Argelia-Marruecos: la reapertura de fronteras

La normalización fronteriza tendría grandes beneficios económicos, impulsando el sector turístico en Marruecos y evitando la dependencia de los hidrocarburos en Argelia.

Yassin Temlal

No pasa un día sin que la prensa, tanto en Marruecos como en Argelia, mencione el asunto de las fronteras argelino-marroquíes, cerradas desde hace casi 20 años. No exageramos al afirmar que su apertura, reclamada más de una vez por el rey Mohamed VI en persona, se ha convertido en una importante preocupación de las autoridades marroquíes, que provocan presiones internacionales directas e indirectas sobre las autoridades argelinas con la esperanza de que acepten el principio de una normalización fronteriza total (que no ha podido lograrse desde la independencia de Argelia en 1962) y, de paso, privarlas de una de sus mayores bazas en el conflicto que enfrenta a los dos Estados por el futuro del Sáhara Occidental.

Recordemos que estas fronteras fueron cerradas por Argelia en 1994 en respuesta a la obligación que se impuso a los argelinos que deseaban ir a Marruecos de obtener un visado consular, una decisión tomada a raíz de las acusaciones realizadas contra los servicios secretos argelinos de estar implicados en el atentado terrorista del 24 de agosto de 1994 en Marrakech. En aplicación del “principio de reciprocidad”, Argelia exigió a los marroquíes que quisiesen entrar en territorio argelino que también obtuviesen previamente un visado en uno de sus consulados. Desde 1994, las fronteras terrestres argelino-marroquíes solo se han abierto una vez, el 20 de febrero de 2009, para dejar pasar a un convoy humanitario británico que se dirigía a la Franja de Gaza.

La esperanza de su reapertura, después de reavivarse tras la anulación del visado obligatorio para circular entre los dos países (por parte de Marruecos en 2004 y de Argelia en 2005), parece desvanecerse otra vez. La prueba más evidente de ello es la invariable letanía del discurso oficial argelino desde hace meses que asegura que “esta cuestión no está en el orden del día”, como afirmó el ministro de Asuntos Exteriores, Ramtane Lamamra, el pasado 8 de octubre, en unas declaraciones realizadas en la radio argelina. La diplomacia internacional considera que la reapertura de las fronteras argelino-marroquíes es un factor que contribuiría a acelerar la resolución del conflicto entre Marruecos y el Frente Polisario: es lo que dio a entender el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, en abril de 2013, cuando declaró que “será beneficiosa para la región y para la comunidad internacional”. Y se ha convertido en el leitmotiv del discurso euro-americano sobre la situación política en el norte de África.

Y con razón, porque si se llevase a cabo, se abriría a las empresas europeas y americanas que operan en Marruecos la posibilidad de conquistar fácilmente el mercado argelino. El fabricante automovilístico francés, que tiene en Tánger una gran fábrica que inició la producción en febrero de 2012 (170.000 vehículos al año en 2013 y 400.000 a medio plazo, de los que el 90% se destina a la exportación), es una de esas empresas que podrían sacar provecho de la normalización fronteriza argelino-marroquí. Es probable que la liberalización de los intercambios transfronterizos permita a esta gran empresa de la industria francesa satisfacer desde territorio marroquí –y ya no desde Francia o Rumanía como es el caso ahora– una demanda automovilística argelina que no cesa de aumentar (sus ventas en Argelia alcanzaron los 113.000 vehículos en 2012).

Tampoco se puede descartar que esta perspectiva de la apertura de las fronteras fuese la que, entre otras razones, la convenciese de contentarse con una fábrica minúscula en territorio argelino que producirá 25.000 vehículos al año cuando se termine en 2014, y no más de 75.000 vehículos al año más adelante (es decir, una séptima parte de la producción de su rival marroquí y una quinta parte a medio plazo).

¿El capitalismo marroquí se juega su futuro en Argelia?

