¿Es Europa islamófoba?

Al relegar a amplias capas de la sociedad a la marginalidad económica e identitaria, Europa se equivoca; también cuando menosprecia la vitalidad democrática de sus vecinos musulmanes.

Luz Gómez García

Hay palabras que queman. Islamofobia es una de ellas. Se suele recurrir al eufemismo para esquivarla: racismo y discriminación suelen servir de sustitutos. Pero el racismo es una de las causas de la islamofobia, la discriminación su consecuencia. Así, de la mano del silencio, la islamofobia sigue su curso sin que atajarla sea una prioridad política europea. La violencia desatada en los suburbios suecos en mayo o los llamados “lobos solitarios” de los atentados de Londres y París, han vuelto a hacer saltar las alarmas y otra vez se han sucedido los discursos sobre el odio acumulado y el fracaso de las políticas de integración europeas.

Por otra parte, la reacción europea a las movilizaciones anti- Erdogan y al golpe anti-Morsi han canalizado el rechazo latente al islamismo, al que no se siente como una opción política legítima. El argumento securitario se ha encargado de adobarlo todo. Cuando se analiza toda esta situación, el mal subyacente, la islamofobia, nunca se menciona.

Llamar a las cosas por su nombre

Llamar a las cosas por su nombre resulta difícil, desde luego, cuando el nombre oficialmente no existe, como es el caso de “islamofobia” en español. La oficialidad lingüística, la Real Academia Española, no lo registra en su diccionario. Curiosamente, el avance electrónico de la 23ª edición del DRAE informa al buscar “islamofobia” que una forma con escritura cercana es… ¡hispanofobia! Mas ahí está Google, a mitad de camino entre el reflejo y la creación de realidades. El buscador de Internet ofrece 742.000 resultados para “islamofobia” (por completar la analogía, “hispanofobia” tiene solo 23.000). De modo que hay que preguntarse qué es la islamofobia y por qué se escamotea el término.

El asunto no se circunscribe al ámbito político o lingüístico, afecta también al más general y peliagudo de las formas de conocimiento. Negar la especificidad de las manifestaciones de aversión a los musulmanes so capa de xenofobia en abstracto, es una manera de no reconocer la transformación del clásico racismo biológico antimusulmán (inaceptable en el actual contexto ideológico europeo) en racismo cultural y epistémico contra el islam, que es la base de la actual islamofobia. Porque las políticas identitarias occidentales imponen una forma de conocimiento, esto es, una manera de estar en el mundo y de explicarlo a costa de relegar el resto de posibilidades a una categoría inferior.

En Estados Unidos, las reivindicaciones de los nativos americanos y de los afroamericanos sacaron esta realidad a la luz en los años sesenta, cuando la reducción de la diferencia a mito y folclore servía para denostar cosmologías y demandas no hegemónicas de presencia de lo religioso en el espacio público. En Europa, cuando el día a día de los musulmanes, que han dejado de ser inmigrantes para ser europeos, evidencia que el cristianismo impregna la secularización poscartesiana, ha sido la religión misma la denostada, pero asimilándola preferentemente al islam, pues a la otra, a la “auténtica”, se la identifica con “las raíces culturales de Europa”. Todo este estado de cosas se refleja en una frase paradigmática de Manuel Valls, ministro de Interior francés, en una entrevista concedida a El País (25.05.2013): “Me preocupa el creciente rechazo a los inmigrantes musulmanes”. Tal afirmación, en apariencia inocua, supone ignorar que la inmensa mayoría de los musulmanes objeto de creciente animadversión son ciudadanos europeos.

Tal vez ellos, o sus padres, o sus abuelos, fueron algún día inmigrantes, pero tal estatuto no es eterno: están aquí y aquí se van a quedar. Y son tan europeos como los demás. Aunque eso sí, son musulmanes. En torno a 20 millones en la Unión Europea y 50 millones en el conjunto de Europa. La receta de Valls, para quien “el laicismo forma parte de la cultura francesa” y “la naturalización es mi prioridad”, parte de un diagnóstico equivocado: el rechazo a los musulmanes no proviene de la falta de naturalización de los inmigrantes, sino que hunde sus raíces en la islamofobia que alimenta una identidad europea excluyente y autárquica. El mismo Valls no puede evitar, en la citada entrevista, proclamar la supuesta superioridad natural del laicismo francés al prohibir el uso del burka en los espacios públicos.

