El ocio de los jóvenes en el Magreb

TV, deporte, cafés, principales aficiones de una juventud que se debate entre la exigencia de arraigo a su cultura de origen y el atractivo de la vida moderna.

Zohra Abid

Qué hacen los jóvenes magrebíes cuando escuelas, institutos, universidades, empresas y otros lugares de trabajo cierran sus puertas? ¿Y qué hacen los Estados magrebíes para llenar el día a día de esos jóvenes que denuncian la incomprensión social, el vacío cultural, el desempleo, el cierre de fronteras, y que con frecuencia hallan la respuesta a su malestar social y existencial en el “harqan” (emigración clandestina), este deseo suicida de irse a cualquier precio? Frente a las necesidades expresadas, los gobiernos hacen mucho y al mismo tiempo poca cosa. A la hora de llenar sus interminables jornadas, casi todos los jóvenes magrebíes están en el mismo barco. Centros juveniles humildemente equipados, salas de cine cada vez más vetustas y desiertas… Alguna que otra actividad deportiva, como el fútbol, aún accesible a todos. En cuanto a los clubes de ocio, los auténticos, a menudo están reservados a los más afortunados. Hay, pues, distracciones y… distracciones. Las de los ricos y las de los pobres.

Para los primeros, la vida es un lecho de rosas. Están la mar de bien en sus paraísos artificiales, rodeados de un lujo insultante. Las chicas andan embutidas en vaqueros ceñidos, con tacones de aguja, bolsos caros, vestidos de seda y las marcas bien a la vista. Los chicos, a bordo de grandes berlinas, todoterrenos y otros cabriolés, se pasean con el pelo engominado, trajes de lino, exhibiendo sus zapatillas de 200 euros. Ellos y ellas se reúnen en los clubes de alto copete, donde se dejan fajos de billetes en una sola noche. La mayoría bebe alcohol hasta la embriaguez absoluta. A otros, el deseo de evadirse los lleva a fumar la “zatla” (hachís). Para los segundos, la oferta de pasatiempos es muy limitada. Escuchan algo de música y, para “viajar”, se conectan a Internet.

Si no, andan consumiéndose de sol a sol en las cafeterías, pegados a la televisión, jugando a las cartas o… sigilosos, en los barrios, escrutando el rostro de los transeúntes. Ociosos y con el corazón vacío… ¡Dime dónde pasas la mayor parte del tiempo cuando no estás en la facultad o en el trabajo, y te diré quién eres! En efecto, con sólo seguir el rastro de miles de jóvenes, un sábado por la noche, un domingo o cualquier otro día festivo, en los barrios más acomodados o los extrarradios de mala fama, se descubre el actual desánimo de la sociedad magrebí, sus inquietudes, sus paradojas. Una sociedad en transición, puede que incluso estancada, a la que le cuesta asumir su identidad secular, y más aún integrarse decididamente en un mundo globalizado.

Tentativas de movilización en Marruecos

El reino alauí cuenta con 30 millones de habitantes, de los que cerca de 11 tienen entre 15 y 35 años. Asimismo, alberga 436 centros juveniles, es decir, una media de uno por cada 20.000 jóvenes. Estos centros se concentran en las zonas urbanas (64%). Y lo que es peor: carecen de infraestructuras y tienen una programación poco adaptada a las necesidades de sus clientelas. Resultado: la Encuesta Nacional de los Jóvenes, realizada por el departamento correspondiente, muestra que sólo el 17,6% frecuenta esos centros, 21% de los chicos y 13,4% de las chicas. Según un informe redactado en 2001 por Mustafá Berruyn y Mohamed el Auad, la disparidad de esos establecimientos es muy acentuada.

Por ejemplo, Tánger, ciudad poblada por 320.000 habitantes, sólo dispone de cuatro centros juveniles, mientras que El Khemisset, municipio con una población tres veces inferior, cuenta con 16. “Si se tiene en cuenta el lugar de residencia, se observa que hay una gran diferencia entre el ámbito urbano y el rural (27,8% y 5,5%, respectivamente). La lejanía o la inexistencia de estos centros, especialmente en el ámbito rural, la falta de información, la ausencia de programas y actividades susceptibles de captar el interés de la juventud y de responder a sus expectativas son las principales razones de esta escasa afluencia”, explican los dos investigadores. Otro ejemplo. En Casablanca, la mayor ciudad del país, con 2,5 millones de almas, los jóvenes también pasan de esas instituciones. Así, el centro juvenil del bulevar Zerktuni sólo abre por las mañanas, para clases de alfabetización. Por la tarde, son pocos los jóvenes que se dejan caer por ahí.

