Energía eólica en Marruecos: el modelo español

Marruecos podría desarrollar la energía del viento y situarse a la cabeza en renovables entre los países de la zona: tiene voluntad política, recursos y apertura al exterior.

Sergio de Otto

España es hoy una potencia mundial en energía eólica. Es el tercer país por potencia instalada con 15.155 megavatios (MW) instalados a 1 de enero de 2008, sólo por detrás de Alemania que cuenta con más de 22.000 MW y cerca de Estados Unidos que cuenta con algo más de 16.500 MW en funcionamiento. Pero las empresas españolas lideran la promoción de parques eólicos a nivel mundial, con Iberdrola y Acciona a la cabeza, mientras que Gamesa es ya el segundo fabricante mundial por detrás de la danesa Vestas. Son las compañías españolas, las citadas y otras muchas más, las más dinámicas en los principales mercados mundiales: están presentes en EE UU, Canadá, Australia, China, India, en la mayor parte de los países europeos y ya han mostrado su interés por el mercado africano. ¿Cuál es la clave del éxito del que es conocido como “modelo eólico español”?

La respuesta es muy compleja y atribuir a cada uno de los elementos el peso con el que han contribuido al espectacular desarrollo de la eólica en España es un ejercicio arriesgado. En cualquier caso, habría que citar en primer lugar la excesiva dependencia energética de nuestro país que hoy alcanza el 82%, mientras que la media europea supera ligeramente el 50%. España no dispone de yacimientos de petróleo ni de gas y extraer el carbón nacional tiene unos costes notablemente superiores a los de otros países. Por otra parte se ha descartado, por su insostenibilidad medioambiental, la construcción de nuevas grandes centrales hidroeléctricas que en su momento fueron uno de los pilares del sistema eléctrico, tecnología que hoy ha quedado relegada a una quinta posición.

Pero la primera clave hay que buscarla en un marco normativo adecuado que ha ido moldeándose por los gobiernos de distinto signo pero con el denominador común de apoyar el desarrollo de las energías renovables. Marco normativo del que la eólica ha sido el que más provecho ha sabido sacar. Ante las crisis del petróleo de 1973 y 1979, España reaccionó impulsando el programa de construcción de centrales nucleares (que sería interrumpido con la llegada del PSOE al poder en 1982) y con una tímida apertura a la iniciativa privada con la Ley de Conservación de la Energía de 1980 que permitió la apertura de las primeras centrales minihidráulicas con un incentivo al kilovatio hora (KWh) producido.

Posteriormente, los socialistas con la Ley de Ordenación del Sistema Eléctrico de 1994 y el gobierno popular con la Ley del Sector Eléctrico de 1997 ratificaron este sistema de primas a la producción, que no pueden considerarse subvenciones (de hecho así se pronunció en su día el Tribunal Europeo de Estrasburgo) y que se justifican en la necesidad de internalizar los beneficios medioambientales de las energías renovables dado que los costes ambientales en los que incurren las tecnologías convencionales no se reflejan en los precios con los que acuden al mercado. Si la espita legislativa por la que se cuelan las renovables en el entonces rígido sistema eléctrico español, fue provocada por la necesidad de diversificar fuentes de energía muy pronto, hablamos de los años noventa, cobró mayor importancia y se convirtió en el principal argumento el factor medioambiental.

El mundo empieza tímidamente a tomar conciencia de que las emisiones de gases de las centrales térmicas que emplean combustibles fósiles son nocivas para nuestro entorno. Todavía pasarán años antes de asumir que están directamente relacionadas con el cambio climático. Por tanto una fuente de energía que no produce emisiones, que no genera residuos en su fase de operación, se convierte en un valor fundamental al que se añade su carácter renovable, no finito, y, por supuesto, autóctono. Tenemos los factores externos a los que se añade en el caso español el impulso decidido de un grupo de pioneros que en algún caso trabajan en el seno de las grandes empresas eléctricas, rodeados de escepticismo en el mejor de los casos cuando no de desprecio, pero sobre todo en pequeñas y medianas empresas.

Luego se da también la circunstancia que, especialmente el norte de España cuenta con un tejido industrial muy fuerte, de gran tradición, que está perdiendo algunos mercados y que encuentra en el sector eólico un ámbito para mantener e incrementar su actividad. Y, por supuesto, en España hay recurso eólico: no en términos muy superiores a otros países pero si suficiente para sacar un rendimiento adecuado a las costosas inversiones iniciales a este negocio.

