El presidente Trump y Oriente Medio

El terrorismo, la derrota de Daesh, así como una política más dura hacia Irán marcarán las ya de por sí tensas relaciones de Estados Unidos con la región.

Ellen Laipson

Las declaraciones de campaña del presidente electo Donald Trump no bastan para aclarar hasta qué punto su política en Oriente Medio puede diferir de la de Barack Obama. Sin duda, el terrorismo y la derrota de Daesh serán sus prioridades, y seguramente adoptará una postura más dura en relación con Irán, si bien es posible que no llegue a retirar a EE UU del acuerdo nuclear de 2015.

Cabe la posibilidad de que a los líderes regionales les resulte difícil establecer lazos de confianza sólidos con el nuevo equipo si la retórica antimusulmana de la campaña se traduce en políticas que afecten a los desplazamientos a y desde Oriente Medio y causen inquietud a los musulmanes estadounidenses. Además, si se demuestra que las tendencias neoaislacionistas de Trump son reales, se alarmarán por el vacío de poder y liderazgo.

Turbulencias en la política estadounidense

Todo análisis de la política del presidente entrante en relación con Oriente Medio debe empezar por una declaración de humildad. Simple y llanamente, hay demasiados factores desconocidos como para afirmar con cierto grado de confianza cuáles serán las prioridades y posturas de la nueva administración.

El contraste de estilos personales entre el intelectual y cauto Obama y el indiscreto e impulsivo Trump no puede ser más marcado. Algunos políticos y líderes de opinión estadounidenses han perseverado en sus críticas al enfoque intelectual de la política exterior de Obama, si bien reconocen que ha demostrado un dominio de las situaciones de crisis y ha tenido en cuenta los parámetros legales de sus decisiones. Todos coinciden en que Trump tiene conocimientos sobre política exterior limitados, no parece gozar de relaciones estrechas con personas de otras culturas y ve sus nuevas responsabilidades a través del prisma de su experiencia empresarial.

A lo largo de la campaña, Trump se ha referido a las relaciones exteriores como si fuesen una simple cuestión de negocios, y ha expresado su confianza en que siempre saldrá ganando. Podría llevarse una desagradable sorpresa cuando descubra cómo funcionan los asuntos internacionales, y que al presidente estadounidense se le exige prudencia ante los problemas que Washington no ha provocado o que no puede controlar.

Desde las elecciones y el sorprendente éxito del Partido Republicano, han surgido nuevas dinámicas que influirán en las prioridades en política exterior de la nueva administración. Trump se ha presentado como un motor de cambio, como un personaje anti-establishment casi tan despectivo con los republicanos convencionales como con sus adversarios del Partido Demócrata. La opinión generalizada ha sido que el Partido Republicano estaba sumido en el caos y no era capaz de controlar los impulsos divergentes que la candidatura de Trump había revelado.

El círculo íntimo de Trump se enfrenta ahora a varias presiones cruzadas. Hay un sector que, desde el triunfo, quiere castigar y excluir a cualquiera que haya sido abiertamente crítico con su controvertido candidato. Otros, sin embargo, se están dando cuenta del peso de la responsabilidad y de la necesidad de incorporar a profesionales que conozcan a fondo los retos de la seguridad nacional.

Puede que el presidente intente un equilibrio mezclando a sus promotores del cambio más radicales con miembros de la clase dirigente convencional. Ha emparejado a Reince Preibus, jefe del Comité Nacional Republicano, con Stephen Bannon, una figura de los medios de comunicación de extrema derecha, en los dos máximos puestos de la Casa Blanca: jefe de gabinete y estratega jefe, respectivamente. Sin embargo, los nombramientos del general Michael Flynn como consejero de Seguridad Nacional, del senador Jeff Sessions como fiscal general, y del diputado Michael Pompeo como director de la CIA, son señal de una estrategia más dura e ideológica. Algunos expertos piensan que Trump, sin principios ideológicos firmes, quiere nombrar a personas comprometidas con las promesas de la campaña. Otros creen que muchas de estas ideas se suavizarán cuando se enfrente a la realidad de gobernar.

El nombre del secretario de Estado, pendiente en el momento de escribir estas líneas, también será crucial para la política exterior. Si es Rudi Giuliani, ex alcalde de Nueva York, cabe esperar la línea agresiva de un fiel a Trump. El antiguo aspirante a la presidencia, Mitt Romney, otra opción, representa al centro de poder de la cúpula republicana y tranquilizaría a la comunidad internacional.

Una cosa es segura: Oriente Medio requerirá la atención de la Casa Blanca. Probablemente, la campaña militar contra Daesh en Irak y Siria sea la prioridad más delicada. Tender la mano a los países amigos de la zona, entre ellos Turquía, Israel, Jordania, Egipto, Irak y los del Golfo, será uno de los primeros cometidos y, presumiblemente, se enviará algún mensaje de confianza aún en el caso de que el nuevo equipo decida llevar a cabo evaluaciones estratégicas que podrían conducir a políticas diferentes.

