El Magreb, prioridad política, estratégica y económica para España

Los dos principales partidos políticos españoles coinciden en la importancia estratégica de Marruecos.

UN DEBATE DE AFKAR/IDEAS entre Manuel Marín y Gustavo Arístegui

Desde 1996 hasta 2004 ¿qué logros y qué fracasos ha tenido la política española en Marruecos? ¿Qué han conseguido los gobiernos del Partido Popular (PP)? AFKAR/IDEAS convocó a los portavoces de Asuntos Exteriores en el Congreso de los dos grandes partidos políticos españoles: Manuel Marín, ex vicepresidente de la Comisión europea por el PSOE, y Gustavo Arístegui, responsable parlamentario del PP. En su conversación valoraron la política de la Unión Europea (UE) hacia el Magreb, las políticas de inmigración, y sobre todo las relaciones entre España y Marruecos. También las relaciones con Argelia y Túnez.

AFKAR/IDEAS: ¿Qué valoración hacen de la política exterior española hacia el Magreb, durante la última legislatura, concretamente desde 2000?

MANUEL MARÍN:Nuestras relaciones con el Magreb arrancaron mal en el comienzo de la legislatura, pero han terminado aceptablemente bien y en el último año se ha corregido la difícil situación con Marruecos. La política exterior española sigue teniendo los mismos problemas hacia el Magreb que los del comienzo de la transición aunque desde entonces se han tratado de reconstruir las relaciones con la zona. Las diferencias, creo, son éstas: el futuro del Sáhara Occidental; las reivindicaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla; el antagonismo generado entre Argelia y Marruecos. Es necesario equilibrar los intereses españoles en el Magreb, incluidos Túnez y Libia.

Lo ocurrido en los últimos cuatro años es más un problema de presentación, del tono y la forma de gestionar las relaciones. Esto generó momentos difíciles, de los que el más conocido es la crisis de Perejil en julio de 2002. En este caso, la reacción del gobierno español, volver al status quo, fue correcta. Con Argelia se intentaron establecer nuevas relaciones de forma inapropiada al principio.

Así como un clásico de la política marroquí es la reacción pro-Francia cada vez que van mal las relaciones con Madrid y a la inversa (se disparan las relaciones con Madrid cuando éstas son malas con París), el gobierno español quiso sucumbir a la tentación: dado que las cosas con Marruecos iban mal, se inclinó hacia Argelia. Lo que hay que hacer, en términos de política de Estado, es mantener siempre un equilibrio en el Magreb sin antagonizar más las dificultades entre Marruecos y Argelia. En resumen, se empezó mal, hubo momentos difíciles, pero se ha terminado aceptablemente bien.

GUSTAVO ARÍSTEGUI: El Magreb siempre ha sido una de las grandes prioridades de la política exterior española. Los ejes no han variado: por orden de prioridad, el Mediterráneo, Magreb y Oriente Próximo, serían el segundo eje después de Europa. El Magreb es el espacio estratégico en el que el equilibrio nos interesa más. En Marruecos hay un equipo nuevo en torno al rey, y creo que, desde 1999, las relaciones, se estaban acomodando. En momentos iniciales como esos, se producen desencuentros o malentendidos que pueden conducir a las crisis a las que se ha refererido Manuel Marín pero, en todo caso, hay una base sólida para resolverlos. Las relaciones actuales, que se afirman por primera vez en mucho tiempo, son un hecho.

A/I: ¿Se puede hablar de una política magrebí de España o sólo de una suma de políticas bilaterales?

G.A.: Creo que siempre ha habido una política magrebí que considera el Magreb como unidad. Además de disponer de la subdirección general de África del Norte, dedicada exclusivamente al Magreb, el gobierno dedica esfuerzos extraordinarios a la región. Ningún profesional de las relaciones internacionales, ningún político que se dedique al estudio del exterior, puede aspirar a decir nada de sustancia si no conoce a fondo el norte de África, y no sólo las relaciones políticas con Marruecos. Aunque obviamente éste es el principal vecino ya que hay unas 800 empresas españolas allí, con un margen de crecimiento en ocasiones muy importante.