Salvar a las mujeres

Donde la islamofobia se agudiza sintomáticamente es en el discurso paternalista sobre los derechos de la mujer musulmana, convertidos en baluarte de quienes se afanan en luchar contra el “oscurantismo islámico”. La caracterización de las musulmanas europeas como mujeres de fuera, siempre víctimas y necesitadas de protección, a duras penas esconde lo que Ramon Grosfoguel, antropólogo de la Universidad de Berkeley, ha caracterizado como “sistema patriarcal cristiano- occidental globalizado” (Islamophobia Studies Journal, 2012), y que usado como estrategia discursiva es doblemente perverso. Por un lado, establece una forma de control de las relaciones de género que mantiene a las mujeres en posición subalterna, subordinadas a las grandes estructuras de nación, clase, religión, raza.

Por otro, se presenta, en términos neoorientalistas, como liberador de la mujer musulmana: a fin de cuentas, quitar a las mujeres el burka o el hiyab es una variante posmoderna de la apertura del harén. En ambos casos, es la mano mirífica de Occidente la que mueve la historia. Bajo semejante concepción, la mujer musulmana, objeto pasivo, víctima de su entorno y de sí misma, es incapaz de tomar sus propias decisiones emancipatorias y nos necesita. A nosotros, los europeos y europeas blancos, o a sus propios varones musulmanes. Un ejemplo llamativo es el de Michael Adebolajo, uno de los jóvenes que mató a machetazos a un soldado británico en Woolwich. En su declaración grabada en vídeo por un transeúnte, pide disculpas porque las mujeres que pasaban por allí hubieran presenciado el asesinato, “igual que nuestras mujeres en nuestra tierra tienen que presenciar lo mismo” (matanzas de hombres musulmanes).

Nacido en Gran Bretaña, de padres nigerianos, cristiano convertido al islam, Adebolajo recrea la oposición nosotros/ ellos que igual alimenta la islamofobia que el odio a Occidente. Y que se obsesiona con las mujeres. Pero ¿qué pasa cuando las mujeres actúan y se erigen en sujetos de su propia historia? En Mataró, también esta primavera, un individuo tiró a la vía del tren a una joven que le respondió cuando él le espetó: “Mora de mierda, tú lo único que sabes hacer es comer pollas” (El País, 26.05.2013). El agresor la denigraba por partida doble: como mujer y como musulmana. No la mandó a su país, como es habitual. Fue más islamófobo. Sin embargo la chica se defendió y se encaró con él. Eso no la libró de la violencia física, pero sí la hizo más libre.

El miedo al islamismo

La protesta popular de Taksim en Estambul y el golpe de Estado en Egipto han propiciado un tipo de reacción que, confundida con el ejercicio del derecho de opinión, con frecuencia se pasa por alto, pero que no deja de ser islamófoba. Se trata de la denigración del islamismo como alternativa democrática en el este y sur del Mediterráneo. Las consecuencias del golpe militar argelino de 1992, que en Europa tanto la derecha como la izquierda justificaron cuando no aplaudieron, habían obligado al establishment europeo a reconsiderar sus posicionamientos, al menos públicos, ante el islam político. El islamismo era un inconveniente que no se sabía muy bien cómo afrontar.

La lógica democrática ilustrada sostenía que islam y democracia eran incompatibles, aunque la evidencia aconsejaba prudencia. En 2002 llegó el triunfo del AKP en Turquía, y de la noche a la mañana el primer ministro Recep Tayyip Erdogan se convirtió a ojos europeos en el paladín del “islamismo moderado”, que modernizaba y democratizaba a la siempre difícil vecina paraeuropea. La etiqueta “islamismo moderado”, de contenidos imprecisos pero efectos medicinales, ponía de manifiesto tanto los miedos que el islamismo en sí seguía produciendo en Europa como la necesidad de convivir con la nueva realidad turca.