Además, nunca faltan las sorpresas inesperadas en la zona: la caída o muerte de un líder ya sea por causas violentas o naturales, un estallido de violencia en un país normalmente pacífico que afecte a los estadounidenses y al propio EE UU, un atentado terrorista devastador en una planta petrolera u otra instalación económica de primer orden. Cualquier discontinuidad abrupta pondría a prueba en sus primeros días a la Casa Blanca de Trump y a su capacidad para gestionar las crisis.

El terrorismo y Daesh

Previsiblemente, el presidente Trump se beneficiará de los avances conseguidos con Obama y la coalición de países de la región y de la OTAN para derrotar a Daesh. Es posible que, con la recuperación de Mosul en Irak y Raqqa en Siria, para finales de enero de 2017, Daesh haya quedado tocado. A decir verdad, la restitución de ambas ciudades al control gubernamental no está garantizada, y los combates están causando nuevos problemas al provocar daños en las infraestructuras, el desplazamiento de más civiles y graves carencias humanitarias. Cuál sea la fuerza combatiente que se atribuya el mérito de la derrota de Daesh en esas ciudades también determinará si, a continuación, el Estado puede ejercer el control. El trato que dé el primer ministro iraquí Al Abadi a las milicias chiíes que han colaborado en la lucha, y lo que haga para evitar cualquier agravamiento de las tensiones sectarias, será decisivo para los efectos a largo plazo de la liberación de Mosul. Si los kurdos son los actores clave en Raqqa, las consecuencias para Siria serán complicadas.

Hasta la fecha, Trump ha declarado que adoptará una línea militar más enérgica en relación con las amenazas terroristas y Daesh. Puede que los mandos militares le transmitan que aumentar la capacidad militar en el escenario de guerra será arriesgado y costoso, y que se tardaría semanas, meses, en llevarlo a cabo. Los actores regionales también tendrán algo que decir, y habrá quienes prefieran evitar la expansión de la presencia estadounidense dada la herencia de Irak y el sentimiento de la población local en relación con la posible vuelta de cualquier situación parecida a la ocupación de EE UU de 2003-2008. Irán Las primeras señales indican que los nombramientos de Trump introducirán posturas muy duras con respecto a Irán. Consideran que es la principal fuente de inestabilidad en Oriente Medio, el estímulo, si no el patrocinador, del terrorismo, y el país que pretende dominar la zona. Algunos asesores de Trump podrían defender un enfrentamiento con Teherán, lo cual resucitaría el debate sobre el cambio de régimen como objetivo para EE UU y encomendaría al ejército la tarea de prepararse para un eventual choque militar con la República Islámica.

El acuerdo nuclear, negociado por la UE junto con Rusia, China y EE UU, fue uno de los blancos de la campaña de Trump, que acusó a Obama de debilidad en las negociaciones y proclamó que él habría conseguido un pacto mucho más duro. Si bien la capacidad de negociar es uno de los dones especiales que Trump se atribuye a sí mismo, hay indicios de que ya no pretenda cancelar o renegociar el acuerdo. Varios miembros del Congreso que, en 2015, eran escépticos con el pacto, hoy declaran que sería arriesgado abandonarlo y quieren que la atención se centre en el cumplimiento estricto de sus estipulaciones. Varias personalidades de la seguridad nacional saudí e israelí han manifestado opiniones similares.

Siria

Parece probable que Trump mantendrá las posiciones defendidas en campaña. Cabe esperar menos respaldo a las fuerzas de oposición sirias, incluyendo un posible cese total del apoyo militar. Trump y algunos de sus asesores parecen más inclinados a apoyar tácitamente la política rusa y acabar con la violencia, ayudando al régimen de Al Assad a restablecer el control sobre el país. Esta posición difiere radicalmente de la de gran mayoría de expertos en política exterior, incluidos los republicanos y muchos demócratas que esperaban ver cómo se reforzaba el apoyo a la oposición, así como la exigencia de que Al Assad abandone el poder, postura que EE UU mantiene desde hace tiempo.

El presidente Trump se enfrentará a críticas y presiones, pero podría dejar Siria en segundo plano con la esperanza de poder abordarla una vez que la situación sobre el terreno se haya clarificado. Está por ver si su administración prestará apoyo a las iniciativas para descentralizar el poder y reconocer la autonomía de los kurdos en el Norte o a los consejos locales que han mantenido en pie algunas estructuras de gobierno en pleno caos. Mientras tanto, es posible que no adopte ninguna medida que pueda interrumpir el flujo de la ayuda humanitaria hacia Siria.

