En Siria, los milagros no existen

EE UU y Rusia vuelven a la retórica de una solución política. Sobre el terreno el régimen apuesta por los medios militares, y los rebeldes carecen de una figura política capaz de negociar.

Yassin Swehat

Tras más de 30 meses desde el inicio del levantamiento popular sirio contra la dictadura de Bashar al Assad; dos años y medio en los que la atención mediática fue decreciendo en consonancia con la parálisis política de una comunidad internacional que se vio atrapada entre la clara preferencia norteamericana, tras los desastres de Irak y Afganistán, de no meterse en el laberinto sirio más de lo mínimamente obligatorio y el ansia rusa de volver a una postura determinante y firme de contrapeso que acabe con la hegemonía absoluta de Estados Unidos, se vuelve a hablar de Siria en los medios de comunicación y corredores políticos. Más de 1.400 fallecidos en un ataque químico contra Al Ghuta, cerca de Damasco, llevaron la situación más allá de una línea roja dibujada por Barack Obama justo un año antes. No era el primer ataque químico que se denunciaba en Siria.

De hecho, un grupo de inspectores de actividad armamentística química de la ONU se encontraba en el país investigando –con muchas condiciones previas por parte del régimen– las denuncias cruzadas entre régimen y oposición de varios ataques químicos entre marzo y abril de este año. El tamaño de la masacre era mucho más grande que lo que una simple comisión de investigación pueda digerir, y constituía demasiada erosión para la imagen de “policía del mundo” que la administración norteamericana exhibe, lo que llevó a Obama a plantearse, por primera vez desde marzo de 2011, una intervención militar de castigo al régimen de Bashar al Assad.

Tres semanas de tensión y tonos prebélicos desembocaron en una propuesta rusa de poner el arsenal químico del régimen sirio bajo supervisión internacional a cambio de la cancelación de los planes militares americanos. La propuesta rusa parece que agrada a los actores internacionales, pero la opinión pública del levantamiento popular sirio se siente, en general, traicionada. La comunidad internacional ha obviado a las decenas de miles de víctimas de armas “convencionales”, centrándose solo en que el arsenal químico esté “en buenas manos”, para luego pactar con el acusado de una masacre de tal calibre su libertad a cambio solo de la entrega del arma del crimen. Muchas voces denuncian que tras el movimiento americano no había más que el temor israelí por la suerte del arsenal químico sirio –uno de los más grandes del mundo–, ya sea en manos del régimen o sus aliados, o en manos de “incontrolados” que puedan apoderarse de él.

La ONU, junto a otros organismos internacionales, habla desde hace más de dos meses de una cifra de víctimas mortales superior a 100.000, cientos de miles de heridos, y otro tanto de encarcelados y desaparecidos. Hay también media docena larga de millones de desplazados tanto dentro como fuera del país. Centenares de aldeas, barrios, poblados y calles han sido arrasados por la artillería y la aviación. El tejido socioeconómico de buena parte del país está completamente aniquilado. Siria es hoy, en gran medida, un solar posapocalíptico en el que parece que todas las salidas están cerradas con montones de escombros, y todas las opciones y posibilidades compiten en fealdad y maldad.

¿Quiénes forman los grupos rebeldes?

Treinta meses después del inicio de un levantamiento popular amplio contra la dictadura del clan Assad, donde cientos de focos de protesta a lo largo y ancho de Siria, en especial en las zonas rurales y cinturones de pobreza de las grandes ciudades, mantuvieron largos meses de lucha pacífica antes de pasar gradualmente a las armas según iba aumentando la violencia del régimen, la situación parece precipitarse hacia un círculo vicioso de más violencia y desintegración. Un régimen muy radicalizado y con el núcleo duro cada vez más empeñado en la crueldad extrema, que ha abierto las puertas a grupos armados extranjeros para que luchen en su bando bajo eslóganes claramente sectarios (Hezbolá, milicias chiíes iraquíes y yemeníes), se encuentra fuertemente respaldado política, económica y militarmente por Irán y Rusia.

