La situación política y social en Israel

La obsesión del gobierno sobre un creciente aislamiento internacional de Israel le llevan a ignorar auténticas oportunidades para el progreso hacia la paz.

Yossi Alpher

Durante el primer semestre de 2010, la coalición religiosa de derechas encabezada por el primer ministro, Benjamín Netanyahu, estuvo tratando de reformar la sociedad israelí de tal forma que fortaleciera su plan respecto a Jerusalén Es- te y Cisjordania. Esta posición fue una clara manifestación de lo cerrado, y por lo general negativo, que es el vínculo entre la política interna de Israel y la cuestión palestina. En muchos aspectos, esta dinámica se nutre de las tendencias observadas en Israel durante la última década.

El curso que han tomado los acontecimientos resulta en algunos aspectos más peligroso para el futuro de las relaciones entre israelíes y palestinos que la construcción de otros cientos de viviendas para judíos en Jerusalén Este. Junto con el éxito indiscutible del blindaje de la economía de Israel frente a la crisis mundial y en particular a la crisis monetaria europea, la coalición del primer ministro Netanyahu estuvo desde el principio, en marzo de 2009, programada para provocar. Puso las carteras de Justicia y la policía en manos de Israel Beiteinu, cuyo líder, Avigdor Lieberman, ministro de Asuntos Exteriores, se encontraba bajo investigación policial durante la última década y cuyas canallescas maneras han contribuido a la impopularidad mundial de Israel. Incluso si a Lieberman llegaran a acusarle, una posibilidad nada desdeñable, es probable que su partido permanezca en la coalición.

Como buen recaudador de votos, Lieberman puede atribuirse el mérito de encontrar una fórmula política para galvanizar el voto de los inmigrantes rusos y los derechistas seculares independientes: la incitación demagógica contra los árabes, sumada a medidas para garantizar los derechos de los inmigrantes cuyo judaísmo no es reconocido por el estamento religioso ortodoxo. La cartera de Vivienda estaba en manos del Shas, un partido cuyos votantes son sefardíes ortodoxos de bajo poder adquisitivo; de ahí la construcción masiva de vi- viendas en lugares como Ramat Shlomo en Jerusalén Este donde el suelo es barato. La sociedad civil israelí está bajo el ataque de este gobierno.

El sistema judicial de Israel, el último bastión de la sociedad abierta, se ha visto claramente socava- do por los intentos de la Knesset de remodelarlo y dar- le una imagen más conservadora. Peor aún, el gobierno se negó descaradamente a obedecer y hacer cumplir las órdenes del Tribunal Superior de Justicia de derribar las partes controvertidas de la valla de seguridad en Cisjordania, desmanterlar asentamientos no autoriza- dos en la parte árabe de Jerusalén Este, así como de construir escuelas para los niños árabes de Jerusalén, que Israel insiste en que son sus residentes. A principios de 2010, el máximo representante del Tribunal Superior de Justicia, Dorit Beinish, consideró necesario recordar a las autoridades que las decisiones de la Corte Suprema “no son recomendaciones”.

A decir verdad, los predecesores de Netanyahu iniciaron esas prácticas contrarias al Estado de Derecho; sin embargo, fue- ron capaces de esquivar el estigma de socavar el sistema judicial en las cuestiones relativas a los palestinos, mediante los intentos de avanzar en el proceso de paz –algo que a Netanyahu le resultaba considerablemente difícil de hacer. Otro asunto que complica aún más el proceso de paz a largo plazo y que está tomando forma con el gobierno liderado por Netanyahu es el ejército. Las Fuer- zas de Defensa de Israel están siendo neutralizadas como medio para la eliminación de los colonos o incluso para acabar con la violencia de éstos. Sus filas de infantería en estos momentos están tan excesiva- mente tripuladas por los colonos religiosos o sus seguidores (un 30% de los oficiales) que ya no se puede contar con el ejército para hacer cumplir una solución de dos Estados. El aspecto más evidente de la campaña derechista de Netanyahu de rechazo a las presiones por la ocupación de Cisjordania fue su énfasis en los grupos de la sociedad civil israelí, que controlan las acciones y decisiones gubernamentales, en particular en relación con los palestinos.

Un impulso para legalizar el estilo McCarthy de caza de brujas de los activistas pro derechos humanos de la sociedad civil generó una iniciativa legislativa draconiana en la Knesset. Se requeriría a todo el personal y a activistas de organizaciones no gubernamentales israelíes que reciben el apoyo de gobiernos extranjeros que se declarasen públicamente “agentes extranjeros” si apoyan la “actividad política”, es decir si tratan de “influir en la opinión pública o… cualquier autoridad gubernamental en relación con… la política nacional o exterior”.

Todo esto se produjo tras una anterior campaña llevada a cabo por el gobierno para tergiversar los datos de organizaciones no gubernamentales israelíes citados por la comisión Goldstone en su informe sobre la guerra de Gaza de 2009 (datos citados incluso por las investigaciones de las Fuerzas de Defensa de Israel) y deshonrar a sus autores como traidores. En última instancia, ésta y otras iniciativas legislativas podrían socavar a los partidarios de Israel en la Unión Europea y Estados Unidos que sostienen que Jerusalén tiene la capacidad para juzgar las cuestiones de derechos humanos y de controlar el comportamiento del ejército israelí él mismo, gracias a la existencia persistente en Israel de una sociedad civil vibrante e independiente, compuesta por unos defensores de los derechos humanos, además del sistema judicial.

