Irak, más allá de Mosul

Superar la grave crisis económica y política, reducir la violencia, mantener la unidad nacional o neutralizar la injerencia externa, son algunos de los retos de Irak.

Jesús A. Núñez Villaverde

A pesar de lo que cabría deducir en primera instancia del efecto mediático que sitúa a Mosul como el principal problema que hoy tiene Irak, la realidad se empeña en demostrar que la agenda nacional está repleta de otros asuntos, tanto o más complejos de gestionar. Evidentemente, la reconquista de Mosul es una prioridad destacada, pero no lo son menos encontrar una salida a la grave crisis económica y política, reducir a niveles soportables el grado de violencia que asola las calles de buena parte del país, mantener la unidad nacional y suavizar al menos las visibles tensiones entre el gobierno regional kurdo de Erbil y el gobierno central de Bagdad o neutralizar los intentos de actores externos por manipular en su beneficio lo que ocurra en Irak. Y en ninguno de estos frentes tiene Haidar el Abadi, en su calidad de primer ministro, garantía alguna de salir airoso.

Ofensiva contra Daesh en Mosul

En el primer ámbito, la campaña militar para expulsar a Daesh de la segunda ciudad del país lleva semanas en marcha, sin que se adivine todavía el momento en el que se pueda proclamar victoria. Es obvio que, dada la abrumadora superioridad de las fuerzas atacantes, resulta altamente probable que la conquista de la ciudad se producirá en breve plazo. Con ese objetivo, y con una implicación militar estadounidense difícilmente disimulable, están colaborando tanto las fuerzas armadas iraquíes, atacando desde el Sur, como los peshmergas kurdos, avanzando desde el Norte y el Este. A ellos se unen la Policía Federal, en labores de limpieza de localidades próximas a Mosul, así como diversas milicias chiíes entre las que destacan las Unidades de Movilización Popular, enfrascadas en la toma de Tal Afar, punto estratégico para cortar las vías de apoyo logístico que los combatientes de Daesh en Mosul pudieran recibir desde el territorio sirio que todavía continúa en sus manos. Todas estas unidades han logrado avances sostenidos en su ofensiva, sin que las limitadas fuerzas yihadistas que ocupan la ciudad, estimadas en no más de 7.000 combatientes, hayan podido contrarrestar su empuje, y de que otras facciones yihadistas se afanen en el intento de abrir nuevos frentes o golpear en ciudades del centro del país para obligar a Bagdad a diversificar su esfuerzo bélico.

Pero aunque Mosul se vea finalmente liberada de yihadistas, ni la suerte de la ciudad está ya por ello garantizada –en un contexto de sectarismo creciente tanto étnico (árabes y kurdos) como religioso (suníes y chiíes)–, ni cabe suponer que eso equivalga automáticamente al colapso definitivo del pseudocalifato proclamado en esa misma ciudad por Abu Bakr al Bagdadi en junio de 2014. Daesh, según señala el Instituto de Economía y Paz en el último Índice Global de Terrorismo, ha sido el grupo más violento del mundo en 2015 y el que en más países ha actuado. Si un año antes ya había demostrado su capacidad operativa en 13 países, el pasado año ha logrado golpear en 28, en un efecto llamativo que le ha llevado a ampliar su radio de acción como modo de responder al serio castigo que está recibiendo en sus feudos tradicionales.

Aunque la pérdida de Mosul sea, sin lugar a dudas, un serio golpe, tanto simbólico como fáctico, Daesh ha logrado consolidar una estructura violenta que le permite desarrollar a su elección acciones de combate convencional, subversivas y terroristas, sin olvidar su capacidad y voluntad para actuar como un aparato paraestatal en los territorios que tiene bajo su dominio directo. Por todo ello, hay que entender que su expulsión de Mosul no significa ni siquiera su desaparición de Irak, dado que todavía conserva zonas como Hawiya y otras más próximas a la frontera con Siria; a lo que se añade la existencia de grupúsculos que, como se constata diariamente, pueden causar apreciables daños y pérdidas de vidas humanas incluso en la capital del país.