Es verdad que las diferencias de renta entre Europa y el norte de África, cuestión en la que coincido con Manuel Marín, dificultan la estabilidad política y económica y las perspectivas laborales. ¿Suma de políticas bilaterales? Todos los gobiernos democráticos han actuado como si la estabilidad del norte de África fuera prioritaria para España. La razón del acercamiento a Marruecos y la recuperación del protagonismo de Argelia una vez superada su crisis, descansa más en esta causa que en una razón de compensación. Argelia fue apoyada por España en los momentos más oscuros de violencia, en los años noventa. Aunque fue un apoyo menos visible, hubo intercambios bilaterales, vinieron a España ministros argelinos y ministros españoles visitaron Argel, en la anterior legislatura. Por su parte Túnez es un pequeño país rodeado de dos grandes, que ha mantenido la paz, y que pese a las dificultades, está en un proceso de evolución interna. No tiene un gobierno democrático y todavía le queda mucho camino por recorrer.

La contribución española al Proceso de paz

A/I: Parte de la política de España en el Magreb se expresa a través de la Unión Europea (UE) en el Proceso de Barcelona. ¿Creen que en los últimos cuatro años España ha aportado iniciativas significativas a este Proceso y hacia el Magreb?

M.M.: Desafortunadamente el Proceso de Barcelona tuvo su momento de expansión cuando coincidió con la teoría de los dividendos: se cierra un orden internacional, desaparece el muro de Berlín, se colapsa el comunismo, triunfa un solo sistema y se abre la era de las libertades, de la economía de mercado, de la globalización, de los derechos humanos. Al calor de todo esto surge el Proceso de Barcelona, las reuniones de Oslo y la firma en la Casa Blanca del acuerdo entre israelíes y palestinos. Ante esto la UE diseñó una arquitectura basada en tres pilares, el primero de los cuales era la garantía de paz y estabilidad en el Mediterráneo, que quedó vinculado directamente, a que el Proceso de Paz fuera resuelto de forma eficaz.

Sin embargo cuando se produjo, en mi opinión, el punto de inflexión fundamental, el asesinato del primer ministro, Isaac Rabin, en noviembre de 1995, y su sucesor, Benjamin Netanyahu, se dedicó durante los tres años de su mandato a sabotear lo logrado por sus predecesores, el Proceso de Barcelona entró en una crisis de contaminación. En otro plano, es posible que en términos horizontales el Proceso de Barcelona pueda funcionar sin que previamente se resuelva el conflicto de Oriente Próximo, pero la experiencia de los últimos años demuestra que es imposible y que algunos países europeos no lo van a aceptar. Otra cuestión es por qué no separar las relaciones de Europa con el Magreb y el Mashrek. Así, se intentó poner en marcha un tipo de política con el Grupo 5+5. Se trataba de las arquitecturas pentagonales que lanzó el entonces ministro de Asuntos Exteriores italiano, De Michelis… Durante la presidencia española de la UE (primer semestre de 2002) se firmó el Pacto de Valencia y se ratificó al invitar a Abdelaziz Buteflika. Luego se le indicó que la crisis con Marruecos podría evolucionar.

Quizá no se quería reconocer el factor argelino ni infligir más dificultades a Rabat en su contencioso con Madrid. A partir de ahí si uno examina el acuerdo de Valencia, sus consecuencias murieron a las 48 horas: la situación que provocaban las dificultades insalvables para ponerlo en marcha se complicó y aparecieron nuevos factores de inestabilidad: la no concreción de las esperanzas puestas en la Hoja de Ruta; las guerras en Afganistán e Irak, con sus consecuencias para la zona; la actual posición del gobierno israelí y el levantamiento del muro en Israel; y la reducción práctica del presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Yasir Arafat, a un arresto domiciliario desde hace casi dos años. Así las cosas, parece imposible cualquier atisbo de solución. Es una crisis que va a durar todavía mucho tiempo.

A/I: ¿Y en relación al Magreb?