Israel y Palestina

Con su actual líder, Israel podría ser uno de los claros beneficiarios de la victoria de Trump, inequívocamente favorable a las políticas de firmeza de Tel Aviv que proporcionan seguridad a los israelíes. Ha anunciado que cambiará la política para reconocer Jerusalén como capital de Israel, uno de los puntos delicados que los presidentes estadounidenses siempre han pospuesto con el fin de resolverlo en el contexto de un acuerdo de paz. Mientras que muchos expertos en política exterior se sentirán consternados, la opinión pública estadounidense no demanda con mucha insistencia una postura más enérgica en la cuestión palestina. Se ha instalado el cansancio, y pocos tienen alguna expectativa de que éste o cualquier futuro gobierno estadounidense alcance el objetivo declarado de los últimos presidentes de facilitar la solución de los dos Estados con la creación de un Estado palestino independiente.

La relación con los países del Golfo

Será fascinante observar la postura del presidente Trump en relación con las monarquías árabes del Golfo, ya que, si nos atenemos a la campaña, hay muchas tendencias contradictorias.

En el plano estratégico, posiblemente los líderes del Golfo se alegrarán de que el presidente asuma la idea de que Irán es el enemigo mortal de los Estados árabes suníes. Sin embargo, si Trump avanza hacia una estrategia más belicosa frente a Irán, pueden surgir ciertas reservas. A los líderes del Golfo les preocupa en qué medida las operaciones militares estadounidenses pueden afectar a su actividad clave en el sector de la energía y a su dependencia del comercio y el tráfico mundial que pasa por el Golfo, y si se mantiene la convergencia de intereses entre sus necesidades de seguridad y la política de EE UU.

La percepción de Trump de que los países del Golfo, al igual que otros aliados, no han pagado la parte que en justicia les corresponde de los costes que genera el alojamiento de las fuerzas estadounidenses y de las infraestructuras y el armamento que las acompañan, puede ser motivo de fricción. En el Golfo, la sensación es que, en sus relaciones con la zona, EE UU, en particular desde el conflicto con Irak en 1990, se ha convertido en un mercenario que pasa a los ricos productores de petróleo la factura por los servicios prestados. Cuando el equipo de Trump se familiarice con las relaciones militares y económicas, la cuestión del reparto de cargas podría perder importancia.

Si la nueva administración persevera en algunas de las ideas de su campaña en relación con los musulmanes, se podría producir un distanciamiento más profundo entre Washington y el Golfo. Los mensajes de Trump a los musulmanes estadounidenses para que denuncien a los sospechosos de terrorismo, sus posibles cambios en la política de visados para algunos países musulmanes fundamentales, y la agudización de la polarización en la sociedad estadounidense, que genera inseguridad entre los inmigrantes y las minorías, podría contribuir a que los países musulmanes se muestren reacios a la hora de colaborar con la nueva administración.

Egipto y la ‘Primavera Árabe’

El presidente Al Sisi tiene motivos para sentirse aliviado por el resultado de las elecciones, aunque Hillary Clinton también habría sido pragmática en lo que respecta a Egipto y a otros países en los que el impulso democratizador de la Primavera Árabe se ha desvanecido. No cabe esperar que se hable mucho de democracia, derechos humanos o de necesidad urgente de reformas en el mundo árabe, a menos que algunos de los activistas de la administración de George W. Bush vuelvan al gobierno. Pero, en ese caso, probablemente se encontrarán con la resistencia de la tendencia dominante de Trump a otorgar la máxima prioridad a la lucha contra el terrorismo y a dejar cierto margen a los autoritarios para que tomen medidas drásticas para atajar la amenaza.

Conclusión

No todo va a cambiar de la noche a la mañana en la política estadounidense hacia Oriente Medio. Aparte de la campaña antiterrorista y la retórica sobre Irán, la región no será objeto de demasiada atención durante las primeras semanas o meses.

Con respecto a algunos temas, las ideas de Trump no discrepan mucho de las de Obama, en concreto en lo que se refiere a evitar nuevas intervenciones militares en la región en general, y en Siria en particular. Asimismo, puede que tengan opiniones similares en cuanto al reparto de cargas con los socios del Golfo en materia de seguridad, al compromiso con la seguridad de Israel, y a los límites del liderazgo estadounidense para resolver los problemas estructurales subyacentes de la zona.

Obama lleva casi una década tratando con la región y sus problemas, es un pensador conceptual sólido y tiene ideas claras y cosmopolitas acerca de la naturaleza variable del poder y la influencia estadounidenses en el mundo. Asimismo, ha intentado equilibrar los intereses y los valores estadounidenses sin perder de vista el imperativo a largo plazo de nuevos modelos de gobernanza si la región quiere alcanzar la paz.

Casi con total seguridad, el nuevo presidente se ocupará menos de promocionar los valores estadounidenses y adoptará un enfoque más transaccional en su trato con los líderes árabes. Las relaciones de EE UU con la zona llevan tiempo siendo problemáticas debido a las discrepancias sobre determinadas políticas, a la herencia de la invasión de Irak, y a la paradójica preocupación por el debilitamiento del compromiso estadounidense en la zona. Las reacciones de Trump ante lo que llegará a sus oídos desde y sobre esta turbulenta región están por determinar, pero es seguro que va a haber más agitación en las tensas relaciones de EE UU con Oriente Medio.