Jerusalén Este y Cisjordania: batalla por el espacio

Israelíes y palestinos aguantan el pulso con fuerza. Los dos mantienen sus posiciones, convencidos de que saldrán vencedores.

Carla Fibla

Tres veces a la semana Abu Hasan organiza desde el Hotel Jerusalén un recorrido alternativo al que ha bautizado “Tour político de Jerusalén Este”. Los clientes son turistas que después de recorrer las concurridas calles de la ciudad vieja para contemplar el Muro de las Lamentaciones, la Esplanada de las Mezquitas y el Santo Sepulcro, deciden dedicar una mañana de su viaje a la ciudad tres veces santa, a conocer parte de la realidad que enfrenta a palestinos e israelíes desde hace más de 60 años.

Durante más de tres horas Abu Hasan recordará los acuerdos firmados, las consecuencias a las que se enfrentan a diario ocupados y ocupantes, acercará a los turistas a barrios como Cheij Jarrah donde los colonos están viviendo en casas de palestinos para crear nuevas zonas de asentamientos, se detendrá en los checkpoints como el de Qalandia donde las ambulancias esperan pacientes a que les den paso con las luces rojas encendidas para recordar que llevan un enfermo dentro, se pararán en los lugares donde el actual gobierno israelí que dirige Benjamín Netanyahu ha ordenado desmantelar algunos puestos de control, a menudo inservibles porque con el muro ya controlan el lugar.

Lo que Israel denomina la “barrera” de Cisjordania, el “muro de la vergüenza o del apartheid” para los palestinos, se extenderá a lo largo de 721 kilómetros, el 80% se adentra en territorio palestino, en algunos puntos hasta 22 kilómetros para incluir asentamientos como Ariel, Gush Etzion, Emmanuel, Karnei Shomron, Guiv´at Ze´ev, Oranit y Maale Adumin. Aprobada su construcción por el ejecutivo hebreo tras la segunda Intifada, en junio de 2002, y cuestionado por la Autoridad Nacional Palestina, que asegura que cuando el muro esté terminado habrá usurpado un 10% de su territorio, en 2004 fue declarado “ilegal” por una resolución no vinculante de la Corte Internacional de Justicia en la que se instaba a su destrucción.

Desde las ordenadas calles de los asentamientos de Jerusalén Este es posible contemplar las circunstancias completamente extremas en las que viven israelíes y palestinos. Todos pagan sus impuestos al Ayuntamiento de Jerusalén pero sólo el 12% del presupuesto de la ciudad se destina a Jerusalén Este donde habita el 35% de la población. La discriminación se ejecuta sin contemplación cuando se trata de otorgar licencias para construir viviendas o de ofrecer lugares públicos como parques, centros de ocio o incluso escuelas.

El baremo con el que se analizan los problemas cambia radicalmente cuando se trata del Este o del Oeste de Jerusalén, una realidad con la que se tropieza constantemente cuando, al recorrer la parte palestina de Jerusalén, aparecen las casas de piedra blanca junto a las construcciones de hormigón de los que siguen llamándose campamentos de refugiados, o las calles con servicio de recogida de basura junto a las que almacenan los desperdicios en lugares improvisados. “Es fácil diferenciar las casas de los colonos de las de los palestinos, en sus tejados sólo tienen un tanque de agua porque ellos nunca dejan de tener, en cambio en nuestras casas necesitamos dos, hay que almacenar agua porque el servicio no está asegurado”, explica Abu Hasan.

Las dificultades cotidianas a las que se enfrentan los 280.000 palestinos, casi un tercio menores de 15 años, que viven en Jerusalén Este se concentran, según expertos árabes, en el objetivo del gobierno hebreo denominado “traslado lento”. Es la razón por la que no se otorgan permisos de construcción y se limita el número de escuelas, para que cuando un menor solicite su carnet de identidad si no ha sido escolarizado algún año, si carece de un documento que acredite que vive en Jerusalén, no sea considerado residente en la ciudad. En Jerusalén Este, igual que en los más de 200 asentamientos de Cisjordania en los que viven unos 200.000 colonos, es posible diferenciar entre los que deciden instalarse en un asentamiento por razones económicas y los que lo hacen por convicciones religiosas.

El casi medio millar de puestos de control ofrecen seguridad a los que han decidido vivir en una tensión constante, disputando cada centímetro del territorio en una aparente vida normal en la que los niños acuden al parque, se columpian, ajenos a la mirada de niños de su misma edad que les contemplan con el odio mutuo que se macera en sus hogares. Las declaraciones políticas interfieren en esa lucha diaria por el espacio pero su efecto se analiza con muchas limitaciones sobre el terreno.

Mientras sólo sean palabras, las concesiones políticas interesan muy poco tanto a palestinos como a israelíes. En cambio, cuando se pasa a los hechos, las reacciones hacen que se dispare la tensión y que todo quede de nuevo, una vez más, al servicio de un nuevo enfrentamiento. El anuncio de la construcción de 1.600 nuevas viviendas en la colonia ultraortodoxa de Ramat Shlom, durante la visita del vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, a Jerusalén, fue un ejemplo de ello. Pocos días después el periódico israelí Haaretz aseguró que unas 50.000 viviendas serán construidas en varias fases en Jerusalén Este, de las que 20.000 apartamentos ya estarían en una etapa avanzada de aprobación.