M.M.: En el caso del Magreb hay alguna esperanza pero será difícil que el empujón decisivo venga de la UE. Es un ejercicio que los responsables magrebíes se dan como objetivo político. Incluso el presidente de Libia, Muammar el Gaddafi ha expresado su intención en este sentido. Para eso tienen que acabar con los problemas de seguridad entre ellos mismos, con toda su carga de desconfianzas históricas… En especial, el conflicto del Sáhara.

G.A.: Creo que el Proceso de Barcelona es una demostración: España ha tratado de convencer al resto de Europa de que la política mediterránea de la UE no es un capricho de los países del Sur. Tengo que reconocer el esfuerzo del ex presidente del gobierno, Felipe González, para tratar de convencer a los alemanes de que por lo menos el 70% del dinero que dedicaba la UE a los países de Europa del Este se dedicara a los vecinos del Sur. Así nacieron los fondos del Proceso de Barcelona: 4.300 millones de ecus, hoy euros. Esa cantidad demostró que no sólo con dinero se hace el proceso. Sus dificultades son de dos órdenes: en primer lugar, estructurales, en la cuestión económica, como instrumento de cooperación.

En el campo cultural, político, de diálogo entre civilizaciones, estaba bien planteado, pero no la ejecución práctica de los proyectos. Había una cantidad inmensa de dinero que no seguía las pautas lógicas que cualquier proyecto de cooperación ha de tener: primero, identificar las necesidades del receptor; segundo, establecer mecanismos de ejecución de los proyectos con verdadera transparencia, eficientes, con plazos razonables; tercero, hacer un seguimiento de la ejecución de los proyectos; cuarto llevar un control del gasto, que no estaba establecido. Hoy, una cantidad importante de ese dinero sigue sin gastarse. Tenemos que hacer todos un poco de examen de conciencia. Hay además dificultades geopolíticas: se consideró el Mediterráneo como una unidad en un sentido mucho más amplio de lo que al principio parecía. Es decir, Jordania y otros Estados no ribereños, tenían consideración a los efectos de Euromed de países mediterráneos. Esto tenía ventajas, pero también reforzaba la permanente contaminación del Proceso de paz sobre el Proceso de Barcelona.

Cualquier crisis de diálogo o de funcionamiento en el Proceso de Barcelona ha sido en relación con el Proceso de paz. Las dificultades que vivimos en las fechas previas a la Cumbre de Valencia, en abril de 2002, eran justamente porque se vivían las horas más negras de estancamiento del Proceso de paz. Eso significa que además de los esfuerzos por separar ambos problemas, los ejercicios como el Grupo 5+5 persiguen aislar al Magreb de la influencia negativa del Proceso de paz para actuar con mayor eficacia.

Así, uno de los ámbitos en los que mejor funciona el diálogo 5+5 es el de la seguridad, porque las únicas reuniones anuales de ministros que se mantienen inalterables son justamente las de los ministros del Interior del Mediterráneo occidental. Por último, no avanzaremos en la construcción de la política euromediterránea sin explicar a los nuevos miembros de la UE que estamos ante una vocación europea de todos. Tan importante es el Magreb y la política euromediterránea para España, Italia, Grecia, Portugal o Francia como lo debe ser para Alemania, Estonia, República Checa o Polonia.

Las políticas de inmigración

A/I: La dimensión humana en las relaciones de España con el Magreb ha adquirido una gran importancia en los últimos años a raíz de la inmigración y se ha generado un gran debate sobre las políticas de actuación en este ámbito.

M.M.: La inmigración ha conocido en los últimos años un crecimiento mayor. Según los datos presentados por la Fundación de Cajas de Ahorro (Funcas), en los próximos 25 años pasará en España lo mismo que ocurrió en el resto de la Europa más rica. Hay que afrontarlo sabiendo además que, debido al desarrollo económico español, el factor de integración se hará más deprisa que en otros países. La inmigración tradicional, nacida de las colonias, hasta la descolonización de los años sesenta o setenta, ha creado sociedades interculturales más o menos asimiladas en los países de la UE. Pero para nosotros es un fenómeno relativamente nuevo. Según las cifras oficiales del delegado del gobierno para la inmigración, serán los países del Magreb los que aporten contingentes mayores. Además éste no se reparte de forma homogénea ni equilibrada sino que se concentra, por ejemplo, en Barcelona y Madrid. Esto genera otros problemas de organización, de integración, de control…

A/I: Se ha llegado a vincular a este gran contingente procedente de Marruecos con el delito. ¿Qué propuestas hacen para solucionar esta situación?