En este punto es necesario recordar que el coste de la inversión por MW que había llegado a reducirse en España hasta los 850.000, después de haber bajado espectacularmente en su curva de aprendizaje desde los años ochenta, se ha incrementado de nuevo en los últimos años debido a diversos factores: un crecimiento de la demanda mundial (superior al 25% anual), sofisticación de su tecnología para facilitar su integración en las redes eléctricas, aumento del precio del acero y otros componentes y, por último aunque no menos importante, por una presión para sacar nuevos modelos de aerogeneradores más grandes cuando todavía los modelos anteriores no habían rentabilizado las inversiones en su desarrollo. Aún así la eólica sigue siendo una gran inversión para la economía española.

El sistema de apoyo al precio supuso el año pasado algo menos de 1.000 millones de euros en primas para una generación total de 27.000 gigavatio hora (GWh). Ese importe es inferior al coste que hubiera tenido la importación de combustibles fósiles para la producción de esa cantidad de electricidad con tecnologías térmicas que hubiera sido de unos 1.060 millones de euros. Además con esa producción hemos ahorrado la emisión de 18 millones de toneladas de CO2 a la atmósfera, una cifra más que significativa frente a un total de emisiones de cerca de 360 millones de toneladas de CO2. Por otra parte para España, la energía eólica ha sido una importante fuente de empleo que los estudios de la Asociación Empresarial Eólica cifran en la actualidad en 45.000 y que podrían doblarse de aquí a 2020. Ya el Plan de Energías Renovables (PER) 2005-2010 habla de 190.000 empleos para el conjunto de las energías renovables.

La eólica en Marruecos

Puede servir como ejemplo el modelo eólico español para Marruecos? Existen algunos denominadores comunes que invitarían a una respuesta afirmativa. De entrada Marruecos, al contrario que sus vecinos del norte de África, no cuenta con grandes yacimientos de combustibles fósiles, tiene como España una alta dependencia energética –cerca del 90%– y, por tanto, parte de la misma necesidad de acudir a las fuentes de energía renovable para las que sí cuenta con unos grandes yacimientos, especialmente para la energía solar y la eólica.

Desde hace unos años el Office National de l’Electricité (ONE) en su intento por contrarrestar esta importante dependencia energética busca desarrollar una política de promoción de las fuentes autóctonas y renovables y, especialmente, de la energía eólica. Una ambición que se plasma en el proyecto Iniciativa 1.000 MW eólicos en el ámbito de una política energética que quiere lograr para 2012 que el 10% de la energía sea de origen renovable. Recientemente, la ministra marroquí de Energía y Minas, Amina Benkhadra, elevaba sus objetivos para lograr en 2020 un 15% de energía eólica en el sistema eléctrico. Un objetivo ambicioso si tenemos en cuenta el punto de partida pero, posible, porque el país cuenta con el recurso eólico.

El potencial eólico que hace cinco años se cifraba en torno a los 6.000 MW según el Centre de Développement des Energies Renouvelables (CDER) hoy se sitúa en los 10.000 MW, especialmente en las zonas de Tánger, Ksar Sghir y Tetúan por una parte, y Dajla, El Aaiún, Tarfaya y Essauira por otra. La producción de los 127 MW que ya están en funcionamiento, fundamentalmente en los parques de Abdelkhalek Torrès (50,4 MW) cerca de Tetuán, Amogdoul (60 MW) en Essauira, suponen ahora un 2% de la demanda. Pero están en marcha los proyectos del parque eólico de Tánger de 140 MW que estará en funcionamiento a principios del próximo año y que doblará por si sólo la aportación de la energía eólica, y el de Touahar de 100 MW que según las previsiones empezaría a funcionar a finales de 2009. En el ámbito del proyecto Iniciativa 1.000 MW eólicos, el primero de los 16 emplazamientos seleccionados será el de Tarfaya en el sur del país con 200 MW en una primera fase que serán ampliables a 300 MW.

El complejo eólico estará sujeto a un contrato bilateral que fijará las condiciones del precio del kWh hora producido durante 20 años. Marruecos cuenta con recurso eólico, tiene la voluntad política de la administración pero necesitará crear el tejido industrial que un sector como el eólico requiere. En España la eólica, en un primer momento, combinó tecnología extranjera y española para, en poco tiempo, desarrollar casi exclusivamente tecnología autóctona gracias a la aportación de un sector industrial, ya existente, muy sólido, especialmente en el norte del país, que en aquellos momentos perdía algunos mercados y que encontró en la eólica una oportunidad única para mantener su actividad y abrir nuevas vías a su desarrollo. En su caso, Marruecos tendrá que abrir generosamente sus puertas a las empresas del sector, como de hecho lo está haciendo con una invitación permanente, para construir ese ambicioso plan que le situará en cabeza del desarrollo de las energías renovables en el continente africano.