Argelia: la unión sagrada contra Buteflika

Las elecciones de abril están llenas de incógnitas: por primera vez el ejército ha prometido neutralidad y la oposición ha cerrado filas contra el presidente.

Manuel Ostos, delegado de la agencia Efe para Túnez y Argelia

Alas seis y media de la tarde del 10 de enero de 2004, los habitantes de Argel y su provincia sufrieron los efectos de un seísmo de 5,7 grados que, afortunadamente, no provocó ninguna víctima mortal. Pero no faltaron quienes estimaron que tras esta sacudida física vendría probablemente otro “seísmo” político, cuando a mediados de abril de este año se celebren unos comicios presidenciales cargados de incertidumbre y dramatismo. Incertidumbre, porque es la primera vez en la historia del país que el veterano y correoso Frente de Liberación Nacional (FLN), con su estructura de dominio sustentado en su autoridad sobre los clanes regionales, y con más de 30 años de poder en solitario, se encuentra en la posición inédita de presentarse como una fuerza de oposición al régimen que personifica uno de sus antiguos dirigentes, Abdelaziz Buteflika.

Y dramatismo, porque en esta ocasión las fuerzas armadas, el poder en la sombra que siempre fueron la voz predominante en todas las grandes decisiones, prometieron una estricta neutralidad y afirmaron públicamente que aceptarían el juicio de las urnas, incluso si de éstas surgiera un presidente islamista, hipótesis por lo demás harto improbable. La neutralidad afirmada por los generales argelinos tiene, sin embargo, sus matices, tal y como como señaló el militar de mayor graduación y jefe del Estado Mayor, el general Mohamed Lamari, al precisar que la institución castrense “nunca fue y nunca será neutra en los asuntos cruciales que comprometen el futuro del país”.

Frente común contra Buteflika

La oposición provocó esta vez la sorpresa cerrando filas contra la reelección de Buteflika al constituir un “frente común” en el que cohabitan diversas corrientes y personalidades, unas opuestas a otras, que tienen como objetivo desbancar al actual primer mandatario de Argelia. El 12 de enero de 2004, 11 personalidades de la oposición se unieron para proclamar urbi et orbi que, bajo Buteflika, la república se encuentra en peligro de muerte, y suscribieron un manifiesto en el que advierten de que si las elecciones presidenciales son capitales para el futuro de Argelia, es necesario que el escrutinio se realice en condiciones creíbles para llevar al país a una dinámica de libertad y democracia.

Y acto seguido, los declarantes predicen, en tono apocalíptico, que si ese escrutinio es impuesto “por las prácticas en curso”, el resultado será precipitar a la nación al caos y la inestabilidad sin alternativa democrática. Para evitarlo, se pide que el actual gobierno sea sustituido por una instancia provisional encargada de preparar los comicios y gestionar los asuntos corrientes, “instruyendo y controlando la administración; y protegiendo a los actores políticos y sociales que manifiestan su apoyo a los diferentes candidatos…”.

Entre estos 11 hombres que reclaman unas elecciones transparentes, lo que dicho sea de paso no tiene precedentes, se encuentran cinco antiguos jefes de gobierno –Ali Benflis, Reda Malek, Mulud Hamruche, Ahmed Benbitur y Mokdad Sifi–, a los que secunda el ex ministro de Asuntos Exteriores, Ahmed Taleb Ibrahimi. Benflis, Benbitur y Malek fueron hombres fieles a Buteflika, que sostuvieron su programa, pero se alejaron de él progresivamente porque estimaron que estaban ceñidos por un corsé que les impedía dar la medida de sus propias cualidades. Les siguen el líder del bereber Reagrupación por la Cultura y la Democracia (RCD), Said Sadi, cuya formación no acaba de cuajar fuera de su natal Cabilia; el general retirado Rachid Benyellès, cuya única figuración política fue su militancia en el FLN; el abogado Alí Yahia, donquijotesco y octogenario personaje que dirige una liga de derechos humanos y mantiene relaciones con el microcosmo integrista; y el “histórico” de la revolución, Cherif Belkacem, que en esta ocasión volvió de nuevo a la trinchera.

Benflis, Benyellès y Sadi anunciaron que participarán en estos comicios; los dos primeros por primera vez, y el líder bereber por segunda, ya que se presentó en los celebrados en septiembre de 1995, en los que obtuvo 1,2 millones de votos de un cuerpo electoral superior a los 13 millones. El último hombre de esta terna es Bugerra Soltani, dirigente del Movimiento de la Sociedad por la Paz (MSP), uno de los dos partidos integristas legalizados, que firmó el documento por procuración pero adoptó acto seguido una actitud cautelar y legalista opuesta a una suspensión de las elecciones presidenciales y sin cerrar las puertas a una “entente” con el poder político.