M.M.: En mi opinión, los acuerdos firmados recientemente constituyen el primer peldaño, que deberá completarse con una decisión de la UE, por la que, según el tratado de Amsterdam, antes de 2005 habrá un acuerdo sobre la inmigración en Europa. Ese año deberá entrar en vigor el visado europeo. Esto es positivo pues la parte más difícil, el primer acuerdo bilateral con Marruecos (decisión administrativa de repatriar a los ilegales), ha de ser objeto de una solución europea.

G.A.: El problema de la inmigración para los españoles es que cogió por sorpresa a muchos responsables, tanto de derecha como de izquierda o del centro. También contribuyó a esta situación que se identificó a España como país de tránsito cuando, en realidad, era país de destino. Porque prosperábamos a gran velocidad; porque el mercado laboral crecía también vertiginosamente y había sectores laborales que no interesaban a muchos españoles pero sí a inmigrantes.

Pero hay otros fenómenos, como el clima que aunque parece una banalidad, no lo es ya que muchos inmigrantes no resisten un clima frío. Por otra parte, en España no se han producido todavía, y espero que no surjan, problemas de xenofobia, racismo o rechazo, pese a algunos brotes muy negativos que hay que cortar inmediatamente. Además, pensemos en la ratio salariocapacidad adquisitiva, mucho más alta en España que en otros países donde se gana más pero el coste de vida es más alto. Debemos centrarnos en los pilares básicos de una política de inmigración, que sea seria y no apele a lo políticamente correcto constantemente. No se puede ser populista o utópico, y decir “aquí puertas abiertas y que entre el primero que quiera…” o “los inmigrantes son negativos y vienen a quitarnos el pan”, como dicen los partidos europeos de extrema-derecha.

A/I: ¿Cuáles serían sus propuestas para hacer frente a estos flujos migratorios?

G.A.: Control de fronteras eficaz, porque nos lo imponen nuestros acuerdos internacionales, porque la política de puertas abiertas es utópica e irresponsable (acabaríamos compartiendo marginación y pobreza y no prosperidad) y porque es una razón de seguridad elemental que nos impone Schengen. Tenemos las políticas de integración, contenidas en las 62 conclusiones de la Cumbre de Tampere, de octubre de 1999. Eso significa que los inmigrantes tendrán los mismos derechos y las mismas obligaciones que los ciudadanos de los Estados miembros.

Por último, está la lucha implacable contra el tráfico de seres humanos, uno de los peores crímenes. Muchos traficantes de droga se habían pasado al tráfico de seres humanos. Hasta ahora salía más barato penalmente traficar con personas que con droga. Hay que aprender la gestión moderna y eficaz de los flujos migratorios. ¿Cuál es el gran problema al que nos enfrentamos? Mientras algunos países han desarrollado mecanismos, estructuras y criterios de gestión de los flujos migratorios adaptados a migraciones que se han extendido a lo largo de 30 o 40 años, España debe responder a una inmigración de tan sólo seis o siete años.

Eso genera tensiones, incluso administrativas porque debemos adaptarnos de golpe para responder a las nuevas necesidades. Hay experiencias positivas: la australiana, la neozelandesa, la canadiense, la de EE UU… En Europa, Alemania ha sido el único país que ha empleado criterios modernos de gestión de flujos migratorios.

A/I: Hay un desajuste grande entre lo que piden los empresarios y lo que pide la economía española. Se habla de cientos de miles de inmigrantes para solventar las necesidades del país en los próximos años, mientras los cupos están fijados en unas decenas de miles.