Las autoridades marroquíes reconocen que los motivos de su campaña en favor de la reapertura de las fronteras con Argelia son fundamentalmente económicos. En octubre, el ministro marroquí de Turismo, Lahcen Haddad, mencionó estos motivos desde el punto de vista de lo que la no integración magrebí cuesta a los Estados de la región, es decir, según él, cerca del 2% de su PIB anual. Los responsables marroquíes esperan que la liberalización de los movimientos de personas entre los dos países (de la que se beneficiaría principalmente el sector servicios) pueda venir acompañada rápidamente de la liberalización de los movimientos de mercancías y de capitales, lo que abriría a los empresarios marroquíes unas perspectivas más prometedoras que las de un mercado interno más bien exiguo (33 millones de habitantes).

El economista marroquí Fuad Abdelmumni resume estas esperanzas en una entrevista en la revista Tel Quel (2 de julio de 2013): “Gracias a los grandes ingresos del petróleo y del gas acumulados estos últimos años, el Magreb no es una urgencia para Argelia. No es el caso de Marruecos. Si no supera sus limitaciones geoestratégicas y no logra la cooperación económica regional en esta época de crisis mundial, no veo cómo podrá salir adelante”. Las dificultades económicas a las que se refiere Abdelmumni se observan en la ralentización del crecimiento del PIB en Marruecos (2,7% en 2012), que se explica, en parte, por el descenso de la demanda europea de productos marroquíes; en el incremento del déficit presupuestario (7,1% del PIB en 2012) a causa del volumen de las subvenciones a los productos de primera necesidad (17% del gasto público); y, por último, en el relativo estancamiento de la demanda interior, que solo aumentó un 3% en 2012, frente al 5,7% en 2011, en un momento en el que su incremento parece más importante que nunca para compensar el descenso de la demanda exterior.

Esta preocupante coyuntura intensifica el deseo de algunos sectores capitalistas de ampliar su campo de acción a un mercado muy cercano de unos 35 millones de habitantes: el argelino. Este deseo es aun más fuerte porque la renta media en Argelia es más elevada que en Marruecos (según el Banco Mundial, la parte mensual de un argelino en el PIB es de 283 dólares, mientras que la de un marroquí es de 185). Resulta difícil hablar de los efectos positivos para la economía marroquí de la normalización fronteriza con Argelia sin mencionar el sueño de sus empresas turísticas (y extranjeras que operan en Marruecos) de atraer a una parte de los argelinos que pasan sus vacaciones en Túnez (955.000 en 2013).

Supongamos que las fronteras terrestres argelino-marroquíes estuviesen abiertas y que estas empresas hubiesen logrado convencer al 50% de esos turistas de que visiten Marruecos; eso habría aumentado en un 5,3% la entrada de turistas en 2013 (nueve millones según las estadísticas provisionales), lo que no sería poco en una coyuntura internacional marcada por la extrema fragilidad de las economías turísticas a causa del cambio de los hábitos de consumo en los Estados industriales por los efectos de la crisis financiera mundial.

Por otra parte, si bien es cierto que, como repite insistentemente una parte de la prensa marroquí, el cierre de las fronteras argelino-marroquíes “ya no incide en el desarrollo de las provincias orientales”, no podemos olvidar que muchas infraestructuras en esta región, tanto si ya se están explotando –como el polo turístico de Saidia– como si se están construyendo –el polo turístico de Nador– se beneficiarán considerablemente de la liberalización de los movimientos de personas entre los dos Estados, como, por cierto, la autopista Uchda- Fez (320 kilómetros), ianugurada en julio de 2011, cuando se haya conectado con la autopista argelina Este- Oeste (1.216 kilómetros).