Violencia desatada contra civiles

De hecho, la disminución del nivel de violencia que sufren los 36 millones de iraquíes debe ser otra de las prioridades gubernamentales. Según la organización Irak Body Count, el pasado octubre se ha saldado con un total de 2.300 civiles muertos de forma violenta, en una trayectoria ascendente para la que no se adivina final a corto plazo. Este es un elemento central para entender las crecientes críticas contra Al Abadi, necesitado urgentemente de reacción para recuperar, al menos en parte, el apoyo popular cuando al mismo tiempo está siendo directamente cuestionado por otras figuras políticas que retan su mandato. La persistencia de esos altísimos niveles de violencia disuade, por sí misma, la recuperación económica y la imprescindible inversión extranjera, tanto para reconstruir lo aplastado por tantos años de guerra, como para crear un entorno que permita modernizar sus infraestructuras productivas. Y sin ese cambio de tendencia, es elemental entender que Al Abadi se convierte en un gobernante cada vez más cuestionado y más impotente ante dinámicas que escapan a su control, sin posibilidad alguna de “comprar” la necesaria paz social que permita a Irak encarar su futuro con cierta esperanza.

Entorno económico enrarecido

El clima económico no es tampoco favorable para las autoridades de Bagdad. De hecho, ni siquiera el incremento de su nivel de producción de hidrocarburos, batiendo su récord histórico con registros que ya superan los 4,5 millones de barriles de petróleo diarios desde la pasada primavera, le sirve de consuelo. Los bajos precios del crudo suponen una pésima noticia para un país que depende sobremanera de los ingresos obtenidos por su venta al exterior, lo que determina que, a pesar de los esfuerzos realizados por el gobierno, la balanza comercial sea deficitaria. Los problemas que eso plantea explican en buena medida la imperiosa necesidad de negociar nuevamente con el Fondo Monetario Internacional que, finalmente el 7 de julio de 2016, aprobó la concesión de un préstamo de 5.340 millones de dólares para un periodo de tres años. Un importe, en todo caso, por debajo de las expectativas iniciales, que elevaban el listón hasta rondar los 15.000 millones, e insuficiente para promover el necesario desarrollo de las zonas que se vayan liberando de las manos de Daesh. En definitiva, Bagdad queda a la espera de ver si, como resultado de la reciente reunión de la OPEP el 30 de noviembre, se cumple lo acordado en materia de recortes de producción y el precio del petróleo supera los 55 dólares. Una previsión que sería evidentemente beneficiosa para Irak –libre hasta ahora de los mínimos recortes ya anunciados meses atrás–, pero que escapa a las capacidades reales que tienen sus gobernantes para que algo así suceda.

Por otra parte, la corrupción –que situaba a finales de 2015 a Irak en el puesto 161 de un total de 167 analizados por Transparency International– es un mal endémico de tal nivel que por sí solo ha logrado unir a actores muy diversos en el asedio y acoso a Al Abadi. Entre estos destaca Muqtada al Sadr, poderoso líder religioso y político, con capacidad para retar al gobierno con una campaña popular que, a lo largo del año, ha logrado reunir a iraquíes de muy distinta adscripción étnica y religiosa (aunque el componente árabe chií sea el dominante en su movimiento). Con su decisión de organizar sentadas de sus simpatizantes en plena Zona Verde (barrio gubernamental fortificado de Bagdad) ha debilitado seriamente a Al Abadi y su gobierno, reclamando la dimisión de diferentes ministros, la eliminación de la figura de los tres vicepresidentes que hasta ahora han existido (el Tribunal Supremo ha revocado, el 10 de octubre, la decisión de Al Abadi de eliminarlos, cuando éste ya había cedido a las presiones de Al Sadr) y la conformación de un nuevo gabinete ministerial con tan solo 22 carteras, en lugar de las 33 existentes previamente.