M.M.: Sobre este problema se ha hecho un pacto entre los dos principales partidos del Congreso, PP y PSOE. Hasta noviembre de 2003, los problemas de la inmigración han sido eminentemente políticos en el peor sentido de la palabra. Se había hecho un pacto contra la realidad: el famoso efecto llamada fue útil para las elecciones de 2000; luego el Plan Greco, prácticamente sin dotar presupuestariamente. Se dejó a las comunidades autónomas y a los ayuntamientos que se responsabilizaran de la inmigración. Ha habido casos notables en Cataluña en la recolección de los campos frutales, en Lleida, con problemas crecientes: en la Comunidad Valenciana, con la fresa… Es mejor no acordarnos de esos tres años del antiguo secretario de Estado para la Inmigración, una de las peores gestiones imaginables.

A partir de noviembre nos hemos puesto de acuerdo: los criterios que ha señalado Gustavo Arístegui son los correctos. España tiene como interés general que se desarrolle rápidamente el espacio Schengen y las disposiciones libertad/ justicia, no tanto por el problema de la inmigración sino por el que llamamos “terrorismo” o “seguridad”. Se necesitan políticas migratorias más activas. Por el momento, no se han producido choques entre españoles e inmigrantes, aunque hay que tener cuidado.

La aplicación de los módulos de vivienda de protección social hacen que muchos inmigrantes, por salario y número de hijos, pasen por delante del español que está esperando tener su casa. Están empezando a generarse agravios también en la educación pública, con más inmigrantes que connacionales, y donde faltan profesores apropiados para afrontar la situación. Se trata de cuestiones a plantear en la próxima legislatura. Por otro lado, es una satisfacción cuando se anuncia que la Seguridad Social tiene superávit pero es evidente que se debe en parte a la incorporación rápida y masiva al mercado laboral de inmigrantes. Incluso en determinadas comunidades autónomas, como en Cataluña, el ratio de renovación de la pirámide de población se sostiene por los inmigrantes. Esto requiere un pacto nacional, de todas las fuerzas políticas, empresariales, sindicales…

Estoy de acuerdo con Gustavo Arístegui en que los sistemas de cuotas están muertos y que debemos hablar de gestiones de flujo migratorio. Aquí estamos a años luz de la flexibilidad del modelo de Canadá o de Nueva Zelanda, donde sindicatos, empresarios y administraciones determinan los puestos de trabajo requeridos. Ese modelo implica un grado de asunción de responsabilidades por el país emisor de mano de obra. Se ha empezado con Marruecos, se ha avanzado con Ecuador y se empieza a trabajar con Colombia, pero debemos contar con una arquitectura verdadera, veraz, rápida. Marruecos, el Nuevo León de Europa

A/I: ¿Cuáles son los problemas que frenan las inversiones de empresas españolas y europeas en el Magreb?

M.M.: Contaré la impresión de mi viaje a Marruecos en 1999. Ellos querían competir en la zona euro, cuando ya se ponía en marcha la tercera fase, los tipos de interés. Debido a la convergencia, los intereses bajaban y un empresario europeo, en la zona euro, trabajaba con intereses del 3,5% al 4%, mientras que en Marruecos el interés medio estaba entre el 17% y el 19%. Marruecos tiene, mutatis mutandis, una relación económica parecida a la que hay entre México y la zona TLC. ¿Cómo pretendían ser competitivos si los españoles, que tenían una mejor formación y un tejido industrial más desarrollado, mejores comunicaciones e infraestructuras, trabajaban al 4%, mientras ellos lo hacían al 18%? Mi reacción entonces fue decirles que o bien aceleraban a fondo sus reformas internas o su situación sería muy complicada para competir con la zona euro. Eso influyó en determinados planes, en determinados poderes.

