamiento de los ciudadanos magrebíes en el extranjero, son unos indicadores serios del proceso general de fragmentación y de un déficit de ciudadanía y de integración en general.

El proceso de fragmentación social grave y acumulativo se vuelve tan alarmante que gran parte de la población marginada se encuentra en un estado de privación tal que termina por equivaler a una verdadera discriminación, sin que un acceso a la vida normal sea probable. Desde esta perspectiva, las descripciones proporcionadas por los autores occidentales sobre los guetos y la exclusión y la desvinculación sociales pueden resultar muy útiles, con la salvedad de que la formación de guetos y la exclusión son aquí muy diferentes de lo que ocurre en Estados Unidos y en Europa cuando desaparecen los mecanismos de solidaridad y de distribución tradicionales, informales y estatales sin que sean sustituidos por unas formas nuevas.

Desde este punto de vista, lo que caracteriza la fragmentación en las sociedades magrebíes es la incapacidad cada vez mayor de los miembros de la población para construir proyectos en común y ponerlos en marcha. La fragmentación se produce cuando muchos magrebíes se consideran a sí mismos cada vez menos vinculados con sus conciudadanos por obligaciones y proyectos comunes. A muchos marroquíes, argelinos y tunecinos les cuesta cada vez más identificarse con el colectivo político nacional.

Esta escasa identificación traduce tal vez una perspectiva individualista que lleva a los individuos a contemplar la sociedad desde un punto de vista puramente instrumental, pero también acentúa esta perspectiva individualista porque la ausencia de perspectivas remite a los individuos y a los grupos a sí mismos. La fragmentación social aquí descrita y que se define por el retroceso del régimen local del Estado social y la incapacidad cada vez más manifiesta del sistema familiar y asociativo para garantizar el bienestar de los individuos y cubrir sus necesidades económicas y sociales, se convierte en un grave obstáculo para la democracia y el desarrollo sostenible en las sociedades magrebíes.

Los índices que podemos consultar muestran que, en el Magreb, la tendencia es al aumento de la fragmentación y de la precariedad ahora que acaba de concluir una fase que ha visto el predominio del Estado y de la familia asistencial y del monopolio de la regulación por el Estado nacional independiente. Los nuevos mecanismos establecidos por los Estados independientes y las acciones de las sociedades civiles en el ámbito de la lucha contra la pobreza son incapaces de hacer frente a la disgregación sistémica o de invertir o modificar significativamente la situación y crear nuevos equilibrios entre reformas económicas y modos de integración social.

Pero no puede haber progreso de la democracia y ni siquiera de la economía de mercado si no se crean paralelamente unas redes sociales viables y unas cadenas de solidaridad reales que garanticen a la “comunidad de ciudadanos” un mínimo de cooperación social. Si no se establecen unas redes de asistencia y de solidaridad extendidas a toda la sociedad o se mantiene un control mínimo de las trayectorias profesionales y familiares menos estables y más heterogéneas para evitar la ampliación de las bolsas de pobreza, éstas se transforman en zonas de producción de incendiarios (arragas) o de bombas humanas destinadas a ser manipuladas por los emires del nuevo combate, por sectas o jefes populistas radicales.

Ante tal fragmentación social se podría incluso plantear la pregunta de saber si las sociedades magrebíes siguen siendo sociedades o si no están divididas en una multitud de “tribus”, “comunidades” y actores con identidades diferentes. Hasta ahora, el Magreb no ha sabido abordar la cuestión de la identidad y de la regionalización. Los magrebíes viven bajo el dominio de unas constituciones elaboradas por Estados monoculturales en los que la representación del poder está monopolizada por el nivel central que tiene al frente a una única persona: el jefe del Estado, encarnación del carácter único e indivisible de la república o del reino.

Este esquema constitucional ya no se corresponde con la realidad en un Magreb en el que han aparecido nuevos “territorios”, identidades y elites. La aparición de nuevas élites y nuevos actores (islamistas, bereberes y saharahuis –el Polisario–), a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta muestra los límites de las estrategias políticas basadas en la cooptación sutil de las élites regionales dentro de los órganos centrales y locales de los Estados magrebíes y en el juego político dominado por notables, poco favorable a la aparición de nuevos actores.