¿Es posible la reconciliación nacional palestina?

Hamás ha puesto en marcha medidas de confianza hacia sus rivales de Fatah. La OLP debería aprovechar el momento para acometer la reconciliación pendiente.

Julio de la Guardia

Algo parece estar moviéndose dentro del interminable proceso de reconciliación nacional palestino, desde que, a principios de este año, el primer ministro del gobierno de Hamás en la Franja de Gaza, Ismael Haniyeh, pusiera en marcha toda una serie de medidas de buena voluntad hacia sus rivales del movimiento Fatah. Entre ellas, la autorización para que dos diputados del Consejo Legislativo Palestino y de un centenar de activistas afiliados a Fatah pudieran retornar a Gaza después de más de seis años y medio de ausencia de sus circunscripciones. Igualmente, la puesta en libertad de algunos detenidos políticos y la práctica de una mayor permisividad hacia las actividades caritativas llevadas a cabo por ONGs vinculadas a Fatah, entre las que destaca la dirigida por la mujer del exdirector del Servicio de Seguridad Preventiva en la Franja, Mohamed Dahlan.

La puesta en marcha de estas medidas de confianza por parte de Haniyeh ha sido interpretada como una señal de debilidad por parte del movimiento islamista, que atraviesa una fase de inmensas dificultades, agravada desde la caída del gobierno de Mohamed Morsi en el vecino Egipto. Si en las postrimerías de 2012, tras la “victoria” política que le proporcionó la llamada “segunda guerra de Gaza” (conocida como operación “Pilar Defensivo” en Israel), Hamás se encontraba en una posición de fuerza para negociar, ahora sucede todo lo contrario. Está por ver si la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) –que sigue siendo la institución responsable de las negociaciones de paz con Israel– será capaz de trabajar simultáneamente en dos pistas paralelas y hacerlas converger con la reconciliación nacional.

Orígenes de la reconciliación nacional

Aunque existen dos precedentes inmediatos en forma de Declaración de El Cairo de marzo de 2005 –en la que el entonces recién elegido presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmud Abbas, convocó una conferencia de dos días para coordinarse con los representantes de las 13 facciones políticas ante la nueva etapa abierta tras la muerte de Yaser Arafat– y la Carta de Honor para las Elecciones de octubre de 2005 –a modo de código de buena conducta para los comicios legislativos de enero de 2006– el primer texto relevante es el Documento de Reconciliación Nacional de los Prisioneros.

Fechado a finales de junio de 2006, este documento viene a ser una llamada a la implementación práctica de la Declaración de El Cairo a partir de un protocolo de actuación desarrollado a lo largo de 18 artículos. Entre sus firmantes destaca la figura del exsecretario general de Fatah en Cisjordania, Maruán Barguti, en el que muchos han querido ver al “Mandela palestino”, un dirigente con la suficiente legitimidad y apoyo popular capaz de llevar a su pueblo a una situación de paz y reconciliación con Israel (si fuera excarcelado, lo que no parece viable al menos a corto plazo). Junto a la de Barguti aparecen las firmas de sendos dirigentes de Hamás, de la Yihad Islámica, del Frente Popular y del Frente Democrático que, aunque desde la cárcel, contaban con el visto bueno de sus respectivas formaciones.

Así, el Documento de Reconciliación Nacional de los Prisioneros se convertía en la principal fuerza motriz tras el entendimiento alcanzado por los principales partidos que, tras reafirmarse a través del Acuerdo de La Meca auspiciado por el rey de Arabia Saudí en febrero de 2007, haría posible la negociación y el consenso del Programa de Gobierno de Unidad Nacional de marzo de 2007. Estructurado en nueve capítulos dedicados a todos los órdenes de la política interna, la economía nacional y las relaciones internacionales, el programa sentó las bases legales para la actuación de este efímero ejecutivo, que se extinguió a los tres meses de funcionamiento fruto del golpe perpetrado por Hamás en junio de ese año. Un experimento fallido pero que constituyó un antecedente práctico que permitió visualizar cómo podría funcionar un gobierno de concentración en el que estuvieran representados los principales partidos políticos.