Acuciante reto político en Bagdad y Erbil

Además, Al Sadr ha sabido reformular su estrategia política, como lo demuestra el encuentro mantenido en Nayaf el 18 de octubre con otros significados líderes chiíes, para intentar aunar fuerzas con vistas a las elecciones municipales del próximo año y las parlamentarias previstas inicialmente para 2018. Consciente de que su poder actual no le basta todavía para imponerse a otros dirigentes como Nuri al Maliki (actualmente aferrado a su puesto de vicepresidente) o Ammar al Hakim (recientemente nombrado líder de la coalición Alianza Nacional, en la que el mismo Al Sadr y Al Maliki están integrados), el tan popular como controvertido líder chií pretende, con el significativo apoyo de Teherán, ser reconocido al menos como figura imprescindible para la conformación de nuevas mayorías parlamentarias en oposición a un Al Abadi al que considera desde hace tiempo como incapaz y sectario.

Pero es que, aunque el gobierno de Al Abadi lograra gestionar de manera adecuada esos numerosos y agudos problemas, aún le quedaría pendiente frenar las dinámicas divisivas que ponen en peligro la existencia de Irak como Estado. La más notoria de las fracturas existentes es la que presenta el Gobierno Regional del Kurdistán, con un notablemente deteriorado Masud Barzani al frente. Internamente, la emergencia del Movimiento Gorran ha sacudido la escena política kurda, en la medida en que sus líderes han logrado atraer a un considerable porcentaje de población frustrada económica y políticamente con unos gobernantes que ni acaban de dar el paso hacia la independencia (asunto que Barzani suele emplear como espantajo para desviar la atención o asustar a Bagdad), ni atienden adecuadamente sus tareas. Buena muestra de ello es la sucesión de huelgas y protestas callejeras, promovidas por sectores profesionales que ven retrasado sistemáticamente el cobro de sus salarios, como consecuencia de una situación económica crecientemente negativa ante la caída de los precios del petróleo, que ha llevado a la aplicación de severas medidas de austeridad desde febrero de 2016.

Esto último es lo que ha facilitado un nuevo acuerdo, por el que Erbil permite que Bagdad recupere la gestión directa de las exportaciones petrolíferas, comprometiéndose a cambio a transferir los fondos necesarios para, al menos, pagar a los funcionarios dependientes de Erbil. Acuerdos similares al alcanzado en septiembre ya han quedado invalidados en el pasado por incumplimientos de ambas partes, deseosas de aprovechar cualquier resquicio para explotar unilateralmente los recursos en disputa (especialmente los de Kirkuk). Y algo similar puede ocurrir ahora, cuando ya son bien visibles las discrepancias sobre el reparto de papeles en la toma de Mosul y, sobre todo, en lo que tanto Erbil como Bagdad pretenden hacer a posteriori.

Contaminación externa

Por último, el margen de maniobra de Al Abadi se estrecha igualmente cuando se trata de hacer frente a las presiones de poderosos actores externos. Por un lado, en su intento de contrarrestar el crítico discurso de Al Sadr contra la presencia de tropas extranjeras en el país, el primer ministro se ve impelido a criticar a su vez a Washington, cuando en realidad es un forzado aliado externo, y a tomar decisiones mal recibidas por la administración de Obama –como el lanzamiento de la operación para recuperar Faluya en junio de 2016, que retrasó hasta septiembre el inicio de la fase decisiva del asalto a Mosul. En el tiempo transcurrido desde su acceso al poder en 2014 ya ha agotado el recurso de culpar a Washington por imponer un modelo político de perfil netamente clientelar, estableciendo cuotas sectarias que, efectivamente, no ha hecho más que alimentar la corrupción y la ineficiencia de un aparato administrativo en el que muchos de sus beneficiarios directos se resisten ahora a quedarse sin su trozo de la tarta.

Por otro lado, a Al Abadi le resulta prácticamente imposible dejar fuera de juego a Irán. Y esto es así no solo porque su propio nombramiento hubiera sido inimaginable sin la aceptación de Teherán –lo que da una idea del grado de influencia que el régimen iraní tiene sobre su vecino–, sino también porque Irán ha sabido construir poderosos lazos con numerosos actores iraquíes, incluyendo a buena parte de los líderes kurdos, hasta hacerse imprescindible para gestionar la situación actual y para encarar cualquier posible rumbo futuro del país. Un futuro, a todas luces, tan impredecible como inquietante.