Especulaciones bélicas del verano

En el contexto actual de Oriente Próximo, en el que todos los conflictos están cada vez más imbricados, el forcejeo entre Irán y EE UU es decisivo. También el papel de Turquía.

Tomás Alcoverro

Los libaneses esperan con ilusión el verano, que es el anhelado tiempo de los ricos turistas procedentes sobre todo de los Principados del Golfo, pero temen también que pueda traerles otro conflicto armado con Israel. Cada estío, cuando los habitantes de las naciones de Occidente se entregan a las vacaciones, se evaden en viajes, cultivan el cuerpo –el verano es la fiesta por antonomasia del cuerpo–, en los pueblos del Levante, en las tierras de Oriente Próximo, estallan, a veces, conflictos bélicos. Muchos de los más importantes acontecimientos de las pasadas cinco décadas en Oriente Próximo, han tenido lugar en estos lentos y cálidos veranos, desde la guerra de los Seis Días de junio de 1967 hasta el enfrentamiento armado de Hezbolá con Israel de hace cuatro años. La invasión de 1982 del sur de Líbano, la ocupación de Beirut para expulsar a los guerrilleros de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yaser Arafat, con el episodio de la matanza de refugiados en Shabra y Shatila, también fueron perpetradas en otra estación estival.

El frente líbano-israelí

Durante meses no han cesado las especulaciones de un posible enfrentamiento del ejército israelí con los combatientes de Hezbolá. Desde Tel Aviv a la capital de Estados Unidos se acusa a Siria de haberle proporcionado importantes cargamentos de armas, entre ellas cohetes Scud. De acuerdo con estas estimaciones, cuenta con un arsenal de 45.000 cohetes, mucho más potente del que poseía en verano de 2006. Siria siempre lo ha negado, y después de estas acusaciones expertos militares israelíes han descartado, por ahora, un ataque contra Líbano, que sigue siendo caja de resonancia de todos los conflictos de Oriente Próximo.

Como ha escrito David Hirst en su último libro, Beware of small states, si estalla un nuevo conflicto bélico, éste comenzaría en el frente líbano-israelí, el único frente activo en 40 años, fuera de Palestina, y quizá esta vez no quedaría sólo allí confinado, sino que podría extenderse al Hamás de Gaza, a Siria, e incluso al Irán de los ayatolás, en una suerte de amplia guerra de cohetes al estilo de Hezbolá. Los libaneses están percatados que una agravación del forcejeo de la administración Obama e Irán sobre la cuestión nuclear repercutiría en su pequeño y estratégico país. Todos los conflictos de esta región, desde los de Afganistán e Irak, a los de Palestina, Irán y Líbano, están cada vez más imbricados.

En marzo, el secretario general de Hezbolá, el jeque Hasan Nasralá que raramente se aventura a salir de su secreto paradero, viajó a Damasco para asistir a la reunión de los presidentes de Siria, Bachar el Assad, e Irán, Mahmud Ahmadineyad, para reforzar su estrategia en torno a las amenazas israelíes sobre Líbano. El régimen de Teherán apoya firmemente a Hezbolá, que es también fiel aliado de Siria en su nunca agotada influencia sobre Líbano. La mejoría de relaciones entre los gobiernos de Beirut y Damasco, ya con sus embajadas establecidas, ha permitido un evidente relajamiento de la situación interior libanesa. Pero dos cuestiones importantes siguen latentes: las armas en poder de Hezbolá, y el próximo inicio de las tareas del Tribunal especial de Líbano constituido en La Haya para ocuparse del atentado de 2005 contra el ex primer ministro Rafik Hariri, que provocó sin exageración un vuelco histórico en Líbano.

En su periódico informe sobre el cumplimiento de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad adoptada para poner fin al conflicto bélico del verano de 2006, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, corroboró que aun no se habían desarmado las milicias de Líbano. Además de la organización chií proiraní, aliada de Siria, hay grupúsculos palestinos, como “Al Fatah-comando general” a las órdenes del comandante Jibril, con base en la Bekaa, que siguen con su armamento. Ni el nuevo gobierno de Beirut, presidido por Saad Hariri, hijo del asesinado político suní, uno de los hombres más ricos del mundo, ni las tropas internacionales de la FINUL, ahora dirigidas por un general español, destacadas en la zona fronteriza líbano-israeli, emprenderán ninguna acción para hacerlo. En el diálogo nacional libanés, este tema se evita prudentemente para no provocar una gravísima crisis interna que podría ser más peligrosa que la padecida en los últimos cuatro años, hasta el acuerdo de Doha alcanzado por los poderes regionales para elegir al comandante en jefe del ejército libanés, Michel Suleiman, como presidente de la República.

Se ha escrito que una de las primeras diligencias del fiscal del Tribunal va a ser convocar a varios militantes de Hezbolá para que den sus testimonios. En una novela del escritor francés Gerard de Villiers, recientemente publicada, con el título La lista Hariri, se fabula que el único testigo con vida que pudo escaparse de la ejecución de los nueve implicados en el asesinato que pertenecían a Hezbolá, ordenada por un general sirio, al que la CIA envió a La Haya a declarar, saltó por los aires en la explosión de su avión al despegar de Beirut. La novela fue al principio retirada de las librerías por la censura local pero más tarde volvió a ponerse en venta. El atentado contra Hariri, que agravó hasta la exacerbación las relaciones entre los gobiernos de Damasco y Beirut, aun no ha sido esclarecido.