Enfrente hay un movimiento popular amplio, generalmente basado en la población rural y de pequeñas ciudades, además de la periferia empobrecida de las grandes ciudades. Este movimiento popular se ha ido armando a partir del séptimo mes del levantamiento, en consonancia con las deserciones que sufrió el ejército sirio a causa de la negativa de parte de soldados y oficiales a abrir fuego contra su propia población. El grueso general de este levantamiento armado está conformado por un enorme número de pequeños focos de insurrección, del tamaño de una aldea o barrio, y con dinámicas de lucha limitadamente locales y basadas prácticamente en la autodefensa contra los ataques del régimen. A este nivel, el armamento es pobre y escaso, y casi siempre se basa exclusivamente en fusiles y lanzagranadas.

El siguiente nivel de movimiento armado se encuentra en las brigadas medianas y grandes, repartidas por las zonas de Alepo, valle del Éufrates, Hama, Homs, periferia de Damasco y Deraa. Son grupos armados que luchan bajo la bandera del Ejército Libre Sirio, pero cada uno de ellos goza de total autonomía para tomar sus decisiones tácticas y estratégicas. Los intentos por consolidar una estructura común para todo el Ejército Libre han sido continuos, ya que se formaron consejos militares en cada provincia. La suma de estos consejos forma el Estado Mayor del Ejército Libre, que intenta convertirse en cabeza militar de toda esta estructura en todo el país. Pero la escasez de armamento, así como su llegada directa a cada brigada desde múltiples orígenes, ya sean potencias regionales o grupos de apoyo económico y logístico en la diáspora, sin pasar por el mando central, hace prácticamente imposible que esto se lleve a cabo mientras la canalización de armamento y dinero no dependa del mando central. Por otro lado, y escalando en presencia y poder hasta niveles enormemente preocupantes, se encuentran los grupos yihadistas.

Pero antes de centrarse en ellos hay que puntualizar que esta distinción entre Ejército Libre y yihadistas no significa que los primeros sean “laicos”. Lo cierto es que el tono y el lenguaje islámicos predominan en el movimiento armado, más por motivos culturales que por tendencia o ideología política. Esto deriva del hecho de que el lenguaje religioso ha sido, durante décadas, el único lenguaje público que el poder no ha podido combatir, así como la mezquita fue el único lugar permitido de encuentro social. La diferencia central entre Ejército Libre y grupos yihadistas es que los primeros, sean islamistas o no, luchan bajo la idea de que están en una revolución que busca derrocar a un régimen dictatorial para instaurar otro más justo, pero siempre con el reconocimiento de Siria como entidad nacional, mientras que los yihadistas, sean más o menos pragmáticos, rechazan el termino “revolución” a favor de yihad (lucha por motivos religiosos), y Siria como país no tiene importancia frente al sueño de unir a toda la Nación islámica (Umma) en un solo Estado, el del califato.

El Ejército Libre levanta la histórica bandera de la época de la independencia siria de Francia en 1946, mientras que los yihadistas luchan bajo las banderas negras con escritura coránica en blanco. Aun así, no es difícil ver ambas simbologías compartiendo espacio en muchas ocasiones. El grupo islamista salafista más poderoso es el Frente Islamista Sirio, formado por media docena de los grupos mejor armados y estructurados del panorama sirio (Ahrar al Sham, por ejemplo). No forman parte del Ejército Libre, a la vez que mantienen una distancia pragmática respecto a los grupos más integristas. Su programa político habla de Estado islámico y de Siria a la vez. Tienen una fuerte presencia en la zona norte delpaís, en su mayoría fuera del control del régimen. A su derecha se encuentra Jabhat al Nusra, un misterioso grupo integrista que apareció a finales de 2011 y su protagonismo fue creciendo gracias al buen armamento y la experiencia del grueso de sus combatientes, en buena parte ya veteranos yihadistas en Irak, Afganistán o Chechenia.