Sus organizadores esperaban la adhesión de Hocin Ait-Ahmed Djeddaï, líder del Frente de las Fuerzas Socialistas (FFS), pero éste declinó la invitación ateniéndose a su propia propuesta de aplazar los comicios hasta finales de año, momento en el que se convocarían al unísono las presidenciales y otro escrutinio destinado a formar una Asamblea Constituyente; una idea que también ha sido lanzada por el proscrito Frente Islámico de Salvación (FIS). El “frente común” optó de entrada por reclamar la dimisión del primer ministro, Ahmed Uyahia, del ministro del Interior, Nurredin Zerhuni, y del presidente del Consejo Constitucional, el jurista internacional Ahmed Beyaoui, acusando a éste último de no responder a los criterios morales y políticos necesarios “en este género de circunstancias”.

Neutralidad del ejército

El “generalato”, acusado permanentemente de todos los males que sufre Argelia desde su independencia, sería en esta ocasión, a juicio de estos hombres, la tabla de salvación de la democracia y la transparencia; algo hasta ahora inimaginable y sujeto a interrogante. Lamari salió de su habitual reserva y les respondió con un doble lenguaje: primero declaró que el ejército podría garantizar la legalidad de los comicios si antes todos los candidatos sin excepción, se lo reclamaban; y acto seguido señaló que, en esta ocasión, los militares no presentan ningún candidato propio ni tienen intención de implicarse directamente en el proceso electoral.

Lo que preocupa a los generales, según Lamari, es que el próximo presidente se atreva a modificar la Constitución para convertirla en “un zapato a su medida”, o que tome decisiones que pudieran alterar el orden republicano y el pluralismo político… “porque entonces nos encontraría en su camino”. La lectura de esos propósitos apunta, sin duda, a la intención de Buteflika de reformar la Carta Magna, lo que prometió al ser elegido en 1999, por estimar que el texto votado por referéndum en noviembre de 1996 no le convenía.

Los 11 abanderados reaccionaron mitigadamente a las palabras de Lamari, considerándolas una dialéctica mesurada en la tensa situación que enmarca la campaña electoral y concedieron al general el mérito de coincidir con ellos cuando afirmó que las presidenciales no tendrían la menor credibilidad si, como sucedió en 1999, se produjera la retirada de los candidatos opuestos a Buteflika. La decisión de los generales de declararse neutrales, pero no indiferentes, y de no intervenir en las presidenciales salvo males mayores, supone que la institución militar no tendría ya como preocupación influir en los resultados sino establecer unas reglas de juego con el estamento político que proteja sus intereses y evite su marginación.

Hace tiempo que Lamari y sus compañeros de armas dirigen sus miradas al modelo turco, como el que mejor pudiera servir para asegurar la transición hacia una nueva arquitectura de poder compartido. Ni el “generalato” ni Buteflika están interesados en enfrentarse en una batalla frontal que les debilite y arroje una cruda luz sobre sus diferentes ópticas para sacar al país de la crisis. Las dos partes reconocen que las espadas deben mantenerse envainadas porque el país no puede permitirse un clima de golpe de Estado permanente ni una estrategia de tensión continua.

El presidente argelino mantiene a trancas y barrancas su línea de concordia civil para terminar con los últimos flecos del integrismo en armas, mientras en el seno de las fuerzas armadas se sigue preconizando exclusivamente una solución de fuerza, incluso si en un momento determinado fueron los militares los que negociaron la rendición de la rama militar del FIS, a las órdenes del cabecilla Madani Mezrag.

Integrismo radical argelino

La Argelia de hoy dista mucho de la que era a finales de 1991 cuando la única fuerza capaz de oponerse al FLN era el FIS, que desde la revuelta popular contra el sistema unipartidista del coronel Chadli Benyedid, en octubre de 1988, supo presentarse como el adalid de los desahuciados ante un sistema de “hogra” (arbitrariedad) y divisiones. La franja electoral dura del integrismo argelino, que representa todavía un 20% del electorado, tiene ahora como candidato más cualificado al jeque Abdalla Yaballah, del Movimiento Nacional de la Reforma (MNR), que hace todo lo posible por obtener el apoyo de los dirigentes del FIS, sin que ésto suscite entre ellos el menor entusiasmo.

