España desde la otra orilla: un espejo revelador

Su democracia y los resultados de sus políticas económicas y sociales deberían servir de modelo para Marruecos; por contra, su cooperación bilateral está disminuyendo.

Mohamed Larbi Ben Othmane, Universidad Mohamed V, Marruecos

La política nacional española ejerce auténtica fascinación en su vecino del Sur. Esto se manifiesta por distintas razones, y no solo porque Marruecos en ocasiones tenga la impresión de convertirse en un “asunto interno” español, si uno se atiene al espacio que ocupa habitualmente en los medios de comunicación españoles. Efectivamente, Marruecos es, aparte de Cuba, el país que más presencia tiene en los periódicos españoles por todo tipo de sucesos. Y lo que es más sorprendente, a veces tiene incluso más protagonismo que algunas regiones de España.

Sin embargo, debido a la manera en que tratan el tema estos medios, a menudo apasionada, y por tanto a veces subjetiva, uno puede legítimamente preguntarse si los que ostentan el poder real en Marruecos estiman que este interés de los medios de comunicación constituye una buena oportunidad para ellos. Es decir, si para ellos la Historia compartida por los dos países, su vecindad y su proximidad, son un regalo caído del cielo del que en definitiva hay que alegrarse. Se podría poner en duda. Por supuesto, el lenguaje políticamente correcto no deja de recordar esta Historia común y esta vecindad geográfica. No deja de mencionar los intereses mutuos que podrían tener los dos países. De hecho, por diversas razones, no es seguro que el discurso de los que ostentan el poder refleje siempre la realidad.

Una fascinación innegable

La razón principal que explica esta discordancia entre el discurso y la realidad es evidente. Según el lenguaje políticamente correcto, España es un país vecino, amigo, con el cual es necesario que exista una cooperación estratégica. Esto es cierto y los intereses recíprocos de ambos países requieren no solamente que la cooperación bilateral sea fructuosa a todos los niveles, sino también fomentarla y mejorarla. Sobre esto todo el mundo está de acuerdo. Pero no quita que España, como país vecino, cumpla también la función de revelador.

Revelador de los retrasos y los déficit que ha acumulado Marruecos durante los últimos 40 años. En los años cincuenta del siglo pasado, los dos países tenían prácticamente el mismo nivel de desarrollo. Es más, Marruecos contaba con una baza más que España. Tenía una posibilidad seria de poder construir una verdadera democracia, una democracia que habría podido salir adelante de no haber sido destruida de manera premeditada y metódica. La economía estuvo claramente mal gestionada, y los resultados de eso se ven hoy (nivel de desarrollo humano alarmante, elevada tasa de paro estructural, pobreza, falta de infraestructuras…).

A partir de mediados de los años sesenta, se descartó sistemáticamente la democracia mediante la proclamación de un Estado de excepción que en realidad carecía de toda justificación. Desde entonces, Marruecos se ha asentado en un régimen de poder unilateral y básicamente absoluto que, con algún que otro retoque sin consecuencias, sigue en pie hoy. En este sentido, el régimen político, económico y social español constituye un espejo revelador. En cierta medida, saca a la luz los fracasos de las políticas oficiales marroquíes, llevadas a cabo por un régimen, único responsable, puesto que durante las últimas cuatro décadas ha mantenido y concentrado todo el poder en sus manos.

Pero un espejo que refleja una política de fracasos siempre es problemático cuando revela la realidad de nuestros defectos. En la actualidad, Marruecos es un país subdesarrollado y no democrático. Siendo objetivos, el caso de su vecino del Norte es absolutamente el contrario. Debido a esta razón suficiente, los que ejercen el poder central en Marruecos preferirían sin lugar a dudas no tener este modelo político español tan cercano y vecino. En efecto, la población marroquí se siente atraída en gran medida por este modelo, que considera un ejemplo de buen gobierno y de gestión seria de los asuntos públicos.

Este atractivo resulta aún más molesto para los gobernantes marroquíes que –aunque hablen de modernidad– no cesan de proclamar y de confirmar a medida que pasa el tiempo su fidelidad al pasado y a su política de “continuidad en la continuidad”. Estas proclamaciones distan de crear las condiciones necesarias para dar un salto hacia un mayor bienestar, un despegue económico o para que exista esperanza en un futuro mejor. Sin embargo, en el pasado reciente, una vez más, Marruecos contaba con grandes bazas, su gama de libertades era bastante amplia, y era incluso un país que acogía a inmigrantes españoles.