La oposición

Mientras tanto, la izquierda, tradicionalmente defensora de los derechos humanos y del sistema legal, se ha hecho cada vez más irrelevante políticamente. No pudo explicar el rechazo de la dirección de la OLP a las ofertas de paz razonables, la más reciente hecha por Ehud Olmert en 2008, así como la respuesta violenta de los palestinos a la retirada unilateral de Israel de Gaza en 2005. En 2010, la izquierda presentó a la opinión pública un plan de paz no realista. Por tanto, el Partido Laborista y Meretz iban abandonando cada vez más el campo de juego en favor de una derecha agresiva y paranoica. La presencia continua del laborismo en la coalición de derechas de Netanyahu, aunque con fuerzas diluidas (sólo 13 miembros del Parlamento de una coalición de 74), pareció reflejar no sólo el estatus del ministro de Defensa, Ehud Barak (al menos a los ojos occidentales) como “el adulto responsable” en el gobierno, sino también el temor de que, como oposición secundaria, el Partido Laborista –ahora reducido a 30.000 miembros de partido, menos de un mandato de la Knesset–, correría el riesgo de desaparecer por completo.

En cuanto a Kadima, el principal partido de la oposición desde las elecciones de Israel en febrero de 2009, sus líderes rechazaron dos veces las propuestas de Netanyahu para formar parte de la coalición de gobierno y reconstituirla como centrista más que de derechas. Kadima, recordemos, es un partido de centro con estilo propio, formado por Ariel Sharon cuando su partido, el Likud, se negó en 2005 a apoyar la retirada unilateral de la Franja de Gaza. La líder de Kadima, Tzipi Livni (ministra de Asuntos Exteriores en el anterior gobierno de Ehud Olmert), al parecer dudaba de la sinceridad de Netanyahu como un socio potencial en las negociaciones de paz.

Sin embargo, Livni tenía sus propios problemas dentro de su partido, con una facción inclinada hacia la derecha procedente del antiguo likudismo que generaba iniciativas legislativas de línea dura y aparentemente dispuesta a considerar la vuelta al Likud. A mediados de 2010, hasta bien entrado el segundo año del gobierno de Netanyahu, Livni no había mostrado el liderazgo necesario para desafiar a Netanyahu en el caso de una crisis de gobierno.

¿Elecciones en 2011?

Esa crisis parecía más que probable dado que Israel y la OLP, tras los retrasos interminables, en mayo de 2010 parecían estar preparados para entablar negociaciones indirectas de paz bajo los auspicios de EE UU. Lo más probable era que el predominio de partidarios de la política de asentamientos y otros elementos de línea dura del gobierno de Ne- tanyahu hicieran más difícil para el primer ministro avanzar sustancialmente con los palestinos sobre el asunto territorial, Jerusalén y otras cuestiones, si así lo deseara.

La fractura y la falta de liderazgo en el la- do palestino sólo amenazaban con agravar más el problema. Como corolario a su dudosa participación en las conversaciones de paz, el gobierno de Netanyahu se quejaba públicamente de la incitación palestina contra los judíos (que existe, pero cada vez menos), al tiempo que sus propias políticas alentaban o ignoraban la creciente provocación contra los árabes en Israel. En 2010, el 80% de los estudiantes de institutos religiosos en Israel quería privar del derecho de re- presentación a los ciudadanos árabes de Israel, que suponen una quinta parte de la población. Si a fina- les de 2009 el jefe espiritual del partido Shas, el rabino Ovadiah Yosef, pudo declarar ante una enorme multitud de seguidores que “la religión de los musulmanes es tan fea como ellos” y provocar escasas y avergonzadas sonrisas, fue porque el Shas era un miembro de la coalición gobernante.

La naturaleza y las políticas de la coalición plante- aron la posibilidad de que a principios de 2011, después de las elecciones en EE UU al Congreso de mitad de periodo y debido al fracaso de las conversaciones de paz, la presión de la administración de Barack Obama podría obligar a Netanyahu a elegir entre su hogar político natural a la derecha y la estabilidad de las relaciones Israel-Estados Unidos, con la cuestión palestina como foco. Aquí una vez más, como ya hemos visto repetidamente en las últimas dos décadas, la tóxica interacción entre la política de Israel y el conflicto israelo-palestino se manifestaría por sí mismo. Si todo esto va a suponer nuevas elecciones o una nueva coalición de gobierno israelí de- penderá en gran medida de la capacidad de Netanyahu y Livni para trabajar juntos.

Mientras tanto, la obsesión del gobierno sobre un creciente aislamiento internacional de Israel y la des- legitimación, llevan a ignorar auténticas oportunidades para el progreso hacia la paz que podrían desarrollarse paralelamente a las problemáticas negociaciones con la OLP, como es el caso del éxito en el proceso de construcción del Estado llevado a cabo por el primer ministro de la Autoridad Palestina, Salam Fayyad, en Cisjordania, o las repetidas ofertas de Siria para renovar un proceso de paz que podría asestar un golpe contra Irán y sus satélites. De hecho, el islam militante representa una inquietante amenaza existencial para Israel. Pero la paranoia de la derecha hizo que el gobierno ignorara las oportunidades rea- les de progreso. En estas circunstancias, los éxitos ocasionales de Israel en materia de seguridad, como ocurrió en Gaza a principios de 2009, de forma perversa reforzaron la creciente campaña internacional de des- legitimación.