El MNR fue el partido islamista más votado en las elecciones legislativas celebradas en mayo de 2002, donde obtuvo 43 de los 389 escaños de la Asamblea Popular Nacional (APN), el 10% de los votos válidos, mientras que el MSP obtuvo 38 escaños, perdiendo unos 100.000 votos en favor de sus rivales. Su línea política sigue siendo la más radical de todas dentro del microcosmo integrista y su última acción sonada fue haber conseguido que el Parlamento adoptara una enmienda suya en favor de la prohibición de la importación de bebidas alcohólicas.

Sus diputados lograron adoptar también una propuesta destinada a suprimir las oficinas de voto en cuarteles y dependencias oficiales, cuyo escrutinio se consideraba uno de los elementos principales del fraude. Los militares tendrán, así, que desplazarse a los colegios electorales como cualquier ciudadano. Los efeisistas advirtieron, sin embargo, que no apoyarán a ningún candidato, para manifestar de esta forma su rechazo a la decisión tomada por la justicia de retirar sus derechos civiles a los dos líderes históricos, Abassi Madani y Alí Benhadj, liberados en julio de 2003 después de haber cumplido una pena de 12 años de cárcel.

Desde su exilio voluntario, primero en Malaisia y luego en Qatar, Madani dijo no creer en las promesas de Buteflika ni en las que pueda formular Benflis, por lo que no apoyará a ninguno de los dos. El líder integrista dio a conocer el 15 de enero de 2004 su propia iniciativa de paz consistente en convocar una Asamblea Constituyente, cuyo cometido será celebrar un referéndum sobre la nueva Constitución republicana y organizar elecciones presidenciales, parlamentarias y municipales bajo la supervisión de instancias internacionales, algo similar a lo que propusieron los socialistas.

Buteflika contra Benflis

Así las cosas, estas presidenciales se van a dirimir entre dos personajes que, después de haberse apoyado mútuamente, se han declarado la guerra y acusado de las más sombrías y tortuosas maniobras. Buteflika tiene como principal rival a Benflis, el hombre de confianza que dirigió su campaña electoral en los anteriores comicios de 1999, y a quien nombró jefe de su gabinete personal y, más tarde, presidente de su gobierno, hasta que lo destituyó de manera fulminante en mayo de 2003, cuando su “amigo y defensor” se alzó con el control de un FLN rejuvenecido en la dirección.

Benflis, abogado de 62 años que no perteneció a la nomenklatura del antiguo partido único, y Buteflika, de 66 años, cuya carrera a la sombra del coronel Huari Bumedian estuvo necesariamente marcada por el crisol del autoritarismo, representan dos concepciones distintas del poder condenadas a entrar en una lógica de enfrentamiento. El rival de Buteflika era un perfecto desconocido hasta 1987 cuando su nombre empezó a sonar como uno de los fundadores de la Liga Argelina de los Derechos Humanos (LADH), atrayendo en ese momento la atención de los círculos políticos.

Al año siguiente, el primer ministro, Kasdi Merbah, le nombró ministro de Justicia, puesto que mantuvo en los dos siguientes gabinetes, dirigidos respectivamente por Mulud Hamruche y Sid Ahmed Ghozali, éste último el primer jefe de gobierno de la crisis abierta a fines de 1991 con la anulación de los resultados de la primera vuelta de las elecciones legislativas ganadas en diciembre por el FIS. Al abrirse en el Sáhara los primeros campos de concentración de detenidos integristas bajo el estado de sitio, Benflis dimitió de su cargo para mostrar su desacuerdo, y se integró en las filas del FLN, donde empezó su carrera política, primero como miembro de su comité central y en 1998 como miembro de su comité ejecutivo.

La fulgurante ascensión de Benflis en ese partido fue apoyada por la terna de los principales generales que preparaba la candidatura presidencial de Buteflika, lo que le motivó a aceptar la dirección de su campaña electoral. En marzo de 2003, Benflis logró hacerse con el mando del FLN cuando este partido celebró su octavo congreso, donde emergió una nueva dirección de la que fueron apartados los fieles de Buteflika. Las viejas figuras del FLN, partidarias de seguir amarrando el partido al poder institucional, cualquiera que fueran las vicisitudes del tiempo, quedaron desplazadas en favor de una generación que, luchando contra todo acto tutelar, intenta demostrar que esta formación puede dejar de ser un simple aparato y disponer de una segunda oportunidad.

El sector que, en ese congreso, trató sin éxito de conseguir el apoyo a la candidatura de Buteflika no se dio por vencido y constituyó un “movimiento de regeneración” a las órdenes del actual ministro de Asuntos Exteriores, Abdelaziz Belkhadem. Benflis acusó entonces al “presidente-candidato” de estar detrás de la decisión tomada por el Tribunal Administrativo de Argel, el 30 de diciembre de 2003, de congelar las actividades y haberes de ese partido, y de prohibirle presentarse a las presidenciales bajo sus siglas.