Metodología para la reconciliación

Según el Acuerdo de El Cairo de mayo de 2011 y la Declaración de Doha de febrero de 2012, la reconciliación nacional presenta los siguientes componentes: creación de un gobierno interino de tecnócratas (que no de representantes de los partidos como el de 2007); actualización del censo electoral y convocatoria de elecciones en el plazo de un año, tanto presidenciales como al Consejo Legislativo (Parlamento que representa a los palestinos de los Territorios); elaboración del censo electoral de los refugiados en la diáspora (hasta ahora inexistente debido a los impedimentos impuestos por terceros países de residencia) y convocatoria de elecciones al Consejo Nacional Palestino (Parlamento ampliado que representa a todos los palestinos, tanto del interior como del exilio).

A estos tres componentes se les añadiría otro a modo de búsqueda de la cuadratura del círculo, que sería la reforma de la OLP. Esta organización, tradicionalmente calificada como “única representante legítima” del pueblo palestino, se encuentra totalmente anquilosada y precisa de una profunda reestructuración. Pues, aunque los estudios demoscópicos otorguen un máximo del 25% de apoyo a los partidos islamistas por parte de la ciudadanía palestina, lo cierto es que su mejor organización y, sobre todo, el voto de castigo a Fatah en las elecciones legislativas de enero de 2006 hicieron que el “Bloque por el Cambio y la Reforma” (marca electoral utilizada por Hamás para poder concurrir a los comicios) resultara suprarrepresentado en el Consejo Legislativo –donde constituyen la fuerza hegemónica– a pesar de que las detenciones de sus diputados por parte de Israel y la división política y territorial que sucedió al golpe de junio de 2007 lo hayan convertido en una cámara totalmente disfuncional.

Así las cosas, la OLP no podrá seguir reclamando su condición de único representante legítimo de todos los palestinos en tanto en cuanto no incluya a los islamistas en todos sus ámbitos de representación. En cualquier caso, hay que tener en cuenta que una cosa es lo que digan los acuerdos y los documentos consensuados entre Fatah y Hamás, y entre estas dos y el resto de formaciones, y otra cosa es la realidad política sobre el terreno que dificulta enormemente –si no impide– la puesta en marcha de estas cuatro acciones. Aunque se han barajado listas de tecnócratas, han sido incapaces de consensuar un ejecutivo de transición. Ni han logrado actualizar el censo electoral, dadas las reticencias de Hamás en Gaza y de Fatah en Cisjordania, ni tampoco elaborar un censo del conjunto del exilio debido a los impedimentos de Jordania, Líbano o Siria. Ni menos reformar una institución como la OLP, para muchos totalmente esclerotizada.

División de roles

Así como en el ámbito de las negociaciones de paz con Israel los representantes palestinos son los exministros y miembros de la Comisión Ejecutiva de la OLP, Saeb Erekat y Mohamed Stayeh, en el caso de la reconciliación nacional se trata de los también exministros y miembros del Comité Central de Fatah, Nabil Shaath (ver entrevista en AFKAR/IDEAS 39) y Azam al Ahmed. Si bien el primero suele ofrecer la cara amable y simpática del movimiento, siendo el único alto dirigente de Fatah que se desplaza a la Franja de Gaza de forma puntual, el segundo actúa a modo de azote verbal y político desde Ramala, representando a la línea dura del partido frente a Hamás. No en vano Al Ahmed desempeñó el cargo de adjunto al presidente del Consejo Legislativo (Abdel Aziz Dweik, quien a su vez lo hizo entonces in absentia pues cuando se formó el Consejo se encontraba detenido en una cárcel israelí) precisamente para controlar de cerca a los islamistas.