A/I: De hecho, las empresas españolas que trabajan allí se financian en España…

M.M.:Hace cinco años, Marruecos debía haber sido lo que en México se llama “Nuevo León”: la gran máquina, la gran industria de ensamblaje, lo que está haciendo ahora Eslovaquia. Tenían la mano de obra, pero fallaba la financiación y sobre todo la burocracia y la seguridad jurídica. Así, por ejemplo, negociamos con Agnelli para traer el modelo Paleo de Brasil e instalarlo en Marruecos para hacer del Seat-600 el vehículo familiar del Magreb. Agnelli estuvo de acuerdo y aunque en automoción se fijan siete años de periodo transitorio, Fiat dijo: “De acuerdo, me meto en la aventura pero necesito 10 años de exclusión y me quedo con todo el mercado del Magreb”. A los demás, Ford, Citroën etcétera no les interesaba, porque lo consideraban demasiado aventurado.

En este contexto, aprovechando esta oportunidad, Marruecos e incluso Argelia tenían que haber sido el Nuevo León de Europa. Yo les preguntaba: ¿cómo no podéis hacer esto? Y está claro que no era cuestión de mano de obra. Quien vaya a Billaincourt, cerca de París, en la sede de Renault, ve salir a todos los operarios de montaje, en un 40-50% son magrebíes; había polacos y húngaros, pero la mano de obra era básicamente magrebí. Pero una zona de libre comercio es un cambio radical en el sistema de valores de mercado y de sociedades y algunas autoridades argelinas no querían ni oír hablar de ello. Hubo en esa ocasión y hay en la actualidad tres problemas principales: diferencial de financiación, burocracia y ausencia de garantías jurídicas. El diferencial por unidad de coste producida, provoca la deslocalización. Lo acabamos de ver en Cataluña con Philips y Samsung, que se van a Eslovaquia, que ofrece la mitad del coste español. Marruecos pudo ser la zona de desarrollo industrial y semiindustrial de montajes-ensamblajes de gran parte de la industria europea.

G.A.: Es necesario un mínimo Estado de Derecho, un mínimo imperio de la ley suficientemente estable, arraigado.

M.M.: ¿Por qué no se hizo aquello? Tenían mano de obra, tenían trabajadores magníficos. El caso de Telefónica es un buen ejemplo de lo que se podía haber logrado en Marruecos. Las dificultades son insalvables mientras, como ha señalado Gustavo de Arístegui, no se abra la economía…

A/I: ¿Se está haciendo en España pedagogía por parte de los operadores económicos, de las Cámaras de Comercio, de la propia administración, para que el empresariado vea el interés que puede ofrecerles Marruecos?

M.M.: La evolución de Marruecos ha sido la siguiente: el ministro Fathallah Oualalou consigue que se promulgue la Ley de Privatización. Marruecos se somete después a las sentencias y arbitraje del Tribunal del Comercio de París lo cual es una garantía. Desde el siglo XV, éste es el órgano encargado de solucionar las diferencias comerciales entre empresas: es respetado en el mundo entero. Pero finalmente, en tiempos de Hassán II, Rabat opta por retirarse y el acuerdo con el Tribunal de París queda sin efecto. Es una derrota para la racionalidad económica, comercial, empresarial…

G.A.: ¿Cuáles son las fórmulas que animarían a la gran inversión a instalarse en Marruecos? Las 800 empresas españolas no son en su mayoría grandes empresas, sino medianas y pequeñas. No estamos hablando de grandes monstruos que permitan transformar las condiciones jurídico- económicas de un país. Para que despegue la inversión, es esencial que haya estabilidad política. Algún país del Magreb se ha acercado a ella, otros no lo han conseguido. Pero además es indispensable un sistema jurídico que garantice el Estado de Derecho, basado en la separación de poderes. Un poder judicial independiente asegura que todo conflicto con un suministrador, con un cliente, con un trabajador, con un directivo, se solucione a través del Derecho, no a través de influencias opacas. Es igualmente necesaria una legislación que favorezca el entorno, una ley de protección de inversiones, la flexibilización de ciertos mercados, que incluya el financiero. Estas bases son insustituibles. Está todo inventado.

A/I: La suma de los fallos de financiación más los fallos de burocracia, irregularidades y la ausencia de garantías jurídicas hace una situación si no imposible, dificilísima para las empresas españolas y europeas… ¿Qué debe hacer el gobierno español para avanzar?