Las decisiones democráticas

Hoy en día no es raro ver a estas poblaciones considerar que esta misma España es un modelo a seguir. Nadie ignora aquí las difíciles condiciones en las que el actual presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, llegó al poder después de los atentados de Madrid. Los marroquíes vivieron estos acontecimientos en tiempo real, y muchos de ellos expresaron espontáneamente su solidaridad con las víctimas. También han tomado nota de la gran lección de democracia que España dio al mundo con el buen funcionamiento de sus instituciones constitucionales, que le permitieron llevar a cabo una transferencia de poder casi ejemplar respetando la decisión de los electores y la soberanía del pueblo.

De lo que se dieron cuenta los marroquíes en esa ocasión, es que la democracia española está viva y de que España dispone de una democracia fuerte. Lo primero con lo que se quedaron fue que el pueblo español demostró que tiene y ejerce plenamente, conforme a su Constitución, la soberanía nacional. A través de esta votación, España ganó credibilidad, porque gestiona su política en función de las decisiones de su pueblo. Lo siguiente que le llamó la atención es que si la democracia es libertad de expresión, asociación, separación de poderes, respeto a los derechos humanos… es sobre todo el poder, mediante el voto, para cambiar de gobernantes. Ésa es la lección: poder cambiar de gobierno mediante el sufragio, respetando la ley, con toda serenidad y según las modalidades preestablecidas en la transición democrática. La manera en que se llevó a cabo la transición tras los atentados de Madrid es, sin lugar a dudas, uno de los momentos que más marcó a los marroquíes.

Dio la razón –y esperanza– a los que en Marruecos creen en las decisiones democráticas. Especialmente a los que piensan que la monarquía española es un ejemplo excelente, puesto que el rey, a pesar de conservar su papel de jefe de Estado, se esforzó por abrir y modernizar el régimen político de su país de manera pacífica. Después, Zapatero ha demostrado también que tiene una visión y una estrategia constantes con respecto a Marruecos, que empezó a ponerlas en práctica cuando todavía estaba en la oposición. La opinión pública marroquí se acuerda de su visita en un momento difícil, cuando el grave incidente del islote de Perejil (Leila) había llevado las relaciones entre los dos países a su punto más bajo. Esta buena disposición no se ha echado a perder a la postre.

Desde el advenimiento del actual gobierno, las relaciones entre los dos países conocen una mejora basada en una asociación y una cooperación que se han mantenido a lo largo del tiempo. Sin embargo, es cierto que estos dos elementos parecen en algunos aspectos caracterizados por una cierta inconsistencia y timidez. Esto se puede explicar por el hecho de que los dos países no bailan al mismo ritmo. España es en la actualidad una nación completamente integrada en la Unión Europea. Desde esta óptica, tiene una serie de preocupaciones específicas que coinciden con las de los demás países europeos.

Europa es su socio esencial. Ahí es donde tiene que defender sus intereses nacionales y salvaguardar su rango y su papel, sobre todo después de la ampliación hacia los países de Europa del Este. Marruecos es plenamente consciente de esta situación y debe emplearse al máximo para conseguir que España sea uno de sus mayores defensores ante las autoridades de Bruselas. Ya desde hace décadas, el país tiene también intereses en Europa, su primer cliente y su primer proveedor. La cuestión reside en saber cómo hacer que coincidan los intereses recíprocos de Marruecos y España, para no presentarse como competidores sino como socios. Esta observación es primordial.

De hecho, en diversas cuestiones, entre ellas la pesca, la emigración, la inversión extranjera y la construcción del Magreb, se puede ver que la diplomacia europea de España es bastante positiva con respecto a Marruecos, sobre todo desde la llegada al poder del actual gobierno.

El papel de España en el Magreb

Desde otro punto de vista, Marruecos sigue intentando perfeccionar su integridad territorial. No se consigue alcanzar una solución definitiva para esta cuestión, que consume los recursos del Estado y constituye una auténtica pérdida de energía para el país, energía que necesita urgentemente para responder a las necesidades de la población. La historia es conocida. Marruecos reivindica la soberanía de las provincias del Sáhara y el reconocimiento de sus fronteras legítimas. Argelia se opone a esta reivindicación y defiende la tesis contraria por una simple razón hegemónica. Aspira a dominar estas provincias a través del Frente Polisario, para acceder al Atlántico.

Ni más ni menos. Esta hegemonía fue una idea constante del poder militar colonial francés de Argelia. El acceso al Atlántico se ha convertido en una obsesión para el actual poder militar argelino. Basta con echar un vistazo al mapa de África del Norte para hacerse una idea precisa. Y para conseguirlo, este poder se aferra al pretexto del derecho a la autodeterminación de los saharauis que mantiene en su territorio. Reforzada por los petrodólares, Argelia se considera suficientemente fuerte como para prolongar el conflicto hasta lograr la separación de las provincias del Sur de Marruecos.