Desde principios de este año han comenzado a circular rumores sobre una posible vuelta a la arena política del que fuera el principal líder de Fatah y favorito de Occidente en la Franja de Gaza, Mohamed Dahlan. Éste, tras dirigir el Servicio de Seguridad Preventiva durante el Proceso de Oslo, pasó a ejercer como consejero de Seguridad Nacional de Arafat, pero después cayó en desgracia frente a éste. Igualmente lo hizo luego frente, Mahmud Abbas, quien a principios de 2011 le acusó de conspirar contra él para arrebatarle la presidencia de la ANP y provocó su marcha del país y la de sus principales colaboradores, quienes desde entonces viven exiliados en Dubai.

No obstante, según diferentes informaciones aparecidas en los medios de comunicación locales, Dahlan podría retornar a primera línea de la política palestina, precisamente para conducir las negociaciones con Hamás en Gaza. Para ello cuenta también con el apoyo del actual régimen egipcio comandado por el general Abdel Fatah al Sisi. Otra reaparición política inesperada ha sido la del que también fuera responsable de la Seguridad Preventiva en Cisjordania durante Oslo y hoy en día dirige el Comité Olímpico Palestino, Yibril Rayub, que en enero se convirtió en el primer representante de Fatah en muchos años que realiza una visita oficial a Teherán. Si bien Fatah ha denunciado constantemente las injerencias de la República Islámica de Irán en los asuntos internos palestinos, la visita de Rayub ha sido interpretada como un intento de acercamiento por parte de la OLP, que en este caso buscaría un nuevo apoyo externo a su reconciliación nacional. O bien al menos lograr que Irán no la obstaculice entre bastidores.

En cuanto al movimiento islamista también ha habido una división de papeles y, en este caso además de opiniones. Esto es, que la dirección en el exilio representada por el jefe del buró político, Jaled Meshal –o bien por su adjunto, Musa Abu Marzuk– ha sido la que tradicionalmente ha favorecido la reconciliación. Y tal como ocurre en Fatah con esa división de roles, a nivel doméstico la cara amable del movimiento es ofrecida por el primer ministro Haniyeh, mientras que el papel de malo es representando por su responsable de relaciones exteriores y exponente de la línea dura pro-iraní de Hamás (desde el asesinato de Abdel Aziz Rantisi en 2004) Mahmud Azahar. Una división similar tiene lugar en Yihad Islámica, que también necesita dotarse de interlocutores flexibles frente al resto de formaciones, a la vez que mantiene oradores radicales para exacerbar a la militancia.

Proceso dinámico y reversible

La reconciliación nacional palestina no debe entenderse como un fenómeno progresivo y unidireccional, sino como un devenir dinámico y reversible. Este proceso alterna fases de avance con otras de retroceso, según evolucionen las coyunturas políticas. Por ejemplo, la apuesta del presidente Abbas de solicitar el ingreso de Palestina como miembro de pleno derecho en Naciones Unidas ante la Asamblea General en septiembre de 2011 generó un mejor clima en las relaciones con Hamás y facilitó la firma de la Declaración de Doha de febrero en 2012.

En ese momento se dio una confluencia de voluntades entre ambas formaciones, que mostraban interés por avanzar simultáneamente en la reconciliación. Sin embargo, a finales de ese año, el hecho de que Hamás lograra plantar cara al ejército israelí en la operación “Pilar Defensivo” al lanzar un importante número de cohetes –a pesar de que un alto porcentaje de ellos cayeron lejos de sus objetivos o fueron interceptados por el sistema antimisiles “Cúpula de Hierro”– y se presentara a sí mismo como victorioso ante la ciudadanía, generó a su vez una sensación de euforia entre las filas islamistas. Esa euforia, unida a que se sentían plenamente apoyados por el todavía presidente de Egipto Morsi –así como por Turquía y Catar, que estaban intentando impulsar una especie de frente suní en la zona– llevó a que Hamás se sintiera en una posición de fuerza y estableciera una serie de precondiciones para la reconciliación que llevaron a una nueva fase de paralización temporal.