Los partidarios de Benflis estiman que la victoria está al alcance de la mano, y afirman que del quinteto de generales que constituye el poder oculto, cuatro de ellos –Lamari; Smain Lamari, jefe del contraespionaje; Mohamed Touati, consejero de Defensa de la presidencia, apodado “el cerebro” por sus pronunciamientos políticos; y Fodil Cherif, jefe de la Primera Región Militar con base en la ciudad de Blida– apoyan al rival de Buteflika. El quinto general, Mohamed Mediene Toufik, jefe de la poderosa Dirección de Investigación y Seguridad (antigua Seguridad Militar), abogaría por un compromiso entre los hombres de uniforme y el inquilino del palacio de El Madania, sede de la presidencia, lo que permitiría la reelección de Buteflika.

Detrás del presidente argelino sigue el ex general Larbi Belkheir, uno de los hombres de mayor poder e influencia ante sus antiguos compañeros de armas, que en 1999 desempeñó un papel destacado para lograr que Buteflika fuese el elegido. Benflis no se formó, como Buteflika, bajo la cultura del régimen de partido único, con un FLN que tenía por legitimidad haber sido el principal protagonista de la lucha por la independencia y contar como ángel tutelar con el estamento castrense. Se declara firmemente decidido a llevar a cabo la renovación del viejo partido, haciendo que éste recupere el apoyo popular perdido e inscribiéndole en una óptica de liberalismo que le permita ganar las elecciones.

Buteflika, a falta de un improbable pero no imposible acuerdo de última hora con los generales, no deja de tener algunas bazas en la mano. Un tercio de los argelinos le sigue considerando el más apto para ejercer la función presidencial, mientras Benflis obtiene el apoyo del 20% de sus compatriotas. En su favor figura el notorio descenso del terrorismo integrista, los primeros pasos de una negociación destinada a terminar con la crisis de identidad surgida en la Cabilia en 2001, a raíz del asesinato de un estudiante en un cuartelillo de gendarmes, y el visible sostén que le ofrecen los principales interlocutores occidentales de Argelia.

El país tiene actualmente las mayores reservas de divisas de su historia, y aunque la tasa de desempleo asciende a más del 30% de la población activa, el presidente argelino se dice comprometido en la tarea de poner en marcha una economía calcificada por muchos años de centralismo burocrático. A Buteflika no le faltan argumentos en este terreno para defender lo realizado hasta ahora, a pesar de la prioridad dada a la lucha contra el terrorismo. Así, y pese a las dificultades que engendra el proceso de transición de una economía centralizada a una de libre mercado, el PIB creció en 2002 un 4,1% y la inflación se redujo al 1,4%, mientras en 1994 ascendía al 20%.

El balance de lo realizado en el terreno económico durante los cinco años de su mandato, dado a conocer a finales de enero de 2004, señala que las reservas financieras se elevaban a finales de 2002 a 32.900 millones de dólares, mientras que en 1999 eran de 4.400 millones. La deuda exterior argelina se redujo, en ese periodo, de 28.300 millones de dólares a 22.000 millones, mientras las inversiones extranjeras, incluido el sector de los hidrocarburos, ascendieron a 10.000 millones de dólares. Buteflika fue el primero en poner en marcha su campaña electoral, visitando una provincia tras otra para oír los problemas de los ciudadanos.

También se apreció el gesto de presentarse en las ruinas del complejo gasístico de Skikda, tras la explosión el 19 de enero, para cerciorarse del daño y garantizar los puestos de trabajo. Rompiendo entonces por primera vez su silencio sobre las elecciones presidenciales de abril, se definió como un hombre de reconciliación dispuesto a trabajar en el ámbito de las constantes nacionales. “Mi objetivo final –subrayó– es servir mejor a Argelia en el marco del pluralismo, abstracción hecha de las tendencias políticas e ideológicas, ya sean de izquierda o derecha”, palabras que tienden a situarlo no como un hombre de partido, como son sus rivales, sino como el adalid de una doctrina en la que se reconocerían todos los argelinos.

Pero, como en anteriores ocasiones, estas elecciones suscitan poco entusiasmo entre la opinión pública. Pocos creen que el escrutinio sea realmente transparente y, en cualquier caso, la tesis que aflora entre la gente apunta a que en Argelia, a pesar de los cambios y promesas, las elecciones no se deciden totalmente en las urnas, debido a la parte de protagonismo que corresponde a la subterránea batalla entre clanes de poder.