Tras las revoluciones árabes de 2011, los “islamistas moderados” tunecinos, marroquíes y egipcios, también ganaron elecciones. El irreprochable acceso democrático al gobierno de los partidos islamistas y la euforia despertada por las primaveras árabes, frenaron la hostilidad latente. Sin embargo, los viejos temores venían asomando aquí y allá, sobre todo en el vocabulario: si Geert Wilders, el líder holandés del xenófobo Partido por la Libertad, llevaba años advirtiendo de “la marea islamista que llama a nuestras puertas”, ahora la “marea islamista” se remozaba como un lugar común del lenguaje periodístico y del de la mayor parte de los think-tank. Pero ha habido que esperar al estallido cívico de un sector de la población turca y a las manifestaciones masivas de Egipto para que se rompiera el espejismo.

La Europa islamófoba puede estar tranquila, las aguas han vuelto a su cauce, y hay otra vez sitio para las viejas caracterizaciones reductoras, entre ellas la de que la vitalidad democrática es incompatible con el islam. Tres son los grandes males del islam político que, según los guardianes de la democracia europea, se encarnan en Erdogan y Mohamed Morsi, los héroes caídos. El primero es la propensión al caudillismo. El segundo es la existencia de una agenda oculta que no forma parte del programa electoral pero que marca la política entera de sus gobiernos: islamización de usos y costumbres; intereses panislámicos por encima de los intereses nacionales; subordinación de la legislación a la sharia. El tercero es una intolerancia innata que concibe la democracia como mera mayoría electoral mientras se manipulan las instituciones para copar todo el espacio político y social. Sin embargo, con ser tres grandes males, no son solo islámicos.

La islamofobia, refugiada en los templos del pensamiento institucional, también consiste en ver la paja en el ojo ajeno, en no querer medir con el mismo rasero a Mariano Rajoy y Angela Merkel que a Erdogan y Morsi. La brutalidad de la represión de Erdogan ha venido al rescate de la mala conciencia europea. A Merkel, que desde hace años viene torpedeando las negociaciones de la UE para la admisión de Turquía, le ha servido de excusa para imponer al proceso un nuevo parón, al que, por supuesto, se ha plegado el resto de la Unión. La represión de los manifestantes, ha alegado la canciller alemana, “no se corresponde con nuestro concepto de libertad de expresión y de manifestación”. Nuestro concepto: la retórica del nosotros y el ellos siempre acaba aflorando. A finales de junio hubo ruido diplomático.

Es previsible que la tensión siga subiendo, pues Merkel conoce bien los réditos electorales que se obtienen del “problema de la inmigración”, otro eufemismo para reducir a un aspecto técnico una problemática más amplia. El golpe de Estado egipcio del 3 de julio ha consumado la demonización del islamismo. Ha logrado lo que nunca es posible en la política exterior de los países de la UE: la unanimidad. Dando rodeos para no utilizar la expresión “golpe de Estado” ni condenarlo, los mandatarios europeos han manifestado su preocupación por lo sucedido, que entienden como un mal menor: el clamor popular ante el autoritarismo de Morsi justifica la asonada, aunque se haya depuesto a un gobernante democráticamente elegido. Mirar hacia adelante e invocar la vuelta a la democracia son las recetas europeas para intentar eludir lo ineludible: que los islamistas son la mayor fuerza política de la región y que, si de democracia se trata, habrá que tratar con ellos sin paternalismos neocoloniales. Reconocer la islamofobia, entendida en su faceta de forma de conocimiento hegemónica, y darle el nombre que tiene, es aceptarnos como europeos enfrentados a una Europa que se desintegra.

Europa no ha sabido hacer frente a su nueva sociedad, ha negado la evidencia de que los musulmanes forman parte de ella. La política de paliativos ha fracasado. La naturalización francesa, el neocomunitarismo británico y la integración diferencial escandinava no han sido capaces de reconducir una Europa que relega a amplias capas de la sociedad a la marginalidad económica e identitaria. Europa se equivoca igualmente cuando menosprecia la vitalidad democrática de sus vecinos musulmanes, incapaz de comprender que en la libertad de éstos reside el futuro de estabilidad que sin cesar invoca.