El golpe de Estado del 3 de julio y la toma del poder por los militares en Egipto –unido a la acumulación de problemas domésticos por parte del gobierno de Turquía y el repliegue financiero de Catar tras la condena al ostracismo político y legal de los Hermanos Musulmanes– provocaron un efecto pendular. Es decir, Hamás comenzó a sentirse gradualmente más débil, mientras Fatah aumentaba de forma directamente proporcional su sensación de fortaleza. El cambio de constelaciones políticas en Egipto coadyuvó entonces a que quien comenzara a imponer precondiciones fuera Fatah y el que se viera obligado a dejarse llevar fuera Hamás.

A este cambio en el equilibrio de poderes se unió además la nueva ronda de negociaciones entre la OLP e Israel impulsada por la administración Obama que, aunque mantuvo buenas relaciones con el gobierno de Morsi, nunca flexibilizó su posición frente al aliado de éste, es decir, frente a Hamás. En consecuencia, el Departamento de Estado siguió exigiendo que el movimiento radical cumpliera con los tres prerrequisitos del Cuarteto (EE UU, UE, Rusia y ONU) –reconocimiento formal de Israel, renuncia expresa del terrorismo y la violencia, aceptación de los acuerdos previamente firmados entre la OLP e Israel– antes de concederle cualquier tipo de interlocución política. De hecho, la percepción de los dirigentes islamistas es que EE UU no desea la reconciliación sino que espera, al igual que Israel, que el debilitamiento de Hamás posibilite que la ANP vuelva a tomar el control de la Franja de Gaza.

Reconciliación nacional y negociaciones de paz

En estos momentos la prioridad de la ANP no es la reconciliación –es decir, la designación de un ejecutivo de transición, la celebración de elecciones legislativas, presidenciales y al Consejo Nacional Palestino, y la reforma de la OLP– sino las negociaciones de paz con Israel impulsadas por el secretario de Estado de EE UU, John Kerry, que a finales de abril deberían concluir con el consenso de un acuerdo marco o con el establecimiento de una prórroga.

En este sentido, el presidente Abbas ha presentado alguna iniciativa audaz –tal como el despliegue de una fuerza de interposición de la OTAN en el Valle del Jordan– mientras aparentemente ignora los gestos de buena voluntad efectuados recientemente por Haniyeh. Su concepto estratégico parece pasar primero por el reconocimiento del continente con Israel –reconocimiento de fronteras según la demarcación previa a 1967 con permutas de terrenos consensuadas, atributos de soberanía, competencias, conexión territorial entre Cisjordania y Gaza– para luego negociar el contenido con Hamás.

En este caso, la distribución del poder institucional en todos sus órdenes –Consejo Nacional Palestino, Presidencia, Consejo de Ministros, Consejo Legislativo, gobernadores regionales, alcaldías, sindicatos y colegios profesionales– y, sobre todo, el control final de la seguridad. Pues según el Acuerdo de El Cairo, durante la fase interina del gobierno tecnocrático, la ANP mantendría el mando en Cisjordania y Hamás en Gaza, pero en un momento ulterior debería tener lugar la creación de un Alto Comité de Seguridad que procediera a la fusión de los diferentes cuerpos, pasando todos a actuar bajo un mando único. Así las cosas, desde el punto de vista del movimiento nacional palestino, el gran reto para 2014 se centrará en cerrar lo mejor posible el acuerdo marco diseñado por Kerry que, según el cronograma establecido, debería estar listo para el 29 de abril.

Y, en el caso de no estarlo, en negociar las mejores condiciones posibles dentro del subsiguiente periodo de prórroga. Ahora bien, de forma simultánea debería seguir preparando el terreno –máxime después de que Hamás le echara el correspondiente órdago al permitir el retorno de los diputados y activistas de Fatah en Gaza– para acometer la “reconciliación pendiente” inmediatamente después.