El Tribunal Internacional de La Haya no ha podido establecer todavía un acta de acusación contra nadie pese a las primeras y prematuras sospechas de que los dirigentes de Damasco y sus aliados estaban implicados en la ejecución. De ahí que el relato de Villiers, en el que la ficción suplanta la realidad, con su intriga novelesca y con sus fantasías policíacas y eróticas, se haya convertido en un libro explosivo en esta época de renovadas incertidumbres en Oriente Próximo. La administración Obama ha renovado las sanciones contra el régimen sirio, al que sigue echando en cara el apoyo que ofrece a organizaciones calificadas de terroristas, con el que ya había iniciado una discreta pero significativa aproximación aunque todavía no haya enviado su embajador a Damasco, y sigue dando vueltas a un proyecto de sanciones contra Irán a través de la ONU, difícil de alcanzar, porque Turquía, Rusia y Brasil insisten en encontrar una solución negociada. Hans Blix y Mohamed al Baradei, que han presidido la Agencia Internacional de la Energía Atómica, con sede en Viena, han abogado siempre a favor de la negociación. Siria sigue siendo un país decisivo para la paz en Oriente Próximo.

¿Cuántas veces se ha escrito que los árabes no pueden hacer la guerra a Israel sin Egipto, ni la paz sin Siria? Las guerras libanesas que exponían también a Siria a la anarquía le permitieron elevarse a un rango de potencia regional, de interlocutora inevitable de EE UU, de Occidente, y porqué no, de Israel. Siria ha querido reducir su vulnerabilidad militar respecto al Estado judío manteniendo a Hezbolá armado, al Hezbolá proiraní que es además una de sus grandes bazas diplomáticas. Es imposible que Líbano se desvincule de Siria, unida a la carne de su sangre, pegada a su geografía con la que no tiene más remedio que contar y contemporizar, tratando de establecer una difícil relación equilibrada en que el gobierno de Saad Hariri hace esfuerzos para ir normalizando sus complejas relaciones.

Algunos de sus aliados, como el jefe druso, Walid Yumblatt, se han alejado de su heterogénea coalición, y ha ido a Canosa, ha visitado Damasco, acompañado de su primogénito, a fin de rectificar su anterior actitud hostil. El régimen de Bachar el Assad, con sus partidarios de Hezbolá y del general cristiano, Michel Aoun, ha recobrado influencia en Líbano, tras la humillante salida de sus soldados en 2005, después de la constitución de un gobierno radicalmente antisirio que reclamaba la verdad del atentado contra Hariri y la formación de un tribunal internacional para establecer justicia. Las acusaciones de armar a Hezbolá con nuevos cohetes Scud ponen en entredicho sus empeños para romper el aislamiento internacional, pero comprometen también las iniciadas aproximaciones de la administración Obama a un régimen que el anterior presidente Bush había condenado a un pestífero ostracismo. Según el diario israelí Yediot Ahronot, los servicios de inteligencia norteamericanos no tienen pruebas de estas entregas de cohetes.

El jefe del gobierno libanés está percatado que esta campaña evoca la acusación que se hizo al rais Sadam Hussein de que poseía armas de destrucción masiva como pretexto para atacar a Irak. Diarios de Damasco amenazan a Israel con una gran derrota, mientras que periódicos de Tel Aviv escriben que van a dejar reducida a Siria a la edad de piedra…

El forcejeo con Irán

Siria, pese a las tentativas americanas de apartarla de Irán, continua fiel a su alianza de hace 20 años. La república islámica persa con su programa nuclear en marcha contra viento y marea, es considerada como una amenaza por Israel y EE UU. Pero son las tropas americanas las que están desplegadas en sus repúblicas vecinas de Irak y Afganistán, o en las bases de Kuwait, de Bahrein, de la Federación de los emiratos árabes… Es Israel quien posee el monopolio atómico en Oriente Próximo.

El régimen mesiánico y pragmático de Teherán aspira a ser reconocido como una potencia regional. Si arma a Hezbolá y a Hamás, en la angosta franja palestina de Gaza, no les suministra armas químicas ni biológicas que serían una provocación. Desde 1973 Israel ya no se enfrenta a ningún ejército regular árabe, sino sólo a estas dos organizaciones combatientes en las llamadas guerras asimétricas. Y es a través de ellas cómo el régimen iraní mantiene su estrategia bélica ante su gran enemigo israelí. No es fácil expresar el poder nuclear en ventajas políticas. Israel quiere defender su monopolio atómico y amenaza con atacar a Irán, cuyas proclamaciones pacifistas no cree, si la comunidad internacional no detiene su programa nuclear. Estas amenazas no han surgido al acercarse el verano, sino que se repiten desde hace tiempo.

Pero es evidente que un ataque a Irán, que no fomenta la administración Obama, provocaría un caos en la región. La política de contención norteamericana es la acción más prudente. La adopción de nuevas sanciones tal como ocurrió en Irak, perjudicaría a la población, pero no debilitaría al régimen islámico. En este Oriente Próximo con un nuevo proyecto de una muy incierta negociación indirecta, auspiciada por la administración Obama, el forcejeo entre Irán y EE UU es decisivo. Turquía, tan activa en estos frentes diplomáticos, ha ofrecido su mediación para evitar un enfrentamiento bélico y unas eventuales sanciones. Los años del derrotado y desmantelado imperio otomano han quedado atrás.