M.M.: Para que se consolide el mercado marroquí y el magrebí, debe hacerse un esfuerzo interno. Difícilmente las soluciones van a venir de España o de la UE. Hay gente capaz en Marruecos, en Argelia, en Túnez…

El Sáhara Occidental

A/I: ¿Cómo valoran ustedes la posición de España respecto al Sáhara Occidental? ¿Hasta qué punto no debería modular su posición para tener allí mayor capacidad de intervención tras el Plan Baker?

M.M.: Es difícil. Lo que desearía Marruecos es que España determinara que no va a haber un Sáhara independiente. Este es el mensaje que los responsables políticos de los distintos partidos sostienen. La diplomacia marroquí, los políticos, los hombres de negocios, todos mantienen un discurso claro y rotundo: no habrá nunca un Sáhara independiente, únicamente podemos aumentar la oferta de autonomía y negociar esta posibilidad dentro del Plan Baker. Por parte del PSOE, entendemos su posición, pero la solución debe venir de la conformidad de las partes, incluido el Frente Polisario, o será difícil que sea estable y definitiva.

¿De dónde proceden las últimas dificultades de Marruecos? Los polisarios intentan un giro estratégico espectacular, no previsto por la diplomacia marroquí: aceptan en un principio el Plan Baker, y luego verán. Yo pensaba que Rabat iba a aceptar con determinadas condiciones, cómo prolongar el plazo de cinco años de convivencia hasta 10, 15 o 20 años. Pero una vez más, Marruecos ha adoptado una posición estricta, intransigente que hace muy difícil una verdadera solución. Por otro lado, es complicado pensar que el Plan Baker apoyado por EE UU, olvide el papel que este país y su actual administración atribuyen a Marruecos en sus relaciones con el Mediterráneo. Además EE UU tendrá también en cuenta el equilibrio con Argelia, importante para su propio concepto de seguridad en el Mediterráneo. Con lo cual si no se llega a una solución o no se acepta ampliar la autonomía, será difícil que la situación actual continúe. El problema del Sáhara tras más de 20 o 30 años sin solución ha entrado en una fase de fatiga diplomática.

G.A.: España debe seguir manteniendo la neutralidad activa que tantas veces ha irritado a unos y a otros. Tiene una responsabilidad hacia los saharauis pero también hacia los marroquíes. No porque nosotros estemos diciendo que no tengan soberanía, sino porque somos un vecino, somos un país que fue la potencia colonizadora y metropolitana del Sáhara Occidental. España tiene que trabajar de forma activa para ayudar a Marruecos en su estabilidad pero no vamos a renunciar a una salida razonable, equilibrada, que convenga a las dos partes. Yo no creo que sea imposible, estoy en gran medida de acuerdo con el diagnóstico que ha hecho Manuel Marín sobre la estrategia de Marruecos y los 20 años de autonomía.

Eso ayudaría a diluir las dificultades actuales. En el Sáhara hay una parte de la población que está fuera y que considera que no tiene ningún tipo de contacto salvo el hostil con Marruecos; después existe la sospecha, que algunos marroquíes reconocen en privado, que de celebrarse un referéndum los saharauis marroquíes votarían a favor de la independencia. Piensan que durante mucho tiempo, para atraerse las simpatías de los saharauis, se han hecho muchas e importantes inversiones, que han cambiado la fisonomía del Sáhara, pero que podrían cesar el día en que el Sáhara esté bajo soberanía marroquí. Ese temor existe. La posición española tiene que ser de neutralidad activa, referida estrictamente a la de las Naciones Unidas. Y en la ONU con toda discreción, tratar de engrasar la maquinaria, de acercar posturas, para convertirse en un catalizador del acuerdo, no en un obstáculo. Cuando el acuerdo se inclina más en contra de los intereses de alguna de las partes, la más perjudicada cae en la tentación de pensar que a lo mejor España no está siendo todo lo atenta a sus intereses, pero eso no es así. España no quiere perjudicar a ninguna de las partes. Queremos paz y estabilidad en la zona.