Lo que no impidió que el anuncio de “congelación” de construcción de nuevas colonias (expira en septiembre de 2010), que sólo afecta a Cisjordania, una concesión impulsada por el primer ministro Netanyahu, fuera valorada de forma muy positiva tanto por la administración americana como por la Unión Europea (UE). Al mismo tiempo, en enero de 2010 se acordó la ampliación del asentamiento Pisgat Zeev con 600 nuevas casas y en los últimos meses se ha avanzado en el proyecto de reforma del distrito de Silwan (junto a la Ciudad Vieja) para el que ya se han expedido 88 órdenes de demoliciones de viviendas palestinas.

En un informe firmado por los jefes de representaciones diplomáticas de la UE sobre Jerusalén Este (del 23 de noviembre de 2009) se destaca la imposibilidad de que palestinos e israelíes compartan Jerusalén como futura capital de sus Estados, y señalan como el principal factor el hecho de que “desde la ocupación de Jerusalén Este y Cisjordania, en 1967, los gobiernos israelíes han perseguido con fuerza una política de transferencia de población judía a los territorios palestinos ocupados, en violación de la Cuarta Convención de Ginebra y del derecho humanitario internacional”.

El resultado, señala el informe, es que “más del 30% de Jerusalén Este ha sido expropiada de facto, el 37% del total de las viviendas ofertadas en los asentamientos coloniales entre 2001 y 2009 están situadas en Jerusalén Este y 190.000 colonos judíos viven en 12 asentamientos en la parte palestina de Jerusalén”. Esa batalla demográfica, que según el Ayuntamiento en Jerusalén es de 35% (250.000 palestinos) frente a 65% (500.000 israelíes), aparece reflejada en un reciente estudio elaborado por el Comité Israelí contra la Demolición de Casas (ICAHD, en sus siglas en inglés) en el que se demuestra la “judaización” de los barrios musulmán y cristiano en la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Al recorrer la calle Wad junto al concejal Meir Margalit, miembro del ICAHD, son visibles las banderas israelíes, las placas y los nombres de tiendas que han sido adquiridas en los últimos años. “Están situadas en lugares estratégicos, una sinagoga, una residencia, una tienda, la disposición de los lugares ocupados por los colonos les permiten decir que ese lugar les pertenece”, explica Margalit tras confirmar que hay 20 edificios, donde viven unas 60 familias (300 residentes judíos) en los barrios musulmán y cristiano. La adquisición de esas viviendas o locales no ha sido fácil, en ocasiones se ofrece dinero a familias sin recursos, otras se envía a un negociador palestino que oculte que el comprador es un judío.

Hay organizaciones locales en la Ciudad Vieja como Burj Al Luq, que permanecen alerta y cuando detectan que se está produciendo una venta que permita a los judíos adquirir una nueva propiedad en el barrio musulmán, intentan frenar la operación. También trabajan para evitar los desalojos de casas en las que es difícil completar la documentación que exige el Ayuntamiento para alegar que es de una familia palestina desde hace décadas. Margalit accede por una pequeña puerta a un patio sucio y oscuro, sube por unas escaleras estrechas mientras explica que la propiedad de las minúsculas habitaciones es del Waqf, la autoridad religiosa palestina encargada del cuidado de la Esplanada de las Mezquitas, que las ofrece a palestinos sin recursos económicos.

“Lograron salvar algunas habitaciones, antes de que los colonos israelíes comprasen estos pequeños habitáculos insalubres en los que viven con niños. La razón por la que se adaptan a estas circunstancias está ahí”, continúa Margalit mientras desde la azotea del edificio, junto a la garita del guarda de seguridad que hay en cada asentamiento de la Ciudad Vieja, se queda fijamente mirando la reluciente cúpula de la Mezquita de la Roca. El hecho de que judíos con un planteamiento extremista de la situación vivan a sólo unos metros del segundo lugar más sagrado para los musulmanes, hace que tanto palestinos como israelíes de izquierdas teman que en cualquier momento vuelva a estallar la violencia.

La conquista de lugares estratégicos a nivel de la calle se completa con el acceso desde los tejados a los diferentes asentamientos, y con las excavaciones que durante los últimos 10 años se están realizando junto al lugar más sensible de la Ciudad Vieja: la Esplanada de las Mezquitas y el Muro de las Lamentaciones. Los grados de extremismo que existen en el actual ejecutivo israelí se diferencian con claridad en las declaraciones, amenazas y limitada predisposición a encontrar una solución que han expresado, durante los últimos meses, los principales responsables de la diplomacia israelí, Avigdor Lieberman y Danny Ayalon.

Sus palabras se convierten en hechos protagonizados por los colonos más radicales que muestran su disconformidad con las decisiones más conciliadoras tomadas por Netanyahu, saliendo de los asentamientos y enfrentándose a la población palestina tanto en Jerusalén Este como en Cisjordania. La situación no es una bomba de relojería a punto de estallar, la capacidad de ser pacientes se ha desarrollado en ambas partes del conflicto. Inquieta que tanto israelíes como palestinos sean capaces de aguantar el pulso con tanta dureza. Aunque, su determinación no pasa por la posibilidad de ceder, sino que desde perspectivas opuestas se reafirman convencidos de que saldrán vencedores.