Las razones para las dudas argelinas

Hoy día existen menos interrogantes sobre los beneficios que generaría la reapertura de las fronteras argelino-marroquíes para el capitalismo marroquí que sobre la naturaleza de los temores que se adivinan detrás de las condiciones expuestas por Argel para esta reapertura y que, a finales de abril, una “fuente responsable” resumía de la siguiente manera en el diario argelino El Churuk: una “cooperación total” de las autoridades marroquíes para poner fin al tráfico de estupefacientes hacia territorio argelino, “el cese inmediato de las campañas hostiles hacia Argelia” y el “reconocimiento de que su postura en la cuestión del Sáhara Occidental (el derecho a la autodeterminación para los saharauis-N. del A.) es irreversible”.

Algunos observadores argelinos aseguran que los efectos negativos de la normalización fronteriza para la economía argelina son pura mentira. Según ellos, lo demuestra el hecho de que esta no se haya hundido a causa de la apertura de la frontera con Túnez que, desde 1962, nunca se ha cerrado. En realidad, esta comparación no es muy pertinente ya que las autoridades marroquíes perciben la reapertura de la frontera argelinomarroquí como un preludio de una conquista comercial del mercado argelino y, por qué no, de un importante movimiento de inversión en Argelia (las inversiones marroquíes en el extranjero van en claro aumento: en 2011 se cifraban en 3.000 millones de dólares). La economía tunecina, por su parte, no se encuentra en disposición de emprender una conquista así o de inyectar sumas considerables en otras economías magrebíes.

Lo que teme Argelia con la reapertura de las fronteras con Marruecos no es solo el aumento de la exportación ilegal de productos subvencionados hacia su vecino, sino también –y quizás sobre todo– que dicha decisión dé inicio a unas presiones conjuntas, marroquíes e internacionales, para liberalizar por completo los intercambios argelino-marroquíes, en un momento en el que la economía argelina no es muy competitiva debido al incremento de su dependencia de los ingresos del petróleo y del gas, y de la incapacidad de su sector privado para colmar el vacío dejado por la dolorosa contracción del sector público desde la segunda mitad de la década de los noventa.

Eso no quita para que se plantee la pregunta de si la reapertura de las fronteras entre los dos países no podría contemplarse en otro marco que no sea el de una liberalización total menos centrada en el reforzamiento de los “vínculos fraternales” entre argelinos y marroquíes que en la conquista de nuevas cuotas de mercado para los empresarios de cualquier nacionalidad. Sin levantar necesariamente de manera total e inmediata las restricciones impuestas a la circulación de mercancías y de capitales entre los dos países, Argelia puede fomentar una cooperación que le favorezca tanto como a Marruecos.

Esta cooperación puede adoptar varias formas: una mejor conexión de la redes de carreteras y ferrocarriles marroquíes y argelinas; la facilitación de la inversión turística marroquí en las costas argelinas; la promoción de proyectos turísticos conjuntos; y una mayor participación de las empresas argelinas en la exploración y explotación petrolera y gasista en Marruecos. La liberalización de los movimientos transfronterizos de personas puede acompañarse de medidas transitorias cuyo objetivo sea impedir una introducción masiva en el territorio marroquí de productos subvencionados por el erario argelino (que no haría más que reafirmar la propaganda chovinista que describe la unidad magrebí como una dilapidación arriesgada de los recursos financieros argelinos).

Estas medidas proteccionistas podrían resultar necesarias de manera provisional, aunque sin duda se opongan al espíritu del Tratado de Marrakech (17 de febrero de 1989) que recomienda en su artículo 2 que “se trabaje progresivamente para lograr la libre circulación de personas, servicios, mercancías y capitales” entre los Estados magrebíes. Argelia también puede convertir la reapertura de sus fronteras con Marruecos en un desafío que permita a su economía salir del estancamiento de los ingresos petroleros y gasistas. Además de una decisión valiente de separar este asunto de la cuestión saharaui, esta iniciativa requiere un gran salto cualitativo de la doctrina económica oficial. Este salto es más necesario que nunca para evitar una segunda crisis petrolera por exceso de crudo tan devastadora como la de 1985-86, que cerró el paréntesis de la efímera prosperidad abierto por la nacionalización de los hidrocarburos en 1971.