Deberes del nuevo gobierno

A/I: Cuando un partido gana, quien es elegido presidente del gobierno, suele ir en su primer viaje a Marruecos. ¿Qué deberían hacer y decir Mariano Rajoy o José Luis Rodríguez Zapatero, en relación con los últimos cuatro años?

M.M.: La normalización de las relaciones con Marruecos se producirá cuando las dos partes desarrollen el acuerdo de cooperación y de amistad existente. Se han resuelto problemas de confianza en la última cumbre de diciembre de 2003, pero se tiene que seguir progresando ya que hay muchos asuntos pendientes: problemas territoriales, la situación del Sáhara, las inversiones, la inmigración, las relaciones culturales… Todo eso tiene que formar parte de una agenda concreta que debería acordarse cuanto antes.

G.A.: En el caso de la agricultura, tenemos que conseguir que ciertos productos básicos para el desarrollo europeo puedan entrar con menos restricciones en los países desarrollados. Pero no sobrevaloremos la incidencia de estas medidas en el comercio general. Si abrimos las fronteras españolas y europeas a los tomates, ¿cuántos tomates más puede consumir un europeo, cuánto va a significar en diferencias de desarrollo? Quinientos millones de consumidores pueden consumir un número determinado de hortalizas. Hay un problema de vasos comunicantes, de precios. Cuando empiezan a entrar se van equilibrando. Es una cuestión de mercado.

A/I: En esa agenda ¿qué aporta España a Marruecos?

G.A.: España aporta mucho a Marruecos. Primero es el gran abogado en Europa de la causa mediterránea, junto a otros. También en la relación transatlántica, claro. Segundo, España mantiene su vocación de puente entre el Magreb y Europa. Así, defendimos durante mucho tiempo en el Consejo de Ministros de Justicia e Interior las propuestas de Marruecos o de Argelia. Por otra parte, es un país que abre sus puertas culturales y sociales ante su creciente comunidad de marroquíes y por una historia común. Decía el rey Hassán II que la geografía y la historia habían condenado a Marruecos y a España a entenderse. Va siendo hora de que ambos países se integren y logren un cauce de diálogo más fluido.

España puede contribuir al desarrollo de Marruecos en muchos campos: somos el primer inversor, de forma estructural y comprometida, no coyuntural y especulativa, y ése es un buen camino. Hoy trabajan allí pequeñas y medianas empresas y en un futuro, con un marco jurídico y un ambiente de fiabilidad suficientemente estables, podrá haber muchas empresas más. Además, España puede aportar a Marruecos profundidad estratégica en sus relaciones exteriores al tener más ejes de política exterior. Iniciativas como la Cumbre de Carmona, entre América Latina y el mundo árabe, patrocinada por el gobierno socialista, creo que pueden ser aportaciones que otorguen profundidad estratégica a las relaciones de Marruecos.

A/I: Los marroquíes sueñan ahora que la Wider Europe postulada por Romano Prodi lleve a la UE a modular su política mediterránea hacia el Magreb. ¿Va a haber algún tipo de acuerdo nuevo, algún tipo de propuesta nueva?

M.M.: El objetivo no es ningún secreto. Se trataría de repetir poco a poco, en el área mediterránea, la experiencia del espacio europeo. Es decir, permitir que estos países lleguen a un acuerdo de asociación, que lleguen a un modelo que llamaríamos suizo o israelí: países que no son miembros de pleno derecho, pero tienen capacidad para hacer aportaciones –materiales, financieras, jurídicas…– a las políticas comunitarias. Por ejemplo los suizos en la parte financiera, los israelíes en la técnica.

G.A.: Los marroquíes no deben preocuparse por una ralentización de los intereses europeos hacia el Mediterráneo. Los países del Sur debemos ser la conciencia del resto de los europeos repitiendo que el Mediterráneo interesa tanto a griegos como a suecos. Si no lo entendemos, no entendemos lo que es el continente europeo. Europa es ya un acervo comunitario. Y éste es un capítulo del máximo interés, un gran horizonte para los nuevos miembros, incluyendo a los futuros miembros asociados de la orilla sur.