Marruecos considera actualmente que se puede estudiar una solución que dote a estas provincias y a su población de un régimen de autonomía amplia. En este sentido, España es necesaria a tres niveles. Para empezar, su experiencia con las autonomías puede servir de fuente de inspiración. El caso del País Vasco que anuncia la tregua de ETA, el caso del Estatuto de Cataluña que da más poderes a esta región y a la Generalitat y el caso de menor envergadura de Andalucía, que pide ser reconocida como realidad nacional, han sido medianamente seguidos por una parte de los marroquíes para sugerir una solución a la cuestión de las provincias del sur de Marruecos.

El debate sobre el Estatuto de Cataluña ha proporcionado información útil sobre cómo se ha gestionado y los resultados que se han obtenido. Sin embargo, se debe señalar un dato importante al respecto. Y es que este debate ha tenido lugar en un contexto democrático. Con lo cual surge una duda: ¿podría ocurrir lo mismo en Marruecos en el contexto político actual? El siguiente factor es que, en este conflicto, muy seguido por sus medios de comunicación, España hace gala de una neutralidad positiva bajo el gobierno de Zapatero. Sus gestiones son apreciadas. Aquí no se oculta que su papel sigue siendo esencial, como antigua potencia ocupante, para contribuir en la búsqueda de una solución.

Por último, en el marco de su política mediterránea, España ha tomado la posición de un abogado convencido de la necesidad de superar este conflicto para avanzar hacia un objetivo más determinante: la construcción urgente del Magreb. En realidad, el papel de España es apreciado en su justa medida. Porque es un hecho que hay que mencionar. Muchos observadores saben dónde residen el problema y sus consecuencias, por lo menos los que conocen, aunque sea relativamente, Túnez, Mauritania, Marruecos y sobre todo Argelia. Sus poblaciones suman casi 100 millones de habitantes.

Estas poblaciones consideran, cada vez más, que no es normal que un conflicto alimentado por el poder argelino, que usa a 50.000 o 60.000 personas (la honestidad separatista de una parte de ellos no se pone en duda), pueda mantenerles paralizados. ¿Y hasta cuándo? En cualquier caso, esta utilización de un grupo de personas por el poder argelino podría constituir un crimen contra el Magreb, con la misma acepción que cuando se habla de crimen en el sentido político. Y a esto se añade que el poder argelino parece ignorar la voluntad de la otra parte de los saharauis, que declaran su preferencia por la identidad marroquí. Porque el llamado coste del no Magreb es negativo para todo el mundo, incluidos los saharauis. Pero no se trata de borrarlos del mapa. Se trata de encontrar, en el marco del Magreb, una solución que respete su dignidad, y su derecho a mantener su cultura y sus tradiciones.

Como los catalanes, los vascos o los andaluces… En este sentido, el modelo democrático español es un ejemplo a tener en cuenta. Por parte de todos. En resumen, es evidente que la política española no debe copiarse sin más. Pero es un punto de referencia irremplazable, como espejo para mostrarles sus fallos a los que ejercen el poder en la ribera sur. Podría servirles como experiencia llevada a buen término y como fuente de inspiración, como democracia y como modelo de política económica y social que funciona. Igual también como clave de una asociación más amplia, que en el futuro pueda acercarles a otros actores internacionales europeos y, sobre todo, latinoamericanos.

No cabe duda de que, en ocasiones, la política bilateral española con Marruecos es invisible, o menos visible que la de otros países como Francia, Estados Unidos o incluso la relativamente lejana Alemania. A veces es incluso muy invisible y pasa muy desapercibida con respecto a lo que debería ser. El comentario es válido principalmente para la integración de los inmigrantes, la escasez de inversión a pesar de la presencia de empresas españolas en Marruecos, o la circulación de personas, en relación a la cual la concesión de visados hace mucho daño a la imagen que la población marroquí tiene de España. Y el comentario es válido sobre todo para las iniciativas y los proyectos de cooperación.

Éstos parecen con frecuencia inadecuados, con unos objetivos escasamente definidos y sin resultados claros. De ahora en adelante, sin duda alguna, habrá que definirlos más inteligentemente para que tengan mayor impacto y para darles mayor visibilidad. Pero como el sector de la cooperación no es estático, apostemos por una mejora en el futuro y por una reorientación hacia el buen camino.