Al Nusra fue declarado grupo terrorista por de la administración americana a principios de año, y a finales de la primavera se anunció oficialmente lo que era más que sospechado: que formaba parte de la red de Al Qaeda. Su poderío ha decrecido en favor de una escisión todavía más radicalizada llamada Estado Islámico en Irak y el Levante, Daesh, por sus siglas en árabe. Da’esh nace del seno de Al Nusra, aunque ambos grupos integristas mantienen una mala relación. En pocos meses, y con el apoyo de las redes de financiación y armamento de Al Qaeda en Mesopotamia, Daesh fagocitó el poderío de Al Nusra, que apenas supone ahora la cuarta parte de lo que fue, y, a diferencia de su predecesora, choca mucho con otros grupos combatientes, incluidos aquellos islamistas.

El ascenso de su poderío en las zonas liberadas del régimen vino favorecida por la escasez de recursos del Ejército Libre, y las aberraciones cometidas contra la población, arrestando o asesinando a sus críticos, hace pensar que el choque abierto con los grupos revolucionarios locales está cada vez más cerca, por mucho que estos últimos hayan intentado aplazarlo para priorizar la lucha contra el régimen.

La Coalición Nacional

Todo esto, en el plano militar, ocurre en paralelo a un plano político no mejor consolidado. La Coalición Nacional, el grupo más grande de opositores sirios y el que más reconocimiento internacional recibe, sufre continuas convulsiones a causa de las fricciones internas, que casi siempre se articulan sobre las diferencias entre las potencias regionales e internacionales patrocinadoras. La presencia de la Coalición en el interior de Siria, incluso en las zonas liberadas, es prácticamente nula, y su popularidad inexistente.

Las fuerzas populares sobre el terreno no se sienten representadas en un ente político al que le ha importado más juntar muchos grupos y personalidades diferentes que dar con un plan político factible y sólido. La Coalición Nacional actúa como un mal ministerio de exteriores, sin más. No se le puede considerar, en ninguno de los casos, una dirección política del levantamiento popular. No tiene elementos ni herramientas para serlo, y tampoco parece que a las potencias regionales e internacionales les interese proporcionárselas. Sin luz al final del túnel desde hace muchos meses, y en un enorme ejercicio de voluntarismo, parte de la opinión pública opositora vio en las posibilidades de una intervención americana algo esperanzador.

Se deseaba que un eventual ataque americano acabara, o al menos dejara muy tocada la capacidad del régimen, sobre todo la aviación y el sistema de misiles balísticos, que han causado un enorme daño en la zona norte de Siria. Pero las últimas maniobras rusas han anulado prácticamente las posibilidades de un ataque americano, o al menos ha quedado aplazado sine die. Queda por saber si el terremoto de las últimas semanas ha conseguido desbloquear, aunque sea parcialmente, la situación política. Rusia y Estados Unidos parecen volver a la retórica de una “solución política”, que pasa por una conferencia de paz (ya bautizada desde hace meses como Ginebra 2).

La situación sobre el terreno no parece que vaya por este camino, ya que el régimen, pese al susto que le supuso la seriedad de la amenaza americana, sigue apostando por poder recuperar el terreno perdido por medios militares, y nada parece indicar que esta postura cambiará. Por su parte, los rebeldes no están dispuestos a sentarse con un régimen al que consideran genocida, y no existe ninguna figura política o combatiente que tenga el carisma y la legitimidad suficientes para presentar una concesión tan dolorosa para los damnificados por la violencia extrema del régimen como sentarse con Assad o con quien lo represente. Mientras tanto, la escasez de medios, alimentos, medicamentos, material de construcción y carburantes hace más cuesta arriba la vida de los sirios cada día que pasa. Todo el mundo desea que algo cambie rápida y radicalmente para que se llegue a alguna solución que pare este terrible baño de sangre. Por desgracia, los milagros, al igual que los sirios para las lógicas geopolíticas de las potencias internacionales, no existen.