Lo mismo puede decirse de la biblioteca pública. A pesar de estar bien equipada, tiene relativamente pocos visitantes. Y es que, en el país de los alauitas, la lectura también está muy abandonada. Tras los atentados de Casablanca de mayo de 2003, perpetrados por jóvenes salafistas surgidos de los estratos más pobres de la sociedad, el Estado trata de reaccionar para asegurar una mejor orientación de los jóvenes. Así, tiene previsto inaugurar 250 nuevos centros juveniles de aquí a 2012. Sin dejar de movilizarse en el marco del programa “Vacaciones para todos” (que da prioridad a los jóvenes de las zonas rurales y los barrios desfavorecidos), el Ministerio de la Juventud y Deportes lanzó, en 2008, los “Espacios de ciudadanía de los jóvenes”, un plan de proximidad para reforzar los festivales dedicados a este sector de la población, el más afectado por el desempleo (un 17,6%, frente a una tasa nacional estimada en un 11,6%, cuya mayoría sólo tiene una idea en mente: llegar a la otra orilla del Mediterráneo. (En Marruecos, el desempleo afecta a un 34,2% de los jóvenes urbanos y sólo al 6,2% de los que viven en el campo.)

En cuanto a la práctica del ocio, que se percibe de distinto modo según el lugar de residencia, el sexo, la edad y la situación socioeconómica, las encuestas realizadas a nivel nacional indican que las actividades socioculturales (centros juveniles, lectura, cine, asociaciones artísticas…) y deportivas son el género más atractivo para uno de cada dos jóvenes. Las actividades distendidas (televisión, música, viajes…) ocupan el segundo lugar (con proporciones que oscilan entre el 45% y el 46,5%). Sin embargo, la televisión sigue siendo el pasatiempo más importante, tanto en ambientes urbanos como rurales. Para los chicos, pero también, sobre todo, para las chicas, se debe al modelo de educación tradicional, que les deja pocas opciones de ocio fuera del círculo familiar.

Argelia, entre ‘tchi-tchi’ y ‘zaualis’

El ocio de los jóvenes argelinos es similar al de sus vecinos marroquíes, con algunas diferencias. Los chicos y chicas de 20 años nacieron en 1989, es decir, en vísperas de un periodo oscuro de la historia del país, marcado por el aumento de la violencia de los grupos armados islamistas. Así que esos jóvenes crecieron aprendiendo a desconfiar de cualquier cosa y, por consiguiente, a manifestar agresividad para con sus semejantes, para conjurar su propio miedo a lo desconocido. Se enfrentan a problemas de orden psicosocial y afectivo, que les impiden ver las cosas con claridad en su interior y volar con sus propias alas. Sobreprotegidos –o abandonados– por sus padres, se ahogan.

Eternos beneficiarios de asistencia o dejados de lado, se encuentran abandonados a su suerte en una sociedad con otras prioridades. ¿La causa? El Estado, que hoy se enfrenta a presiones presupuestarias derivadas del descenso de los ingresos petroleros, no está en condiciones de responder a las inmensas expectativas de los jóvenes. En su última campaña para las presidenciales, el presidente Abdelaziz Buteflika reconoció el fracaso de su política para con ese segmento de la población. Sin embargo, salvo algunas medidas cosméticas, su gobierno aún no ha elaborado ninguna estrategia ni tomado medidas concretas para mejorar la situación de los 12 millones de argelinos de entre 15 y 35 años, que representan cerca de un tercio de la población total del país (33,8 millones en 2007), para darles educación, formación profesional, vivienda y empleo, pero también para responder a sus necesidades de ocio.

En un país donde se está retrasando la edad del primer matrimonio (29 en el caso de las chicas y 33 en el de lo chicos), el panorama social experimenta una metamorfosis. Los jóvenes de ambos sexos pasan la mayor parte del tiempo en las mezquitas, en las cafeterías (jugando a las cartas y hablando de lo que sea), yendo de fiesta familiar en fiesta familiar, o ahogando su cuota de desamparo en veladas bien bañadas en alcohol. Éstas, organizadas por grandes marcas de bebidas alcohólicas, atraen a muchos jóvenes de ambos sexos. Llegados desde los barrios acomodados de la capital, los jóvenes descubren ahí paraísos artificiales. Convertidas con los años en indispensables de los veranos argelinos, estas noches temáticas, con los pies en remojo, cuyos principales atractivos son la mezcolanza y el alcohol, provocan, además, altercados entre los jóvenes de Tipaza, el pueblo de pescadores donde a menudo se celebran, y los de la capital, al volante de coches de lujo.

Estos tchi-tchi, nuevos-ricos-modernos, a menudo opuestos a los zaualis (eternos pobres), también se reúnen en las cafeterías modernas de Hydra, el famoso barrio residencial de Argel. Las chicas, ataviadas con vaqueros ceñidos, fuman sin complejos. Los chicos circulan en bonitos automóviles. Juntos, frecuentan las discotecas de los grandes hoteles y, a veces, disponen de carné de acceso al Club des Pins, zona situada al borde del mar, reservada a miembros del gobierno y altos cargos. Además de los estadios, las cafeterías y los night-clubs, ¿qué otra oferta de diversión tienen los jóvenes en Argelia? Las salas de cine (las que aún no han cerrado) cuentan con poco público. Están mal equipadas y con frecuencia proyectan películas de mala calidad.

Son sitios de mala reputación, a los que las parejas jóvenes acuden en busca de flirteos improbables, donde pasan desapercibidos, lejos de miradas ajenas. Les cibercafés son el único vínculo de estos jóvenes con el extranjero. Sin ningún tipo de problema, se comunican, chatean y viajan en sueños. Los viajes de verdad están reservados a una franja ínfima de la juventud, que puede permitírselo y, sobre todo, que puede disfrutar de visado. En cuanto a festivales, a Argelia le cuesta desarrollar una oferta regular y atractiva. La segunda edición del Festival Panafricano (Panaf, 5-20 de julio de 2009, habiéndose celebrado el primero en 1969) atrajo a multitud de jóvenes, que vibraron al ritmo de Khaled, Salif Keita, Mory Kanté, Manu Dibango, Youssou N’Dour y otros.

Este acontecimiento, cuyo coste desorbitado fue denunciado por muchos, más aún en tiempos de crisis, fue un verdadero balón de oxígeno para una juventud que se aburre. Se prevé, a partir de ahora, organizarlo cada cuatro años. Según una encuesta nacional sobre las necesidades y aspiraciones de los jóvenes argelinos, la lectura, la música y la televisión son, junto con el deporte, sus principales actividades del “tiempo de ocio”. Sin embargo, la televisión es la que ocupa el primer lugar para el 73% de los jóvenes entrevistados, el 52% considera que la música y salir con amigos son buenas opciones de distracción. No obstante, en el país de Zidane, el deporte sólo interesa al 41% de los jóvenes. En cuanto a la lectura, sobre todo de prensa, sólo le dedica tiempo el 35% de los encuestados.

Túnez: sed de libertad

En 2006, se censaron tres millones de personas de entre 15 y 29 años, en una población total de 10,2 millones. De esos jóvenes, que cada vez se casan más tarde, cuatro de cada cinco son solteros, y uno de cada ocho (13%) tiene formación universitaria. Sin embargo, un 27,4% está desempleado, cuando la tasa de paro nacional se estima “sólo” en un 14,3% (en Túnez, el desempleo juvenil afecta al 26,8% de los chicos y al 28,5% de las chicas). En este país turístico no faltan las propuestas deportivas y culturales, sobre todo en las ciudades balnearias, que salpican un litoral de 1.300 kilómetros de longitud.

No obstante, según una encuesta de 2005 del Ministerio de Juventud, Deportes y Educación Física, y el Observatorio Nacional de la Juventud (ONJ), el 81,5% de los jóvenes tiene dificultades para practicar deporte: el 30,8% asegura no disponer de tiempo, el 24,6% considera que no hay suficientes espacios públicos y el 5,8% declara que las tarifas de los espacios privados (pistas de tenis, campos de golf y otros deportes reservados a los hijos de los ricos) son excesivamente elevadas. Así que la cafetería se impone como el principal espacio de ocio frecuentado por los jóvenes (31%), muy por encima de los establecimientos educativos (10,4%), culturales (6,2%) y juveniles (8,6%), pero también muy alejado de asociaciones, organizaciones y otras instituciones. Además, los 294 centros juveniles del país se ven a menudo acaparados por el partido que ostenta el poder y sus asociaciones satélites, que los destinan a sus actividades de movilización y propaganda. Conclusión: apenas suman 106.000 miembros.

El entusiasmo de los jóvenes por las cafeterías podría explicarse por el número elevado de estos locales y su proximidad al resto de espacios (institutos, universidades, empresas, barrios), además de su oferta de actividades lúdicas (juegos de cartas, retransmisión de encuentros deportivos en un lugar distendido), pero también por el margen de libertad que ofrecen (lenguaje y reacciones espontáneas). La cafetería, un lugar tradicionalmente considerado en exclusiva masculino, atrae cada vez a más chicas, más aún cuando los “salones de té” se instalan en todos los rincones de las nuevas ciudades. Además, los jóvenes muestran predilección por la pequeña pantalla (58,3%), en especial los canales satélite, y por la radio (50,9%), así como por las excursiones, debido al margen de libertad que les proporcionan tales actividades, lejos de toda forma de control familiar. En cuanto a cines, Túnez sólo dispone de 20 (frente a los 180 de hace 50 años).

Además, tienen poco público. Los jóvenes cinéfilos prefieren la televisión o el ordenador a las salas oscuras. Más aún cuando, gracias a la piratería, las últimas películas de Hollywood están disponibles en DVD y a un precio más asequible que el de una entrada de cine. Así pues, a pesar de las diferencias entre cada país, los jóvenes del Magreb comparten las mismas inquietudes y acarician los mismos sueños. Ricos o pobres, la mayoría se debate entre la exigencia de arraigo en su cultura de origen y el irresistible atractivo de la vida moderna. Los pies, los tienen en la tierra de sus antepasados, pero la cabeza está a menudo en otra parte…